CAPÍTULO XV
A nne vio el amplio huerto de Ragnild, una parte de él florecía bajo árboles frutales y estaba hermoso, pero la otra parte parecía yerma y seca, pisoteada la tierra y llana.
Miró a Enid, parecía conocer aquella rutina de las mujeres Somerled, desde luego, su doncella se había acostumbrado muy bien a la vida en Riata, vio como su amiga la miraba ilusionada, ella sabía lo que hacían allí todas las mujeres Somerled.
Se contagió de su entusiasmo y esperó paciente.
Beth se acercó a un gran roble y tiró de una cuerda, una pesada bolsa cayó al suelo con el tintineo de algo metálico en su interior.
Anne las vio a todas dirigirse hacia la hermana menor de Dougall.
La joven hija de Ragnild abrió la bolsa e Isobel cogió un arco, enseguida buscó las marcas de los dedos, era un arma esbelta, más pequeña que las de los hombres, Beth sacó una daga y Ragnild le tendió otra a ella.
—¿Qué hacéis con armas? —preguntó indecisa.
—Este es nuestro lugar secreto, Anne —le dijo Beth—. Mi padre no está muy de acuerdo con que entrenemos, así que mi madre lo preparó para nosotras.
Isobel tomó un carcaj lleno de flechas y se puso en posición, ajustó la cuerda entre los dedos como si lo probara.
—Cuando viajo a casa de la tía Isobel, soy libre de practicar con los hombres, aquí lo tenemos prohibido. Anne, has visto a mi padre, es demasiado protector.
Anne cogió la daga que Ragnild le tendió sin acabar de comprender, ella le sonrió.
—Las mujeres de mi familia amamos a los nuestros y somos independientes; si alguien nos ataca, nos defendemos, eso nos ha salvado la vida en más de una ocasión.
Mi familia. Aquello le llegó al corazón a Anne como un súbito pálpito.
La consideraban de su familia, aquellas mujeres compartían con ella su secreto, sabían que no las delataría, confiaban en ella.
Y ella, mientras, había entregado a los Matheson armas y comida, su hermano parecía recuperarse a toda prisa, pero una vez que Dougall volviera, aquello tendría que acabar.
Por el momento, se sentía segura con solo las mujeres Somerled en el castillo, nadie la vigilaba.
Candem, demasiado ocupado con cortejar a Enid, estaba despistado, pero no duraría mucho, en cualquier momento podía descubrirla.
—Solo sé lo básico, sacar la hoja y clavarla. Con el arco es diferente —contestó con cierto reparo al ver como ellas se manejaban con destreza.
—¿No quieres defenderte llegado el caso, Anne? Vivir con miedo no es una opción.
Ragnild era a veces brusca en su forma de hablar, pero su sinceridad era admirable, desde el principio la había tratado sin rastro de lástima, como si fuera la esposa elegida por Dougall y no hubiera habido una opción mejor que ella. Miró a Enid, que alzó las cejas para animarla.
—No quiero tener miedo, quiero poder salir del castillo a pasear, cabalgar sabiendo que puedo defender a los míos y a mí misma. —Sin desearlo, la imagen de Robert Matheson al verlo salir de entre los árboles en el bosque hizo que se estremeciera.
—Eso es, hermanita. —Beth le dio una palmadita en el hombro y Anne no tuvo más remedio que sonreír.
Admiraba su forma de parecer una muchacha obediente y hacer, al mismo tiempo, lo que quería, Dougall le había contado que su hermana era letal con un arma, y ella lo había mirado como si estuviera loco.
Se sacudió la vergüenza y cogió la daga, Ragnild la rectificó, Anne escuchó atenta y para cuando acabó la mañana, ya sabía dónde podía clavar la hoja afilada y causar el mayor daño posible.
Había sido un gran descubrimiento pasar el tiempo con las mujeres del castillo, y Dougall las había tenido con él en su niñez, tal vez por eso fuera tan educado y considerado, quizá por ello midiera las palabras con tanto cuidado, al igual que su temperamento.
Cansada, sintió como una extraña calidez se adueñaba de su pecho cuando comieron en las cocinas juntas; en ausencia de los hombres, debían hacerlo de forma habitual, porque nadie se extrañó de verlas allí.
Dougall tenía razón, su madre era una mujer única.
Y ella la engañaba al igual que a todos con sus idas y venidas al bosque.