Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO III
17%

CAPÍTULO III

E nid la ayudó a prepararse, con un vestido de montar, tras mantener una discusión con ella, la cual ganó Enid, por supuesto, con esa fingida mirada de ángel que tenía.

Anne quería ponerse sus pantalones y demostrar a ese presuntuoso de Dougall Somerled que no quería ser cortejada, cuanto antes supiera que no estaba en absoluto interesada en él, antes se iría de Dunollie.

Bajó al salón perseguida por Enid, para asegurarse de que acudía a los establos a su encuentro con ese hombre, su padre había sido tajante, no podía eludir la cita.

Con gesto mohíno, consciente de que no era la mejor actitud, caminó por el patio hasta los establos.

Pitt preparaba su yegua y al llegar acarició las crines con cariño.

—Tal vez ese sea el problema de esa yegua, que está muy consentida.

Anne se giró al escuchar la voz que menos quería oír.

Tal vez aquellas palabras iban dirigidas a ella y no a su querida Socair.

Lo miró sin dejar mostrar su enfado. Dougall Somerled la miró fijamente, apoyado en la puerta de los establos, sus brazos cruzados mostraban cada uno de sus músculos contenidos por la tela; las piernas, una sobre otra con aparente indiferencia, aun así, Anne sintió como si fuera un cazador a punto de saltar sobre su presa, magnífico en su porte, con la espada enfundada a un lado y una sombra de barba en su mandíbula.

Ese hombre era pura fibra y masculinidad.

Aunque se sintiera ofendida, no podía dejar de admirarlo.

Frunció el ceño y puso sus manos sobre las caderas.

—¿Para qué necesitáis una espada?

—Nunca voy desarmado en tierras extrañas.

—Creí que no querríais ser un «extraño», a juzgar por vuestro deseo de cortejarme. ¿Cómo es que habéis decidido que soy digna de un Somerled?

Su tono irónico solo provocó una sonrisa en él, entró en el establo y Pitt le tendió las riendas de su caballo; al parecer, él mismo se había ocupado de prepararlo. Daba la sensación de que desconfiaba de todo y de todos.

—Tomo decisiones rápidas.

Sin más explicación, montó de un salto, tan ágil que parecía imposible en un hombre de su tamaño.

Pitt fue a ayudarla a montar y desapareció a la carrera, todos temían a Dougall Somerled.

Los guardias se unieron a ellos al salir por las puertas del castillo, en la distancia, y uno de los hombres de confianza de su padre tomó la delantera para guiarlos.

Anne observó como Dougall lo miraba extrañado.

—¿Dónde vamos primero, señora?

—Al lago, como dijo mi padre, si os parece bien.

—Me temo que el hombre MacLean decidirá donde ir y no nosotros. —A pesar de que sus caballos trotaban a la par, Anne sentía que estaba cada vez más cerca—. ¿Puedo llamarte Anne, ya que somos viejos amigos?

Anne emitió una carcajada.

—No somos viejos amigos ni lo seremos nunca, pero… te doy las gracias por ayudarme en el bosque, siento no haberlo hecho antes.

Un silencio incómodo se adueñó de ellos, los guerreros de su padre estaban lo bastante alejados para no escuchar su conversación.

—Si hubiera sabido la recompensa, hubiera ido en tu ayuda mucho antes, Anne.

—¡No me lo recuerdes! Fue un beso robado —dijo en bajo, el aire podía llevar las palabras lejos.

—Mi madre diría que lo que se pide no se roba, se toma prestado.

Anne arqueó la ceja, como si aquella expresión de él al citar a su madre no cuadrara con la imagen de hombretón que aparentaba. Sí, pensó, hasta el highlander más rudo tenía madre.

Dougall la observó, solo mirarla le provocó una sonrisa.

Anne MacLean era una muchacha cabezota, desesperante, un poco consentida y puro fuego.

El reto de intentar estar a su altura en lo que se refería a las pullas le atraía no menos que sus hermosos ojos del color de las colinas más verdes, su bonito pelo castaño atrapaba el viento entre sus guedejas onduladas y él solo pensaba en introducir sus dedos en aquella seda atrapada que le llegaba a la cintura.

No intentaba recogerlo como otras muchachas, haberla visto con sus ropas de muchacho hacía que no pudiera olvidar como la fina tela marcaba su silueta, que ahora disimulaba con un vestido recatado.

Aunque fuera uno destinado a montar, era más lujoso que el de cualquier dama en la corte del rey escocés.

Su padre afirmaba que los MacLean pasaban dificultades a causa de las malas cosechas, no habían guardado grano para su gente y el castillo estaba más que deslucido, y sin embargo, MacLean dejaba a su hija vestir como una princesa.

Algo no cuadraba, o bien el hombre quería casarla bien y destinaba a ello todo su oro, o bien alguien lo ayudaba y no quería ser descubierto.

Suspiró hondo, los Matheson con sus robos a tierras Somerled.

Su intención había sido instar al padre de Anne a creer que su clan quería unirse a los MacLean y había acudido a cortejar a su hija, quería que lo considerara y la obligara a pasear con él, ya que la muchacha no dejaría que se acercara, su misión era usarla para husmear por aquellas tierras y tenía que seguir con el engaño.

Había visto como su rostro empalidecía al saber quién era; en otras ocasiones, ese gesto no le habría molestado, pero sí en el caso de Anne, y aún no había decidido por qué le importaba lo que pensara esa niña consentida.

Tenía una misión, encontrar la relación de los MacLean con los Matheson y acabar con estos últimos y sus saqueos y robos a las aldeas de su clan.

Anne abrió los ojos con sorpresa, la sonrisa de Dougall era hermosa, con dos hoyuelos que en otro hubieran sido simpáticos y en él aumentaban su atractivo. En un momento perdió esa expresión para mirar al horizonte, inmerso en sus pensamientos.

—Supongo que no es solo arrogancia, es que los Somerled sois así, tomáis lo que deseáis sin pensar en los que despojáis de sus tierras, conquistáis islas, territorios, y el rey os deja hacerlo de forma impune porque dispone a cambio de los ejércitos de vuestro padre.

Dougall aferró las riendas con fuerza.

—Mi padre ha logrado la paz en las Islas; en el territorio del oeste, los noruegos ya no tienen poder sobre nosotros.

—Dicen que obligó a tu madre, una princesa noruega, a renunciar a su reino, y que a su hermano menor, que ahora es súbdito vuestro, lo subyugó.

—Mi madre se casó con él porque se enamoró, no sabes nada de los Somerled, Anne MacLean. Ragnild es una mujer inteligente; si la conocieras, sabrías que no hace nada que no desea.

Dougall se había cruzado ante su yegua y Anne no pudo evitar que esta se detuviera ante el imponente caballo de guerra de él.

Su forma de defender a su madre la sorprendió, un salvaje conquistador no cuadraba con el amor que Dougall profesaba a su madre, se le notaba en la forma de hablar sobre ella.

—No pretendía ofender a tu madre, es lo que se cuenta.

—Deberías escuchar todos los rumores, no solo los que te convienen. —Anne frunció el ceño, ¿qué quería decir eso? Dougall la cogió del brazo, demasiado cerca, los guardias lo verían y Anne se puso nerviosa—. Anne, ¿por qué me desprecias con tanto fervor?

Se retiró al sentir esos ojos grises clavados en los suyos, él miró sus labios y después su mirada bajó por su cuello.

—No te desprecio, solo sé lo que tu clan hace: toma, destruye y posee.

—Y da la paz y la justicia a esta región de Escocia.

Anne sintió la mano de Dougall deslizarse por su brazo hasta llegar a su mano, con el pulgar hizo una leve caricia entre sus dedos y perdió el aliento.

Su mano era enorme, rugosa, la de un guerrero que dominaba la batalla, decenas de cicatrices atravesaban su piel, viejas y nuevas; y sin embargo, no quería que la soltara, lo había notado, ese tirón que hacía que le gustara su tacto, que se le cortara la respiración con su cercanía y el corazón se acelerara.

Dougall creyó perder la compostura cuando vio como Anne miraba la mano sobre la suya, el contraste de ambas, entre la suavidad de la femenina y la tosquedad en la propia.

Ella se mordió el labio, pensativa, lo había sentido igual que él, la corriente que desde que la ayudó en el bosque los unía era deseo, ansiaba tocarla, besar sus labios mullidos, prender en ella la llama de la pasión.

Con una suavidad de la que no se creía capaz, con la otra mano, puso su dedo sobre sus labios rojos para que dejara de morderlos.

Esperaba que ella se retirara, en lugar de eso, dejó que con el índice se los abriera con el aliento contenido.

La acarició con los dedos hasta llegar a su cuello y la aproximó hacia él.

Iba a besarla hasta que esa sensación de necesidad por ella se deshiciera, deseaba hacerlo, no como la primera vez, sino con verdadera pasión, introducir su lengua y acariciar, profundizar en su boca y marcarla.

Nunca había tenido ese sentimiento de posesión, debería estar pensando en su misión, recorrer aquellas tierras y llevarle las pruebas a su padre, porque estaba convencido de que los MacLean protegían a los Matheson y se beneficiaban con ellos de sus pillajes por todo el oeste.

Se quedó helada cuando Dougall se apartó de forma repentina de ella y la dejó con los labios entreabiertos al aire y su pecho subiendo y bajando ante el beso que nunca llegó.

Se sintió tonta cuando notó enrojecer sus mejillas al verse tentada para luego ser abandonada.

Vio como él miraba a los guardias y después al horizonte, ¿qué lo había detenido?

—Vayamos a los bosques, nunca me gustaron demasiado los lagos.

Antes de que Anne o los guardias reaccionaran, lo vio azuzar con los talones su caballo e ir en dirección contraria a la que ellos pretendían llevarlo.

El guardia de su padre le gritó que se detuviera, y Anne supo que su suposición era acertada, querían que Dougall Somerled solo viera lo que ellos querían, pensó en los hombres de las colinas y galopó tras él, seguida por los guerreros de su padre.

No pudieron detenerlo hasta que penetró en el bosque, donde puso su caballo al trote y se dedicó a recorrerlo.

Dougall buscaba con la mirada una pista en cada palmo del bosque, la hojarasca del suelo no dejaba ver rastro alguno, hasta que llegó a un claro, se agachó en su montura y vio decenas de huellas de caballo y hombres, un arroyuelo discurría hasta perderse entre los árboles del otro lado y lo siguió.

Era consciente de las imprecaciones de los guardias, lo bastante suaves para no ofender a su invitado, también de la presencia de Anne, seria y aferrada a sus riendas, él tampoco podía entender por qué estuvo a punto de besarla otra vez.

Levantó el rostro y vio a Anne con la mirada sobre las copas de los árboles; al verse descubierta, apartó el rostro.

Anne podía tener una lengua afilada, hacer su voluntad, pero no sabía mentir, ella dirigía su mirada, hacía unos momentos, a unas colinas cuya punta sobresalía sobre la altura de los árboles.

Dougall pensó en el lugar donde la encontró tras caerse del caballo, todo señalaba hacia aquellas montañas.

Creía que ya sabía dónde se escondían los Matheson.

Anne lo seguía en un silencio tenso, cansada por las horas a caballo, no sabía qué había malogrado el humor de Dougall, lo vio escudriñar cada parte del bosque, aquello desde luego no había sido un paseo normal.

Cuando volvieron, Anne le dejó las riendas a Pitt y echó a correr a sus aposentos. Odiaba a Dougall Somerled, y por mucho que su padre lo quisiera, no pensaba volver a encontrarse a solas con él.

Entró por las cocinas, a esas horas hervían de actividad con las piezas de caza que habían traído los hombres.

La saludaron con una sonrisa y salió a toda prisa para huir de los que volvían de la partida y de él, no se podía engañar, de ese hombre atrevido que le había robado su primer beso sin saberlo.

Se rozó los labios, sus ojos grises le venían a la cabeza, así como el tacto de sus manos rugosas sobre la piel.

Sola, se puso colorada y se apoyó en el frío muro de piedra, ¿a qué venían esos extraños sonrojos? ¿Ese tonto galopar del corazón?

Contuvo el aliento cuando escuchó a su hermano susurrar, se asomó hacia el otro corredor y entonces lo vio hablar con un hombre desaliñado, el pelo demasiado largo, las vestiduras oscuras y una espada a la cintura.

—Está aquí, lo he visto atravesar el bosque, no hay duda, es él.

—Entonces vuelve a las cuevas, mi padre ha dicho que debéis salir de nuestras tierras, no quiere problemas con los Somerled.

—Ahora nos echa como vagabundos.

—Vagabundos no, pero he oído cosas en las aldeas, ¿no estaréis sobrepasándoos con los campesinos?

—¡Oh, vamos, pequeño Graham! ¿No somos amigos desde niños?

Anne no pudo oír lo que contestó su hermano, aquel hombre no le gustaba, su voz cambiaba de tono a pesar de los susurros. Parecía conocer bien a Graham.

Su hermano al fin emitió una risita en bajo que la desconcertó. Sin poder volver atrás, se topó con que ambos se dieron la vuelta hacia ella.

—Anne, ¿qué haces aquí? ¿Otra vez fisgando?

Sus mejillas se pusieron coloradas, pero no perdió la oportunidad de mirar al hombre misterioso con el que Graham hablaba. Retrocedió un tanto al ver sus ojos reflejar tanto odio al mirarla de arriba abajo.

—Eres preciosa, Anne, no me extraña que tu padre quiera venderte.

—Robert, déjala, Anne no tiene nada que ver con nuestro acuerdo.

—¿Acuerdo? ¿Qué hemos acordado con un hombre que no tiene respeto a tu hermana? ¿Y quién sois vos, Robert…?

—Matheson, niña, cuida tu lengua.

—No soy una niña.

—Ya lo veo —soltó ese hombre entre dientes.

Se acercó a ella y tomó su mejilla con descaro.

Anne aguantó su mirada lasciva, notó el tacto de esa mano palpitar contra su cara, no se apartó ni cuando el bajó la mirada a sus pechos—.

Bonita, en efecto, yo podría domarla, Graham, tu hermana necesita un hombre.

—Y vos un baño.

La mirada de desprecio sacudió a Anne, tal vez se había extralimitado, presionó la muñeca para que la soltara sin resultado. Él apretó su mano en la barbilla, le estaba haciendo daño.

Graham apoyó la mano en su brazo y soltó el agarre de ese Robert sobre ella.

—No volváis a tocarme nunca —le advirtió—. Mi padre no os recibirá de tan buen grado si os escondéis por los rincones.

Furiosa y tal vez un poco asustada por la presencia malvada de ese hombre, alzó la barbilla y lo miró antes de irse.

—Volveremos a vernos, princesa.

Le heló la sangre aquella voz. ¿Por qué su padre dejaba entrar en el castillo a un bandido?

, ¿estaría protegiéndolo? Sin darse cuenta, echó a correr escaleras arriba sin dejar de mirar atrás, no quería que aquel Matheson la siguiera por los corredores, ni supiera donde dormía.

Llegó a sus aposentos y tras la puerta de madera se abrazó a sí misma.

Se notaba sucia tras la mirada de ese hombre, trató de respirar y decirse que no debía temer nada, Graham lo mantendría alejado de ella.