Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO X
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CAPÍTULO X

S olo había tenido la tregua de un día, al amanecer, la abadesa la llamó ante ella a su despacho por medio de Rose.

Atravesó los corredores desiertos, las monjas no desayunaban hasta más tarde y apenas era un mendrugo de pan y queso que se tomaban mientras comenzaban las tareas, la comida y la cena sí se hacía con más formalidad en el enorme salón con cierta algarabía, permitida como un breve descanso.

Bastaba decir que ella no probó bocado el día anterior, la visita de Dougall seguía atormentándola, no sabía si podía confiar en él, lo que sí era un hecho es que su clan había destruido a su familia.

Ante la puerta de madera de doble hoja, dudó al llamar y sus nudillos se quedaron a escasos centímetros de golpearla, se frotó las manos, nerviosa, ¿la regañaría la abadesa porque un hombre rondara el convento?

¿La habría visto el día anterior? Su situación era precaria, no tenía a nadie que pagara por su estancia allí.

Le curaron sus heridas, por dentro y por fuera, como las buenas mujeres pudieron, pero no era una limosnera, no se hacían cargo si no eras una muchacha pobre o necesitada, ¿y ella qué era?

Ni siquiera lo sabía, sin hogar, sin tierras, el rey no tardaría en ceder sus propiedades a algún noble o bien uno de sus vecinos se quedaría con ellas por medio de la fuerza y ocupación, pensó en su desdén hacia Rory, sin duda lo aprovecharía.

Dentro escuchó murmullos sin poder determinar quién estaba en la sala y se apoyó en la puerta, ¿iban a echarla de allí?

, y entonces, ¿qué haría? Se arrepintió de tantas cosas que se le cortó la respiración, por no preocuparse de los asuntos de su padre, de ofrecerle consejo, de no haber aceptado un pretendiente cuando él se lo pedía cada día, y sobre todo, por no haber escuchado a Dougall.

Su futuro dependía de la buena voluntad de las monjas, podía trabajar más duro, tenía voluntad para ello, como mostraban sus manos, pero ¿sería suficiente?

La verdad siempre había estado ahí, y su mal humor; su pena mitigó la realidad, estaba sola en el mundo, tanto que nadie se lo había dicho.

Rose, escondida tras una columna, se asomó para ver por qué no entraba y llamó su atención, asustada.

La muchacha le tenía miedo, y por primera vez en esos dos meses, le sonrió para aliviar su propia tensión.

La chiquilla corrió hasta ella por aquel simple gesto y le cogió la mano, se miraron a los ojos, una apoyada en la otra, la hizo llamar.

—No podéis eludir el destino, milady , al menos, id hacia él con determinación. Así lo decía mi padre.

Anne la miró arrepentida, la había subestimado, no sabía nada de Rose, a pesar de que intentó muchas veces ser su amiga, otro error que amargaba su soledad.

—¿Tu padre? ¿Echas de menos a tu familia?

—Ya solo queda mi hermano William, no tardará en llamarme a su lado para que me comprometa con uno de sus aliados.

Anne suspiró, por un motivo u otro, no era la única que se sentía sola y perdida.

—Rose, gracias.

—¿Por qué?

—Por ser mi amiga, aunque me haya comportado como una estúpida.

—Solo necesitabas curarte más por dentro que por fuera. Entra, Anne, no eres una cobarde.

Dejó atrás a su compañera de esos meses y empujó la puerta con timidez.

La luz del enorme ventanal le dio en los ojos y tardó en enfocar la mirada, la abadesa se levantó para darle la bienvenida con más calidez de lo que nunca la vio esbozar.

A un lado estaba Isobel, la dama que tanto la había importunado con sus preguntas y su charla, y al otro, él.

Dougall la miró con intensidad y su visión la dejó conmocionada, estaba guapo, era odiosamente atractivo, y aquel día vestía con todo su esplendor, su tartán con los colores Somerled cruzado al pecho con el broche que indicaba que era de la familia del laird .

Sus botas lustrosas enfundaban las piernas hercúleas desnudas.

Hasta quiso sonreír nerviosa, ¿por qué le apretaban tanto las camisas?

, ¿no había tela en ese clan tan rico para enfundar esos músculos?

Esos ojos grises, del color de mil tormentas de cielo escocés, estaban casi negros a causa de la luz del sol que brillaba ese día.

Anne hubiera preferido que lloviera, tronara fuerte para que acompañara los latidos de su corazón.

¿Qué hacía él allí? ¿Y esa mujer?, ¿la había enviado él para espiarla en el convento?

La abadesa la saludó e hizo un ademán de que se acercara.

—Señora abadesa, ¿me habéis llamado? —preguntó, mientras la mujer ya entrada en años se sentaba. A un lado y a otro, la dama Isobel y Dougall.

—Se me ha planteado una petición, y ya que no contáis con ningún familiar y estáis a mi cargo, quiero saber vuestra opinión. Lady Isobel Sorley se ha postulado como vuestra defensora en esta negociación.

—¿Negociación? No entiendo, abadesa, no tengo nada con que negociar.

Notó la tensión de Dougall a su lado, la férrea mirada de Isobel ¿Sorley? ¿De qué le sonaba ese nombre?

—Vuestra desgracia es evidente, muchacha, pero ante la petición de Dougall Somerled a su padre y al rey…

Anne se giró hacia él extrañada, quería acabar con aquello cuanto antes, que la dejaran volver a su dolor; si había de tomar los hábitos, lo haría, pero no la humillarían más, jamás suplicaría.

—¿Petición? No dependo de esos hombres, ni me pliego a sus decisiones, no me conocen de nada, ni hicieron nada por mi familia.

La abadesa ahogó un gemido, Anne declaraba que el rey no tenía autoridad sobre ella y no solo eso, se mostraba rebelde.

Dougall se adelantó y la cogió del brazo para apartarla de la abadesa y de su tía. Anne no tardaría en darse cuenta de que Isobel era familiar suyo.

—Anne, ¿en algún momento has sentido un poco de afecto por mí?

No le entendía, pero supo ver en sus ojos una súplica velada; él, que siempre era tan contenido, tan serio, tan prudente, y parecía que en ese instante estaba poniendo su alma y todo cuanto tenía en aquella conversación.

Podía mentirle, ¿qué más daba ya? Si la abadesa tenía a bien, se quedaría en ese monasterio, no sabía siquiera de dónde.

Tal vez fingir que jamás tembló con sus besos, que cada abrazo suyo no había hecho latir apresurado su corazón, que no disfrutaba con su conversación y, en cierto modo, lo admiraba, leal e imperturbable.

—Sí, he sentido por ti, Dougall, mucho más que afecto —confesó sonrojada, no estaban lo bastante lejos de las dos mujeres.

Dougall atrapó sus hombros.

—Fui ante mi padre y con él ante el rey, está dispuesto a conservar el nombre de los MacLean, a que las tierras pasen a ti, que puedas reconstruir y acoger a tu gente en las aldeas, que alguno de tus descendientes sea el laird de los MacLean y se preserve el legado de vuestros ancestros.

—¿Por qué me daría todo eso un Somerled o el rey?

—Porque tendrías mi nombre para responder de los MacLean vivos, protegerlos, preservar tu herencia. Si te casas conmigo, Anne.

Se separó de él por puro instinto, porque comprendía que aquello era un trato al que no podía negarse, ¿recuperar su nombre para otra generación? ¿Sus hijos? ¿Con Dougall? ¿Un Somerled?

—Anne, es la única solución, estás sola, cariño.

Isobel los interrumpió con la única verdad que Anne no podía soportar.

—¿Cómo crees que puedo negarme a aceptar tu trato, Dougall? ¿Es justo? Tú que te jactas de ello, y crees que eres infalible y absoluto para administrar justicia.

Dougall no se amedrentó con sus palabras, hablaba el dolor de Anne.

—¿Tan horrible sería que te casaras conmigo, Anne? ¿Tanto horror te produce?

Anne bajó la vista, en otro momento, lugar y tiempo, en su interior sabía que si no llevara el apellido Somerled, se hubiera casado con él sin dudar.

Salvarla de la muerte solo fue una de las cosas que había hecho por ella, le ofrecía una solución, un propósito, mantener viva la memoria de su hermano y de su padre, recuperar a los miembros del clan que siguieran vivos y darles un nuevo hogar. ¿Cómo negarse?

—Anne, sé que no puedes amarme, pero intentaré hacerte feliz, no quiero que olvides, sino que algún día puedas volver a sonreír.

Anne levantó los ojos, se cruzaron con los suyos, era tan horriblemente sincero que algo que creía muerto en su interior se revolvió. Nadie nunca le había dicho algo tan hermoso.

—Acepto, como bien has dicho Dougall, no tengo opción —susurró. Se dio la vuelta al dejarlo atrás y antes de salir miró a su supuesta defensora—. Ya he caído en qué me sonaba vuestro nombre, lady Isobel, solo sois otra pieza del juego, sois Isobel Somerled, la tía de Dougall.

Isobel la vio irse e intentó seguirla, Dougall la retuvo.

—Tía, déjala, ya ha tenido bastante. Por favor, ayúdala a prepararse si es que lo desea.

La abadesa salió desde detrás de su mesa y enfrentó a los dos con su baja estatura y la barbilla en alto.

—Todo arreglado entonces, Dougall Somerled, pero tened en cuenta que si me entero de que la muchacha es desdichada, le ofrezco un sitio con nosotras aquí. No me importa que vuestra madre y lady Isobel construyeran este sitio, esa joven ha sufrido lo indecible.

—Si insinuáis que algún Somerled pueda maltratar a Anne… —advirtió Isobel ofendida.

—Jamás lo pensaría —respondió la abadesa, sabía que se había extralimitado, los Somerled eran demasiado pasionales—.

Sé que estará bien con vos, es vuestra familia la que me preocupa —acabó con un suspiro—.

El sacerdote estará en una hora en la capilla, no podéis marcharos sin casaros con ella, no permitiré que haya dudas de vuestra boda.

Hasta él mismo dudaba que Anne se acostumbrara a vivir entre los dos hombres que mataron a su padre y su hermano, y cuando salió de allí, ordenó a sus hombres, fuera de la tapia de piedra viva, que cerraran las puertas, no pensaba permitir que Anne escapara.