Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO XIX
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CAPÍTULO XIX

—¿Dónde estabas, Anne?

Estuvo a punto de gritar al encontrar a su esposo al pie de las escaleras que llevaban a los aposentos. Anne maldijo que a nadie se le hubiera ocurrido encender antes las antorchas ante el día nublado.

—Dougall, salí a caminar, necesitaba… caminar.

—No solo a caminar, Candem dice que también sales a montar.

Anne se irguió.

—No sabía que me espiabas.

—Es un hecho, Anne, no te acuso de nada —contestó molesto. Sus ojos grisáceos dudaron por un instante. Anne le ganaba con su expresión enfadada, por ello la cogió de los hombros—. Confío en ti, pero si hay algo que quieras contarme, hazlo ahora, caileagh , antes de que sea tarde.

Respiró hondo. Era el momento de contárselo a Dougall, lo amaba con todo su corazón; si no se lo dijera, él jamás la perdonaría si después se enteraba, sabía de su tozudez y que no dejaría de indagar por mucho que confiara en ella. Tenía que dejar tiempo a Graham para huir, se lo debía.

—No es nada, Dougall, a veces añoro mi hogar y a mi familia, veo el cariño que os profesáis, y simplemente me ahogo.

Dougall cambió su expresión y entrecerró los ojos con ternura, la sumergió entre sus brazos y le besó el pelo.

Anne había perdido su oportunidad de decírselo, y temía que se arrepentiría después.

Graham huiría, y entonces se lo diría. Se iría en unas horas, y jamás volvería, lo sabía, la vida que elegía junto a los Matheson lo convertiría en un proscrito, era mejor que todos pensaran que estaba muerto.

Un alboroto hizo que se separaran para ver a Beth salir de la sala de su padre.

—No lo haré, no me casaré, no quiero un esposo, ni ahora ni nunca, quiero ser un guerrero, un highlander .

Ragnild salió tras ella con una sonrisa, ella misma no había sido dócil y no esperaba que su hija lo fuera cuando su padre le dijera que tenía que casarse, por supuesto, había contado con su rebeldía, pero el hecho de que quisiera ser un guerrero la sorprendía, habilidades tenía, desde luego, aunque su padre no las conociera.

—Beth, ¿qué ocurre? —la saludó su hermano.

Dougall vio como su hermana, con el rostro enrojecido de furia, pasaba a su lado y se abrazaba a Anne, estaba en lo cierto al decir que se habían encariñado.

—Llévatela, Anne, antes de que mi esposo y ella empiecen a gritar, hazlo por todos nosotros —pidió Ragnild.

Anne asintió, Beth era un fuego difícil de aplacar.

Miró a Dougall, resignada a seguir la conversación en otro momento.

Unas horas, solo tenía que esperar unas horas y Graham estaría lejos y a salvo, y no lo vería nunca más.

Sus esperanzas efímeras de que le fuera restaurado su título y sus tierras morían con su huida, debía haberlo obligado a hablar con Dougall.

Subieron a sus aposentos mientras la joven hermana de Dougall le contaba los planes de su padre para casarla, incluso ya tenía un candidato.

En cuanto las puertas se cerraron tras ellas, Beth se sentó en una de las sillas junto al fuego y Anne lo hizo, más tranquila, a su lado.

—Voy a escaparme, tía Isobel y tío Finn acaban de partir, los alcanzaré y me iré a vivir con ellos, jamás me obligarían a casarme.

—Y enfurecerás a tu padre, te irá a buscar, crearás un conflicto entre tus tíos y él; tendrán que entregarte, Beth.

—No lo harán, si hay alguien capaz de comprenderme es tía Isobel, y puede convencer al gran Ian Somerled, es quizá la única que tiene ese poder, madre está de acuerdo con él, dice que debo casarme. ¿Puedes creerlo?

Anne sonrió, Ragnild, la madre de Dougall, tendría sus razones. Con el tiempo se había enterado de que fue ella quien envió a Dougall a su hogar para pretenderla y así espiar a los Matheson. Así había comenzado todo.

—Piénsalo, Beth, irte no arreglará el problema, esconderte no es la solución, solo postergará la decisión.

Hablemos con Dougall. —Anne pensaba en los meses que permaneció en el convento oculta…

, y su hermano estaba en algún lugar luchando por sobrevivir.

Tal vez si lo hubiera encontrado antes, Robert Matheson no tendría ese poder sobre él.

—No, Anne, me voy, me escaparé hoy mismo.

—No, Beth, no puedes hacer eso. Espera al menos un día, hazlo por mí.

—No serás capaz de traicionarme, ¿Anne? Te quiero como a una hermana, por eso te lo he contado, mi padre no está siendo justo, no quiero casarme con un hombre que no amo ni conozco.

Me iré con tía Isobel, los alcanzaré en medio día; cuando se lo cuente, no me hará volver, a ella estuvieron a punto de casarla por alianzas, menos mal que tío Finn no se rindió, si no, jamás hubieran podido estar juntos. ¿No lo entiendes, Anne?

—Está bien, Beth, pero prométeme que te llevarás a unos guardias, y no irás por el bosque, dame tu palabra. Puedes mentirles, decirles que vas al convento y luego no te dejarían sola.

—¡Qué tonta eres, Anne! Sabes que sé defenderme. ¡Oh! Está bien, iré por las playas.

—Dame tu palabra, Beth.

—Sí. Ahora déjame, tengo que prepararme.

Anne salió de sus aposentos y se pegó a la puerta de madera, Beth era un ángel, pero en cuestión de hacer su voluntad, no pensaba en las consecuencias, claro que ella no sabía quién acechaba en los bosques.

Recordó los ojos rasgados de Robert Matheson, sabía lo que tenía que hacer, delatar a Beth ante Dougall y su padre, pero entonces, ¿cómo explicar lo que sabía?

, que unos ojos acechadores los observaban desde el bosque.

Tenía que proteger a Graham, era cuanto le quedaba, estaba cansada de suplicarle que abandonara a los Matheson.

No era tonta, los había estado alimentando, procurándoles armas y abrigo; estaba, de alguna forma, siendo chantajeada por el bienestar de su hermano, y Graham no lo veía, harían daño a alguien tarde o temprano, o los descubrirían, incluso podían hacerle daño a Dougall, o a Beth, o a cualquiera de esas gentes que tan bien la trataban sin tener nada que ofrecerles a cambio.

Caminó hacia el salón y salió al patio, Dougall entrenaba con sus hombres, Candem y él luchaban con las espadas. Miró a ambos, se alegraba por Enid, Candem era un buen hombre, esperaba que encontraran la paz que a ella se le negaba.

Se apoyó en el muro a esperar que acabaran, su esposo era un excelente guerrero, se defendía ante el tainister de los Somerled con calma, atacaba con precisión, era solo una muestra de su carácter que tanto admiraba.

Jamás la perdonaría que callara un secreto tan grande.

No podía renunciar a él. Debía contarle la verdad.

Aliviada por la decisión, se sintió más ligera, Beth no huiría, los Matheson y Graham estarían lejos.

Tras una estocada en la que Candem se rio con fuerza al verse obligado a plantar la rodilla en el suelo, él la miró y Anne le sonrió, Dougall perdió la concentración y en lugar de esquivar el golpe de su amigo y mentor, se quedó quieto.

Candem gritó al instante, cuando la hoja de la espada le rozó el brazo.

La sangre salió a borbotones y manchó su brazo desnudo.

Anne corrió hasta ellos, esquivó a los guerreros que entrenaban aún sin darse cuenta; horrorizados al verla entre las afiladas hojas de sus espadas, dieron la voz de alarma y se detuvieron.

Candem ya apretaba con su camisa la herida de Dougall.

—Me distraje, amigo —le decía a Candem con una mueca de dolor en su rostro contraído.

—No puedes permitirte un error en combate, tienes que estar centrado, Dougall, podía haberte hecho daño de verdad.

—Fue culpa mía —defendió a Dougall mientras se arrodillaba a su lado, angustiada. Los dos callaron y Candem chascó la lengua.

—Solo es un roce, Anne.

Vio como ella tironeaba de su propio vestido y lograba hacer una venda con el ruedo.

—Lo siento tanto, Dougall, de verdad, no quería distraerte.

Dougall se dejó vendar el brazo por ella con una sonrisa en los labios.

El dolor del brazo merecía la pena por ver a Anne tan preocupada por él; lo amaba, podía verlo en pequeños detalles, en su forma de no apartar su mirada de él, en cómo se entregaba cada noche a sus caricias.

Era lo que siempre había deseado, una esposa inteligente como ella, apasionada, solo esperaba estar a la altura.

Ya estaba preparada para llevarla a Dunollie y enseñarle como progresaban las obras en el castillo de su familia.

Dougall esperaba que se pudieran mudar en unos meses, a Anne le gustaría ver reconstruido todo, vivirían allí, su propio hogar, hasta que su padre decidiera que era hora de relevarlo como laird .

Era una sorpresa y esperaba no equivocarse.

Anne, satisfecha con el vendaje, levantó la mirada y, al verlo sonreír, le dio un pequeño tirón.

—No te rías de mí, Dougall, me preocupa que te hieran.

—¡Cielos! No podré soportar tantos corazones enamorados, necesito una cerveza muy agria y vendarme los ojos para no sufrir la misma fiebre que todos vosotros.

Candem se alejó enfadado de ellos y Anne sonrió sonrojada.

—Es un gruñón, no le hagas caso.

—Solo intenta disimular, si pudieras verle con Enid…

Dougall la miró extrañado, sí que se había perdido cosas, el viejo Candem ¿enamorado?

Anne vio marchar a Candem y fue cuando se dio cuenta de que todos los hombres de Dougall los miraban con interés.

—¿He hecho algo que no debía, Dougall? —susurró junto a su cuello.

Su esposo tomó su brazo y la besó sin pudor alguno.

—No, Anne, demuestras que me amas y mi gente, mi clan, mi familia lo agradece.

Anne se sonrojó aún más si era posible y se levantó junto a Dougall; perpleja, vio como los guerreros les abrían paso y saludaban con la cabeza a su paso.

— Lady Somerled —repitieron a su paso a modo de reconocimiento. Era la primera vez que la llamaban así.

—Algún día, Anne, serás su dama, su señora, jurarás protegerlos y cuidar de ellos y sus familias, y te dan su bendición como tal, aprecian tu valentía e ingenio, la forma en que me tratas, con respeto y cariño.

Anne caminaba al lado de su esposo y bajó la mirada al entrar en el salón. Sabía que Beth no esperaría para seguir a los Sorley, sus tíos, y que estaban en peligro porque los Matheson estarían al acecho. No podía postergarlo más, si algo le ocurriera a Beth, no se lo perdonaría.

Se giró hacia su esposo con el rostro arrasado en lágrimas, Dougall la miró alarmado, si no le habló antes de sus responsabilidades era porque no la creía preparada, no esperaba esa reacción, Anne jamás se asustaría por ello.

—Anne, estoy bien, los hombres solo…

—¡No, Dougall, no lo entiendes! Los Matheson emboscarán a tus tíos y Beth va tras ellos.

El rostro de Dougall cambió por completo, Anne supo que acababa de destruir cualquier intento de que aquel matrimonio funcionara, la repudiaría, estaba segura. Intentó abrazarlo y Dougall la apartó con furia.

—Te di la oportunidad de confesar, Anne, te seguí y, a pesar de que el corazón me decía que me mentías, confié en ti.

—No lo entiendes, mi hermano está con ellos, no le perdonarás, ha hecho cosas…, pero se arrepentirá, te lo juro, es tan joven y… —Miró la expresión de su esposo y no era de sorpresa—. ¡Cielos! ¡Tú sabías que mi hermano estaba vivo! ¡Y no me dijiste nada!

—Apártate, Anne, no me obligues a decir lo que pienso ahora de ti.

Anne se apartó, dolida, nunca había sentido como el corazón se rompía, ni siquiera creía posible sentir aquel dolor, tan diferente del de una pérdida.

Se habían mentido, Anne que pensaba que al fin podían ser felices, ella no le contó que tenía a su hermano escondido en el bosque, pero él la había ocultado que sabía que estaba vivo, tal vez todos esos meses.

—¡Candem! ¡Rápido, a las armas!

Lo miró con ira, Dougall ni siquiera le prestaba atención, y quería gritarle, discutir con él, pero no, el frío Dougall Somerled no lo haría.

Partiría a la lucha, a perseguir sin descanso a su hermano.

Anne se dio cuenta de que llevaba en el patio bastante rato, cogió sus faldas y salió a la carrera en busca de Beth, no podía haber partido ya, ¿no?

Atravesó los salones, donde los sirvientes encendían las antorchas, y subió las escaleras hasta los aposentos de Beth, la puerta estaba abierta y Ragnild dentro.

—Se ha escapado, lo temía. La encontraremos, aunque tardemos semanas.

La voz de Ragnild era tranquila, sin embargo, no sabía la verdad.

—Ragnild, Dougall ha partido tras ella, yo le dije que Beth se había escapado.

Ragnild la cogió de la mano.

—Gracias, sé que te habrá costado traicionarla, mi hija engatusa a todos.

—No es eso, Ragnild, corre peligro, en los bosques han estado todo este tiempo los Matheson y mi hermano Graham, está vivo; está con ellos, se ha convertido en un forajido. No creo que ataquen a Isobel, iban muy protegidos, pero Beth…

Ragnild apretó su mano entre los dedos y respiró pensativa, tan calmada que Anne pensó que no la escuchaba.

—Isobel estará a salvo, Finn se encargará de ello. Anne. Gracias por decírselo a Dougall, sabes que si tu hermano hace daño a Beth, lo matará, ¿verdad? Y yo no permitiré que hagan daño a mi pequeña.

—Lo sé.

Su suegra asintió, soltó su mano y con una sonrisa triste le acarició la mejilla como lo haría la madre que no había conocido.

—Vamos entonces, intentemos evitar que cuando Dougall encuentre a su hermana, mate al tuyo.

Por fortuna, Ian Somerled estaba en Bute, el laird del clan no estaba allí para impedir que las dos salieran por las puertas solas, armadas con arcos y dagas.

Anne, desde su montura, se giró para mirar a aquella mujer, a la cual habían vilipendiado, dicho que era una bruja, que tenía que ser una salvaje vikinga para soportar a los Somerled, ella misma había creído todas y cada una de aquellas mentiras.

Ahora veía a una de aquellas valkirias de las historias nórdicas, cabalgaba al lado de una mujer que pretendía salvar a su hija, aunque tuviera que matar o morir por ello, igual que ella por su hermano, lo mereciera o no.

Y mientras las dos se alejaban de la protección de las murallas, se preguntó si eran amigas o enemigas en ese instante; casada con su hijo, ella cabalgaba para salvar a su hermano de caer en el más detestable crimen; Ragnild, para salvar a su hija, quizá a sus dos hijos, ambas con un propósito, detener a todos antes de que no pudieran mirarse a los ojos la una a la otra, el presente y el futuro de los Somerled.