CAPÍTULO XI
A nne salió al patio ahogada en sus propios pensamientos, ¿casarse con su enemigo?
Levantó la mirada hacia las puertas, ahora cerradas, Dougall lo habría ordenado, ¿sería así su vida, sometida a quienes habían acabado con su familia?
Incluso Rose parecía haberle dado un respiro y no acudió tras ella cuando, sin rumbo, se detuvo bajo un roble viejo y apoyó la espalda en él, agotada.
No tenía dónde ir, podía ganarse la vida en algún lugar, incluso quedarse en el convento si se lo suplicaba a la abadesa, pero entonces tendría que ordenarse, convertirse en novicia, y aquello que Dougall le ofrecía era demasiado tentador: recuperar al clan, encontrar a los que quedaran vivos, incluso algún día reconstruir su hogar para sus hijos.
Levantó la mirada al cielo, mientras estaba en aquella sala se había nublado y las primeras gotas cayeron en sus mejillas.
—Anne, estabas aquí.
Se giró al oír la voz de Isobel Sorley, que ahora sabía quién era en realidad, la hermana de aquel demonio de la guerra, la tía de Dougall. Se incorporó a la defensiva.
—No creo que tuviera más alternativa, vuestro sobrino ha cerrado las puertas.
—Dougall teme que hagáis alguna tontería.
—¿Escapar? Vuestra familia se ha ocupado de que no tenga un hogar al que volver.
Anne se sentó de golpe en el banco de piedra, bajo las retorcidas ramas, un soplo de viento agitó su pelo indomable, e Isobel lo hizo a su lado.
—Si mi hermano, el padre de Dougall, hubiera sabido lo importante que erais para él, nunca habría atacado el castillo MacLean, o al menos hubiera intentado hablar con vuestro padre.
Sé que le advirtieron, que Dougall lo intentó salvar, pero vuestro padre no quiso escuchar; cuando atacaron a mi cuñada, Ragnild, mi hermano se volvió loco.
No sabéis lo que Ragnild significa para Ian Somerled, podrían quemarlo vivo en una hoguera y jamás saldría de su garganta un grito, pero si alguien le hiciera daño a su esposa…
—Destruiría a todo el que cree culpable.
—Tu clan cobijaba a los hombres que casi matan a Ragnild, pretendían hacerlo.
Anne suspiró, estaba demasiado cansada.
—Isobel, ¿puedo llamaros de nuevo así?
—Claro, Anne, y puedes preguntarme lo que quieras, ahora seremos familia.
—¿Fue Dougall quien me trajo aquí? No recuerdo mucho después de ver…
—Nunca te mentiría, Anne. Dougall no participó en el ataque, estaba en Islay; su hermana, Beth, pasa temporadas con nosotros, adora la isla y la naturaleza salvaje, fue para llevarla de vuelta a su hogar en Argyll.
Nada más llegar Dougall, llegó un mensajero de su padre, habían atacado a Ragnild, pero estaba bien; sin embargo, todos los ejércitos Somerled seguían a los Matheson, partían a la guerra hacia el lugar donde se escondían, las colinas de los MacLean en Dunollie…
Anne, los Matheson atacaron con vuestros colores en los tartanes, os utilizaron todo el tiempo.
Anne suspiró hondo, no tenía ni idea de todo lo que contaba Isobel, y la instó a que continuara.
—Nunca había visto así a Dougall, enloqueció, dispuesto a partir él solo en un barco…
Mi esposo Finn es un gran navegante, nos trajo en poco tiempo.
Cuando Dougall llegó era demasiado tarde, el ataque había empezado, la lucha había llegado al interior de tu castillo, Anne; por fortuna, llegó a tiempo antes de que te mataran por accidente.
Dougall se enfrentó a su padre, a su hermano, a todos en aquel salón contigo en sus brazos, su vehemencia en hacerlo sorprendió a todos, más aún cuando te cargó hasta su caballo y te trajo aquí.
Me pidió que te acompañara, yo me crie entre los muros de este convento.
Sin escuchar a las monjas, permaneció a tu lado hasta que le aseguraron que vivirías, solo necesitabas descanso y tiempo.
Nunca había visto tal ternura en él, Dougall es…
—Frío, impasible, duro como una roca.
Isobel sonrió.
—Eso es lo que muestra, dentro de él tiene un enorme corazón, justo y leal; la mujer que lo enamore tendrá al mejor de los highlanders a sus pies para siempre, Anne.
Calló pensativa. Dougall le ofrecía una salvación digna, restaurar su clan, su padre no habría muerto en vano, ¿tenía otra opción? No sería tan malo ser la esposa de Dougall si no fuera por su familia, pero ella no era una cobarde, podía enfrentarlos, y tal vez, algún día, vengar su ofensa.
—Isobel, dile, por favor, que acepto.
La tía de Dougall sonrió y le cogió las manos con afecto.
—Dale una oportunidad, Anne, he visto cómo te mira, no tenía por qué hacer todo esto y ni siquiera su padre ha podido persuadirlo de casarse contigo, siente algo por ti. Y si no me equivoco, tú por él, os lo merecéis, te mereces ser feliz, Anne.
Se casaron en una hora, Anne no necesitaba más tiempo para recoger en una bolsa sus escasas pertenencias y despedirse de Rose.
Se presentó ante el altar con su sencillo vestido de lana marrón ante las objeciones de Isobel, que quería traerle un vestido de boda más bonito, hasta que Anne le dijo que no tenía claro si esa boda era una celebración.
Nadie la presionó más, acudió a la capilla con Rose, sola y con paso firme, Dougall ya la esperaba en el altar junto al sacerdote.
Algunas monjas ejercían de testigos y la madre abadesa se sentaba en el primer banco junto a Isobel Sorley.
Dougall la deslumbró, llevaba el mismo atuendo de gala con el que apareció en el convento, lo que demostraba que ya sabía que aceptaría ese matrimonio.
Imponente, con su tartán cruzado al pecho, tenía el pelo mojado hacia atrás y sus ojos, en la tenue oscuridad de la capilla, brillaban grises.
Era guapo, más de lo debido para su propia mente, Anne podía olvidar hasta su nombre cuando él la miraba así.
En otras circunstancias, estaría feliz de casarse con ese magnífico highlander , inteligente y mordaz, incluso su padre le pidió que lo considerara, él lo aprobaba, y eso la tranquilizó, sentía menos traición al casarse con su enemigo.
Dougall le tocó el brazo para que repitiera las palabras del sacerdote y lo hizo absorta por la neblina que envolvía su mente.
Por fortuna, Dougall no puso el anillo con su sello en su dedo, no hubiera podido soportar llevar el emblema de los Somerled y que tocara su piel.
Sí hubo de aceptar que, como dictaban las costumbres, Dougall envolviera sus manos durante la ceremonia con el tartán de su clan, y en cuanto pudo, se lo quitó de encima.
La señal de la cruz ante ellos le dijo que había terminado, Dougall la atrajo hacia sí y la besó.
Si Anne esperaba que fuera delicado o contenido ante el sacerdote, se equivocó, ni la iglesia amedrentaba a los Somerled.
Como aquel que tiene sed después de recorrer un desierto, la besó con pasión, Anne no hizo por resistirse, empezaba a comprender que Dougall Somerled ejercía un poder sobre ella que no conseguía entender cuando la tocaba.
Lo cierto es que cuando él se separó, se sintió abandonada, solo en sus brazos y en sus besos encontraba consuelo.
Esperó fuera con Isobel, montadas a caballo, a que Dougall trajera consigo las actas del matrimonio que probarían ante el rey sus esponsales.
Dougall la miró al salir, dudó un instante si decirle algo y montó su caballo.
Anne levantó las cejas al verlo apoyar solo una mano para montarse en aquel enorme caballo de guerra.
No podía albergar ninguna duda, Dougall se conducía como un caballero, su carácter reservado lo hacía parecer tranquilo, nunca gritaba, jamás se desesperaba aunque se lo pusiera difícil, pero era, al fin y al cabo, un highlander , un guerrero como su padre.
Dougall dio la señal para que abrieran las puertas y se dispuso a traspasarlas, había conseguido un dócil caballo en la aldea para ella; sin embargo, al acercarse al camino, el caballo de Anne se agitó nervioso.
Anne se había detenido ante las puertas, los hombres de Dougall formaban un pasillo para seguirlos, la suave llovizna le mojó la capucha de la capa y la hundió un poco sobre su rostro.
Dougall la miró extrañado, ya había percibido cuando Anne estuvo ante las puertas antes que no las había traspasado, como si una línea invisible le impidiera salir del convento.
Ella miró hacia atrás, a la seguridad de la que había disfrutado tras aquellos muros y Dougall lo entendió al fin, había visto a hombres curtidos mostrar miedos inexplicables tras una batalla e incluso enloquecer, no quería pensar en lo que Anne habría sufrido tras el ataque a su hogar y ver la muerte de sus seres queridos.
Retrocedió hasta ella, vio sus manos temblar de miedo ante el camino que atravesaba el bosque, el resto se inquietó, Isobel no entendía qué le sucedía, no sería él quien desvelara los secretos de su esposa.
Su esposa. La palabra y su significado lo atravesaron, no era mentira, le había prometido que la haría feliz.
Con sumo cuidado, puso su caballo junto al de ella, sin obligarla a avanzar, sus manos aferradas a las riendas estaban frías cuando las acarició para que soltara las cintas de cuero.
Anne apartó la vista de las puertas y lo miró, parecía tan joven que Dougall sintió encogerse su corazón. Estaba aterrada y no sabía por qué.
Dougall le soltó las manos y las tendió hacia su cintura, Anne comprendió que quería llevarla con él en su montura.
Contuvo el aire, aquello no era solo una salida digna para ella, acababan de casarse, todos lo verían como un acto de dos enamorados, pero en realidad era mucho más que eso, Dougall le ofrecía sus manos, un acto de fe en él, de confianza; si ahora lo rechazaba, eso marcaría el principio de aquel matrimonio.
Anne le tendió los brazos y se dejó llevar a su caballo. Apreció lo delgada que estaba, las curvas que había perdido en esos meses al sostenerla en vilo, olió el jabón en su cabello cuando la puso delante de él, sintió su cuerpo temblar.
—Anne, cierra los ojos, confía en mí, saldremos de los muros de este lugar y estarás a salvo.
Le sorprendió que ella enlazara con los dos brazos su cintura y se refugiara en su pecho.
Dougall azuzó al caballo con los talones y la sujetó con fuerza con la mano libre.
Salieron del convento y poco a poco notó como la tensión de los brazos de Anne se deshacía.
No quiso molestarla, su esposa tenía demasiado miedo y aún más dolor dentro de ella, tendrían tiempo de hablar de ello, y por el cielo y la tierra que él estaría a su lado.