CAPÍTULO XII #3
Anne no pudo sino suspirar, ese hombre rudo y práctico, tan masculino, tenía la cualidad de desarmarla con sus palabras y sus gestos.
Posó las manos en los brazos de él, lo acarició poco a poco, Dougall no se movió, la dejó hacer; cuando pasó su atención al bajo de la camisa, lo ayudó a quitársela y recorrió su pecho, las bandas de su estómago, descendió hasta el comienzo de su kilt y fue cuando la detuvo.
Lo miró, estaba tenso, apretaba la mandíbula como si contuviera todo el aire del mundo, el poder que tenía para hacer que ese guerrero tan contenido, que no abandonaba su rostro frío, se sintiera al límite la hizo sonreír con timidez.
La volvía loca la marca de su cintura con la pelvis, un surco marcado que se perdía hacia abajo.
—¡Ah, muchacha! Vas a volverme loco de verdad.
Dougall sonrió, una hermosa sonrisa con hoyuelos verticales, sus ojos brillaron como si fuera solo un crío travieso y no el senescal de los Somerled.
Anne se dejó arrastrar, la dejó tumbada bajo él y besó la línea desde su cuello hasta sus pechos.
Sus dedos acariciaron la cumbre, los rodeó mientras Anne le besaba el cuello con pasión y hundía sus dedos en el pelo para acercarlo a ella.
Dougall le bajó el vestido, tironeó sin dejar de mimar su carne con besos seductores, y como si Anne supiera cómo hacer aquello, le ayudó a bajarse los pantalones.
Dougall se separó de su esposa y la observó desnuda, su pelo castaño esparcido a su alrededor, sus ojos verdes entreabiertos de pasión.
Humedeció los labios sin intención de provocarlo.
Hizo ademán de taparse con las mantas y Dougall lo impidió con suavidad.
—Eres preciosa, única, Anne. Déjame mirarte, caileagh .
—Dougall, ven conmigo —lo instó, ya se sentía demasiado tímida como para dejar que la siguiera observando.
Él respondió, volvió a besar su cuerpo, acarició con los nudillos su piel, el vientre, suave y plano, estaba mucho más delgada, los rastros del sufrimiento de esos meses.
Acarició su suave piel, acabó en la colina de su feminidad.
Con delicadeza, apoyó la palma en aquel monte y la sintió estremecerse al abrirse paso con sus dedos en la humedad de su interior.
Se retorció contra él con un gemido, aferrada a sus hombros con cada vez más presión en los dedos.
Aquello que sentía no podía ser normal, podía notar cada poro de su piel entregado a él, tan sensible, mientras Dougall la miraba a los ojos, que apartó la mirada.
Le estaba dando placer, le deseaba, y quería mucho más que aquellas ráfagas placenteras que le provocaba, clavó sus uñas en el duro pecho de Dougall al notar un punto dentro de ella, muy cercano al lugar donde él la tocaba, estremecerse.
Dougall sintió como ella se arqueaba, su piel se perlaba de brillo y su vello se erizaba ante sus caricias.
—No pares, Dougall —susurró al aire al notar que se alejaba de ella.
—Quiero que seas mía, que sientas placer conmigo, que seas mi esposa de pleno derecho.
Anne suspiró hondo, notó como Dougall se situó sobre ella, su miembro rozaba su feminidad, ahogó una exclamación de sorpresa al notarlo en la abertura de su interior.
—Te dolerá un poco, Anne, prometo que no hay otra alternativa.
—Hazme daño, Dougall, para que no sienta esto por ti, quería odiarte y mírame ahora.
Apartó el rostro, dolida. Dougall la entendía, tanto que le dolía a él.
—Nunca te haré daño, Anne. —Según lo dijo, le cogió el rostro e hizo que volviera a mirarlo—. Mírame y dime si estás bien.
Anne quiso pararlo, empujar su pecho ante el miedo, pero Dougall se hizo paso a través de su estrecho canal y embistió aquella barrera que los separaba y los uniría para siempre.
Anne se tensó, por un momento se agarró a él.
Poco a poco, se fue moviendo para que se acostumbrara a su envergadura en su interior.
Vio como los ojos se le volvían a nublar de deseo, su agarre se convertía de nuevo en caricias hasta gemir con placer.
—Estoy bien, mo gradh .
Dougall casi pierde la concentración ante aquella palabra, tenso como la cuerda de un arco, empujó de nuevo con una embestida, rompió de una vez por todas la inocencia de Anne, intentó contenerse, pero ella no se lo ponía fácil, se encorvó contra él, buscaba el placer que le prometía pasado el dolor.
Se hundió en ella más profundo, lejos de la cordura y la contención, Anne lo recibía con pasión.
Al sentir como ella contraía sus músculos contra su miembro, la oyó gemir ante el placer que le proporcionaba.
Se sintió tan sensible que notó como la inundaba la pasión de Dougall en su interior, y se abrazó a él, a su enemigo y esposo, hasta que creyó deshacerse al sentir sus manos sobre ella.
Dougall, aún en su interior, rodó a un lado y la llevó con ella entre las mantas.
Anne se refugió en el hueco de su cuello con la respiración sofocada.
Se quedaron quietos, esperaron a recuperar la tranquilidad en sus corazones mientras Anne cerraba los ojos, ahora era la esposa de Dougall Somerled y no quería afrontarlo.