CAPÍTULO XXIII
A nne debería sentirse feliz, había encontrado un hogar, una familia.
Al entrar en el salón, lo encontró desierto.
Todos habían querido asistir a su recuperación.
Lo vio entre las sombras, a un lado de la escalera, Dougall estaba apoyado en el muro, con los brazos cruzados.
Anne pensaba que estaría demasiado enfadado con ella como para esperarla, lo miró con intensidad, necesitaba que su esposo comprendiera que aceptaba su decisión por mucho que le doliera el alma.
Dougall tendió su mano para que se acercara y ella le echó las manos al cuello, la levantó como si fuera tan pequeña que no le costara llevarla arriba.
La había esperado al pie de las escaleras, por muy enfadado que estuviera con ella, sabía que subir sola hubiera sido un suplicio con su herida tan reciente.
La fiebre la había dejado débil, recostó la frente contra su cuello, la barba que comenzaba a asomar en su mandíbula la raspó y esbozó una débil sonrisa.
¿Por qué no podían olvidarse del mundo y ser solo ellos?
Sintió la respiración de Dougall contra su cabello, la trataba con tal delicadeza que los ojos se le llenaron de lágrimas que no quería derramar.
Entraron en sus aposentos y se inclinó para dejarla sobre las mantas.
Anne sabía que se iría enseguida, con ese ceño fruncido y sin mirarla a los ojos, y no podía soportarlo.
No soltó su cuello, lo arrastró con ella al lecho.
Sorprendido, Dougall la miró al fin. Anne se encontró con sus ojos grises esquivos, su boca apretada en una fina línea.
Era hermoso, a pesar de las pequeñas cicatrices de su rostro y de que intentara retirarse.
Lo besó. Tocó sus labios con la duda en pequeños temblores, cómo no, Dougall se resistió menos de lo que esperaba, abrió los labios y correspondió a su beso.
Sintió un triunfo cuando él se recostó en el lecho, con cuidado de no hacerle daño en la herida, y tomó su rostro, sintió las manos rugosas de guerrero, la calidez de su respiración sobre la suya.
Lo había echado de menos, lo echaría de menos en unos minutos, lo añoraría siempre; tenerlo así, a su lado, el calor de su cuerpo, sus pequeñas sonrisas, como si Dougall tuviera miedo a dejarse llevar por la felicidad.
Igual que ella.
Y estaba harta de estar triste.
Cansada de no mostrarle lo que de verdad sentía.
¿Podía perdonarlo?
La respuesta vino desde el pecho, un gemido contra la lengua de Dougall cuando bajó su mano a la cadera, después levantó el ruedo de su camisón; lo amaba y podía perdonarlo, por ser atento con ella, por estar a su lado en los momentos más terribles, por cuidarla cuando tenía miedo y dejarla ser valiente cuando empezó a recuperarse.
Había dado su vida por él, lo volvería a hacer.
Dougall pretendía ser suave, comedido con ella, no entendía esa necesidad en los ojos de Anne de hacer el amor. No arreglaría nada, ella quería salvar a su hermano, él entregarlo. La miró un instante antes de admirar su cuerpo desnudo.
—Esto no hará que no cumpla con mi deber.
—Lo sé, Dougall —contestó enseguida—. He estado, otra vez, a punto de morir, quiero que me hagas sentir viva de nuevo.
Dougall inspiró aire, confundido, Anne estaba segura de que no lo entendía, que desconfiaba, pero era preso, igual que ella, de esa atracción cuando sus cuerpos se tocaban, sus miradas gris tormenta y verde musgo entrechocaban al ser conscientes de que el único modo de olvidar sus rencillas era hacer el amor.
Se desnudó con prisa y precisión, arrojó sus pantalones al otro lado de la estancia.
Volvió a ella. Anne acarició sus brazos, tenían algo que la incitaba a presionarlos para notar su fuerza, recorrió el firme torso lleno de bandas prietas.
Dougall tocó su pecho con devoción, bajó su enorme mano por el vientre hasta el centro de sus piernas.
Anne notó el suspiro de él ante su sexo, él lo abrió con sus dedos y hundió el rostro.
Deleitada con su lengua, lo apretó en la nuca, se sujetó a las guedejas de su pelo, aferrada a Dougall mientras él pasaba su lengua, su dedo en su interior se movía con el mismo ritmo.
Anne gritó, o eso creyó, cuando sintió la oleada de placer, un gemido y otro, mientras Dougall le arrebataba la razón.
Él solo se levantó cuando dejó de notar sus espasmos, desmadejada en el lecho, con las piernas desnudas colgadas, no podía siquiera moverse. Dougall se incorporó solo para echarse sobre las mantas y llevarla con cuidado sobre él.
Anne quedó a horcajadas, admiró su cuerpo musculoso, su rostro de dios antiguo, sus ojos de acero.
Y su miembro inhiesto. No pudo evitarlo, le maravillaba la aparente dureza y fuerza, su suavidad cuando sus dedos intentaban rodearlo y presionaban.
Como las venas se marcaban y se endurecía. Dougall gimió e intentó detenerla.
—Anne, no puedes hacer eso, te deseo tanto que duele.
Inspiró hondo, se sentía una sirena de aquellos libros antiguos, que encandilaba al príncipe griego en la orilla para llevarlo consigo.
Anne no lo soltó, dejó que Dougall elevara sus caderas y cayó sobre él, encajaron; cada vez que eso ocurría, se maravillaba de que pudiera funcionar, algo tan grande, ella tan estrecha.
Dougall sofocó un gruñido al sentirse dentro, contra aquellos músculos contraídos en torno a su miembro. Dejó que Anne se moviera, con una cadencia lenta, hasta que la oyó gemir, entonces no le dio tregua, se movió sobre él tanto como le permitía la herida, su respiración sofocada.
—Anne, caileagh … —susurró Dougall.
Por fortuna, aquello hizo que Anne lo inundara con su humedad y se liberó, la penetró con un movimiento certero final, hasta el fondo de su interior, por completo.
Dougall estaba convencido de que acababa de perder el alma y, entonces, ella le acaricio el rostro.
—Te quiero, Dougall.
No pudo contestar, aún sentía los espasmos de su propio placer y él de ella. Y desconfiaba, no quería que volviera a tomarlo por estúpido, a engañarlo, ese último acto como esposo era eso, el último.
Anne suspiró contra la piel de Dougall, le encantaba su olor a fuego de turba y madera, se relajó entre sus brazos.
Dejó que ella se durmiera con cuidado de que no forzara el lado de la herida, su último pensamiento antes de quedarse dormido fue que ni siquiera había dejado que Anne se despidiera de su hermano.