CAPÍTULO XIII #2
Ragnild de Crovar no saludó a nadie antes de abrazar a Dougall, Anne creyó por un instante que se había sonrojado si no lo conociera.
—A ti, Isobel, no quiero ni hablarte, has estado por ahí, pasándolo en grande, y me has dejado aquí.
Isobel sonrió condescendiente a Anne, al igual que Dougall y ese vikingo esposo de ella, parecía que todo aquello era habitual entre ellos.
—Bienvenida a tu hogar, Anne. —Ragnild de Crovar la abrazó con cariño y una sonrisa abierta y sincera. La soltó para coger su mano sin que pudiera escapar.
Y Anne, que no esperaba aquel recibimiento alegre y despreocupado por parte de los que habían sido sus enemigos, se sintió desleal.
Todos parecían sinceros y conformes al tenerla allí, se sintió enfadada y confusa, parecía que la destrucción de su hogar no había tenido lugar y que su boda con Dougall había sido bien acogida por todos, como si él le hubiera pedido su mano y ella hubiese aceptado sin que nada hubiera pasado.
¿Nadie quería ver la realidad? Fue obligada a casarse, a entrar en el hogar del clan de los hombres que habían matado a su padre y su hermano.
Dougall enseguida entendió su desconcierto y, del brazo, la separó de ellos y la condujo al interior de los salones.
Los siguieron compartiendo entre ellos conversaciones.
Al entrar, las luces de las antorchas iluminaban todo junto a la claridad del día.
Anne admiró el gran salón de los Somerled, las dos chimeneas a ambos lados encendidas, y sobre la principal, el escudo del águila y el barco, la mezcla de escoceses y noruegos, la causa por la cual llamaban mestizo a Dougall, exhibida con orgullo.
Los tapices cubrían las paredes, de magníficos rojos, azules y dorados; en la mesa, candelabros y flores frescas, los Somerled eran un clan rico y poderoso y no lo ocultaban.
Y en el centro de aquella estancia, cerca de la chimenea, una silla alta adornada con volutas de fina madera de roble.
De la oscuridad, tras ese trono de madera, salió una figura alta de enorme envergadura, los cabellos rubios, la barba cuidada, unos ojos azules se fijaron en ella; después, en el brazo con que Dougall la conducía.
Anne respiró hondo, ante ella, el Señor de las Islas, el responsable del ataque a su hogar y, aunque no hubieran muerto por su espada, quien mató a su padre y su hermano.
—Padre.
La voz de Dougall se oyó clara en el salón, por fortuna, solo la familia estaba allí, Anne atisbó a los criados escondidos en el corredor de acceso a las cocinas.
Ian Somerled, Señor de las Islas, se acercó a ella y Anne intentó no retroceder ni contraer de ira su rostro, no como sus ojos, que los sentía arder de odio.
—Anne MacLean, ahora sois la esposa de mi hijo, no es la elección que yo hubiera hecho para él, no nos engañemos, pero aquí seréis respetada y apreciada como la mujer del próximo laird de los Somerled.
Este clan será vuestra gente y esta vuestra casa…
—un silencio acompañó aquellas palabras—.
No me arrepiento del ataque a vuestro hogar porque era necesario para librar las tierras del azote de los Matheson, pero os pido perdón por el dolor que con ello os causamos.
Anne levantó la mirada para enfrentarse a aquellos ojos azules que, con toda seguridad, habrían derretido las aguas heladas del Mar del Norte.
—El perdón no puede borrar la brutalidad de vuestro ataque, intentaré ser una buena esposa para Dougall, ya que es el único Somerled que lo merece, pero no me pidáis que olvide.
El silencio se abatió sobre el salón, Ian Somerled miró a la esposa de su hijo y después a él, asintió con galantería.
Dougall sabía lo mucho que le costaron esas palabras a su padre, y a la vez se sentía orgulloso de Anne al no amedrentarse ante él.
Conocía a su padre, una leve curva en sus labios indicaba que le gustaba el atrevimiento de Anne y estaba de acuerdo, nadie le pedía que olvidara, sino que se adaptara por el bien de todos.
Hasta ahora, Anne no era consciente de que se había unido al hijo mayor de los Somerled, que algún día, ella, como su esposa, dirigiría las vidas de su clan a su lado, que sus hijos, si los había, heredarían el legado del Señor de las Islas.
No estaba preparada para perdonar ni ser el estandarte de la estirpe de los Somerled.
¡Cuánto le hubiera gustado que Dougall fuera un guerrero común!
Que tuviera una pequeña casa en un lugar alejado, que el destino de ambos se midiera por sus acciones y no por el legado que él traía consigo.
—Anne, ven conmigo, te enseñaré los aposentos y el castillo. Estarás agotada. Isobel nos acompañará.
La madre de Dougall acudió a su rescate y la invitó a ir con ella, miró a Dougall y él asintió conforme. Anne dio el primer paso reticente y, al volverse, vio al vikingo, a Dougall y a su padre reunirse ante la chimenea.
—Entraste al galope, ¿os seguían?
Anne escuchó la pregunta al dirigirse a las escaleras.
—Eran los Matheson, estoy seguro, nos observaban. No entiendo por qué no atacaron.
—Las patrullas los han visto también en los bosques, ¿qué pueden querer para arriesgarse tanto a permanecer en nuestras tierras? —preguntó Finn.
—No lo sé, pero mañana, padre, deberíamos ir a buscarlos, no me gusta que ronden tan cerca.
—¿Temes por ella? —preguntó Ian Somerled.
—Pueden creer que los ha traicionado al casarse conmigo.
—Espera unos días, la muchacha tardará en adaptarse, mandaré a Candem con Finn mientras.
Llegaron a las escaleras y siguió a Ragnild e Isobel sin poder escuchar el final de la conversación. Así que la guerra de Dougall no había terminado aún.