Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO V #2
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CAPÍTULO V #2

Anne no sabía qué había pasado, solo que en un momento estaba tan enfadada con él que quería darle un puñetazo, y al instante, Dougall la había acercado a la fortaleza de su cuerpo.

Dejó que la besara porque lo anhelaba, sentir de nuevo sus labios, recorrer sus brazos llenos de músculos, deslizar los dedos por la camisa hasta llegar a su vientre plano, colmado de bandas de pura fibra.

Tocarlo, tan firme y prieto, hizo que emitiera un gruñido poco propio de una dama, podía besarlo hasta que el sol dejara de salir por el horizonte, ese hombre sabía hacer que una mujer olvidara todo pensamiento decente.

La lujuria, así que era aquello lo que hacía a las mujeres perder la cabeza y a los hombres el sentido con solo un beso.

Se pegó a él, era inocente, no ignorante, sabía qué era aquello que se contrajo contra su vientre, duro y enorme.

Suspiró contra la lengua de Dougall, se sintió poderosa al conseguir que su habitual contención se deshiciera, ya no parecía frío ni distante, sino consumido como ella por el deseo.

Dougall acarició su pecho por encima del escote con el anverso de la mano, soltó su beso y sus frentes se tocaron, agachado sobre ella.

Anne inspiró hondo cuando sus nudillos la acariciaron y aferró con suavidad su pecho, nunca creyó que le provocara tal efecto, que todo su cuerpo se inclinara hacia Dougall para que siguiera acariciándola.

Se dejó llevar cuando sus caricias se extendieron hacia la cadera, incluso al sentir el calor de su mano entre las piernas, sobre la tela de su vestido, donde pulsaba su deseo.

Un movimiento posesivo, tentador, lleno de seducción y deseo.

Dougall sintió como Anne quemaba, el ardor de su feminidad atravesaba las telas que los separaban, podría hacerla suya con solo levantarle las faldas, apoyarla entre los fardos y penetrarla una y otra vez, hasta que supiera que podía ser suyo.

El relincho de uno de los caballos hizo que Dougall se detuviera, ¿qué estaba haciendo?

Anne era inocente, de grandes pasiones, no merecía que la tratara como Rory hacía unos instantes, con premura para un rápido alivio; no, Anne merecía más, todo, en realidad.

Puede que estuviera mimada en exceso, que su padre la consintiera al igual que su hermano, que viviera en la jaula de flores del castillo MacLean, y sin embargo, tenía carácter, era leal a su clan y trabajadora, se preocupaba por todos e intentaba contentar a su familia.

Anne había atravesado su coraza, jamás habría pensado que una mujer lo alejaría de su misión, ni que una mentira podía resultar verdad.

No quería hacerle daño el día que desapareciera, que tuviera que explicar que todo había sido un engaño, y joder, no quería que lo fuera, necesitaba tenerla para sí.

La separó despacio, como esperaba, ella no lo entendió al principio, hasta que se sonrojó al pensar en lo que había estado a punto de pasar.

—Anne, no puedes obviar lo que sucede entre nosotros. Cásate conmigo —soltó sin más, sabía que si hallaba culpable a los MacLean, que cobijaban a los Matheson, debería hacer justicia, castigar al padre de Anne, incluso invadirlos. No quería que Anne sufriera.

Lo miró con los ojos entornados, como si hubiera dicho una barbaridad.

—¿Y qué sucede entre nosotros? Puede que me sienta atraída por ti, Dougall, pero eres lo que eres, el hijo de un conquistador, su esbirro, su enviado para crear destrucción, no sé qué pretenden los Somerled conseguir con una unión así, ve y busca a una digna esposa, yo jamás podría casarme con uno de vosotros.

¿Crees que no sé que estás aquí para conseguirme como un trofeo, igual que Rory, que todos?

¿Por qué mi padre te evita si no, y me dice que no confíe en ti?

¿Nos espías? ¿Me utilizas? Lo esperaba de un Somerled.

Lo hirió, nunca había prestado atención a esas tonterías dichas desde la ignorancia, hasta que ella las había pronunciado.

Le quemaron por dentro, no por el desprecio, sino porque ella no sabía de la bondad de su madre, de la valentía de su padre, del cariño que profesaba a sus hermanos.

Los trataba de sanguinarios por rumores que sus enemigos vertían y alejaban a los Somerled de otros clanes, había cosas ciertas, pero basadas en actos de justicia por el bien de Escocia, algo que los lairds de los clanes nunca querrían, deseaban el poder y no cedían ante una fuerza mayor que ellos, no les querían oprimir, sino ayudar, y jamás lo entenderían.

De alguna forma, Anne sospechaba que no solo era un ofrecimiento de boda.

—Anne, deja que te salve, cásate conmigo y deja que te proteja.

—¿De qué, Dougall? No eres mi caballero, ni lo serás nunca, ¿un Somerled y un MacLean? ¿Como prometisteis a los Matheson para luego abandonarlos a su suerte?

—No sabes lo que dices, los Matheson son vagos, bandidos, ¿qué sabes de ellos, Anne?

Le sorprendió que Dougall la agarrara del brazo de forma tan vehemente.

—¿Lo niegas? Les quitasteis parte de sus tierras, si son todo eso es porque les obligas, tú y tu padre, a huir.

—No sabes de qué hablas, abandonaron el ganado, no cultivaban, su gente moría de hambre, tomamos lo que ellos no querían para alimentar a su clan.

—No es cierto —renegó de sus palabras y se tapó los oídos. Que Robert Matheson no le gustara no borraba el hecho de que ese clan había sido proscrito.

—Anne, vives engañada, ve y pregunta a tu padre qué sucedió.

—No hace falta, Dougall. Suéltame, nunca seré tu esposa, ni aunque muriera por ello. ¿Salvarme? Me condenarías a alejarme de mi clan y de mi familia.

Dougall sintió la realidad golpearle, Anne era fiel a los suyos, al odio que tenían a los Somerled.

Casarse con ella no hubiera sido una penitencia, hubiera disfrutado de su carácter marcado, de sus sonrisas, de su inteligente forma de conducirse, en todas las ocasiones menos en esa.

Escuchó a sus hombres acercarse. Debía olvidar a Anne y su destino si encontraba a sus enemigos escondidos en tierras MacLean, debía partir a las cuevas donde los creía escondidos, y si era así, que el cielo se apiadara de ese clan.

Se apartó de ella. Parecía que al final no tendría que seguir con las mentiras, que al final se habían convertido en verdad. Dolido por el rechazo, se marchó y dejó allí a Anne, tan furiosa que no podía mirarla a los ojos. Que fuera lo que tenía que suceder, él no se apartaría de su misión.