CAPÍTULO VIII
A nne se tapó los oídos cuando el cuerno de aviso sonó una y otra vez, atacaban Dunollie. El pánico se adueñaba de todos y ella no sabía cómo ayudar. Su padre le había ordenado que se encerrara en sus aposentos; distraído con las órdenes a sus hombres, no vio como subía a las almenas.
Arriba estaba Graham, preparaba las defensas, los hombres con los arcos corrían de un lado a otro y ninguno conseguía decirle quién les atacaba.
Se apoyó en el único hueco que quedó libre en las almenas, el atardecer teñía el horizonte de colores dorados, y al fondo, surgidos entre las últimas luces del día y las de las antorchas que acompañaban su paso, un ejército hasta donde la vista le dejaba apreciar.
Cientos de hombres, quizá miles, avanzaban hacia el castillo MacLean.
Un estandarte del primer hombre a caballo hizo que Anne clavara sus dedos en la piedra, los tartanes de esos guerreros eran Somerled.
El pecho se le encogió al reconocer la fuerza despiadada que asolaría su hogar, las decenas de caballos de guerra.
Al frente, con su altura imponente, el que suponía era Ian Somerled, el padre de Dougall; a su lado, un gigante más grande que él, debía ser su hermano a juzgar por lo que se decía de él.
A medida que se acercaban, los gritos de terror de los guardias de su padre se confundían con los lamentos de las mujeres y los niños en el patio.
Vio acercarse a los que lideraban esas tropas sin poder moverse del sitio.
Dougall, ¿por qué tenía que haberse marchado?
Ahora comprendió su ofrecimiento de compromiso, no podía ser por venganza, ¿verdad?
Buscó entre los enemigos el rostro que había atormentado sus sueños con besos y caricias.
Desde que Dougall se marchó, Anne no había podido olvidarlo, cada día era como una tortura, en cada rincón o cada palabra estaba su recuerdo.
Suplicó al cielo que él no estuviera al frente de esos hombres solo por despecho, por no aceptar su proposición de matrimonio, Negó con la cabeza para sí misma, sabía que Dougall jamás se conduciría con tal vileza, él no estaba entre sus atacantes, estaba segura, había partido a Islay, eso les dijo a todos, no podía estar allí.
¿Sería ese ataque aquello de lo que quería salvarla?
¿Por qué los Somerled les atacaban con todos sus ejércitos si los Matheson no estaban allí?
Pero sí habían estado, el recuerdo de Robert Matheson hizo que su piel ardiera.
Algo debía haberlos provocado para arrasar con sus ejércitos cuanto veían.
Su padre apareció en las almenas, Anne sonrió a medias, habría negociación, su padre y el de Dougall hablarían, solucionarían el error que pretendían cometer los Somerled y, si era necesario, se casaría con Dougall.
¡Cielos! Ya se arrepentía de no haberlo hecho en su momento, Dougall jamás hubiera permitido esa locura.
Entonces, ¿por qué no quiso casarse con él?
Estúpida es lo que había sido, su orgullo, su hermano, su clan, Anne se temía que Dougall le había contado la verdad, y ella solo quería quedarse en su jaula de flores como él dijo.
Pero aún había tiempo, su padre lo arreglaría, no llegarían ni a luchar.
—¡Anne, hija! Baja ahora mismo, ¿qué diablos crees que haces?
Anne sintió como su padre la empujaba hacia las escaleras para alejarla de las almenas.
—¿Por qué, padre, por qué atacan?
Una sombra cruzó el rostro de su padre, ¿vergüenza? Evitó mirarla a la vez que la empujó en dirección a los soldados, que la sacaron de las almenas.
—¡Sal de aquí, enciérrate en tus aposentos!
Alguien la arrastró hasta la entrada a las escaleras, miró a su hermano, concentrado en los hombres que se acercaban desde la aldea. Se giró un instante, Graham tenía un gesto de horror que la aterró a ella, volvió sus ojos a su padre, que la miraba como si se despidiera, iban a perder esa batalla.
—¡Llevaos a mi hija! —gritó con furia, y uno de los guardias la empujó para que avanzara.
Anne se chocó con las paredes de piedra mientras bajaba las escaleras, el rostro de su padre le dijo lo que ya sabía, los MacLean habían cobijado a los Matheson en las colinas, se había negado a verlo, y Dougall tenía razón, esa amistad solo les traería la destrucción.
Un grito en las almenas hizo que corriera de nuevo hacia arriba sin importarle que la detuvieran.
La primera flecha en llamas cayó a poca distancia de ella, una declaración de intenciones, no habría diálogo ni negociación, los Somerled estaban allí para destruirlos.
Se la llevaron de la cintura una vez más y la arrastraron lo bastante lejos de la puerta para que no volviera.
Los gritos de los sirvientes desde los corredores la devolvieron a la realidad, tenía que cobijar a las mujeres y a los niños, tal vez lograra llevarlos a los pasadizos.
No podía esconderse en sus aposentos y dejar que murieran a manos de los salvajes Somerled.
¡Enid! ¿y su amiga? Tenía que encontrarla, a todos.
Llegó al salón, las puertas se trababan con un travesaño, las mujeres y los niños del clan se refugiaron contra los muros.
—¡Colocad las contraventanas, están lanzando flechas de fuego!
Los pocos hombres que su padre había dejado dentro la obedecieron sin dudar.
Un restallido desde el patio y los gritos les dijeron que los Somerled habían penetrado dentro de las murallas y no tardarían en intentar entrar en el interior.
Vio bajar a su padre y su hermano con el resto de los que quedaban arriba en las almenas, eso no era bueno, ambos ni se detuvieron, se levantaron los travesaños y su padre ordenó cerrarlos tras ellos.
Ni siquiera tuvo tiempo de regañarla por no obedecerle, tenía el rostro tiznado por el fuego.
Anne empezó a oler el humo en cuanto cerraron, corrió hacia la chimenea donde acababa el entramado, golpeó con las manos el muro, una mujer la vio y la ayudó a empujar, la pequeña puerta disimulada en las paredes se deslizó hasta la mitad, lo suficiente para que, uno a uno, pudieran deslizarse los que estaban en el salón y huir por el pasadizo hasta fuera de las murallas.
Su padre se había ocupado de que Graham y ella supieran de todos los secretos del castillo por si ese día llegaba.
Anne, angustiada, hizo entrar a cada mujer con sus hijos, para que los pequeños no se asustaran, no iban tan deprisa como ella quería, la lucha se escuchaba contra las grandes puertas del salón.
Con los ancianos, intentó no desesperarse, no corrían lo suficiente, quedaban apenas unos pocos, los guardias se dispusieron en semicírculo contra la puerta, desde fuera empezaron a golpearla.
Graham y su padre jamás permitirían que hubieran llegado tan cerca si estuvieran ganando la lucha.
Anne al fin vio como era el turno de Enid.
—Anne, vamos, nos toca.
—No puedo, Enid, quedan demasiados, ve con ellos, iré con el último hombre, te lo prometo.
Su amiga la miró desde la oscuridad, sin irse convencida, sus manos se separaron y Anne deseó guardar el tacto de sus dedos rugosos.
Las puertas del salón se vencieron, una tromba de Somerled arremetió contra los hombres MacLean, Anne intentó detenerlos para que los últimos niños y ancianos escaparan.
Un enorme gigante rubio la golpeó con el hombro al arremeter contra otros y antes de caer contra el suelo, pensó en lo mucho que se parecía a Dougall, si no fuera por la sangre en su rostro y la ferocidad de su mirada.
Otro hombre la zarandeó antes de que perdiera el conocimiento, sintió las manazas de ese hombre sobre el cuerpo, no sabía si solo quería apartarla o intentaba abusar de ella.
Se retorció en el suelo y sacó la daga de la que no se separaba desde que Dougall la liberó de Rory.
El gigante rubio vio el arma y la golpeó con el pie, con tan mala suerte que también lo hizo en las costillas.
Su padre y Graham se defendían unidos de los hombres, el gigante se giró para enfrentar a su hermano.
Anne comenzó a caminar hasta ellos, una flecha atravesó el pecho de su padre y cayó al instante con la punta clavada en el cuello.
Graham se distrajo al verlo y el enorme highlander lo hirió en el pecho, cayendo a su lado.
Anne gritó, algo impactó sobre ella, un guerrero MacLean al que habían herido de muerte.
Anne supo entonces lo que era el infierno, y era un Somerled, igual a Dougall, el mismo diablo que acababa de matar a su hermano.
Iba a morir entre espadas, giró la vista hacia el pasadizo, casi todos estaban a salvo; deseó que la piedad de los Somerled fuera suficiente para dejar huir a mujeres, niños y ancianos.
Inspiró hondo cuando le pisaron el brazo al tratar de apartar al muerto, los hombres enzarzados en la lucha se alejaron un tanto y recuperó su daga con todo el dolor de su mano aplastada.
Fue entonces cuando se vio zarandeada en mitad de un combate a espada, un hombre de larga barba encanecida, con los ojos azules oscuros y el rostro descompuesto en una fiereza que jamás pensó que existía, ni la miró al descargar su espada.
Sabía quién era él, las madres asustaban a sus hijos con que él vendría a por ellos, el feroz highlander al que el rey de Escocia protegía, Ian Somerled, el padre de Dougall, y también sabía que moriría en ese instante como el resto de su familia.
Unos brazos fuertes la rodearon, la apartaron de la trayectoria de la hoja afilada de la claymore . Anne pensó que soñaba antes de morir de una forma horrible.
—¡Detened las espadas! —era la voz de Dougall—. Caileagh —susurró en su oído antes de que se desvaneciera entre sus brazos.
Dougall la llevó con él al caer, su padre enseguida lo reconoció, alejó la espada de ambos y detuvo la lucha, tampoco hubiera durado más, los pocos MacLean que sobrevivían se rindieron al arrojar sus armas.
La sostuvo contra él, con temor a haber llegado demasiado tarde, había sido golpeada con brutalidad, pero su pecho se movía y sus labios se entreabrieron para decir algo al ver que era él.
Había navegado con pericia hasta las mismas entrañas de Oban para llegar a tiempo, por fortuna, su tío Finn era el mejor navegante del norte.
Y había llegado antes de que su padre la matara por error, aunque estaba seguro de que contemplar aquel horror y ver morir a su familia la destrozaría.