CAPÍTULO XXI
D ougall la llevó en su caballo, dejó a su hermana y a su madre con los guerreros, convencido, o tal vez lo intentaba, de que Graham contendría a los Matheson y no se iniciaría una batalla entre sus hombres y ellos.
Tenía que llegar al castillo antes de que Anne se desangrara en sus brazos.
¿Cuántas palabras estúpidas habían cruzado ambos?
¿Y si ella moría ahora? Anne no comprendía que no habría otra, ninguna mujer ocuparía la silla a su lado para gobernar a los Somerled, ahora sabía cuánto amor había en su corazón por esa mujer; una vez se prendió de su belleza e ingenio; después, de su testaruda cabeza, y, al final, de la mujer en que se había convertido.
La amaba, a pesar de la traición, de las mentiras, de todo…
quería a su esposa, triste destino el de un hombre que se enamora de su enemiga, ahora entendía aquellas palabras pronunciadas por su padre al volver casado con Anne, su enemiga, la muchacha que creyó ver morir a su familia bajo la espada de la suya.
Se agachó sin refrenar el galope, la besó en los labios, que cada vez sentía más fríos y secos, como si la vida se fuera entre cada respiración.
Agitó las riendas, su caballo gimió al forzarlo y rezó para que, una vez más, lo ayudara a correr contra el viento y llegar a tiempo de salvar a Anne.
No quería quitarle la daga que sobresalía de ella, temía que la sangre saliera a borbotones, y volvió a besarle la frente.
Comenzó a llover con fuerza, como si Escocia misma quisiera frenarlo con aquellas nubes negras y ese viento proveniente de la costa.
Gritó una vez más al cielo que no se rendiría.
Ahora sabía lo que era amar y si tenía que ir al infierno y arrebatársela a la muerte, lo haría por ella.
Llegó empapado, las puertas de Riata se abrieron ante él, vio a su padre en el patio, a Candem, habían regresado.
Desmontó sin soltarla, al igual que un vikingo, pasó la pierna por encima de la corva del caballo y saltó.
Atravesó el espacio entre los dos hombres que lo habían criado, vociferó el nombre de la curandera.
Las piernas le temblaban, apenas podía ya sostener a Anne, y su padre, al ver a la anciana curandera, se la arrebató de las manos y la llevó dentro.
Cayó de rodillas en el patio, bajo la lluvia y con la sangre de su esposa entre las manos, por los brazos…
Anne le había salvado la vida. Le había pedido que confiara en él, la había acusado de mentirle, se había sentido traicionado, y ella le había salvado la vida sin pensarlo, se había interpuesto entre la hoja de una daga y él.
Candem se inclinó a su lado e intentó que se levantara, pero Dougall no podía, necesitaba llorar contra el suelo su estupidez. Anne lo amaba. Mas allá de la razón. Con su propia vida.
—Dougall, ¿y tu madre y tu hermana? Dime dónde están —lo apremió Candem.
—Captúralos, a todos, están en el bosque, en el río, los Matheson —contestó a su amigo y mentor en las armas antes de caer desplomado sobre el suelo. Solo entonces, Candem vio la sangre en su costado, Dougall estaba herido, abierto su cotum por una espada.
Despertó al sentir a alguien a su lado que lo llamaba.
Abrió los ojos ante el recuerdo de su padre llevando a Anne herida, no sabía cuánto tiempo había pasado.
Su madre apoyó la mano en su hombro para evitar que se levantara, en otra ocasión no podía haberlo parado, sin embargo, sintió aquella fuerza clavarlo en el lecho.
—Ni se te ocurra levantarte, hijo.
—Anne, ¿dónde está Anne? —temía preguntarlo, insinuar siquiera que ella estuviera muerta.
—Está en tus aposentos, aún viva, Dougall.
—Aún viva. No era esperanzador, ni buenas noticias, los ojos de su madre estaban hinchados y evitaron su mirada.
Anne debía estar muy grave—. Tiene fiebre, la herida se infectó, creen que ese malnacido de Robert Matheson la había bañado en veneno.
Os separamos para poder atenderos mejor, Dougall.
Dougall miró hacia el ventanal, estaba en el dormitorio de sus padres, la noche había caído sobre Riata y no se oía ni un sonido, ni siquiera el de los animales en los establos.
Sabía qué era esa canción que se percibía en la lejanía, su gente rezaba, con antiguos cánticos, una mezcla de antiguos ruegos noruegos y cristianos.
Eran un pueblo hecho de pedazos de honor, de familias unidas por la lucha y los matrimonios.
Mestizo. Le habían llamado así toda su vida y nunca se había sentido tan orgulloso de la sangre de ambos pueblos que ahora rezaban por ellos ahí fuera. Por su señora y por su futuro, por él.
Apartó la mano de su madre con firmeza y se incorporó.
Notó el dolor de la herida del costado, aquel bandido le había alcanzado con su espada y ni siquiera se había dado cuenta.
Ragnild se apartó de él, dejó que se incorporara y Dougall vio que no estaban solos.
Ian Somerled, su padre, lo observaba. ¿Quién estaba con ella?
Apoyó los dos pies en el suelo, estaba mareado, pero levantó el brazo en busca del de su padre, no había sido el mejor progenitor del mundo, pero siempre había podido apoyarse en él.
Somerled tomó su muñeca y lo ayudó a levantarse.
Dougall se inclinó en su hombro y su padre, sin decir nada, lo condujo a los aposentos al final del corredor.
Sentía desfallecer, pero Anne estaba sola en mitad de las fiebres, tenía que llegar a ella.
Su madre abrió la puerta y Dougall se sorprendió, Beth estaba a los pies de la cama, velaba dormida sobre un baúl.
Enid, la doncella de Anne, le aplicaba paños en la frente.
Candem paseaba de un lado a otro. Graham, el hermano de Anne, se levantó de un salto de la silla en que estaba al lado del lecho.
Dougall miró aquella mano que hasta hacía un momento sostenía la de Anne.
—¿Vivirá?
Pareció la pregunta de un tirano y lo sabía, pero es que su corazón no podía admitir que ella se fuera. No parecía Anne, sus hombros desnudos brillaban de sudor, al igual que su frente, la tenían tapada apenas con unas sábanas, tan semejantes a un paño…
La curandera del clan se giró hacia él con sus ojos de búho, Ragnild la había traído desde su tierra, llevaba tinturas azules en los brazos y, como cuando era pequeño, olió las hierbas que prendían su cinturón. Confiaba en ella y sus brebajes, su arte con la aguja y su fría determinación.
—Es fuerte, lucha contra la fiebre, pero no sé el tiempo que aguantará.
Dougall asintió. Siempre le habían dicho que era frío, demasiado, que solo le importaba su misión, su cometido, cumplir la ley. No era el caso, se derrumbaba poco a poco deseoso de invocar al cielo.
—¿Tienes que darle algo más? ¿Qué puedo hacer, anciana? —le preguntó con reverencia.
—Descansar, mi señor; a ella hay que darle unos sorbos de esta jarra, mojar su frente y esperar que mañana siga viva.
Dougall asintió.
—Marchaos, dejadnos solos.
Todos fueron a quejarse, su madre le tomó el brazo y su padre acabó con sus voces de un bramido. Ordenó que se fueran, que los dejaran solos. Antes de cerrar, sus miradas se cruzaron, solo su padre entendía lo que el amor era capaz de infundir en un guerrero, un miedo que jamás había conocido.
Dougall y Anne se quedaron solos, como siempre, entre heridas y vagos finales, sin decirse lo que sentían, aunque al fin lo comprendía.
El amor. Más fuerte y unido, el que crece de las pérdidas y las alegrías.
Se tumbó junto a ella, los paños y el agua cerca, le dio un sorbo al brebaje de la anciana y después a Anne.
El cuerpo de su esposa ardía más que las llamas, ni siquiera habían encendido el fuego de la estancia y las pieles de la ventana estaban entreabiertas.
Dougall la abrazó contra sí y besó su pelo húmedo.
Esperaría despierto al alba, y los dos estarían vivos, si no, que las puertas del infierno se abrieran, porque pensaba destruir el mundo si ella no estaba en él.