Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO XX
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CAPÍTULO XX

A travesaron la pradera, y como si la justicia del cielo se aliara contra ellas, las nubes que llevaban el día amenazadoras sobre las tierras Somerled empezaron a descargar una lluvia fina y consistente.

El bosque se oscureció cuando se adentraron por el camino, los enormes troncos y las altas copas de los árboles hicieron que pareciera más tenebroso y peligroso.

—Le dije a Beth que no huyera por el bosque —insistió ante la cabezonería de Ragnild.

—Por eso habrá venido por el bosque, yo lo haría, no tiene sentido que huyas a campo abierto, ni que te lleves a los guardias contigo. No te ofendas, Anne, pero tienes mucho que aprender del carácter de los Somerled.

Anne sonrió a medias, Dougall no era como ninguno de ellos y aunaba las mejores cualidades de todos, amaba a ese hombre con toda su alma y era posible que lo hubiera perdido para siempre por sus mentiras. Graham era su hermano, pero Dougall era su corazón.

—Advertí a Beth, te doy mi palabra, Ragnild, no podía traicionar a mi hermano.

—Y yo no puedo permitir que salga con vida de Argyll si le ha hecho daño a mi pequeña, ¿lo entiendes, Anne?

Si hiere a Dougall o a Beth, lo perseguiré como lo hacían mis antepasados, nada ni nadie se interpondrá entre su muerte y mi venganza.

Sé una Somerled, Anne, eso es lo que somos, lo que al final dicen de nosotros, unos salvajes, porque cuando amamos, solo defendemos lo nuestro hasta con nuestros colmillos.

Por eso me gustaste nada más verte, nos odiabas, pero ya amabas a Dougall, y sé que harías cualquier cosa por mi hijo mayor y por tu familia, quiero eso para él, para este clan.

Anne giró su vista al frente, esperaba no decepcionar a aquella extraordinaria mujer, ni el odio había podido evitar que la admirara.

—Entonces, Ragnild, tendrás que confiar en mí.

Se internaron más en el bosque y tuvieron que alejarse la una de la otra, Ragnild conocía bien el camino, nunca sospechó que Anne sabía de todos los lugares desde donde podían atacarla e insistió en guiarla; conocía muy bien aquel bosque durante esos días en que llevó a su hermano armas, medicinas, comida y ropa, y se sentía vigilada por Robert Matheson y sus hombres.

No tardaron en oír voces distantes y desmontaron, Ragnild y ella cogieron el arco y las dagas pequeñas, serían demasiados y las espadas no las ayudarían a correr entre las hojas caídas y los desniveles del suelo boscoso.

Anne suspiró hondo, tras un árbol de ancho tronco pelado por los picos de los pájaros, vio a los Matheson, Dougall no los había encontrado aún, quizá hubiera una oportunidad.

Habían cogido a Beth, Anne sintió su sangre helarse al ver como le ataban las manos delante del cuerpo.

Mostraba rasguños y la ropa manchada de sangre, su amiga se había defendido, sin duda, pero eran demasiados y no le había hecho caso, su escolta no estaba por ninguna parte.

Robert Matheson estaba frente a Beth con una sonrisa que heló la sangre de Anne, ese hombre no tenía fin ni escrúpulos, consiguió que mataran a su padre y se estremeció al recordarlo, todo un clan extinguido por su causa, y no dudaba en desafiar a los Somerled por segunda vez.

A su lado estaba Graham, Anne cerró los ojos, tendría que enfrentarse también a él, a su hermano, lo único que le quedaba de su familia.

Recordó cuando, de pequeño, Graham corría por todo el castillo de Dunollie con la espada de madera en la mano hasta quedar exhausto y buscar su regazo para dormir.

No había ni rastro de Dougall ni de sus hombres, y Anne se preguntó si no estarían, como ellas, al acecho al otro lado del bosque.

Ragnild y ella no pudieron oír lo que Robert Matheson le decía a Beth, pero sí vieron como ella le escupía con rabia en el rostro.

La mano del forajido se levantó para abofetearla y Ragnild salió de un salto de su escondite.

Anne intentó detenerla, ya era demasiado tarde para que Beth no recibiera el puñetazo, su cabeza se giró ante la fuerza del golpe y se desmadejó con debilidad entre los dos Matheson que la sujetaban.

—¿A quién tenemos aquí? Mira, Beth, mamá ha venido a salvarte.

Anne odiaba la voz de Robert Matheson, el poder que tenía sobre esos hombres y su hermano, la forma despiadada en que se conducía. Sacó las dos dagas de sus botas y salió tras Ragnild, si las tres tenían que morir, que fuera hoy.

—¡Anne!

Graham gritó al verla, sus miradas se cruzaron. Su hermano la miró con culpa y tristeza, Anne se lo había advertido, que salieran de Argyll, que dejaran en paz a los Somerled, y, o no había hecho caso, o el poder de Robert Matheson sobre él era mucho mayor de lo que Anne podía imaginar.

—¡Suelta a mi hija, Matheson!

—Por supuesto, ahora tengo el premio mayor, la mujer de Somerled, creo que me quedaré con las tres, la esposa, la hija y la madre. Todas las mujeres Somerled vienen a mí —se rio socarrón—. ¡Cogedlas!

Anne descolgó el arco de su espalda, preparó la flecha, no podía disparar a los guardianes que sujetaban a  Beth, pero sí a ese maldito Robert.

Beth la miró a ella, a su madre y se retorció en manos de sus captores, su rostro comenzaba a inflamarse donde Matheson la había golpeado.

Los bandidos se acercaron a ellas y Anne, sin dudar, disparó la primera flecha, le dio en la garganta a uno de ellos, Ragnild lanzó su daga y, con certera puntería, le dio en el estómago a otro.

Corrieron hacia ellas, para inutilizar el arco de Anne y tener ventaja, así que Anne volvió a las dagas.

Eran demasiados, unos hombres harapientos y hambrientos, sedientos de venganza, que creían que los Somerled eran los culpables de sus desgracias cuando habían sido ellos mismos los que buscaron su camino de proscritos.

—¡No, parad! ¡Robert, es mi hermana!

Anne vio como Graham detenía a uno de los bandidos y le asestaba un puñetazo, otro se giró a pelear con él. Sonrió, su hermano jamás dejaría que le hicieran daño, lo sabía, Graham despertaría del poder que ejercía sobre él Matheson.

—¡Morirá, os juro que le rajaré la garganta si no dejáis de resistiros!

Entonces, Robert agarró a Beth de la trenza y puso su daga contra la fina piel del cuello. Ragnild se detuvo y dejó su cuchillo en el aire, Anne la imitó, al igual que Graham.

—Graham, no puedes permitir que lo haga, te doy mi palabra de que Dougall será justo contigo, no te conviertas en un asesino.

Su hermano la miró. Sus ojos le dijeron que era demasiado tarde para él, retrocedió hasta llegar junto a Robert Matheson y bajó la cabeza.

—Ven aquí, Anne —ordenó el líder. Arrojó a Beth contra Graham y su hermano amenazó su garganta. En cuanto Robert Matheson la tuvo a su alcance, cogió a Anne para que tomara el puesto de Beth.

Sintió la hoja fría del cuchillo contra la piel del cuello, Anne sabía que podía matarla en un instante, la cara horrorizada de Ragnild las miraba a una y a otra, Anne era consciente de que salvaría primero a su hija, pero confiaba en Graham, él sería incapaz de matar a una muchacha de esa forma tan salvaje.

—Vas a morir, Robert, mi esposo te encontrará, te despellejará y colgará tu cabeza en el más alto de los árboles para que todos vean lo mierdecilla que eres.

—Tienes la boca sucia, Anne, todo lo que decía el viejo de tu padre era cierto.

—No nombres a mi padre, lo engañaste, atacaron el castillo y te escondiste como un cobarde, ni siquiera por tus aliados saliste a defendernos, ¿ahora quien cobijará a los Matheson?

Ningún clan os dará comida ni refugio si es la lealtad lo que se espera de vosotros.

Cuando un hombre pierde todo, solo le queda la honra y el honor, y tú ya no tienes nada de eso.

Anne consiguió distraerlo, los hombres Matheson escucharon sus palabras, la duda comenzaba a surcar sus rostros, al fin y al cabo, eran hombres del norte, y la situación de vencer a su enemigo matando a sus mujeres no les gustaba.

Aprovechó que Robert miraba confundido a sus hombres al ver que perdía el control sobre ellos, sintió clavarse más la daga en su cuello, tenía apenas unos segundos.

Se revolvió en sus brazos, golpeó su estómago con el codo y Robert la agarró con sus enormes manazas, la inmovilizó con la daga aún en la mano.

Anne sintió que hacía el gesto de echar atrás el brazo para sesgarle el cuello.

Oyó gritar a Ragnild, a Beth, y en su último momento en la faz de la tierra pensó en Dougall, le hubiera gustado despedirse de él.

¿Dónde estás, Dougall? No le importaba morir si con eso Ragnild y Beth vivían, no quería para su esposo el dolor de perderlas como le pasó a ella con su familia.

No. Dougall era un hombre leal a su familia y sus promesas, no merecía aquel dolor.

Graham corrió hacia ella, el silbido de una flecha, el atroz repiqueteo de los caballos al galope al entrar en el claro.

Anne casi se desmaya cuando Robert aflojó la presión de la hoja contra su cuello.

Se giró y lo empujó lejos de ella cuando los Matheson, con sus espadas, embistieron a los caballos.

Levantó el rostro y vio a su marido en todo su esplendor como un verdadero highlander , conducía a sus hombres con furia, sus ojos grises de lobo y de mil tormentas fijaban la vista en sus enemigos y los sesgaba con su espada.

Debía haber seguido su rastro, sospechando que ella sabía dónde estaban escondidos.

Ragnild le quitó la espada a uno de los Matheson.

Robert Matheson intentó atrapar de nuevo a Anne.

—¡Suelta a mi esposa, maldito! —el rugido de Dougall al desmontar hizo que dejaran de oírse los resuellos de la lucha y el choque de espadas.

Dougall caminaba hacia ellos a zancadas, la espada en alto, hasta Anne temió aquel cuerpo formado en la batalla si embestía contra Matheson y ella.

Robert la empujó contra el suelo para tomar su espada.

Graham intentó separarla de ellos. El filo de la hoja de Robert Matheson se elevó sobre sus cabezas, Dougall desenvainó y, al levantarse Anne, la empujó lejos de las armas.

La lucha cesó a su alrededor, aquel era un enfrentamiento entre Dougall Somerled y Robert Matheson.

—Estoy harto de ti, Matheson, tanto que hoy, aquí y ahora, acabaré con esto.

Matheson se rio como si solo fueran amenazas vanas.

—El hijo prodigo de Somerled, no vales más que tu apellido, llevaré tu cadáver y el de tus mujeres ante él y escupiré sobre su cara.

Dougall descargó su espada con furia, una y otra vez, con toda la fuerza y la rabia que había acumulado durante meses de búsqueda de ese forajido sin alma ni honor. ¿Cuántos hombres y mujeres habían muerto por su culpa?

Anne vio como, poco a poco, Dougall lo doblegaba a golpe de espada, hasta que clavó el filo de su claymore en su costado y Robert Matheson cayó al suelo, la sangre brotó al instante y se quedó quieto en el suelo.

Dougall iba a rematarlo, sacó con la mano izquierda su cuchillo para acabar con él.

—No lo hagas, hijo —le pidió Ragnild—. Somos la justicia, debe ser juzgado por los clanes, ante el rey.

Dougall, con la mano temblorosa, hincó la rodilla en el suelo.

Anne se acercó a él y tocó su hombro con suavidad, no merecía vivir culpable por haber matado a ese diablo de Matheson.

Reaccionó enseguida al mirar que era ella quien lo tocaba, tras el sobresalto, se apartó de Anne, herido y furioso, como un lobo acorralado.

Le había fallado, lo entendía y retrocedió.

Un gritó les advirtió, sumidos cada uno en sus pensamientos, Robert Matheson guardaba una daga en sus botas, la cogió y con la fuerza que solo podía dar el ansia de venganza, se levantó para caer con el filo sobre Dougall.

Anne lo advirtió y se cruzó en su camino, impidió que clavara la daga sobre el cuerpo de Dougall y al instante sintió como se desgarraba la piel y el frío penetraba en su cuerpo, sobre el corazón, bajo la clavícula.

Su hermano arrancó a Robert Matheson de encima de ellos y, sin pensarlo, le atravesó con el filo de su espada y lo arrojó lejos de ellos, al suelo cubierto de hojas. Se giró con la mayor expresión de miedo que Anne nunca había visto en su rostro.

—Graham, hermano —susurró—. Salva a Dougall por mí. Salva a los Somerled.

Fue lo último que Anne pudo decir.

Los hombres de Dougall se prepararon para entrar en lucha contra los Matheson cuando vieron caer a su líder.

Dougall sostuvo a su esposa en los brazos y gritó al viento toda su rabia, Anne yacía entre sus brazos con el pecho lleno de sangre.

Solo el eco del grito salido de la garganta de Graham MacLean lo despertó de aquella pesadilla, el hermano de Anne ordenaba a los Matheson arrojar sus armas y se proclamaba rendido ante los Somerled.

Anne sabía, antes de oír el grito de Dougall, que estaba muerta, tenía que estarlo. «Un mal fin para una MacLean», pensó decepcionada, seguro que su padre hubiera esperado más de ella.