Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO XVII
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CAPÍTULO XVII

D ougall atravesó las murallas de su hogar agotado; tras una semana en las fronteras, no había rastro de los Matheson, como si tras los últimos pillajes hubieran desaparecido, llegaron hasta tierras de su tío Alistair sin encontrarlos.

Sin embargo, un extraño rumor se propagaba desde las tierras que habían sido el hogar de Anne, algunos decían haber visto a Graham MacLean con vida.

Anne no debía enterarse hasta que tuviera la total certeza de que era cierto, no quería darle esperanzas, tan unida a su hermano, una falsa esperanza podía volver a sumirla en la desesperación.

Su padre y su tío le recomendaron que no hiciera caso a tales rumores, porque de ser así, Graham debía haberse unido a los Matheson y seguir su estela de muerte y robos; en ese caso, un día tendrían que matarlo, de nuevo.

Decepcionado, miró alrededor, no es que esperara que Anne apareciera dando gritos y saltos de alegría al verlo, pero sí que estuviera allí para recibirlo.

¡Cielos! Le costó mucho saber los primeros días qué era aquello que le hacía estar en un continuo desasosiego, que al cerrar los ojos solo pudiera ver los ojos verdes de su esposa, que en sueños la abrazara para después encontrarse que era su plaid …

Estaba enamorado de su esposa. Anne le había robado el corazón de mil maneras diferentes y no podía lidiar con aquel sentimiento que lo hacía tan débil como fuerte, tan seguro como desconcertado, tan ilusionado como un crío y maduro como un hombre que sabe que ha entregado su alma a una mujer.

Nunca lo pretendió, o sí. Al verla, le deslumbró su belleza, pero después, esa fortaleza de Anne, su inteligencia y su humor arrasaron con sus defensas.

Ahora entendía a los dos fieros hombres que lo acompañaban, cómo podían ser sanguinarios guerreros temidos, highlanders rudos e incluso toscos, y entregar esa adoración incondicional a sus esposas, quizá ahora comprendía mejor el amor de sus padres.

Su madre y su tía, incluso Beth, estaban allí para recibirlos en cuanto los hombres de las almenas dieron la alarma.

Frunció el ceño al ver a su esposa deslizarse tras ellos y entrar en el patio, con la capucha echada sobre los hombros, a la carrera, se deslizó entre las gentes y acudió junto a las puertas del salón.

Con una sonrisa, las mejillas arreboladas y sin respiración, lo miró con un rostro de total inocencia.

Dougall frunció el ceño. ¿Inocente? Anne podía ser cualquier cosa menos inocente, volvía a vestir como un muchacho, allí nadie se lo impediría, acostumbrados a las mujeres de su familia, su pecho se agitaba arriba y abajo bajo la camisa, lo que indicaba una severa carrera, pero ¿desde dónde?

Bajó del caballo y los demás les dejaron un momento de intimidad, lo cual agradeció; Anne y él se miraron a los ojos, el color verde de las praderas, el gris de una tormenta en los suyos.

Hasta que ella le sonrió y enlazó sus brazos al cuello con repentina fuerza.

Una sonrisa en sus labios antes de prender un beso en los de Dougall le dijo que Anne parecía aquella muchacha de su hogar, espontánea y alegre.

No era estúpido, aprovechó aquel beso, que le supo a algo más, de alguna manera, Anne intentaba alejar su mente de su cuerpo.

—Sí que me has echado de menos, esposa.

Lo vio en los ojos de Anne, un brillo diferente, ya no tenían la languidez de la pérdida en ellos y se preguntó si los rumores de que su hermano estaba vivo habrían llegado a Riata, aunque eso era imposible.

—Claro que sí, Dougall —contestó tímida—. Me ha tratado muy bien tu familia, nunca imaginé volver a sentirme apreciada en un lugar.

Dougall se sorprendió de aquellas palabras, conocía a su tía, a su hermana y a su madre, no se hubieran encariñado tanto con ella si no fuera especial.

—¿De dónde venías corriendo, Anne?

—¿Corriendo?

—Te ordené que no salieras del castillo.

—Soy tu esposa, no tu soldado, Dougall, me gustaría que me lo consultaras antes de dejarme encerrada.

Ahí estaba, el espíritu de la mujer que era Anne.

—Era por tu seguridad. ¿Dónde has estado? —repitió insistente.

—En la pradera, allí me ven los hombres desde las almenas, Ragnild me dijo que no había peligro tan cerca del castillo. ¿Has encontrado a los Matheson?

—Ni una sola pista de dónde pueden haberse escondido, parece como si hubieran desaparecido.

—Los encontrarás —le aseguró sin mirarlo al rostro, no podía dejar entrever su secreto.

Murmuró una plegaria al cielo para que Dougall olvidara que la vio correr desde el exterior, sospechaba de ella.

Avergonzada, supo lo que tenía que hacer, pegó su cuerpo al de su esposo y rozó con el pecho la camisa de él.

Enseguida el rostro de Dougall se suavizó y la miró con picardía, Anne se sintió triunfal, su esposo tenía un punto débil, y era ella.

Dougall sonrió resignado, Anne, desde que se casaron, había aprendido la forma de seducirlo y creía que, al hacerlo, él se olvidaba de todo. Dejaría que lo creyera en el lecho, mientras la vigilaba atento fuera de él.

Anne tomó su mano, esperó a que saludara y lo vio alejarse con el tainester del clan, Candem.

El lugarteniente de Ian Somerled era un hombre discreto que pasaba desapercibido, pero dirigía el castillo y las defensas con diligencia.

Cuando Enid no lo entretenía, o Anne no les incitaba a encontrarse en cualquier lugar.

—Ha estado tranquila, la mayoría del tiempo lo ha pasado con tu hermana y tu madre. Me informó que no pensaba acatar tus ordenes de estar encerrada en el castillo.

—Ya, mi esposa tiene sus propias ideas acerca de obedecer. ¿Estás seguro de que nadie extraño se ha acercado a ella? —le preguntó, Candem había recibido las órdenes de no perderla de vista.

—Lo cierto es que por las tardes paseaba por la pradera, y lo hacía sola, a caballo, no me pareció que corriera peligro tan cerca de las murallas, es una mujer callada. Nadie la acompañaba.

Dougall miró a su amigo y respiró cansado, algo le decía que incluso ella había engañado a Candem.

No era la misma que dejó tan solo una semana antes, el brillo de sus ojos era distinto, ya no estaba desesperanzada ni mostraban dolor, sino alerta.

Se preguntó de nuevo si habría llegado a sus oídos que quizá su hermano estaba vivo.

—Está bien, Candem.

Le agradeció con una palmada que hubiera cuidado de Anne y notó la mirada inquisitiva de ella desde los pocos metros que los separaban.

Dejó a Candem y la vio sonreír, llevaba el pelo atado en una trenza y, aunque ya no vistiera esos delicados vestidos de su vida en Dunollie, le atraía la forma en que los pantalones marcaban sus curvas.

Dougall creyó que soñaba al ver como ella le hizo un gesto de que se acercara, ¿insinuante?

, no aguantaría ni un momento más, algunos hombres del clan se acercaron a hablar con él, y solo tenía ojos para su esposa.

Arqueó una ceja cuando ella, con una sonrisa que le dedicó, le señaló las escaleras, Anne lo invitaba a subir.

Era la primera vez que su esposa parecía estar de verdad alegre de su vuelta y algo dentro de él se conmovió.

Se hizo hueco entre los que le hablaban, la vio subir y la siguió con una sonrisa. Apretó el paso y la alcanzó en el primer rellano, tomó su cuerpo por la cintura y sintió con agrado el peso de sus pechos sobre los brazos. Ella rio y Dougall la cargó sobre su hombro.

—¿Qué haces, esposo? —preguntó con la voz en susurros a la par que se agarraba a su cuello—. Temía que quizá estuvieras agotado.

Dougall no pudo pensar en otra cosa que en esos labios rojos y mullidos, en los ojos verdes entornados y la medio sonrisa de Anne.

¿Cuántas veces había deseado tenerla así en esos días lejos?

Sus sueños se veían torturados por la necesidad de tomar su cuerpo, y durante el día, su imagen aparecía ante él sin descanso.

No podía ser bueno anhelar tanto a una persona.

—Ni arrastrarme por toda Escocia podría hacer que no te tome, Anne.

Ella sofocó un gemido al oír sus palabras, la mayoría de las veces, Dougall era contenido, no expresaba sus sentimientos, pero algo había cambiado con su vuelta, Anne lo notaba, como si la separación los hubiera unido más.

Se negó que podía ser culpa de ella, que estaba más receptiva, menos vengativa al saber que su hermano se había salvado, pero entonces, en el lugar del dolor había un enorme secreto que él jamás le perdonaría.

Miró aquellos ojos grisáceos que, tenía que reconocer, siempre la fascinaron, y ahora, a la luz de las antorchas, reflejaban toda la luz del hombre que era.

Justo y leal a su gente, a ella. Se mordió el labio, culpable, y decidió olvidarse de cualquier cosa que no fuera él dando una patada a la puerta de sus aposentos.

La había cargado sin esfuerzo alguno y Anne se maravillaba de la fuerza de su highlander , suyo.

Pero ¿y ella? Sería algún día capaz de entregarse por completo a él.

Acarició su mandíbula, la barba que comenzaba a sombrear, y sonrió ante lo áspero de su rostro.

Él frunció el ceño, inseguro, y por fin le sonrió.