CAPÍTULO VII
D ougall sintió la brisa de las playas de Islay en el rostro, fría y continua, la isla de sus tíos era llamada la «más bonita de Escocia».
Isobel, la hermana de su padre, había domado aquellas colinas, y muchos decían que a su esposo, Finn Sorley, el legendario guerrero noruego, dueño de dichas tierras.
Había prometido a su madre acompañar a Beth de vuelta a casa, llevaba casi tres meses con sus tíos y era hora de volver a Riata.
Su pequeña hermana se resistía, se temía que, si volvía a casa, siguieran obstinados con que debía casarse y eso hacía que pudiera meterse con ella todo el viaje de regreso a Argyll.
Así al menos olvidaría a cierta mujer de cabellos castaños y ojos tan brillantes y verdes como esas praderas de Islay.
Al desembarcar del pequeño birlinn , vio a su tío Finn saludarlo desde la playa, tenía todo el aspecto de un vikingo salvaje, con aquellas barbas rubias abundantes.
Su piel mostraba runas de tonos azulados que habían cubierto sus brazos con los años.
Apreciaba al mejor amigo de su madre, al esposo de su tía Isobel, y lo admiraba con toda su alma desde que era un niño.
Finn Sorley le palmeó el brazo con fuerza y Dougall le respondió del mismo modo.
—¡Muchacho! Apenas te reconozco, tu padre ha debido entrenarte hasta desfallecer para conseguir que tengas más hombros que él.
Dougall sonrió, él no era ya un muchacho, y a Finn no le caía demasiado bien su padre a pesar de ser cuñados.
—¿Muchacho? Finn, vikingo, podría derrotarte aquí y ahora, ya no soy un crío.
Finn sonrió, le dio un afectuoso empujón en el hombro antes de darse la vuelta para ir hasta los caballos que tenían preparados.
—Siempre serás para mí un muchacho, sabes que eres como uno de mis hijos.
Dougall agradeció aquellas palabras, era raro que el vikingo mostrara su afecto, excepto con él, le debía algún favor de cuando Dougall era un niño y Finn intentaba conquistar a Isobel Somerled.
—Lo sé, Finn, sabes que tienes mi afecto, mi lealtad y mi admiración —le contestó de corazón Dougall. En Finn encontró hacía mucho tiempo el cariño paterno que a su padre le costaba tanto ofrecer.
Montaron en los caballos para dirigirse a la fortaleza, Dougall admiró los pastos crecidos, las pequeñas granjas dispersas, Islay era en verdad el paraíso de las Islas de Escocia, sin contar con el whisky que destilaban los habitantes, que ya era conocido por su sabor.
—Estás diferente, Dougall. ¿Qué ha ocurrido con los Matheson? Tu madre me dijo que vas en su busca, ¿fuiste a Dunollie? El clan MacLean es el único que se atreve a cobijar a esos forajidos.
—Sé que estaban allí, al menos lo estuvieron hasta que llegué, escondidos en unas cuevas, pero cuando fui con mis hombres, habían desaparecido. Seguí su rastro hasta perderlo en los bosques cercanos.
—Entonces, ¿atacará tu padre a los MacLean por protegerlos?
—No sin pruebas, me temo que he fracasado, no podemos declarar la guerra si nadie puede probar que los Matheson reciben ayuda de ese clan.
Finn lo miró con la ceja arqueada y Dougall bajó el rostro, si él se daba cuenta de que algo le pasaba, no quería pensar cómo sería enfrentarse a Beth y a su tía Isobel, que parecían brujas.
Atravesaron el arco de la muralla cuando el sol caía.
Allí en el patio le esperaba su hermana, sus cabellos negros se agitaban por el viento, sus ojos brillaron al verlo.
Antes de que Dougall desmontara, fue a su encuentro y en cuanto descendió del caballo, lo atrapó en un abrazo.
—No esperaba que me echaras de menos, hermanita.
—Sabes que eres mi hermano preferido, Dougall.
—También se lo dices a Donald.
—Es mi favorito en otras cosas, se deja engañar mejor que tú. —La risa de su hermana le trajo una paz que desde que salió de la fortaleza de los MacLean no había sentido.
Su tía Isobel enseguida lo atrapó en otro abrazo, acababa de tener a su sexto hijo hacía unos meses y Dougall no pudo evitar preguntarse si no eran demasiado mayores sus tíos para seguir con la promesa de Finn de darle a su esposa un ejército de highlanders vikingos.
Se dejó mimar por las mujeres de su familia, no era de gestos cariñosos, pero hacía tanto tiempo que no estaba con ellas que las dejó hacer ante la mirada burlona de Finn.
Prepararon un banquete con música y tanta comida que pensó que no podría moverse en días, sonrió alegre al ver a sus hombres entregarse al baile y al festín con ganas, en poco tiempo deberían volver para continuar su misión en busca de los Matheson, ese clan no pararía sus pillajes, pero al menos contaría con algún tiempo antes de que se sintieran seguros para salir de su escondite.
Y esperaba que no fuera en tierras MacLean.
Frunció el ceño y se obligó a olvidarla, lo que pudo ser era ya un nunca será.
Bebió otro sorbo del brebaje de Islay y se deleitó con el sabor, podría quedarse allí unos días, incluso una semana, aunque su padre le hubiera reclamado que no se entretuviera.
Una sirvienta rozó su hombro al dejar la bandeja y le ofreció una sonrisa lasciva, Dougall asintió con frialdad, ¿qué le pasaba?
En otro momento no es que se hubiera comportado como Donald y hubiera encandilado a la mujer, pero solía ser más amable cuando estaba entre los suyos.
La muchacha salió casi a la carrera ante su mirada, hasta que uno de sus hombres le ofreció una sonrisa y se quedó hablando con él.
—Conozco a mi hermano, no eres el más amable ni encantador, tampoco sueles ser tan imperturbable, ¿qué sucede, Dougall?
—Nada, hermanita, no tiene importancia.
Beth arqueó la ceja, pasaba demasiado tiempo con el vikingo, ya hacía los mismos gestos que él, Dougall era el encargado de acompañarla a su vuelta a su hogar, su padre no conocía lo mucho que Beth había aprendido en la isla, desde manejar la espada y el arco a saber lanzar su daga como el mejor de los soldados Somerled.
Su madre lo aprobaría, pero no estaba seguro de que su padre estuviera de acuerdo con esas habilidades en su hija menor.
Lo cierto es que la apariencia de su hermana era de extrema delicadeza, se había convertido en una belleza que podía abrirle la crisma a un hombre sin parpadear.
Beth no tenía la intención de dejarlo así, volvió a girarse hacia él para interrogarle y Dougall se temió que el viaje de vuelta a casa sería demasiado largo.
Las puertas del salón se abrieron y de nuevo esa insistente brisa proveniente del mar penetró en el interior, fría y continua.
Las cabezas de toda la mesa se levantaron cuando dos guerreros de Finn entraron junto a un hombre exhausto que portaba los colores Somerled.
Dougall lo reconoció al instante, era Brodie, uno de los mejores guerreros del clan.
Lo miró nada más atravesar las puertas y Dougall supo que algo horrible tendría que haber sucedido para que llegara en esas condiciones.
—¡Dougall! —lo llamó, aliviado al verlo allí—. Llevo buscándote días. —Dougall, que ya había acudido hasta él, lo sostuvo del brazo—. Hemos llegado hace unos minutos en un birlinn de tu padre, han atacado a tu madre en la frontera de tierras Somerled, no temas, está a salvo.
—¿Qué ha ocurrido? —Beth llamó la atención del guerrero y este, con dificultad, la saludó con la cabeza.
—Vuestro padre ha declarado la guerra, los Matheson que atacaron a vuestra madre huyeron hasta tierras MacLean —el guerrero intentó tomar aliento—. Junto a vuestro hermano Donald, los Somerled han marchado hasta allí. Vuestro padre clama venganza.
—¿Estás seguro de que Ragnild está bien? —preguntó su tía, alarmada.
—Lo está, señora, en cuanto los hombres que la acompañaban se dieron cuenta de que era una emboscada, dos de ellos la protegieron al galope hasta la fortaleza, ya sabéis como es milady , hirió con su arco a varios de ellos para defenderse.
Nadie sabe cómo esos Matheson malditos pudieron entrar en nuestras tierras sin que los vieran.
Dougall sí lo sabía, con los colores MacLean, así se camuflaban; estaba seguro de que el padre de Anne ni siquiera lo sabía, no hubiera permitido que cometieran robos con sus colores, por eso los hombres que los emboscaron a Donald y a él llevaban plaids sin colores y dejaron solo una pista, eran escoria que mordían la mano que los cobijaba.
Recordó a Randall, su amigo caído, su prematura muerte a manos de esos bandidos, el rostro desolado de su esposa e hijos.
Dougall dejó que Finn sostuviera a Brodie mientras ordenaba sus pensamientos, lo que tanto temía había sucedido, Anne estaba en mitad de una guerra; si hubiera aceptado su proposición, tendría su protección y alianza con los Somerled, nadie osaría atacar la fortaleza MacLean, ahora, quizá, era demasiado tarde.