CAPÍTULO IX
Convento de Dunoon, en Argyll.
Dos meses después
A nne caminó por el sendero que cruzaba el patio del convento, era cuanto se atrevía a salir de su celda, dentro del muro de piedra.
A su lado, la novicia que la acompañaba siempre se agachó para coger una pequeña flor morada con una sonrisa.
Cómo envidiaba su inocencia y su forma de vivir, con la fe como único deseo y la esperanza de no ser castigada por la madre superiora al hincharse a dulces de las cocinas.
Los pájaros hacía rato que abandonaron los jardines, las nubes negras sobre sus cabezas hicieron que la joven frunciera el ceño y mirara a Anne.
A ella ya no le importaba la lluvia, ni el viento, ni los colores del otoño que caían sobre los árboles del jardín, o más allá, en el bosque al que jamás se atrevería a salir.
Solo se permitía respirar desde que despertaba por la mañana hasta que se acostaba por la noche.
Las monjas la miraban con lástima, no iba nunca a la capilla, no rezaba, no dormía, porque cuando lo intentaba, la imagen de su padre atravesado por la flecha y la espada al caer sobre Graham se cernía sobre ella.
Una y otra vez volvía al momento en que cogía la mano de Enid, veía el horror de los niños, el olor a fuego la alarmaba al pensar que era real…
—¡Anne!
Suspiró cansada, era la voz de esa mujer otra vez, había empezado a visitarla hacía unas semanas, parecía que la madre superiora la tenía en gran estima y la dejaba entrar y salir del convento a su antojo.
Vestía con sencillos vestidos y siempre esbozaba una sonrisa al dirigirse a ella, como si con ello Anne pudiera olvidar.
Ni siquiera se había molestado en preguntar quién era, una dama, sin duda, por su forma de hablar y la calidez de las telas que no mostraban exceso, pero se notaba que eran buenas.
Anne lo sabía bien. Las había llevado sin saber la suerte que tenía con su vida anterior.
Volvió a llamarla, a quebrar la paz del claustro.
Los ojos azules de la dama la vieron entre los árboles y suspiró.
Rose, la novicia, la interrogó con la mirada.
Anne hizo el esfuerzo de volverse hacia la mujer que no sabía por qué la visitaba, solo sabía de ella que una vez fue novicia allí, que era una dama y que se llamaba Isobel.
— Lady Isobel.
—¡Oh! Creí que ya éramos amigas, Anne, llámame solo, Isobel. ¡Cielos! ¡Qué les pasa a tus manos!
Anne las escondió entre los pliegues de lana de su falda.
—Insistió en ayudar a hacer jabón de lavanda, le dije que era un trabajo duro.
Rose contestó por ella, niña parlanchina, a veces Anne deseaba que no hablara tanto, le gustaba el silencio, quedarse a solas con sus pensamientos, por eso sospechaba que la madre superiora había encomendado a Rose con ella, para que no pudiera gozar de su soledad.
Eran de la misma edad, y sin embargo, se sentía mucho más mayor que su compañera.
Lo único bueno que consiguió saber a través del parloteo de Rose fue lo que le había contado: que esa mujer y unos hombres la trajeron a recuperarse entre aquellos muros sagrados.
Tal vez había soñado que Dougall entraba en mitad de la lucha, la cobijaba en sus poderosos brazos y la salvaba del fuego y la batalla.
—¡Oh, bueno!, crecerá la piel. ¡Se curará, Anne!
Tomó sus manos y Anne las apartó sobresaltada, no soportaba ya que nadie la tocara, le recordaba al calor de las manos de su padre antes de abrazarla.
—No me importa —contestó tirante, en otro tiempo estaba segura de que esa mujer le hubiera caído bien, ahora era una molestia—. ¿Por qué vienes a verme? —le preguntó con la esperanza de que se cansara de sus desdenes. Ella, en cambio, sonrió.
—Aquí están las mujeres que me criaron, no solo vengo a verte a ti.
—Ya, bueno, estoy cansada, voy a retirarme a mi celda.
Isobel la vio partir, cuando Rose fue a seguirla, ella la miró seria para que no fuera tras ella.
—Siempre está así, no sonríe nunca —susurró Rose a Isobel.
—Espero que hoy sí lo haga, él ha venido conmigo, pero no creo que podamos lograr que ella salga a su encuentro. Procura que siga sin saber quién soy, le diré a mi sobrino Dougall que no es un buen momento, quizá tengamos que esperar un poco más.
Isobel tarde se dio cuenta de que Dougall Somerled había observado todo desde detrás de una columna, siguió con la mirada a Anne cuando ella, al huir de su tía Isobel con sus atenciones y de la conversación de Rose, había llegado a las puertas abiertas al exterior del convento.
Se quedó quieta, clavada en el comienzo del camino fuera de terreno sagrado sin poder mirar más que sus pies.
Sus manos retorcidas aferraban la zafia falda de lana oscura.
Dougall dejó caer sus hombros, no sabía que estaba tan tenso por volver a verla, había espiado a Anne como un muchacho al trepar los muros, en la distancia, nunca tan cerca.
No era la dama orgullosa y altiva de Dunollie, Isobel le contó que se negaba a aceptar los vestidos que le llevaba e insistía en vestir de forma muy modesta y llevar el pelo suelto sobre el rostro, como si pudiera esconderse de todos.
Las monjas la rehuían, su carácter había cambiado e incluso era áspero, lleno de contestaciones secas, ya no era la muchacha que sonreía a sus pretendientes y gobernaba el castillo de los MacLean.
Dougall contuvo el aliento, ella levantó un pie, como si fuera a dar el paso para salir de los muros que conformaban la tapia del convento. Vio como encogía los hombros y se llevaba la mano al rostro. Entonces, Anne retrocedió y miró a la lejanía del camino. No soportaba verla sufrir de tal manera.
—Anne —la llamó. Le dolía verla así, en contraste con la decidida mujer que conoció, había sido paciente, esperado a que se recuperara de sus heridas, pero ya era suficiente.
Su padre debía decidir qué hacer con las tierras de los MacLean, ahora sin dueño, su castillo destruido y la familia de Anne muerta.
Su voz hizo que ella se volviera sobresaltada, sus preciosos ojos verdes se giraron hacia él y Dougall sintió un atisbo de compasión por la mujer que había tenido todo y lo había perdido en un día.
A pesar de su negativa a casarse con él y su desprecio, seguía sintiendo por ella algo inexplicable.
Un breve destello en sus ojos, ¿alegría?
, hizo que se acercara, pero enseguida esa mirada se perdió y a cambio le dedicó una seria e imperturbable.
—¿Vienes a cobrarte algo más de los MacLean, Dougall?
Dureza, frialdad, Dougall sabía que podía esperarlo, aunque no su rostro tan cambiado y tal amargura en sus palabras.
—No, Anne, vengo a ver cómo estás, solo eso.
Ella se relajó y volvió a los muros resguardados del convento, olvidada su decisión de salir.
—No quiero que estés aquí, como ves, he sobrevivido a los Somerled.
Anne trató de mantenerse serena, aún veía el rostro del padre de Dougall y el del que suponía era su hermano, ambos acabaron con su padre y su hermano. Miró con miedo a Dougall.
Dougall no trató de acercarse aún, conocía por Isobel que Anne supo del destino de su hogar, quemado hasta los cimientos, que su clan huyó para refugiarse en las aldeas.
Anne quiso golpearse contra un muro por alegrarse tanto de verlo, sabía que no había tenido nada que ver con el ataque, que estaba muy lejos cuando se urdió la batalla, que solo acudió al final para salvarla, tenía que dejar de engañarse con que lo había imaginado, él estuvo allí.
Pero eso no bastaba, los Somerled habían destruido todo cuanto amaba, ¿y solo por la sospecha de que albergaban a los Matheson, sus enemigos?
Demasiado castigo para una pequeña falta que podía explicarse con las leyes de hospitalidad de las Highlands.
Durante muchos días se había preguntado si no habría tenido que ver con su rechazo a casarse con él, la atormentó pensarlo, y siempre llegaba a la misma conclusión, Dougall era demasiado seguro de sí mismo como para que su desdén hubiera causado tamaña respuesta.
—No voy a hacerte daño, Anne. Solo quiero que hablemos.
—¿Cómo puedes venir aquí y decir que no vas a hacerme daño? ¿Hablar?
—No fui yo, Anne, no ataqué tu hogar, ni organicé la batalla, he venido a contarte lo que pasó, porque mi padre tomó Dunollie.
—No pronuncies el nombre de mi casa, no tienes derecho. Estabas allí, Dougall, me cogiste de la cintura.
Dougall suspiró hondo, él también tenía sus heridas de aquel día, se enfrentó a su padre y a su hermano por ella, detuvo la pelea, pero no pudo detener el fuego que causaron las flechas lanzadas por los Somerled.
Ver como el filo de una espada estuvo a punto de matarla lo torturaba, si su padre hubiera hecho daño a Anne, aunque fuera sin intención, jamás hubiera podido perdonárselo.
—Llegué tarde, Anne, desde Islay, si hubiera podido, les habría detenido.
Dougall dio un paso hacia ella, poco a poco había avanzado, deseaba tanto abrazarla y borrar aquella maldita batalla, necesitaba que ella dejara de sufrir, asegurarse de que era la misma mujer que conoció.
—No puedo creerte, eres un Somerled, uno de ellos.
Lo dijo con tanto odio en la mirada, sus ojos cuajados de lágrimas que no salían, que Dougall sintió alivio, Anne no estaba acabada, ni era la frágil imagen que tenía ante él, el fuego en ella aún pervivía y si tenía que pegarle o escupirle, lo prefería a ver la imagen de ella hundida en la pena.
Si el odio hacia cualquier Somerled y él la mantenía entera, que así fuera.
—Pero no como ellos, Anne.
—Lo he pensado mucho, Dougall, te gustará saber que tenías razón, que vivía en un castillo de murallas de flores, engañada, y que fuera el mundo era violento y cruel.
—Lo dije solo para herirte cuando me acusaste de salvaje. Tienes que creerme, Anne, si hubiera podido, habría detenido a mi padre y a mi hermano.
—Pues ya lo has dicho, Dougall, ahora vete, por favor, déjame en paz.
Dougall no pudo más, se acercó a ella, esperaba que le gritara, que saliera a la carrera hacia la protección del patio, en cambio, no se movió, aceptó la caricia de sus dedos en la piel de su rostro borrando con los nudillos sus lágrimas.
—Jamás quise hacerte daño, Anne, ni a tu gente.
Los Matheson os engañaron, mientras tu padre los cobijaba, ellos asesinaban, mataron a mi amigo; secuestraban, robaban, atacaron a mi madre en nuestras tierras, y mi padre buscó venganza, lo que hubiera hecho cualquiera ante el posible daño a su familia, tú lo hubieras hecho, Anne, tu padre también.
Mi padre me envió para descubrir la verdad que escondíais.
Anne frunció el ceño, intentó asimilar lo que Dougall le contaba, nadie se había tomado la molestia de decirle que la madre de él había estado en peligro, que el ataque de los Somerled había sido la reacción a un acto salvaje de los Matheson. Entonces cayó en la cuenta.
—¡Cielos! Entonces era cierto, no estaba equivocada. Viniste a Dunollie para espiar a mi padre, para encontrar a los Matheson, nunca pensaste ni por un momento cortejarme, jamás pensaste, ni por un instante, casarte conmigo en serio, todo fue mentira.
Dougall no pudo más y cogió sus hombros.
—No, Anne, era una excusa, al principio, hasta que te conocí. Es cierto que debía estar entre vosotros, encontré pruebas de que los Matheson se escondían en las colinas. Lo sabías, Anne, que estaban allí, no sé cómo, pero lo sabías.
Anne reprimió un quejido, ella misma al mirar las colinas en el bosque se lo dijo a Dougall.
Las visitas a escondidas de Robert Matheson, debió contárselas ella misma y entregar a ese proscrito.
Todo lo que había imaginado esos meses se completó, cada pieza encajaba, la furia de los Somerled en el ataque, que Dougall no supiera nada…
—¿Por qué debería creerte, Dougall?
—Es cierto, Anne, todo es verdad.
Y quería creerle desde algún olvidado resquicio en su alma, quería que fuese así, que Dougall no hubiera mentido, pero también que su familia estuviera viva, que todo fuera como antes. Ya nada sería igual, nunca.
—Aunque sea verdad, Dougall, ¿no comprendes que tu padre, tu hermano, tu clan, mató a mi gente?
—Tu padre sabía que su engaño tendría consecuencias, sabes que los ocultaba, Anne, se negó a entregarlos. Te lo advertí, si hubiéramos estado casados, hubiera podido mediar por él, por ti, por todos…
Anne se negó a escuchar más porque sabía que Dougall no mentía.
¡Cielos! No mentía, pero tampoco podía perdonarlo, ni siquiera darle las gracias por salvar su vida.
Tenía que haberse enfrentado a Somerled, ese endemoniado con los ojos enajenados en la batalla, por ella, para que dejaran que viviera.
—Nos unía a los Matheson la sangre, mi padre tenía que hacer algo por ellos, se quedaron sin hogar, sin tierras.
—No es justificación, Anne, nada de lo que hacen la tiene.
Dougall supo que ella lo escuchaba, vio la lucha en su interior, entre lo que estaba bien y lo que los Somerled habían hecho.
—No puedo perdonarte, Dougall, mi padre y mi hermano murieron.
—No quiero el perdón, vengo a ofrecerte un hogar, una nueva vida, Anne. Quieres odiarme, pero no puedes, lo sé.
Los ojos de Anne se arrasaron de lágrimas, entonces Dougall, con un solo paso, la abrazó en un impetuoso movimiento y ella, que se había vuelto hermética sin sentir nada, estalló en sus brazos, lloró sin consuelo, mientras Dougall le acariciaba el pelo como a una niña.
Le levantó el rostro y prendió un suave beso en sus labios húmedos, cubiertos de lágrimas sin consuelo.
Anne se rindió, abrió los labios para él, se aferró a su cuello para sentir el olor conocido, a turba de hoguera, a la hierba de las praderas.
El beso de Dougall se volvió arrasador, el tiempo separados, observarla en secreto, solo había acrecentado su deseo por ella, movió la cabeza para acoplar sus movimientos a aquel beso que le daba la vida, promesas de que, tal vez, no todo estaba perdido.
—Anne —susurró contra la piel sensible de sus labios.
—Has ganado, Dougall, tienes razón, no puedo resistirme a ti cuando me tocas, pero jamás seré tuya. —Se soltó de su abrazo, el rostro enrojecido de llorar, los labios hinchados de besar los suyos—. Déjame, Dougall, por favor. —Se dio la vuelta y echó a correr hacia el interior del convento.
Dougall dejó que se fuera, parecía una tortura para ella pasar un solo momento más a su lado, permitiría que pensara las cosas, pero no tenía intención de volver a dejarla sola nunca más.