Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO XXIV
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CAPÍTULO XXIV

A nne esperó en silencio, le daba miedo hasta pensar demasiado alto, la suave cadencia en la respiración de Dougall le dijo que estaba dormido, tan profundo que al incorporarse lo miró y vio su cara más joven, la del guerrero que parecía en paz; sin embargo, su ceño se fruncía hasta en sueños.

Para él no tenía que ser tampoco fácil, debía llevar a Graham ante el rey a pesar de que ahora era su cuñado, sabía el amor que ella le profesaba a su hermano.

Se levantó desnuda, el frío golpeó su piel con mayor fuerza que la certeza de que Dougall iba a cumplir sus palabras y llevarse a Graham; si ella podía, lo impediría a la vez que mantenía a los Somerled a salvo.

Se vistió mientras medía cada muestra de sonido que pudiera despertarlo, se puso unos pantalones y una camisa que tenía preparados para escapar y cogió una capa para ocultar su rostro.

Contuvo el aliento al cerrar la puerta tras ella.

El corredor estaba vacío a esas horas. ¿Quién se atrevería a amenazar la seguridad de los Somerled?

No se encontró a nadie hasta llegar al salón, algunos sirvientes dormían junto a las chimeneas, tal vez se les había hecho tarde para volver a sus casas, los ronquidos eran sonoros y se relajó, no podrían oír sus pasos con tal alboroto.

Los guardias junto a las puertas al exterior llevaron sus manos a las empuñaduras al ver que alguien se acercaba.

Se echó la capa hacia atrás y aunque la miraron desconcertados, era su señora, la esposa de Dougall.

La dejaron salir, confusos, Anne esperaba que no se les ocurriera despertar a Dougall para avisarlo de que su esposa salía de la protección del interior.

Los hombres fuera tuvieron la misma actitud y  atravesó el patio con paso firme, el rostro descubierto para que vieran que no era una amenaza.

Aquellos highlanders de expresión pétrea daban miedo.

La madrugada se cernía sobre el castillo y una fina lluvia caía sobre los muros, sintió como se empapaba su cabello suelto antes de alcanzar el otro extremo del patio. La puerta a los calabozos estaba abierta; dentro, los soldados jugaban a los dados y dieron un respingo al verla.

—Señora, milady —no sabían muy bien cómo llamarla, sorprendidos de verla allí.

—Quiero ver a mi hermano.

Su voz sonó inflexible, debía ser fría y dar la impresión de que estaba segura de aquella locura.

El jefe de la guardia, poco convencido, reticente, se acercó a ella.

Anne suspiró. Con intención, miró la bebida que había sobre la mesa y a dos guerreros dormidos junto a la pared, el resto no debía haber probado el segundo barril, en el que Enid había vertido sus hierbas para dormir.

El jefe la miró, si avisaba a Dougall, sabrían que habían bebido y dormían en su guardia con una decena de Matheson encerrados abajo.

—Venid conmigo, milady —dijo al fin. Tal vez pensara que no tendría importancia si la muchacha viera unos momentos a su hermano, al fin y al cabo, al día siguiente sería llevado ante el rey.

Advirtió que las jarras estaban vacías y los hombres miraban al barril del que sus compañeros bebían; en cuanto ella desapareciera, estaba segura de que meterían sus jarras en la cerveza.

—Disfrutad de esta noche calientes y con bebida si mañana partís con mi esposo, os esperan días de lluvia, el invierno casi está aquí.

Sonrió ladina cuando los hombres parecieron reflexionar, eso ayudaría a que pensaran en satisfacer su sed con más ahínco al pensar en el largo viaje a Edimburgo.

Bajó con el jefe de la guardia, el olor a rancio y desperdicios hizo que se tapara el rostro con las manos, asfixiada por el hedor de los calabozos.

Los túneles se inclinaban hacia abajo y los escalones cada vez eran más pequeños, a saber cómo bajaban allí a los prisioneros, quizá rodando.

Pensar en Graham herido o golpeado en mitad de aquel hedor hizo que respirara dos veces antes de seguir, tenía que sacarlo de allí.

Atravesaron varias puertas cerradas de madera hasta llegar al final del corredor.

El jefe de la guardia sacó sus pesadas llaves de hierro y con un chirrido abrió.

—Sé que es vuestro hermano, pero debemos ser cautos, mi señora, entraré con vos.

Anne se giró ante la oscuridad del interior, que no le dejaba ver a Graham, y miró al jefe, lo sintió de corazón antes de hacerlo, los otros tal vez se rieran unos días de él, e incluso Dougall lo castigaría.

Hizo como si se cayera hacia él, y el bruto guardia levantó los brazos para cogerla.

Anne llevaba su daga en la mano y, al ver sus manos desnudas, se llenó de valor, se estiró cuanto pudo y lo golpeó a un lado de la cabeza con la empuñadura.

El hombre gritó sorprendido por el golpe antes de que un fino hilo de sangre comenzara a salir de su ceja.

¡Ay! No quería hacerle daño, pero era necesario, no sabía en qué condiciones estaría Graham y si podía ayudarla.

Como le enseñó Ragnild, volvió a golpearlo en la nariz y el hombretón se llevó las manos a la cara; con pesar, le golpeó en la entrepierna y se dobló en dos al caer de rodillas sobre el suelo.

—¡Graham, hermano, sal, deprisa! —gritó.

Al salir, vio al guardia lamentarse entre gemidos sin saber si llevarse las manos a la nariz o a la entrepierna mientras su mejilla estaba llena de sangre.

—¡Anne! ¿Esto lo has hecho tú? ¿Qué te propones?

Lo abrazó con fuerza.

—Te estoy salvando, idiota, tenemos que irnos, espero que los guardias estén ya dormidos.

Por fortuna, nadie había golpeado a Graham, solo algunos rasguños de la lucha con Robert Matheson.

Graham la miró incrédulo.

—No, Anne, perderás a tu esposo, a los Somerled, estarás sola otra vez, no puedo escapar.

—Y yo no puedo dejarte a tu suerte, Graham. Somos lo único que queda de nuestra familia.

—Son buena gente, Anne, entiendo a tu esposo, debe entregarme.

Anne bufó desesperada, el guardia no tardaría en recuperarse, esos Somerled eran gente dura.

—Lo sé, Graham. Amo a Dougall con todo mi corazón, adoro a esta familia, pero tú eres mi hermano y lo serás siempre.

No vengo a liberarte, sino a llevarte yo ante el rey si es lo que quieres, responderemos juntos ante él, le contaremos nuestra historia, nos escuchará, tiene que entender que, aunque fuera una lucha de clanes, fuimos nosotros quienes perdimos. Padre y el rey eran amigos.

—No confías en que tu esposo me defienda, ¿es eso?

—Confío en él, pero no podría soportar que no pudiera salvarte y volviera a mí sin ti, Graham, él y yo sabemos que, a pesar del amor, no sobreviviríamos a tu muerte, él por provocarla y yo por no haber luchado por ti.

—¡Ay, cielos, Anne!

La tomó del brazo y ella le pasó otra daga, ambos corrieron hacia las escaleras y, al llegar a la boca de arriba, se detuvieron, nada se oía en la sala de los guardas, ni siquiera los gemidos del jefe de todos ellos abajo llegaba hasta allí. Todos debían estar dormidos.

Anne sonrió al ver a los hombres rendidos en las sillas, el barril caído vertía el resto de la cerveza; pobres, se lo habían bebido. Graham la apartó y puso su daga delante, Anne buscó la amenaza y vio a Enid en una esquina con la mirada culpable. Junto a ella estaba Candem.

—¡Oh, Enid, no!

Se adelantó hasta ella y los cogió a ambos de las manos.

—Sois como mis propios hermanos, os quiero a los dos, pero también lo quiero a él, tenía que contárselo.

Anne, decepcionada, apartó la mano de Enid.

—Tengo que hacer lo posible por salvarlo…, ¿no lo entendéis?

Candem se adelantó para poner su brazo sobre el hombro de Enid, notaba su dolor ante el rechazo de Anne.

—Podría alertar a los hombres de las murallas y que Dougall os encerrara de nuevo, a los dos, en el calabozo, pero entonces estaría traicionando a mi señora, a quien juré proteger. —Candem frunció el ceño, pensativo—. ¿Dónde se supone que vais?

—A Edimburgo, a salvar a mi hermano, nadie hablará por él ni lo defenderá. Creerás que soy una tonta, pero Graham no es como los Matheson, lo sé. Me voy, Candem, puedes acompañarme junto a unos cuantos hombres o bien dejar que parta sola. Dougall va a enfadarse mucho por esto, eres libre de elegir.

—Eres mi señora, juré estar a tu lado, al igual que al de Dougall.

—Entonces, vamos, Candem. —Él se apartó ligeramente y Anne supo que había vencido, se alejó pensativo hacia la puerta y, a medio camino, se dio la vuelta—. ¡Candem! —lo llamó—.  Gracias.

—Enid jamás volvería a hablarme si no voy con vos, señora. Los caballos están preparados, solo nosotros tres, no meteré a ningún hombre del clan en esto.

Anne asintió y empujó a Graham. Elevó los ojos al cielo, nunca pensó que su doncella y amiga podía llevar por el buen camino a ese enorme highlander de aspecto tosco y aguda inteligencia. Los vio despedirse en un largo beso y montaron en los caballos. Anne tendió la mano a Enid.

—Siempre has sido también una hermana para mí, Enid, gracias de corazón, tal vez no pueda regresar nunca, cásate con Candem, es un hombre bueno y leal, te hará feliz.

—No hables así, Anne, salva a nuestro niño.

—Por favor, ayuda al guardia que verás abajo, está herido, espero que no mucho.

Intentó contener las lágrimas al salir por las puertas, los guerreros en las murallas no dijeron nada al verla salir con Candem y un hombre a caballo con la capucha sobre los hombros.

Miró hacia atrás hasta que el castillo se desdibujó entre las sombras.

Había amado aquel lugar y a los Somerled, pero Dougall jamás le perdonaría aquello.

Nunca comprendería que era la única manera de salvar a Graham y al clan.