Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO XII #2
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CAPÍTULO XII #2

La oscuridad había caído sobre el campamento improvisado y Anne sospechó que Dougall había forzado la marcha para pasar la noche en tierras de Argyll en su primera noche como esposos, para consagrar su matrimonio en sus dominios.

Dougall miró al cielo, y los hombres, al verle, empezaron a retirarse, la noche estaba sobre el bosque con sus sombras alargadas.

Anne ni siquiera se había dado cuenta de que ya era tan tarde.

Su esposo se levantó y tendió la mano hacia ella, sin soltarla, la condujo lejos del fuego, se alejaron del semicírculo que sus hombres formaron en torno a Isobel.

—Aquí, cerca de la orilla del río, tendremos más intimidad.

Anne vio que sobre la fina hierba alguien había dispuesto una tienda y una pequeña hoguera que iluminaba a su alrededor.

Sin duda, había llegado el momento, y ella había aceptado aquel matrimonio ¿solo a cambio de restablecer su clan?

Podía engañarse hasta el fin de su vida, incluso negarse a confesarlo, pero en cuanto él se giró hacia ella, toda razón se desvaneció por completo.

Dougall estaba serio, sus ojos grises parecían querer entrar en su alma, se juró que se lo negaría, ahora y siempre, podía sentir aquella pasión por él, podía enloquecer por ella y nunca olvidaría que su familia había muerto a causa de la suya.

Dougall percibía su resistencia, la inquietud en sus ojos, Anne no estaba segura de si era correcto haber aceptado ese matrimonio, y él estaba convencido de que conseguiría que funcionara, sobre todo, porque aunque ella tuviera dudas, su forma de acercarse a él le decía que sentía el mismo deseo en todo su ser.

Le atrapó la cintura y la atrajo hacia él, Anne sintió la fortaleza de su cuerpo contra el suyo, la fuerza de sus manos apoyadas en su cadera, y notó como sus labios se abrían para anticipar el beso que deseaba que Dougall le diera.

Levantó la barbilla, era condenadamente alto; al agacharse, el pelo de él cayó hacia adelante, ocultó su brillo de la luz de la luna.

Anne se lo apartó del rostro, quería verlo, en esos dos meses lo había recordado así, antes de besarla, su mandíbula fuerte, los labios apretados con su seriedad habitual dispuestos a abrirse sobre los suyos, su aroma a pino y turba de hoguera, el tacto de sus músculos bajo la camisa.

Dougall se inclinó y rozó su nariz con la suya en un gesto cariñoso que hizo que Anne suspirara, buscó sus labios y estos se abrieron a la espera de que su lengua entrara en ella.

Fue suave, de manera inesperada, sentía dentro un vendaval que le pedía que fuera salvaje con ella, que hiciera que olvidara todo lo que pasó y le hiciera la promesa de que estaba viva y sentía.

Exigente, abrió la boca, dejó que él gimiera contra sus labios, no le permitiría que fuera tierno cuando lo había deseado tanto como ella, lo notaba en la tirantez de su postura, en el palpitar del corazón que ahora tenía bajo su mano, en la fuerza que ejercía para mantener su férrea postura.

Pasó las manos por su cuello, buscó la piel bajo el nacimiento de su pelo claro y enlazó sus manos para atraparlo entre los dedos.

Dougall deslizó su caricia por su espalda para acercarla; casi en el aire, se pegó a él.

Sentir sus pechos apretados por ese magnífico torso hizo que sus piernas flaquearan.

Desde que lo conoció sintió ese hormigueo en el cuerpo, algo que se despertaba en ella con violencia, como si ningún hombre que hubiera visto antes fuera capaz de provocar tal sensación en ella, la fuerte corriente que la recorría por dentro y anidaba entre sus piernas se volvió más apremiante.

Dougall movió su rostro, lo acopló de tantas formas para jugar con su lengua que Anne temió perder la conciencia ante la pasión que le producía. Maldito highlander , deseaba ser suya.

Dougall subió las manos, acarició su hombro, le apartó el manto y lo dejó caer a sus pies mientras buscaba la piel de su cuello; su olor lo maravilló, a jabón que ya no olía a lavanda, claro, las monjas eran mucho más austeras.

Posó los labios y recorrió la curva de su clavícula; con cuidado, le bajó parte del vestido y acarició aquel suave canal entre sus pechos.

Anne contuvo el aliento y Dougall pasó su mano por la espalda y el trasero, se agachó ante la entrada de la tienda con ella en brazos y la depositó con cuidado sobre las mantas.

Se sentó al instante y Dougall sonrió arrodillado ante ella con las manos sobre las piernas, una débil tregua antes de la pasión.

—Podríamos esperar, Dougall. No estoy preparada —susurró.

—¿Y cómo te prepararás, Anne?

Frunció el ceño, arqueó la ceja y entonces cayó en que Dougall le gastaba una broma.

—Quizá solo necesito tiempo.

Dougall tomó con las manos su rostro y se acercó tanto que Anne pudo ver las motas negras en sus ojos grisáceos. La cogió la mano y la acercó a su pecho.

—Anne, no temas, prometí hacerte feliz y lo cumpliré.