Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO XIII #3
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CAPÍTULO XIII #3

La llevaron a los aposentos en lo más alto de una de aquellas torres oscuras que vio al llegar, todo era adusto, de enormes corredores con pequeñas troneras desde donde los arqueros podían defender la fortaleza.

A cada paso, enormes antorchas iluminaban los rincones y pequeños tapices adornaban la austeridad del castillo, era un lugar para hacer temblar a sus enemigos, una demostración del poder de los Somerled en todo su esplendor guerrero, a pesar de que la conversación de Isobel y Ragnild llenaba con su entusiasmo cada rincón.

Anne se dio cuenta de que el hermano de Dougall no había estado presente y se preguntó si Dougall no había sido el causante, ver al hombre que había matado a su hermano no habría sido de mucha ayuda en su entrada al castillo.

Una joven de largos cabellos castaños claros las esperaba sentada en el suelo junto a una puerta ante la que se detuvieron.

—¡Beth! Te dije que esperaras en tus aposentos, que Anne ya ha vivido demasiadas emociones. —La madre de Dougall frunció el ceño—. Anne, esta es mi curiosa y desobediente hija pequeña, Beth.

La presentó y la muchacha, de su edad, le sonrió con los ojos abiertos de par en par al observarla con detenimiento, compartía el color grisáceo de Dougall y se parecían un tanto.

—¡Me alegro tanto de tenerte aquí, hermana! Cuando descanses, me gustaría enseñarte todo y…

—Basta, Beth, déjala descansar —aconsejó su tía Isobel.

—Estos serán tus aposentos, Anne —le mostró la puerta.

—¿Y los de Dougall?

—No, Anne, aquí los matrimonios compartimos lecho y habitación, estaréis juntos, una ventaja para los recién casados.

Las sonrisas de Isobel y Ragnild fueron claras, ¡como si ella fuera una recién casada usual! La joven Beth se sonrojó.

—Dejémosla —sugirió Ragnild con una expectación que Anne no entendió.

Aliviada de que las mujeres la dejaran a solas, empujó la puerta de madera y entró, las dejó fuera sin despedida alguna. Cerró tras ella y respiró hondo al apoyarse en la madera. Fue entonces cuando en la estancia iluminada la vio junto a la ventana, con una sonrisa enorme.

¡Su amiga! ¡Enid! Corrió a ella en cuanto sus brazos se abrieron sin poder creerlo.

¡Estaba viva! Casi la tiró contra el banco de piedra bajo la ventana y se refugió en aquellos brazos que tantas veces la habían acogido.

Olía al jabón de lavanda que hacían juntas, a fuego de hoguera, a Enid.

Anne lloró todo lo que no pudo en esos meses, sus lágrimas caían en cascada.

—Mi Anne, ¿cómo estás? Deseé tantas veces que me llevaran contigo. «Espera —me decía tu esposo—, está herida, tiene que recuperarse…», incluso pensé en ir yo misma a caballo a por ti.

—¿Pero cómo, Enid? Me dijeron que todos habían muerto en la lucha o en el fuego que después asoló Dunollie.

—Fue tu esposo…, sacó a cuantos pudo con los hombres, y, al reconocerme, me trajo aquí para recuperarme.

Enid se levantó el ruedo de la falda, sus piernas estaban arrugadas y cubiertas de cicatrices por el fuego. Anne vio algo más en sus ojos, una tristeza que jamás tuvieron.

—¡Enid! Lo siento tanto, a veces pienso que si hubiera aceptado como me dijiste su propuesta de matrimonio…

Su amiga le acarició el pelo.

—No, Anne, entonces no podías, fue tu padre el que se equivocó al acoger a los Matheson, aquí he oído muchas cosas sobre ellos…, tu padre no era el hombre más sabio del mundo.

Anne no quiso contestar, sería una traición al hombre que era su padre confesar que ella también lo pensaba.

—¿Y Graham, mi hermano? ¿Pudiste ver donde lo enterraban? ¿Y a padre?

—Sus cuerpos no estaban, debieron consumirse entre las llamas, tu esposo sacó a los vivos, a riesgo de su propia vida. Es un hombre valiente. No me disgusté cuando dijo que os haría su esposa, lo ha hecho, ¿verdad? La señora Ragnild me lo dijo.

—Sí, ahora soy su esposa, la del hombre cuyo clan mató al nuestro.

—¡Ah, no hay cabida ya para el rencor cuando nos ha salvado la vida! Es la guerra, no vivimos en un tiempo amable, sino lleno de rencillas, venganzas, pillaje y enfrentamientos, pero tú has conseguido a un hombre noble y leal, y que, además, te ama.

—No es cierto, Enid, mi matrimonio ha sido la solución para gobernar las que fueran tierras MacLean, los Somerled solo saben conquistar y yo solo soy un castillo más. Son ahora los dueños de nuestras tierras hasta que un heredero de ambos pueda llevar el apellido MacLean.

Enid la abrazó de nuevo y Anne se recostó en su regazo, consciente de que Dougall le había hecho el regalo de devolverle una parte de su familia y de su niñez.

Un inexplicable calor inundó su pecho por él, quería correr y darle las gracias, besarlo incluso, sonrió para sí antes de que las lágrimas inundaran de nuevo sus ojos.

—Y las gentes del clan, Enid, ¿dónde están?

—La mayoría murieron, niña, otros viven en las aldeas, tu esposo ha ordenado reconstruirlas, llevó a artesanos y guerreros allí para que el clan no se dispersara.

—Ha cumplido otra promesa —susurró para sí misma.

Aún estaba confundida por lo que había oído en el salón, ¿los Matheson querrían vengarse de ella? ¿A pesar de lo que su padre hizo por ellos? Dougall no podía protegerla para siempre de ellos si eran tan crueles como todos afirmaban, pero Dougall cumplía sus promesas a pesar de ser un Somerled.

¿Era ella capaz de cumplir la suya y ser su esposa?