Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO XXII
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CAPÍTULO XXII

—¡Cielos! Huele fatal aquí dentro.

Beth, cómo no, Dougall se revolvió al oír su voz. Se había dormido y el alba ya atravesaba con los primeros rayos de claridad la ventana de los aposentos.

Con miedo, tanto que notó el temblor entre sus dedos, tocó el pecho de Anne. Vivía. Habían llegado a la mañana. Una más.

Anne no dejaba las fiebres, había visto consumirse a hombres más grandes que él sucumbir a la tortura del calor y pesadillas, pero su pequeña esposa no se rendía.

—Beth, llama antes de entrar.

—Pero si lo he hecho. ¿No vas a salir de esa cama? Llevas ahí dos días, de la silla a la cama.

Dougall esbozó una leve sonrisa, Enid aprovechó para entrar, oía a los demás tras las puertas.

—No me voy a separar de ella, no mientras me necesite.

Vio la cara extrañada de su hermana, no lo entendía, ya lo haría algún día.

Enid llamó su atención al exhalar un gemido. Se giró hacia su esposa al intuir que algo pasaba, creyó que Anne había muerto y él no se había dado cuenta.

—Tiene razón, hueles fatal, Dougall Somerled, ve a darte un baño —farfulló Anne.

Enid se apartó antes de que aquel enorme highlander la aplastara contra su señora.

—Te prohíbo seguir enferma, Anne.

—Qué cosas tan bonitas dices.

La cogió en sus brazos a pesar de las quejas de Enid y su hermana, las puertas se abrieron y el resto de la familia entró a trompicones.

Las preguntas se sucedían, el alboroto no dejaba que Dougall y ella hablaran, y sin embargo, él no podía dejar de sonreír.

Hasta que vio como ella buscaba un rostro entre todos, era por su hermano.

Vio sus ojos puestos en él, había amor en ellos, cómo había podido dudarlo; tenía que comprender que igual que era importante para él ese conjunto de Somerled ruidosos y toscos, Graham lo era para ella.

Anne había estado dividida entre su lealtad a él y a su hermano.

Lo hizo llamar con una señal a los guardias de las puertas y estos lo hicieron entrar.

Al ver a Graham, su rostro se iluminó de alivio y gratitud, si Dougall no fuera un guerrero forjado en hierro, hubiera llorado al ver como le tendía los brazos a su hermano a pesar del dolor de la herida.

Graham se hizo paso entre todos y, con suavidad ante la mirada severa de Enid, la besó en la mejilla.

—Vayámonos todos, dejémosles hablar.

Beth se quejó, su madre sonrió, su padre, resignado, bufó, Candem cogió a Dougall bajo su brazo, o al menos lo intentó, Enid cerró tras ellos.

—No pongas esa cara, Dougall Somerled, tienen mucho de qué hablar —le dijo Enid—. Ahora es cuando debes honrar su amor por ti, piensa qué harás con el chico.

Dougall se apoyó en el muro, oía los murmullos de la conversación de Anne con su hermano.

Aún existía la posibilidad de que lo abandonara para siempre, y si era así, tendría que prepararse para ello, porque su deber y su corazón le decían que debía actuar con justicia y llevar a Graham MacLean ante el rey de Escocia, su padre no podía protegerlo de los crímenes y pillajes cometidos mientras estaba con los Matheson.

Por otra parte, estaba Anne, sabía que, si entregaba a Graham, su matrimonio estaría roto para siempre, a veces el amor no bastaba.

Anne aguardó a que se llevaran a Graham, no pudo evitar fruncir el ceño cuando vio en la entrada a sus aposentos como le ponían los grilletes para llevárselo de nuevo a los calabozos.

Pensaba que Dougall habría atendido a razones, sabía que Graham era demasiado joven y la influencia de Robert Matheson lo había envenenado.

Tampoco era culpable del todo, no era fácil ver a tu padre morir, tu hogar en llamas, sentirse solo…

Se contuvo, se dijo que era por el dolor de la herida que deseaba llorar, no se lo permitió, tenía que aclarar muchas cosas con Dougall y evitar que llevara a su hermano ante la justicia; lo conocía muy bien, el deber, el sentimiento leal a la verdad y a la condena de los actos, se llevaría a Graham; si era necesario, suplicaría por la vida de su hermano.

—Estás despierta, Enid me dijo que dormías.

Anne sonrió con tristeza, demasiado nerviosa, una vez creyó que podía engatusar a su marido con coqueteos y su cuerpo; se equivocó, no quería caer otra vez en la tentación.

—Simulé el sueño para que me dejara un rato. Enid puede ser muy pesada.

Dougall sonrió a pesar de que pensó que su esposa sabía simular muchas más cosas.

—Me salvaste la vida, Anne, a pesar de todo.

Anne se sonrojó y señaló su costado vendado bajo la camisa.

—Tú tampoco saliste bien parado al parecer. ¿Está muerto? ¿Matheson? Solo tengo un recuerdo vago de los últimos momentos.

—Tu hermano lo mató, Graham salió en nuestra defensa y acabó con él. Sus hombres se rindieron mientras yo te traía al castillo.

Anne suspiró hondo.

—Otra vez tuviste que llevarme a caballo herida.

—Fuiste tú quien se interpuso entre el filo de la daga y yo, ¿quién salvó a quién, Anne?

Dougall se sentó en la cama, nunca la había visto tan pálida, la fiebre le había quitado el color, su pelo ondulado caía sobre las sábanas sin brillo.

Las vendas que se enroscaban sobre su clavícula hasta la cintura estaban apretadas, apenas estaba tapada con las sábanas y Dougall se sonrojó al atisbar el desnudo nacimiento de sus pechos.

Con Anne siempre era así, una mezcla de ternura, sentimiento de protección y una gran lujuria que lo consumía incluso con ella tendida en esa cama, herida.

Se inclinó sobre ella, la besó porque se dijo que tenía ese privilegio, el de probar si su esposa querría esa demostración por parte de él.

Anne jamás le había negado un beso, ni en los más oscuros tiempos, y abrió sus labios para él, más mullidos e hinchados de lo habitual a causa de la fiebre pasada.

—¿Qué ocurrirá con Graham?

Un pesado silencio se hizo entre ambos, la mirada del uno en el otro, tratando de adivinar. Anne le acarició el rostro, la sombra de una barba le pinchó los dedos, Dougall estaba hecho un desastre. Lo amaba y, sin embargo, le pedía algo con los ojos que sabía que él no estaba dispuesto a darle.

—Mañana lo llevaré junto a los Matheson a Edimburgo, a que responda ante el rey de Escocia de sus crímenes.

—Sabes bien que es demasiado joven, que Robert Matheson lo engatusó con sus ideas de rebelión, no creo que Graham haya participado de sus desmanes.

Dougall tomó aire, resignado, nada de lo que pudiera decir se antepondría al amor de Anne por su hermano, su única familia.

—Participó como el resto en los pillajes, miró mientras las gentes de otros clanes sufrían esos robos e incluso asesinatos cuando se oponían. No será nunca inocente.

Anne apartó la mano de su rostro, dolida. Era cierto, Graham, de alguna manera, al unirse a ellos, se había convertido en proscrito.

—Dougall, tienes el poder para no entregarlo al rey, para protegerlo, ¿por qué no lo harías?

¿Tanto odio hay en ti por los MacLean, por nuestra traición?

Mi padre fue víctima de las leyes de hospitalidad, mi hermano de las decisiones de él.

¿Lo haces porque estas enfadado conmigo por ocultarte que Graham estaba vivo?

Dougall se apartó de ella, ¿lo creía tan necio como para tomar esa decisión por estar enfadado?

Entonces Anne se incorporó en la cama, Dougall tuvo que tensarse para no sucumbir a la tentación de ayudarla.

—Estoy condenada a ver como mi hermano va hacia la horca y quedarme sin familia ni hogar.

Dougall no pudo contenerse más, Anne no lo entendía, no llegaba a comprender que los Somerled, todo el clan, eran su familia.

—Anne, debes pensar en tu clan, que ahora es este, en qué harías para defenderlo y alejarlo de la guerra, el hambre y la injusticia. No lo entiendes, ¿verdad? Si el rey descubre que protejo a un forajido, aunque sea tu hermano, los Somerled serán castigados, ¿quieres eso para nuestra gente?

Anne lo miró con desconfianza, jamás había visto a Dougall así, estaba enfadado, lo había estado antes, el cielo sabía que ella lo había tenido en ese estado durante semanas, pero verlo apretar la mandíbula, cerrar sus manos hasta que sus nudillos estaban blancos, hizo que supiera que había cruzado algún límite con su esposo.

Sin decir nada, se inclinó sobre ella, tiró de las mantas y la envolvió entre sus brazos con los colores Somerled.

Anne se quejó, más por la brusquedad que por las heridas, lo cierto era que, con los ungüentos de la curandera, apenas las sentía.

Dougall no se amilanó, la asió con fuerza y ella se dejó hacer, quería saber qué pretendía él.

Una corriente de aire sacudió sus hombros al salir al corredor, Dougall ni siquiera podía mirarla, el ceño fruncido, la mirada de sus ojos grises en cada escalón que bajaban, el pelo desordenado le caía sobre los ojos.

Anne admiró sus semblante. ¿Debía estar asustada?

No, de Dougall no, confiaba en él aunque no entendiera su enrevesado y firme sentido de lo que estaba bien o mal.

Atravesaron el salón, y Dougall se enfadaba más y más a medida que avanzaban, unos y otros saludaban contentos a Anne al verla y ella respondía como si no fuera medio desnuda, en brazos de su esposo, a primera hora de la mañana, cuando el castillo bullía de actividad.

—¡No! —gimió cuando lo vio dirigirse a las puertas del salón y salir al patio.

Imperturbable.

Anne sonrió al verlo con la boca formada en una línea pétrea, las mandíbulas tensas, lo que fuera a hacer le llenó de determinación.

Anne se sonrojó cuando su padre se apartó del camino con una ceja arqueada y los miró divertido.

Esos Somerled no se extrañaban de nada, había visto la impulsividad en ellos, nunca en Dougall.

El sonido del patio lleno de vida hizo que Anne levantara el rostro en lugar de esconderse en el pecho de él.

¿Quería demostrarle algo? ¿Echarla al abrevadero de los caballos?

¿Arrojarla fuera de las murallas? Que lo hiciera el muy tonto.

Le gustaba ese Dougall impulsivo y vengativo, lleno de sentimientos.

No. No tenía nada de eso pensado. Cuando Dougall se detuvo en las escaleras de la entrada, incorporó a Anne con cuidado y ella tentó con las piernas el suelo hasta encontrar la estabilidad.

—No tendría que estar levantada.

—Vete, Enid —le sugirió su esposo con voz amenazante. Su amiga se retiró a un lado, no sin antes cruzar la manta sobre el hombro de Anne y cubrirla, tomó el broche de su falda y lo prendió en la esquina. Dougall la miró severo pero conforme.

Anne se irguió cuanto le permitía la herida tensa que cicatrizaba. Aún se sentía débil, y por mucho que Dougall estuviera enfadado con ella, la sostuvo con su brazo.

—¡Clan Somerled! —gritó.

Los rostros más cercanos se giraron hacia ellos, los guerreros en el patio detuvieron el entrechocar de sus armas, el herrero dejó de golpear la fragua.

Susurros avisaron a los despistados, codazos descuidados, sujetaron a los niños que corrían.

Anne respiró hondo, quizá el clan entero estaba allí, las puertas abiertas de par en par, los carros se detuvieron.

—¡Clan Somerled! —volvió a gritar.

Hubo un gruñido conforme por parte de los guerreros. Ian Somerled, con una media sonrisa, se situó junto a ellos al pie de las escaleras.

—Anne Somerled ha sobrevivido. —Una ovación recorrió el patio—. Vuestra señora vive, clan Somerled.

Anne contuvo el aliento. Los rostros expectantes, la sonrisa de algunos, la seriedad de otros.

Ian Somerled, el laird del clan, miró alrededor sin decir nada.

Entonces, del fondo, una oleada hacia delante dejó sin respiración a Anne.

¿Qué hacían? Uno a uno, cada miembro del clan agachaba la cabeza en señal de respeto, hasta llegar delante de ella, a los enormes y hercúleos highlanders Somerled, estos, al unísono, bajaron sus rostros y postraron su rodilla al suelo como señal de reconocimiento.

Ian Somerled sonrió a ambos y tomó su ejemplo.

Anne miró a su esposo, atónita, al fin entendió, Dougall lo supo en cuanto ella se apoyó en él para no caer, se mordió los labios, atribulada.

— Caileagh , rezaron por ti a aquello en lo que creen durante días, este es tu hogar, tu familia y tu clan. Darán la vida por ti. Los Somerled son tu responsabilidad, dime ahora si harías algo que los pusiera en peligro, como liberar a un hombre que ha cometido robos y delitos contra ellos.

Anne se sonrojó. Ante ella, el clan más poderoso de las Highlands postrado, el gran señor del oeste, el Rey de las Islas.

Un día, ella tendría la responsabilidad junto a Dougall de mantenerlos a salvo, librarlos de las guerras, alimentarlos y unirlos como una…

familia, un clan. Era la señora de los Somerled, ni siquiera había pensado, al aceptar casarse con Dougall, lo que entrañaba y significaba.

En su rostro, Dougall vio el secreto por el cual se había casado con ella, a Anne no le importaba el poder, tenía valores más grandes que la fortuna y la fuerza.

—Voy a llevar a tu hermano y a los Matheson ante la justicia del rey, Anne, aunque tenga que luchar contigo el resto de mis días, pero no me pidas que haga como si no me importaras y seguir fingiendo que no te importo.

Serás la responsable de esta gente, de mi clan; si no quieres, haré cuanto pueda para que vuelvas a Dunollie.

Anne contuvo el aliento cuando los hombres se levantaron al unísono tras una orden de Dougall, era un acto sincero, se veía en sus rostros alegres al comprobar que estaba bien tras el ataque de los Matheson.

Se podía apreciar que su cariño estaba con ella.

Los Somerled, los salvajes, los conquistadores, quienes habían destruido su hogar.

Respiró hondo. No podía seguir esa lucha absurda, tratar de ver en ellos al enemigo, de engañarse respecto a su amor por Dougall, el aprecio que sentía por su familia, sus padres, su hermana, sus tíos…

Su padre siempre supo del riesgo de cobijar a los forajidos, arriesgó todo por ellos sin saber que se aprovechaban de él, pero lo hizo. Anne negó con la cabeza.

Los Somerled, hombres, mujeres y niños, se golpearon el pecho al levantarse y, con cierta timidez, Anne cerró el puño y se golpeó el pecho.

Miró a Dougall para confirmar su compromiso con él, pero él ya no estaba allí, Ian Somerled la sorprendió al repetir el gesto de los demás miembros del clan.

Como si se hubiera dado cuenta de lo que sucedía entre Dougall y ella, subió las escaleras y la acompañó dentro.

—Anne, es difícil olvidar el pasado, la venganza, las traiciones, pero es el deber de Dougall entregar a tu hermano y a los demás. Si no lo hiciera, dejaría de ser él.

—Lo amo por como es, laird , nunca me engañó ni trató de ocultar que lo primero es la justicia.

—No te engañes, Anne, creo que sus prioridades han cambiado.