Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO XVI
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CAPÍTULO XVI

A nne vio como todas salían de las cocinas y le preguntó a la cocinera si podía llevarse algo de la comida restante. La mujer frunció el ceño, no era de extrañar que la mirase así si pensaba que toda esa comida era para ella.

Salió con una bolsa llena por el corredor hacia el patio, lo atravesó sin mirar a nadie y se cercioró de que los muchachos que cuidaban los caballos no estuvieran por allí. Fue hasta donde estaba su yegua y entró en su cuadra, dejó la bolsa junto a otra que había conseguido el día anterior.

—¿Qué haces, Anne?

Agachada en la esquina donde dejaba las provisiones, la voz de Enid hizo que se levantara de golpe.

—¿Me has seguido, Enid?

Su amiga chascó con la lengua.

—No me hables así, Anne, sé que algo pasa, te escabulles por los rincones, sales a cabalgar sola, incluso propicias que me encuentre con Candem, ¿para qué?, ¿para escapar?

La mujer que era en el convento, seca, amargada como una baya al sol, se adueñó de ella.

—No he visto que te quejaras de tener para ti a Candem en lugar de ser mi doncella.

Enid la miró, no hacía falta ver cómo se mordía los labios para apreciar su enfado.

—Anne, me he criado contigo y con Graham, sois, erais mis hermanos —rectificó—. No me trates como a una extraña, ni intentes herirme. ¿Qué haces? Sea lo que sea, cuando Dougall vuelva, te descubrirá. Y a él no podrás engañarlo.

Anne se arrepintió al instante, creía haber dejado atrás a esa mujer en la que se convirtió en esos meses.

Sintió las manos sudorosas y frías al mismo tiempo.

No, no quería volver a ser la Anne que trataba mal a todo el mundo, a Rose, su amiga, y ahora a Enid.

Y todo era culpa de las mentiras, encubrir a unos hombres que sabía malvados y a Graham, que no parecía ya él.

Cogió del brazo a Enid y la apartó hacia el muro, entre las sombras del corredor.

—Graham está vivo, Enid.

Quizá debería haberlo dicho de otra manera, tal vez con más delicadeza, Enid se apretó contra el muro y perdió la respiración por un instante. La miró con los ojos entrecerrados.

—No dudo de ti, jamás bromearías con la vida de tu hermano. ¿Por qué no está aquí? ¿Por qué no estás feliz? ¡Anne! ¡No lo sabe nadie, ¿verdad?!

Anne tapó su boca y miró a ambos lados.

—Porque está con ellos, Enid, se ha unido a los Matheson.

—No puedo creerlo. —Negó con la cabeza—. No puede estar con esos demonios… ¿Sabes que no acudieron cuando vieron el castillo en llamas? Rapiñaron a cada aldeano que sobrevivió. Robaron cuanto pudieron de entre las cenizas, en cuanto los Somerled se fueron, hicieron cosas…

—Lo sé, lo sé, pero ese Robert Matheson tiene a Graham embrujado, no he podido verlo sin que esté él delante.

—¿Verlo?

—Les llevo comida, ropa. ¿Qué puedo hacer? Es eso o perder a Graham. Se marchará si piensa que están en peligro.

Enid se cruzó de brazos, obstinada.

—Es mayor, ya no es un niño, ha elegido esa vida, pues que se quede con ellos. Anne, no pongas en peligro esta vida que tienes, a Dougall, a los Somerled, son buena gente.

—Tienes razón, Enid, en cuanto Dougall sospeche algo, irá tras Graham.

—Cuéntale la verdad, Anne, hazlo por ti, tenéis la oportunidad de vivir en paz, olvidar el pasado. Te ama, lo sé.

—Lo haré.

—Promételo.

—Sí, Enid, déjame hablar una última vez con mi hermano, no digas nada, por favor. Ni siquiera a Candem.

Enid miró al suelo, pensativa. Suspiró y asintió mientras ambas sabían que nada de aquello acabaría bien.