Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO XVII #2
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CAPÍTULO XVII #2

La dejó caer sobre el lecho y Anne se dispuso a disfrutar de ver a su esposo deshacerse de la espada, de las dagas ocultas en la cintura; con presteza, se deshizo de sus botas después de sacar otra daga de ellas.

No debía engañarse, su esposo era un hombre letal que era cierto que prefería las palabras al combate, sin restarle un ápice de masculinidad.

Anne se temía que empezara a admirarlo. Cuando lo conoció, la cegó lo que decían de él: cruel, ambicioso, sin remordimientos, el senescal de su padre; lejos de esa imagen, Dougall era un verdadero guerrero que se regía por las normas de caballería más nobles.

Observó como se quitaba el broche del águila y el barco, el emblema Somerled, sin dolor al verlo, el plaid cayó al tirar Dougall hacia abajo y casi se arrancó la camisa.

Desnudo por completo ante ella, Anne se arrodilló en la cama para admirarlo.

Dougall le sonrió con mirada pícara, iba a dejarla hacer aunque el dolor de su entrepierna fuera insoportable, quería arrancarle la ropa, tumbarla sobre el lecho y hundirse en ella hasta alcanzar el placer entre sus muslos.

La necesitaba con desesperación para calmar aquel deseo que le hervía en la sangre.

Anne disfrutó del primer toque contra la piel acerada de Dougall, pasó la mano por su brazo, dibujó con los dedos las protuberancias de sus músculos, las finas líneas de sus tendones en tensión.

Lo miró absorta, él dejó que lo tocara sin moverse, tan solo esa mirada de cazador ante su presa.

Trazó una línea hasta su torso, duro como una piedra, y llegó a su vientre de suaves curvas que marcaban cada músculo.

Dougall era granito, caliente bajo el tacto de su mano.

Con una sonrisa, Anne deslizó atrevida su mano hacia su miembro erguido contra el vientre y lo tomó en sus manos.

Dougall gruñó de placer al sentir la mano de su esposa envolver su masculinidad, su músculo quería estallar contra la suavidad de su agarre, la anticipación de lo que ella pretendía hacer lo dejó sin respiración, se inclinó hacia él, los labios entreabiertos.

¡Cielos! La lengua de Anne lo acarició con suavidad y creyó volverse loco, se aferró al cabello de su esposa, le deshizo la trenza mientras ella jugaba con la punta enhiesta y tuvo que contenerse para no aferrar los mechones y la nuca y apretarla contra él.

Nunca se había sentido tan fuera de sí, el hilo que lo mantenía cuerdo se rompía, llegaba a su fin cuando Anne lamió una vez más y su cuerpo se contrajo.

— Caileagh.

Muchacha, susurró, y Anne abrió la boca animada por el ronroneo de como la llamó, una sensación de cálida dureza, la suavidad que no esperaba encontrar, atrapó a Dougall con sus labios, sorprendida de lo mucho que le gustaba, del poder que ejercía sobre él y la maravillosa sensación de que él podía explotar con aquel simple gesto de ella.

Con decepción, sintió como Dougall la apartaba con delicadeza.

Una delicadeza falsa porque, al verse liberado, la empujó hacia el lecho, hasta dejarla bocarriba. Con ambas manos, tomó el cuello de su camisa y tiró de él. Anne ahogó una exclamación de sorpresa. Casi fue un grito al desgarrar con fuerza la tela.

—¡Oh, Dougall!

—No pretendas, Anne, que no me vuelva loco —dijo con una sonrisa que lo hizo parecer a sus ojos mucho más joven, y es que lo era, fuera de esa presión de ser el hijo de quien era. Le bajó los pantalones con una sonrisa pícara.

—Tendrás, esposo, que explicárselo tú mismo a Enid.

—Esa mujer me adora.

Sus labios cayeron sobre ella, acallaron sus protestas, y Anne sintió que alcanzaba cada recoveco de su boca, luchaba con su lengua contra la de él a un ritmo cada vez más vertiginoso.

Dougall la abandonó de repente, solo para observar su desnudez, sus pechos libres entre restos de tela.

En trance, los acarició con ambas manos, los mesó juntos, pasó el pulgar por la corona de ellos, embriagado por la belleza de su cuerpo desnudo.

La tenía atrapada entre sus piernas y Anne se resistió a cada caricia, su cuerpo se encorvaba hacia él, buscaba más caricias, lo incitó al tacto de su boca en los senos mientras acariciaba sus músculos como si pudiera someter la fuerza de su esposo.

Dougall pasó la lengua por el botón que coronaba sus pechos, deslizó su mano por el vientre plano hasta llegar al triángulo de sus piernas y, sin concesión, buscar el hueco húmedo de su feminidad.

La penetró con un dedo, notó como ella se contraía ante el vacío y le dio lo que ansiaba, otro dedo que la llenara, que tocara las paredes de su placer a la par que con la palma apretaba para darle unas contracciones que no tardaron en llegar.

—¿Te gusta, Anne?

Anne oyó su voz ronca y grave, no podía pensar en nada excepto el hormigueo de necesidad, la anticipación del momento en que Dougall la empujaría al abismo.

—Sí, amor. Sigue, esposo.

Dougall se quedó rígido, ¿amor? Negó con la cabeza, solo era fruto del momento, tenía que serlo.

Volvió a concentrarse en darle placer, hundió la cabeza entre sus piernas, rozó con la barba sus muslos suaves y ella lo atrapó contra su cuerpo.

Dougall sonrió y deslizó su lengua como sabía que le gustaba a su esposa.

Con una necesidad imperante, Anne le cogió el cabello y lo aplastó contra sí, después lo soltó.

No quería solo placer, lo quería a él, dentro de ella para calmar aquellas contracciones imparables.

Lo empujó hacia arriba, lo besó y sintió los sabores de cada uno, la esencia de sus cuerpos.

Dougall colocó su dureza sobre ella y la penetró de un movimiento.

Anne gimió. El mundo se redujo a ellos dos, piel con piel, roce de lenguas, más piel que tocar, cuerpos entrechocando a un ritmo continuo.

Dougall la hizo abandonarse al placer más absoluto, otra oleada la llevó más lejos cuando él se derramó dentro de ella, tan profundo que Anne lo sintió por todas partes en su interior.

Lo abrazó, no quería que saliera de ella, alargar aquella unión que iba más allá de lo físico, sentía sus latidos contra ella, el alma casi atravesada.

Lo había echado de menos, esa era la realidad, ya no quería una vida sin Dougall.

—Te quiero, Dougall Somerled.

Se quedó rígido, aún sacudido por los espasmos del placer absoluto, nunca se había entregado así a alguien. «Te amo, Dougall Somerled».

Dougall la abrazó como si fuera una deidad maravillosa, le amaba, a él, a Dougall Somerled, no a su nombre, no a su riqueza, no a su poder, sino al hombre, ella se lo había demostrado.

Cuánto odiaba todo aquello con lo que los demás lo definían.

La amaba, ¡cielos! ¡Cuánto! Desde el día en que ella le llamó esbirro y le dolió como nunca antes escuchar esas palabras, más que cuando murmuraban a su espalda «mestizo».

Anne lo miraba atenta, sabía que esperaba que él le dijera lo mismo, y algo en el fondo de los ojos de ella, esa ansiedad porque se lo dijera, le hablaba de que Anne no le contaba algo, como si al aceptar su amor y que él se lo mostrara con palabras, le aseguraría que, aunque le mintiera, él no le haría daño.

Podía cercarla, hacer que confesara, y prefirió confiar en su propio juicio y en la dureza que volvía a sentir erguirse en el interior de Anne.

Le hizo el amor hasta que el alba despertó y sintió que el nuevo día era un nuevo comienzo para ambos.

Anne tendría que esperar a esas palabras que le ardían en el alma.