Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

A nne lo observó a su pesar desde la ventana de sus aposentos, Dougall Somerled entrenaba con sus hombres; con solo unos pantalones, mostraba su torso descubierto, magnífico y masculino, con bandas de músculos cruzando su vientre, brazos fibrosos y abultados donde sus tendones se marcaban hasta llegar a la caída de la cintura de tela de sus pantalones.

Dos hercúleas piernas que se movían ágiles.

Giró la espada en su muñeca con una habilidad envidiable, ninguno de los guerreros de su padre se le podía igualar en envergadura ni destreza.

Suspiró disgustada, de todos los hombres, ¿por qué tenía que ser él quien desvelara sus noches?

Ninguno de sus pretendientes estaba a la vista, cualquiera diría que habían evitado el patio mientras Dougall Somerled estuviera allí, le temían, igual que su padre, el poderoso señor MacLean.

Podía ser serio e imperturbable, pero Dougall no era mal hombre, había visto la lealtad que sus hombres le profesaban y como se preocupaba de su bienestar, ni siquiera dormía en el castillo, sino con ellos en los barracones destinados para ello.

Lo seguían en silencio y acataban sus órdenes sin dudar, no era por miedo como había visto en otros lairds , sino por un respeto hacia Dougall que Anne admiraba.

Con ellos en el salón, Dougall prefería sentarse entre sus hombres, lo veía reír, celosa de que él no volviera a dedicarle una sonrisa como en el bosque.

Él levantó el rostro al sentirse observado y Anne se echó hacia atrás en busca de la protectora sombra de sus aposentos. Estaba segura de que él la había visto y se mordió el labio; al tocarlos, recordó cada caricia de la boca de Dougall en ellos.

—¡Anne! ¡¿Aún estáis así?!

La voz de Enid al irrumpir en sus aposentos la asustó de tal forma que dio un respingo. La imagen de ese hombre, Robert Matheson, al acecho por los corredores, la hacía sentirse insegura en su propio hogar, tal vez debería hablar con su padre, Graham no parecía controlarlo.

—¡Estás distraída, Anne, es hora de prepararse! ¿No será que al fin te has enamorado de alguno de esos muchachos? Vuestro padre clamaría al cielo.

Anne sonrió cuando su amiga cogió el peine y le señaló la silla.

—No, Enid, no hay nadie entre las paredes de Dunollie que pueda llamar mi atención.

Se sentó y dejó que Enid deshiciera la trenza que había usado para dormir.

—El patio forma parte del castillo, a mí no puedes engañarme, y ese muchacho al que miras con cara de querer matarlo está ahí —señaló—, en el patio.

Anne se giró alarmada, ¿es que hasta Enid había notado como buscaba con la mirada a Dougall?

—No digas tonterías, es que no soporto tener aquí a Dougall Somerled; como muchos, mi padre no se atreve a echarlo, Enid.

Enid le giró el rostro hacia ella.

—Tu padre está dispuesto a darle su consentimiento, si le aceptas.

—Padre lo dice para que no lo incordie, quiere tanto como yo que Somerled se vaya.

—Pues sería un buen enlace para nuestro clan —afirmó Enid.

Anne la reprendió con la mirada y cogió ella misma el peine, si no, no llegaría nunca al comienzo de la competición de arco.

—Aliarse con los soberbios Somerled nunca puede ser bueno, Enid.

Enid volvió a arrebatarle el peine.

—Ese hombre, Dougall Somerled, no puede ser tan malo, con ese rostro y ese cuerpo…

El primer tirón en su cabello al deshacer los enredos le dijo que no debía seguir esa conversación con Enid ni llevarle la contraria.

Anne pasó entre sus gentes al atravesar el interior del salón, se sentía malhumorada y extraña.

Se sorprendió al ver a Dougall Somerled en el campo de tiro fuera de las murallas después del entrenamiento, tenía el pelo mojado, así que había encontrado solo el lago, bien por él, de ese modo no tendría que llevarlo ella.

A su lado estaban su padre y su hermano, Graham parecía fascinado con Dougall, en cuanto podía, buscaba su presencia; no era de extrañar, a pesar de intentar pasar desapercibido, atraía la voluntad de los hombres con su fama de guerrero, aunque todos lo temieran.

Se detuvo al ver una sombra tras el gran tejo de la colina, ¿sería ese Matheson que seguía rondando el castillo?

Parada en mitad de la pradera, Rory la vio, Anne no podría soportar otro alarde de masculinidad por parte de su vecino y pretendiente, varias veces lo había hecho desistir de sus intentos de cortejarla y no se rendía, así que volvió sobre sus pasos bordeando la muralla del castillo.

—¡Anne!

Se detuvo fastidiada, demasiado tarde, Rory la había alcanzado.

—Buenos días, Rory, ¿no compites en el tiro con arco?

—Hay tiempo, y prefiero pasarlo contigo, Anne.

Lo miró a sus ojos castaños, era un hombre atractivo, pero le faltaba…

algo que no podía definir para poder atraerla.

No tenía una mandíbula marcada, ni… unos ojos grises de lobo capaces de dejarla sin habla.

Era absurdo que comparara a cada hombre con Dougall, no se le acercaban ni de lejos.

Rory dio un paso hacia ella y miró alrededor, no debería haber tomado ese camino, tan alejada de los demás, los guardias no podían verla desde las almenas y el campo de tiro quedaba en la otra esquina.

Confiada en que Matheson había desaparecido de entre los muros, había dejado su daga en los aposentos.

Tal vez, Enid tenía razón, estaba demasiado distraída.

—Tengo prisa, Rory, ¿te importa si…?

La mano de Rory se cerró en torno a su brazo.

—Estás tan bonita, Anne —dijo con pasión, sus ojos se perdieron en el escote de su vestido y Anne se sintió incómoda—. Voy a hablar con tu padre esta misma mañana, podemos casarnos antes del invierno, me darás decenas de hijos hermosos y viviremos en mi castillo.

Anne no pudo evitar sonreír, Rory, al parecer, tenía todo pensado.

—¿Decenas? —se rio ya sin ocultarse. Rory la miró furioso, tal vez se había excedido al burlarse de él, parecía ofendido.

Dio un tirón para soltarse de aquella mano que no soltaba su brazo y cada vez agarraba más fuerte—.

Rory, lo siento, por favor, suéltame. No puedo aceptar, no sería la esposa adecuada para ti.

—¡Eso lo decidiré yo! —le gritó a la par que la zarandeó para que se acercara a él.

—Rory, suéltame, ahora —le exigió más asustada.

Rory nunca se había mostrado tan exigente ante ella, al contrario, siempre pareció un muchacho asustadizo.

Se dispuso a hacer lo que Graham le había enseñado, darle un rodillazo entre las piernas, cuando Rory tiró de ella y estampó los labios con los suyos.

Asqueroso, eso fue lo que pensó Anne, no tenía nada que ver con el beso de Dougall.

Se retorció ante la brusquedad que la hacía daño en los labios y Rory la aferró del cuello, le hizo levantar el rostro cuando sus dedos se le clavaron en la nuca.

—¡Rory, no!

Antes de que Anne pudiera levantar la rodilla, sintió que las manos de Rory se separaban de ella y su cuerpo se alejaba impulsado hacia atrás. Los ojos de Anne se cruzaron con los de Dougall.

—¿No has oído a la dama? No desea tus atenciones.

—¡Dougall! Entrometido hijo de perra mestizo, nadie te quiere aquí.

Dougall cerró el puño y lo estampó en el rostro enajenado de Rory, este cayó al suelo en un instante.

—Aléjate de la dama, o la próxima vez no contarás un día más. —Rory no tuvo que pensarlo demasiado, se arrastró y echó a correr con la nariz ensangrentada. Dougall se giró hacia ella y acarició su mejilla. —¿Estás bien, Anne?

—Sí, sí —logró balbucear, confusa, no sabía cómo había llegado a estar a solas con Rory ni cómo las cosas se habían torcido de tal manera.

Agradeció con sincera admiración que Dougall hubiera acudido en su ayuda y aquello la confundía aún más.

No le tenía por un caballero, era algo que no se correspondía con las cosas que decían de él, salvaje, entre ellas.

—No deberías alentar a esos muchachos, son imprevisibles y…

¡Ah, bueno! ¡Ahí estaba! El seco e inalterable highlander .

—No he alentado a nadie… Nunca se me ocurriría, intentaba deshacerme de él.

Dougall vio como el rostro de Anne se sonrojaba de furia, sus manos se apoyaron en las caderas y levantó la barbilla con arrogancia.

Le gustaba esa mujer, le irritaba y a la vez era un refrescante reto, su naturaleza le incitaba a llevarle la contraria, a provocarla, a desearla de una forma que nunca había creído posible.

Tener a Anne frente a él, dispuesta a regañarlo, hizo que se fijara en sus labios apretados, sus ojos verdes bien abiertos y esa delicada nariz fruncida con esas pequeñas pecas rebeldes.

No pudo más, durante aquellos días se había contenido, intentado obviar ese olor a jabón de lavanda, esa forma de sonreír —cierto que no a él—, la forma en que se mordía el labio cuando tenía que reservarse sus opiniones y sus inteligentes desaires a sus pretendientes…

Volvió a ver a ese alfeñique intentar besarla en su mente y la tomó de la cintura.

Quería borrar cada beso que le hubieran dado, cada vez que la miraron con oscuras intenciones, meterla en sus aposentos, hacer saber a todos que era suya y solo suya, y encerrarla y…

Era horrible, las mujeres de su familia lo hubieran colgado de la más alta torre ante tales pensamientos.

Anne, Anne. Anne. La atrajo contra su cuerpo, sintió cada una de sus curvas, la presión de sus pechos contra su torso, su olor lo envolvió, se pegó a su cuello suave y rozó con los labios la piel tersa.

Esperaba que se resistiera y cuando se inclinó para permitirle acceso y gimió en un susurro, cogió su mejilla y giró su rostro hacia él.

Sus labios entreabiertos eran la más dulce tentación que jamás había visto, los tomó con suavidad, intentó ser delicado, pero cuando ella le dejó paso hacia el interior de su boca, perdió todo pensamiento en una niebla de deseo.

Sumergió las manos en su pelo, se perdió entre los mechones castaños y apretó su nuca para acompasar su beso al tímido intento de ella por seguirlo.