Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO XIII
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CAPÍTULO XIII

D ougall no durmió esa noche, estaba acostumbrado a recostarse donde fuera, sobre el suelo, entre mantas, y la tienda era, junto al fuego, un lugar agradable para descansar, mucho más que otros en los que había estado.

Esa misma noche, con Anne, descubrió que ella tenía pesadillas, se revolvía y agitaba, movía brazos y piernas, ni un solo sonido salía de su boca más que murmullos y gemidos ahogados.

Cuando la claridad comenzó a llegar, vio que cerraba la boca con fuerza, aún dormida, no quería sacar aquello que la torturaba.

Dougall pensó en el miedo de Anne al salir del convento, a lo que debió vivir en el castillo desde que comenzó la batalla, antes de que pudiera llegar hasta ella.

Mientras la observaba, Anne abrió los ojos, sobresaltada, no sabía dónde estaba, los entornó al encontrarse con su rostro.

—Ahora es cuando tú me echas agua en la cara.

Dougall, inclinado sobre el codo, sonrió.

—Y tú te quejas a gritos —contestó al recordar cómo se conocieron.

—No creo que te gritara, no me acuerdo.

—Menos mal que yo sí, Anne. Un grito estridente y una maldición —volvió a bromear con ella.

Se sintió mejor al ver que le arrancaba una sonrisa tenue. Anne se dio cuenta de su desnudez y se tapó con la manta con timidez al ver que él ya estaba vestido. A veces, Dougall olvidaba que era joven e inocente al mirar esos ojos que parecían tan maduros después de todo por lo que había pasado.

—Tenemos que partir, te dejaré vestirte. —Se detuvo un instante antes de salir—. No te puedo prometer que los hombres no hagan algún comentario sobre esta noche. Recuerda que son buena gente.

—Podré con esos tontorrones, después de lo que bebieron, no deben estar muy locuaces.

—Nunca subestimes a un Somerled —advirtió con una sonrisa, y enseguida se arrepintió. Era como si el nombre de su gente le trajera a ella el recuerdo de la suya. Anne bajó la cabeza y buscó su ropa.

—Saldré enseguida.

Lo echó sin miramientos y Dougall agradeció respirar aire fresco. Sus hombres ya estaban en marcha e Isobel los regañaba, su tía podía ser muy pesada, pero se alegraba de que estuviera allí.

—Dougall, ¿todo bien?

—No voy a hablar contigo de mi noche de bodas.

—No pensaba que fueras a hacerlo. —Su tía se sonrojó al instante—. Solo preguntaba, y tenías que contestar: «Bien, tía, la he tratado con sumo respeto y delicadeza». Nada más, Dougall. ¡Por todos los cielos!

Ambos callaron cuando Anne llegó al claro desde la tienda, los hombres la saludaron y fueron a desmontar lo poco que quedaba, ya que ella llevaba gran parte de las mantas en los brazos.

Se sentó junto a Isobel y ambas comieron algo antes de seguir hacia Riata. Al llegar el momento de montar, Dougall fue a su caballo, se giró para darle la mano a Anne, cuando vio que esta se dirigía hacia la yegua que el primer día prepararon para ella al salir del convento. Así que montaría sola.

Dougall suspiró, pensaba que lo que compartieron la noche anterior haría más fácil la vida de ambos.

—Ten paciencia, Dougall. —Su tía Isobel le dio una suave palmada en el hombro y fue hacia su montura.

Paciencia. La había tenido y, al parecer, necesitaría mucha más para lograr la confianza de Anne. Esperaba que su madre y Beth lo ayudaran con ello.

—¿Montarás sola? —sonó inocente, como si no fuera importante.

—Creo que el miedo ya ha pasado. Isobel me ha dicho que llegaremos al mediodía, preferiría entrar en el castillo en mi propia montura.

Vaya, no era lo que él pensaba, era la preocupación de Anne por parecer segura y firme, en su propio caballo.

Dougall asintió y la ayudó a montar. Anne irguió la espalda y levantó la barbilla, estaba preciosa.

Tenía que reconocer que su belleza fuera de lo común era lo primero que le había llamado la atención de ella, hasta el punto de pensar en desposarla al momento, pero fueron su obstinación y su forma de contestarle lo que le ganaron, poca gente se atrevía a contradecirlo.

Anne agradeció que Dougall la dejara obrar como creía adecuado, lo cierto es que estaba muy asustada, tendría que convivir con Donald, el hermano de Dougall, con su padre y su madre, que con toda seguridad la odiaría.

No le importaba, se dijo al seguir el caballo de Dougall al trote. Ella los odiaba más.

Atravesaban una cañada, Anne pensó que las tierras de Argyll eran hermosas, los arroyos corrían con fuerza y, a lo lejos, un rebaño bebía de las aguas. Dougall, delante de ellas, hizo una señal con el brazo en alto y sus hombres las rodearon sin detenerse, acoplaron su trote al de ellas.

—¿Corremos peligro? —preguntó Anne al hombre que estaba a su lado.

—Nos siguen, desde hace millas, el laird prefiere no detenerse y apretar el paso.

Anne vio como Dougall hacía otra señal y se lanzó al galope tras él, Isobel hizo lo mismo, al igual que los hombres, iniciaron una marcha endiablada por la cañada hasta llegar a lo alto de la colina. ¿Quién los perseguía? ¿Quién se atrevería a entrar en territorio de los Somerled?

Dougall miró hacia atrás, vio que Anne aguantaba la fuerte cabalgada, no quería detenerse; si estuviera solo, hubiera enfrentado a quien los seguía y observaba desde el amanecer.

No necesitaba que nadie le dijera quienes eran, esos malditos Matheson, otra vez los rondaban, se habían aventurado hasta las cañadas donde atacaron a su madre.

Hubiera deseado llegar a su hogar y salir con caballos frescos, perseguirlos hasta acabar con ellos; si estaban allí, no tardaría en haber robos de ganado o algo peor, pero tenía que estar con Anne cuando llegaran a Riata, dejarla sola con su familia tan pronto no era una opción, solo esperaba que su madre le hubiera hecho caso y al menos hubiera alejado a Donald durante un tiempo, él fue quien luchó a muerte con el hermano de Anne. De su padre se encargaría él.

Nada había preparado a Anne para llegar a la cumbre de la colina y ver Riata, el hogar de los Somerled.

Por fortuna, su yegua solo seguía al caballo de Dougall, porque hubiera perdido el control del pobre animal.

Una monstruosa construcción de altas murallas con pequeñas aberturas cercaba la fortaleza, un castillo sobrio, cuadrado, de torres con la misma forma elevadas hacia el cielo y almenas amenazadoras en sus techos.

La piedra oscura la hacía tenebrosa, aquel sitio era el hogar de Dougall, como él, hermético, frío, desolador…

No podría vivir allí, su esposo se giró para ver si estaba bien, al ver su rostro, arqueó la ceja. No tenían tiempo para hablar.

Anne pensó que tal vez debía dejar de azuzar con los talones a su montura y dejar que los Matheson se la llevasen al infierno con ellos. Ese lugar era muy diferente a su hogar MacLean.

No se detuvieron hasta llegar a la pradera frente al castillo y Anne pudo ver los acantilados y la playa, hasta el mar parecía ennegrecido debido a las nubes de tormenta.

Atravesaron una aldea, dividida en dos por el camino, la urgencia de su galope hizo que los miembros del clan los miraran atónitos.

Atravesaron las enormes puertas, Anne se giró cuando estas se cerraron tras ellos con el estruendo de las bisagras que sellaron su entrada en el hogar de los Somerled.

Se detuvo entre Isobel y Dougall, él desmontó con el rostro ensombrecido por la culpa. Habían cabalgado de forma salvaje y tuvo que ayudar a Anne a bajar del caballo mientras uno de sus hombres ayudaba a Isobel.

Dejó que ella se apoyara en su cuerpo hasta recuperarse. La mirada de ambos lo dijo todo.

—¿Quién nos perseguía, Dougall?

—Los Matheson, estoy seguro, nadie más se mostraría tan atrevido. Tranquila, aquí estas segura.

Anne recordó la mirada de Robert Matheson, Dougall no tenía ni idea de lo cruel y escurridizo que podía ser ese hombre.

Ante ellos, el clan entero se acercó con curiosidad. Anne inspiró hondo.

—Estoy preparada, Dougall.

—Nadie está preparado para mi familia, ni siquiera yo.

Lo dijo con una media sonrisa que enterneció a Anne, estaba preocupado por ella, lo sabía.

—¡Por todos los cielos! ¡Mujer! ¡Isobel! ¿Dónde te habías metido?

Anne se sobresaltó al oír aquella voz grave por encima de los ruidos del patio.

Un gigante rubio de larga barba caminaba hacia ellos con paso firme.

Un hacha le colgaba del cinto, junto a una espada.

Los brazos llenos de extraños dibujos azulados.

Anne se preparó para enfrentar a aquel vikingo y se llevó la mano a la daga de Rose.

—No te preocupes, es mi esposo, Finn Sorley —le dijo Isobel con una sonrisa—. Es magnífico, ¿no es cierto? No te dejes engañar por su vozarrón, me adora.

Anne fue testigo de lo que Isobel decía cuando el enorme vikingo la cogió en vilo y la sumergió entre sus brazos, la besó con tal pasión que prefirió apartar la mirada.

—Son siempre así, Anne. Es mi padrino, Sorley.

Como si al pronunciar su nombre lo hubiera invocado, él dejó en el suelo a su esposa y se giró para observarla, con los brazos en las caderas. Le hizo una reverencia con una sonrisa que Anne supo al instante que habría conquistado a cientos de mujeres.

—Anne, es un placer tenerte con nosotros, gracias por hacer que mi querido sobrino siente la cabeza.

—¡Oh! ¡No! No creo que estéis dando la bienvenida a Anne sin mí.

Anne se giró hacia aquella voz de mujer con fuerte acento noruego que hizo que todos se giraran ¿asustados?

Una mujer, vestida con pantalones y camisa, una enorme espada colgada de su cintura, avanzaba hacia ellos.

Su pelo negro veteaba con algunas canas en unos cuantos mechones, era baja y muy delgada, y sus ojos…

eran iguales a los de Dougall, esa debía ser su madre, una mujer hermosísima y valiente si seguía viva en el castillo de los Somerled.

Todos conocían su historia, de cómo fue obligada a casarse con Ian Somerled, el padre de Dougall, y él no se lo puso fácil, la abandonó el mismo día antes de su boda.

—Nunca, madre.