Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO XIV
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CAPÍTULO XIV

U na agradable rutina se estableció entre ambos, Dougall estaba casi siempre de aquí para allá, lo reclamaban a todas horas, apenas podían verse durante el día; ella lo agradecía, no estaba siendo fácil adaptarse a su familia.

Isobel, su madre y su hermana eran muy agradables con ella, y sin embargo, Anne a veces las encontraba mirándola de forma inquisitiva, como si no acabaran de decidir si era fiel al clan o no, si se podía confiar en ella.

Ragnild le enseñó todo acerca del castillo, era una mujer inteligente y perspicaz que mandaba más de lo que su esposo e hijos veían.

Y con Dougall, al llegar la noche y encontrarse en sus aposentos, se entregaban el uno al otro sin pensar en nada más que complacerse y hacer el amor una y otra vez.

Anne veía peligrar su corazón, el momento en que él partiera, en que mantuvieran su primera discusión.

Dougall se había vuelto imprescindible para ella, sus caricias la hacían sentir viva, su forma cortés de tratarla durante el día cambiaba por una pasión irrefrenable estando solos.

Adoraba la forma en que la tocaba, en que lo tenía a su merced en el lecho y él se dejaba hacer para después darle el placer que ella anhelaba.

Si no hubieran sido obligados a ese matrimonio, Anne incluso podía decir que estar casada con él era agradable e inquietante, pasional y hermoso.

Enid la azuzaba, cantaba las alabanzas de su esposo por todas partes, y Anne empezaba a relajarse entre aquellos muros.

Su amiga también había cambiado, ráfagas de tristeza atravesaban sus dulces ojos, y su sonrisa, siempre presente, a veces se nublaba.

Cuando le preguntaba por ello, Enid volvía a ser la de siempre.

Casi. Porque Anne descubrió un secreto. El castillo Somerled era enorme, las comidas se hacían en el salón sin excepción, y cierto guerrero siempre buscaba sentarse al lado de su amiga.

Candem, el segundo de Ian Somerled, era conocido por su inteligencia, era capaz de planear cómo tomar cualquier castillo o fortaleza, engañar a sus enemigos y reducir una muralla a un parapeto.

Era mayor que Enid, y sin embargo, su amiga lo miraba con cariño, al parecer, ese hombre estaba enamorando a su amiga poco a poco.

Había pasado solo una semana desde su llegada a Riata, y Anne iba de un lado a otro, aprendía de Ragnild, Beth la perseguía con su sonrisa, Isobel la cuidaba como si fuera su responsabilidad, y Dougall tuvo que volver a sus obligaciones, recorrer las tierras junto al vikingo y su padre.

En unos días, Isobel y su esposo partirían hacia Islay, su hogar.

Anne la echaría de menos, Isobel había sido una constante presencia desde la muerte de su familia y le tenía cariño.

A veces la abrumaba, igual que la amistad de Beth y el respeto de Ragnild, que la habían aceptado sin preguntas.

Anne observó a su marido vestirse, muy diferente a esos últimos días, con unos pantalones de cuero y el cotum de batalla, cargó a un lado su claymore y su daga, demasiado serio como para no saber qué sería de aquel que se cruzara en su camino.

Su marido podía tratarla con suavidad y respeto, y al mismo tiempo, Anne no se engañaba, era un hombre de guerra, un highlander de los pies a la cabeza.

—¿Dónde irás? ¿Vas en busca de los Matheson?

—¿Aún te preocupa su vida? Siguen creando problemas, Anne. No quiero que salgas del castillo hasta que vuelva, Finn y tía Isobel deben regresar a su hogar pronto y no estarán tampoco.

Anne se sentó sobre el baúl con las manos cruzadas delante de ella.

—¿Y tú, Dougall, cuando volverás tú?

Entonces él se giró, evitaba siempre darle explicaciones.

—¿Estás preocupada por mí, esposa?

Ella sonrió, Dougall a veces la miraba con un ansiedad que no entendía, como si quisiera saber qué pensaba de verdad. No confiaba en ella, no del todo.

—Claro que me preocupo por ti, Dougall, esos hombres quieren matarte, o a mí.

Dougall se giró con rapidez y la miró con los ojos entornados.

—¿Dónde has escuchado eso?

Anne enseguida se dio cuenta de su error, era parte de la conversación que había oído entre él y su padre.

—Lo he supuesto, Dougall, nos perseguían al llegar aquí.

Dougall asintió y respiró hondo, no podía seguir así, si quería que Anne fuera su esposa y compartir con ella una vida, no debería desconfiar, no le había dado una sola muestra de que no estuviera al menos satisfecha de aquel arreglo.

—Es cierto —le contestó al deshacer el ceño fruncido.

Eso pareció hacerla feliz y lo besó en la mejilla.

Dougall le hizo girar el rostro y la besó con pasión, tanto que la abrazó, atrapó su cintura y acarició con su lengua la de su esposa—.

Tengo que irme, Anne. No salgas del castillo mientras estoy fuera —se disculpó al separarse, no era cierto, ver a su mujer con el rostro arrebolado le provocó una enorme satisfacción.

—Ten cuidado, Dougall.

Nadie entendía por qué salió del castillo a una misión que tal vez le llevara días de extensas cabalgadas y dormir en el frío y húmedo suelo de otoño con una sonrisa en los labios y el corazón apresurado.

Dougall negó con la cabeza, se estaba enamorando de su mujer y no podía permitírselo hasta que los Matheson hubieran desaparecido e iniciara la reconstrucción del hogar de Anne.

Anne lo miró alejarse más allá de las murallas seguido de sus guerreros, se abrazó a sí misma y se apoyó en el dintel.

Fuera, en los corredores, escuchó las voces de la hermana de Dougall y su madre y pensó que prefería pasar el día sola.

Decidió que Dougall no era su dueño, ni aquel clan, necesitaba de la soledad en que había vivido los últimos dos meses en el convento, ansiaba el silencio, y sobre todas las cosas, cabalgar.

La yegua que la trajo debía seguir en los establos.

Esperó a que los pasillos quedaran en silencio, con sorpresa, bajó las escaleras, atravesó el salón, salió al exterior y anduvo por el patio; a plena luz del día, los habitantes y sirvientes la saludaban con una sonrisa o una inclinación de la cabeza, nadie la detuvo.

No era una prisionera. Sorprendida, entró en los establos y probó a ordenar al mozo que ensillara la yegua.

El muchacho obedeció tímido, sin preguntar, y minutos después, atravesó las murallas de Riata.

Se dirigió por el camino de la pradera, no quería adentrarse en los bosques y los rodeó un buen rato.

Era cerca del mediodía y el sol estaba alto, debía volver antes de que Ragnild la echara de menos.

Puso al trote a la pequeña yegua a la que había cogido cariño, no era Socair, pero ella la llamaría así en honor a su antigua amiga equina.

Le acarició las crines y al levantar la vista vio un reflejo en la linde del bosque.

Debería haber hecho caso a Dougall y no salir, no era un arma perdida, ni algo casual, el brillo la deslumbró un instante y volvió a desaparecer.

Se repitió de nuevo. Anne giró la mirada hacia el castillo, si hacía algún movimiento extraño, tal vez alertaría a los soldados de las almenas, quizá debería ignorar a aquel que le volvía hacer señales para llamar su atención.

Cuando el brillo del destello se alejó de ella, fijó la vista, había un hombre con capucha, era quien le hacía señas con el reflejo del sol en algún objeto que portaba en sus manos.

Anne podía haberlo olvidado, pero tenía que saber quién era, demasiado evidente que la llamaba a ella.

Azuzó a la yegua; el hombre iba a pie, ella a caballo, si veía peligro alguno, podía volver al galope al castillo Somerled.

—¿Quién eres? —gritó muy cerca.

En ese instante, el hombre se bajó la capucha y Anne gritó.

—¡No seas animal! ¡Va a…!

Anne no escuchó más, se desmayó sobre el caballo y se cayó hacia un lado en mitad de la negrura más absoluta.

Sintió que alguien le palmeaba el rostro, no lo suficiente fuerte para hacerle daño, pero resultaba molesto. Agitó el brazo para deshacerse de aquella mano ruda que la golpeaba. Abrió los ojos cuando consiguió apartar con un gesto aquel brazo.

—Te has vuelto una blanda, hermanita.

Creyó que había muerto, no era su primera caída de un caballo, debía estar en el cielo que prometían los monjes, porque se encontró el rostro de su hermano frente a ella.

—¡Graham! No puede ser… No puede ser. No puede ser.

Se tapó los ojos y sintió una carcajada ante ella, le apartaron las manos de la cara y vio aquella ceja arqueada en el rostro de su hermano.

Era él, ¿o no? Una barba crecida le tapaba la mandíbula, sus ojos mostraban el bronceado del sol y pequeñas arrugas se formaban en torno a su cara demasiado delgada.

—Soy yo, Anne, ¿no me reconoces? Siempre has sido un poco tontina.

—¡Oh, Graham! —Lo abrazó con fuerza, podía meterse con ella cuanto quisiera. Estaba vivo, su hermano pequeño vivía, Rose y las monjas habían debido rezar mucho por ella y Graham estaba allí, cambiado pero vivo—. ¡¿Como es posible?, te vi caer ante mí!

Graham la ayudó a levantarse de entre la hojarasca del bosque y fue cuando Anne se percató de que no estaban solos.

—Ese maldito cerdo de Donald Somerled me hirió, me dejaron allí, creyeron que estaba muerto, el fuego avanzaba cuando los hombres de padre me arrastraron con ellos hacia el exterior.

Huimos a las montañas —le contestó alterado a su hermana—.

Creían que moriría, pero me subieron a un caballo con ellos y fuimos…

—A las colinas de Dunollie —continuó Anne por él—. Con los Matheson.

Anne miró alrededor, vio el color de sus tartanes descoloridos, sus rostros, como el de su hermano, de pobladas barbas y famélicos. Su hermano se había unido a los forajidos.

—¿Cómo lo sabes? Te lo ha contado el mestizo de Dougall Somerled.

—No, Graham, y no lo llames así, ahora es mi esposo. No creo que sepa que estás vivo.

Los hombres a su alrededor gruñeron, eran unos cuatro, más allá parecían haber acampado un número mayor de ellos.

—Tuvo que obligarte de algún modo, Anne, no te culpo.

—¿Culparme? Han pasado dos meses. ¿Dónde has estado? Has dejado que pensara que estabas muerto. Estaba sola, Graham, ¿sabes lo que es eso?

—Estoy enfermo, Anne, la herida no se ha curado bien.

Anne contuvo la respiración, su hermano se levantó la camisa sucia y pudo ver una herida en el costado, profunda y de un aspecto terrible, sin duda estaba infectada.

—¿Tienes esa herida desde el asalto?

—Fue después, cuando huíamos.

Lo miró con recelo, su hermano no le decía la verdad, sí que estaba muy herido, pero aquella herida parecía más reciente, tal vez fruto de sus tropelías con aquellos hombres.

—¡Basta ya, Graham! Estamos demasiado cerca del castillo. Llevamos aquí demasiado.

—Es Robert, Anne, el líder de los Matheson. Ellos me han protegido todo este tiempo.

—Lo conozco, estaba en nuestro hogar. Recuerdo como me amenazó —dijo recelosa de aquella mirada teñida de odio. Observó a su hermano mirarlo con una fijeza que rozaba la adoración—. Ya veo. Graham, ven conmigo al castillo, los Somerled tienen curanderas, pueden ayudarte.

—¡Estás loca! Me matarán en cuanto me vean, son demonios.

—No, Dougall te protegerá, ya lo verás, si yo se lo pido…

Aquel hombre, Robert, de mirada oscura y peligrosa, la tomó del brazo.

—¿Tan importante eres para ese mestizo?

Anne se soltó de un tirón.

—He dicho que no lo llaméis así. Es mi esposo, me hará caso.

—Yo digo que la secuestremos y pidamos un rescate —dijo otro de aquellos forajidos.

—O la matemos sin más. Es una Somerled.

Por primera vez, Anne se sintió de verdad amenazada, su hermano la miró muy serio, parecía escuchar a sus nuevos amigos. Lo conocía, por su cabeza había pasado la posibilidad.

—No hagas caso, Anne, tú tráeme alguna medicina de las curanderas y comida, no tardaré ni dos días en mejorar y nos iremos lejos.

—Graham, no quiero que desaparezcas otra vez, hazme caso, si vamos a hablar con Dougall, él lo entenderá, no tuvo nada que ver con el asalto a nuestro hogar…

—¡No, Anne! —gritó—. Trae lo que te pido, y armas, las que puedas. Si se lo dices a tu esposo, me iré para siempre, te lo juro. No volverás a verme nunca.

Respiró hondo, no podía perder otra vez a Graham, lo único que quedaba de su familia.

—Intentaré salir del castillo esta noche, te traeré esa cura, Graham.