CAPÍTULO XVIII
A nne esperó que Dougall volviera a su rutina en el castillo, era un hombre de férreas costumbres, fiel a sus obligaciones, no era dado a haraganear ni dejar nada para más tarde, así que el hecho de que se hubiera dado por vencido por el momento con los Matheson le confirmaba que no tenía ni idea de que estaban a pocas millas.
No la decepcionó, antes del amanecer, Dougall salió del lecho en silencio; escuchó como recogía sus armas y se vestía.
Anne suspiró para sí misma, el reencuentro de su vuelta le había dejado un sabor dulce en los labios, ¿pasaría cada vez que él se ausentara unos días?
Por primera vez, tenía esperanzas, lo amaba, deseaba pasar su vida con Dougall, en el castillo comenzaba a encontrar su lugar, se llevaba bien con su hermana y su madre, la incluían en la vida del castillo, en sus entrenamientos, y aunque Isobel se fuera pronto, daba por hecho que serían grandes amigas siempre.
Su padre era huraño y alzaba la voz de vez en cuando, Anne daba algún respingo, hasta que comprendió que Ian Somerled, el hombre fiero y sanguinario, había quedado ahogado con los años por una familia que lo adoraba y quería.
Era duro con todo el que le rodeaba y a la vez paciente cuando hacían algo mal.
Incluso, la familia había apartado durante un tiempo al hermano de Dougall, Donald, como si esperaran que la concordia volviera algún día.
Todo aquello solo le daba la razón a Dougall, no conocía a los Somerled, y ella…
les pagaba la forma absoluta de acogerla como una más…
con la traición, sabía dónde estaban sus enemigos y lo ocultaba.
Abrió los ojos antes de que Dougall saliera de los aposentos y lo llamó.
Él se giró extrañado, como si hubiera sabido todo el rato que estaba despierta, y esperó en la puerta.
Anne se levantó de entre las mantas, el frío le congeló los pies, corrió hasta él y se abrazó a su cintura, escuchó los sonidos de su corazón debajo del cotum de cuero, iba a entrenar.
Dougall le levantó la barbilla con una hermosa sonrisa y se agachó para que sus ojos grises quedaran a la altura de los suyos.
Anne pasó el brazo por su cuello y lo besó con pasión hasta que su respiración se agitó.
—Esposa, si sigues besándome así, no habrá entrenamiento hoy.
—Creo que los Somerled están bastante entrenados —contestó con picardía. Dougall respiró hondo y la separó de él.
—Tenemos muchos enemigos, Anne, no puedo dejar a un lado mis obligaciones.
Anne asintió, ese maldito sentido de la responsabilidad de Dougall que a ratos la desesperaba y otros admiraba. Lo vio partir y se regañó a sí misma, solo había querido enredarlo para tener una excusa consigo misma y no ir al encuentro de Graham, escondido aún en el bosque.
Se vistió deprisa, comería algo en las cocinas y se deslizaría por las puertas laterales, no podía arriesgarse a que Dougall descubriera que cogía su caballo.
Ragnild no la echaría de menos, pensaría que estaba en sus aposentos después de como desaparecieron ella y Dougall la noche anterior.
Consiguió salir del castillo sin que la vieran, corrió cuando los guardias ya no podían verla y se adentró en el bosque.
Llegó sin aliento, ya conocía el camino lo bastante como para hacerlo con los ojos cerrados.
Llegó al claro y encontró a los Matheson, sus miradas de desconfianza la recibieron, la mayoría parecían salvajes, con las barbas desaliñadas y las ropas sucias, Anne no lo entendía, les había llevado ropas limpias y comida durante días.
Suspiró más tranquila al caminar entre ellos cuando vio a Graham.
Su hermano se levantó con seguridad, estaba restablecido casi por completo gracias a los remedios que le había llevado.
La curandera de la aldea guardaría su secreto, o eso esperaba. Demasiadas personas lo sabían ya.
—¿Y las armas? —le preguntó Robert Matheson.
Ese hombre le desagradaba demasiado, tal vez porque engañó a su padre y se temía que seguía mintiendo ahora a su hermano.
—No puedo sacar más armas, mi esposo ha vuelto.
Graham se acercó a ella como si la vuelta de Dougall le supusiera un peso tan enorme que necesitara compasión.
—No te preocupes, Anne, nos arreglaremos con lo que ya has traído. Debes tener cuidado con esa bestia y su padre.
—Graham, no son tan malos, he convivido con ellos, me tratan… bien. Son amables con su gente, justos y…
—¡Cállate, mujer, hablas como una doncella enamorada! —gritó Robert Matheson.
No le hizo caso y tomó del brazo a su hermano.
—Graham, ven conmigo al castillo, deja esta vida, te doy mi palabra de que Dougall te perdonará; lo hizo conmigo, nos devolverá las tierras, incluso los hombres dicen que reconstruirá nuestro hogar. Iremos a ver al rey para te haga laird de los MacLean, se hará justicia.
Graham se soltó de su brazo y miró a Robert Matheson, su hermano era demasiado joven, ese hombre le tenía en sus manos.
—¿Justicia? Te tiene engañada, Anne, en unos días nos iremos, Robert dice…
—¡No me importa lo que diga Robert! —lo increpó enfadada, sintió la mirada del jefe Matheson sobre ella—. Ven conmigo, Graham, antes de que cometas una tontería y ya no puedas obtener el perdón.
—¡No se lo habrás dicho a los Somerled, perra!
Graham detuvo al jefe de los proscritos, Anne estaba convencida de que si su hermano no estuviera allí, sufriría la ira de ese hombre.
Hubo un tiempo en que, como su padre los entendía, les arrebataron sus tierras, su forma de vida, sus hogares, y sin embargo, Dougall afirmaba que los habían perdido por desidia, que les gustaba más robar que arar los campos.
Anne suspiró hondo. Tenía que acabar con aquello, no podía seguir mintiendo a Dougall y a los Somerled, y Graham, lo había perdido se temía, nada parecía acabar con la furia de su venganza.
Enid le había hecho abrir los ojos a la verdad, Graham ya no era un niño, él había decidido estar allí.
—No me hables así nunca más, Matheson. ¡Idos ahora! ¡Salir de las tierras de los Somerled o yo misma se lo contaré a mi esposo!
Su hermano la miró dolido, apretó la mandíbula y miró a Robert Matheson, tal vez él ya le había advertido que Anne los traicionaría.
—¿En serio, Anne? ¿Me echas?
—Vete, Graham, por favor, he intentado hacerte entrar en razón, que confiaras en mí.
—Padre se revolvería en su tumba.
—No, Graham, él siempre apoyó que me uniera a Dougall Somerled.
—¡Mientes!
Anne se separó de su hermano, ya no se sentía segura a su lado ni en aquel lugar, Graham era parte de ellos y no de ella, había perdido a su hermano entre las llamas.
—¡Huid de Argyll, en dos días se lo diré a Dougall!
Pensó que no la dejarían salir de allí, aquellos hombres oyeron su amenaza.
Anne levantó el rostro y se agachó para tomar sus dagas de las botas sin dejar de mirar atrás, agradecida por las lecciones de su suegra.
Una vez que los perdió de vista entre los troncos, corrió a toda prisa por el bosque, zigzagueó y, una vez que llegó a la pradera, siguió, no le importaba que la vieran los guardias, inventaría una excusa.
Solo que en las almenas alguien esperaba su vuelta pensativo y al verla regresar así, Dougall confirmó sus sospechas, Anne ocultaba algo.