CAPÍTULO XII
A nne estaba tensa, no solo por el miedo a estar de nuevo fuera de un lugar que consideraba ya un segundo hogar, sino por la proximidad de Dougall.
Cobijada en su pecho se sentía segura, de verdad, por primera vez en meses, era curioso que solo pudiera sentirse así con el hijo del hombre que había arruinado su vida, él y su hermano.
Su padre había muerto por una flecha, pero Graham vio como Donald, el hermano de Dougall, había clavado su espada en el pecho de su hermano pequeño.
—El castillo, tu hogar, ¿está muy lejos?
A Dougall no se le escapó que ella nunca pronunciaba el clan que ahora sería el suyo, Somerled; un día, ella sería quien los gobernara a su lado y todavía no era consciente del poder que eso le otorgaría.
—Llegaremos mañana al anochecer a Riata.
—¿Estamos tan cerca? —resignada, volvió a colocarse contra su pecho—. Entiendo, todo el tiempo he estado en Argyll, el convento está en vuestras tierras, ¿verdad?
—Sí, más bien en tierras de Bute, las tierras de mi primo Alistair.
—Sois como una plaga, estáis en todas partes.
Dougall sonrió ante su sarcasmo, cosas peores le había dicho Anne. Casi sintió orgullo porque los Somerled crecían. En Islay, su tía Isobel casada con Finn; al sur, Alistair casado con Morna, del clan Leod; en Man, el hermano de su madre.
Anne levantó la cabeza al ver que no le contestaba, Dougall apoyó la barbilla en su pelo para que no viera su sonrisa, ella empezaba a reaccionar y mostrar su carácter.
—Dime cuando llegamos a las tierras de Argyll, por favor.
Dougall se preguntó por qué querría ella saberlo, tal vez porque llevaba demasiado tiempo en aquel convento, o porque se sentía perdida.
El viento sopló al tomar el camino hacia el bosque y ella se apretó contra él, Dougall sacó la manta que llevaba siempre en una bolsa colgada de su montura.
Con habilidad, la echó sobre ambos hasta dejar a Anne cubierta por entero, ella contuvo el aliento, el pecho se le hinchó, Dougall lo notó en el brazo con que rodeaba su cintura.
La manta era de los colores Somerled, él mismo se tensó a la espera de que la apartara; en cambio, sacó una mano y se la llevó hasta la barbilla para sujetarla. «Poco a poco», se dijo Dougall.
Mantuvieron la marcha hasta que empezó a oscurecer y Dougall ordenó detenerse junto a un lago, su tía Isobel no estaba acostumbrada a cabalgar tanto tiempo al vivir en una isla tan pequeña como su hogar, y Anne, a juzgar por el miedo que le tenía a salir del convento, no habría montado en meses.
Cruzaron un puente de piedra estrecho, con un solo ojo descubierto, la antigua piedra negra parecía de una época olvidada.
Anne se inclinó para ver las florecillas moradas que crecían en las uniones.
Dougall se preguntó si le recordaría a su hogar.
Llegaron a la otra orilla, un pequeño claro cobijado entre los árboles donde crecía la hierba alta.
El hombre que llevaba la marcha se detuvo e indicó que pasarían allí la noche.
Ayudó a bajar a Anne y uno de sus hombres lo hizo con su tía mientras los otros descargaban los caballos y luego se alejaban para aliviarse lejos de las mujeres.
—Vamos, Anne, he visto la orilla del río entre los arbustos. ¿Qué darías por lavarte la cara y las manos?
Anne la siguió en silencio, Isobel siempre le cayó bien, pero, demasiado ciega por el dolor y la desconfianza, se había cerrado a todo el mundo, aunque fueran cariñosos con ella.
Llegaron a la orilla e Isobel se puso de rodillas para echarse agua fresca en el rostro.
Anne, antes de imitarla, se ajustó bajo las ropas la daga que Rose le había regalado, de las pocas cosas que logró esconder antes de ser novicia.
Provenía de una buena familia, eso sí lo sabía, rica, a juzgar por las piedras preciosas engastadas en la empuñadura.
Había llorado al despedirse de ella, Rose era un ser de luz, así que cuando la besó en la mejilla, le deseó toda la felicidad del mundo sin rencor alguno por lo cortante que había sido con ella y le regaló la daga con el rubí engastado en su empuñadura.
Se miró en el reflejo que le devolvía el agua, estaba cambiada, su nariz y sus mejillas mostraban las pecas, y su piel tostada resaltaba sus ojos verdes, ahora demasiado grandes en su rostro, las líneas de sus pómulos se habían vuelto más afiladas y profundas ojeras marcaban la negrura bajo sus ojos.
En dos meses no se había preocupado por ello, y podía seguir así, poco le importaba impresionar a los Somerled y Dougall ya pudo apreciar todas esas cosas, y aun así, allí estaba.
—No os alejéis tanto sin avisarme.
Anne se levantó asustada y vio como Dougall se arrepentía de no haber avisado de que se acercaba, debía tener cuidado con ella hasta que se sintiera segura.
—Perdona, sobrino, fui yo quien enredó a Anne, moría por refrescarme. Voy a hacer que esos hombres tuyos me ayuden a buscar un buen sitio para dormir esta noche.
Isobel, de forma inocente, cambió el tono de su voz, Anne lo entendió, era increíble que no se hubiera dado cuenta, esa podría ser su noche de bodas, se había casado hacía escasas horas.
Dougall apreció como se mordía el labio, ¿pensativa o nerviosa? Esa mujer aún era un misterio para él y quería descubrirlo todo de ella.
—No debí acercarme así, la próxima vez te llamaré antes, si te parece bien.
—Gracias, Dougall —dijo con sinceridad, a veces la amabilidad de él la abrumaba.
—Por cierto, al cruzar el puente hemos entrado en las tierras de Argyll, me dijiste que te avisara.
Anne asintió e intentó dejar sus manos heladas quietas, se secó en la falda y notó como se acercaba a ella.
Dougall se las cogió y las cobijó entre las suyas para darle calor.
Estaban tan cerca que Anne levantó la mirada, él se agachó y sus ojos inundaron su mundo de un gris oscuro, no quedaba apenas luz y le parecieron casi negros.
Le soltó las manos ya calientes y le acarició la mejilla con el reverso de la mano.
¿Cómo un guerrero con manos letales podía utilizarlas con ella de forma tan delicada?
Se apoyó en el calor de sus nudillos y él giró la palma para cobijar su cara.
—Anne, nos esperan para cenar algo, las monjas nos prepararon tortas de avena y pan relleno de carne, no es el festín de boda que desearía darte…
—Dougall, basta, no soy una frágil doncella ni puedes alejarme de cualquier cosa que me recuerde que no tengo hogar o pueda disgustarme.
El silencio se hizo entre ellos, Dougall comprendió que, tal vez, la mejor forma de hacer las cosas era que él mismo olvidara el dolor de Anne para que ella pudiera hacerlo también.
Sin duda, estaría tan nerviosa como él ansioso.
Anne era su esposa, y deseaba hacerle el amor con todo su cuerpo, pero no era solo eso, quería asegurar la posición de ella en Riata, sería la heredera legitima de los Somerled a su lado, de pleno derecho, y quería su alma con una intensidad que le nublaba el juicio.
Le señaló el camino de vuelta, tenía que dejar a Anne encontrar su camino para sentirse segura entre sus hombres.
Cuando llegaron, Isobel y los guerreros ya comían, sentados en las rocas y en el suelo.
Dougall dejó que ella misma cogiera de manos de uno de sus hombres un pedazo de pastel y una torta de avena.
Anne no sabía si era el ejercicio de volver a montar, o el aire frío de Argyll, quizá la ansiedad de saber lo que Dougall reclamaría de ella esa noche, pero comió como no lo había hecho en dos meses.
Una piel rellena de cerveza empezó a pasarse entre los hombres, Isobel rio al ver como se acercaba a ella, los Somerled miraron atentos a Anne, por si se negaba a beber con ellos.
Sonrieron al ver como la cogía, Anne se limpió la boca con la manga del vestido y se la llevó a los labios, estaba amarga y tenía un sabor a especias, fuerte.
Dio un buen trago y miró con los ojos brillantes a su esposo.
Su esposo.
Dougall Somerled.
Era su noche de bodas.
Antes de que él le quitara la cerveza, volvió a darle un buen trago que provocó la hilaridad de los hombres.
Anne se sonrojó y, al mirarlos, vio que no tenían mala intención, la cara de sorpresa de Isobel le dijo que tal vez nunca habían visto a una mujer dar esos tragos largos.
Dougall no le dijo nada, sino que sonrió al tomar la cantimplora de piel.
Dos veces más llegó a ella en otra bolsa de piel que, al parecer, los hombres pretendían acabar; sin embargo, no parecían ni mareados, aquellos Somerled altos como torres y musculosos no parecían verse afectados por el líquido oscuro.
Sin preguntas ni conversaciones incómodas, Dougall debía haberlos advertido, todos ellos sabían quién era su nueva señora y la trataban con respeto y timidez.
—Anne, tendré que llevarte conmigo el verano que viene a Islay, quizá aprecies más que estos brutos el whisky de mi hogar.
Otra corriente de carcajadas recorrió a los hombres y Anne asintió a la proposición de Isobel, qué hermoso sería que aquellos guerreros no fueran Somerled, que Isobel fuera de otro clan, que Dougall no fuera el jefe de ellos, solo un campesino, para que pudieran perderse sin responsabilidades ni su familia.
—Es veneno, lady Anne, con solo un vaso no sabes ni tu nombre.
—¡Oh, pero te deja un sabor a tierra y río de aguas bravas!
—Sabe a Escocia —dijo otro.
Isobel frunció el ceño.
—Mi esposo, Finn Sorley, lo destila en las granjas de la zona, han empezado a venir de otras islas para comprarlo, cree que es más lucrativo que cuidar las ovejas. Dougall, por favor, habla con él a tu vuelta, sabes que tu tío solo te hace caso a ti.
Dougall arrojó un trozo de madera al fuego y sonrió a su tía, Anne pensó en las reuniones en los salones de su hogar, en su familia, como compartían momentos así…