CAPÍTULO VI
L legó cuando servían la cena en los salones, Fergus MacLean observó su entrada, ¿había respirado aliviado?
Dougall sabía que los Matheson habitaron las cuevas durante semanas, había restos de hogueras en la colina, de comida y caza, y no podía probar que fueran ellos.
Sentía la suciedad en su rostro y el cansancio de haber recorrido tierras MacLean durante horas sin encontrar sus huellas.
Quería partir enseguida, frustrado por no encontrar las pruebas, sin embargo, sus hombres merecían una última noche de descanso y comida caliente antes de iniciar la persecución de sus enemigos. Y él, verla por última vez.
—Temíamos que os hubieras ido sin despediros —le dijo el hermano de Anne y lo invitó con la mano a que se sentara junto a ellos.
Con rapidez, un sirviente colocó una silla alta junto a la del laird . Anne estaba al otro lado y ni siquiera levantó la mirada de su plato lleno de carne sin tocar.
El laird Fergus MacLean se reclinó en su asiento y Dougall lo miró a los ojos, su padre decía que sus enemigos se medían por el tiempo que fueran capaces de mantener una mentira al mirarte en ellos. Por desgracia, el padre de Anne lo esquivó durante unos instantes.
—¿Dónde habéis estado? —le preguntó demasiado nervioso.
—En el lugar en que se escondían vuestros amigos.
—¿Amigos? Todos están en el castillo, excepto el joven Rory, que partió hace unas horas, indignado; al parecer, afirma que sois un salvaje, que lo golpeasteis sin razón.
La mirada de Dougall fue hasta Anne, ella le suplicó con un gesto que no le contara nada a su padre.
Se daba cuenta de que todos los perjuicios de Anne no eran más que el reflejo de lo que pensaba su clan y muchos en Escocia, ella adoraba a su padre, tanto como para no abrir los ojos a la verdad.
Ni siquiera contarle lo que habían hecho los Matheson había servido para que lo considerara siquiera como un pretendiente.
—Supongo que me equivoco, laird MacLean. Partiré mañana al amanecer con mis hombres, mi hermana Beth está en Islay con mis tíos, creo que les haré una visita.
Algo turbó la expresión del laird, que lo miró dubitativo.
—Pensé que queríais cortejar a mi hija Anne… —Dougall la miró, su padre entre ellos, ella apartó la cara sonrojada.
—Me ha rechazado, ¿no os lo ha dicho? Supongo que le atraen más vuestros pretendientes —afirmó confuso. Después de sospechar de sus verdaderas intenciones, ¿quería que se fuera con un compromiso con su hija?
—Dougall Somerled, vuestro clan y el mío fueron enemigos durante mucho tiempo, pero si tuviera que elegir a quien protegiera a mi hija, serías tú.
—Dougall se sorprendió de las palabras del laird y se reclinó en la silla—.
Si Anne no ha aceptado, respetaré su decisión, sin embargo, me hubiera alegrado por la unión, tenéis lo mejor de vuestra madre y de vuestro padre.
—Pero también lo peor de cada uno de ellos. «Mestizo» es la palabra que más se ha susurrado en este castillo ante mi presencia.
Para sorpresa de Dougall, le dio una palmada en el brazo.
—No, muchacho. Sois leal, un buen guerrero, un buen hombre, es una lástima que no cambies de bando. Y lamento que aún existan esas viejas rencillas.
Dougall sonrió, el viejo laird le tentaba, obligaría a su hija Anne si hiciera falta, si se ponía de su lado en proteger a los Matheson y el clan MacLean, pero él jamás lo haría, ni siquiera por ella, su clan era su familia, los Somerled eran su sangre y siempre sería así.
Había crecido con la idea de que la única manera de mantener la paz y no volver a las guerras era impartir justicia, los proscritos no tenían cabida en Escocia.
Vio como Anne se levantaba y seguía a su hermano, parecían enfadados entre sí desde hacía días. La observó marchar.
—Gracias, laird , pero si descubro que me habéis mentido, no podré evitar la ira de mi padre, los Matheson no son amigos vuestros, os sorberán la sangre y luego pasarán al siguiente clan, creedme.
Decís que se deben olvidar las viejas rencillas, los Matheson os obligan por la sangre, pero ¿no es más importante mantener a salvo a vuestras mujeres, a vuestro pueblo?
—Las leyes sagradas de la hospitalidad y la familia son lo más importante, Dougall, no deberías olvidarlo. Los Matheson no están en mis tierras.
—Os arrepentiréis, Fergus, y yo no podré ayudaros.
Se levantó sin probar bocado, sabía que el anciano le mentía y que Anne jamás admitiría que sentía algo por él.
Se fue del salón, dejó que sus hombres acabaran de cenar y pasaran la noche calientes bajo un techo; pasó por las cocinas, como hacía tantas veces en su hogar, y cogió algo de pan y queso, decidió dormir bajo las estrellas, envuelto en su tartán, cuanto más lejos de Anne MacLean, sería mejor.
—Anne, padre me lo ha contado, si aceptas la proposición de Dougall Somerled estarás traicionando a nuestro clan, a nuestra gente, los Matheson han sido leales a nosotros desde siempre.
Dougall se detuvo y pegó la espalda al muro, en las puertas del salón estaban Anne y su hermano. Graham acababa de decirle aquello, podía hacerles saber que estaba allí, pero esperó la contestación de Anne.
—No debes preocuparte, lo he rechazado —contestó, enfadada consigo misma. ¿Por qué se sentía tan mal?—. Pero Dougall dice que esa alianza con los Matheson no será buena para nosotros, me contó cosas… y ese hombre… no me gusta, Graham.
—¿Y qué quieres que diga? Es enemigo nuestro. No te equivoques, hermana, Dougall solo cumple órdenes de su padre, capturar y matar a todos los Matheson. Te lo repito, si aceptas como esposo a un Somerled, ya no serás hermana mía. No te preocupes por los Matheson, ya no están aquí.
—Aléjate de él, Graham, te lo suplico.
—Anne, no sabes nada.
Dougall se pegó más a la oscuridad y vio como Graham MacLean pasaba frente a él, oyó el suspiro de Anne, tan profundo y hondo que se preguntó si no había logrado al menos que ella se preguntara si no pasaban más cosas a su alrededor de las que su padre y su hermano le contaban.
Así que no se equivocaba, en algún momento, Robert Matheson y sus hombres habían estado allí y Anne lo conocía.
Negó con la cabeza, podía dar un paso hacia adelante, despedirse de ella, aunque se arriesgara de nuevo a su desprecio; sin embargo, se quedó allí parado, nunca se rendía ante un desafío, Anne MacLean lo era, pero esta vez sabía que no podía obligar a esa mujer orgullosa a cambiar de opinión.
No había buscado esposa, a pesar de que sus padres estarían más que contentos de que lo hiciera, nunca fue su intención casarse con Anne, y ahora que la había conocido, no le importaría; desde luego que no se aburriría al lado de esa mujer, ni creía que la pasión y el deseo que sentía por ella se mitigaran con el tiempo.
Oyó los pasos de ella, siguió el camino de su hermano hacia las puertas abiertas del salón.
La observó desde las sombras, se despidió con la mirada, era posible que la próxima vez que se vieran fueran enemigos.