Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

A nne pasó por las caballerizas a toda prisa, no quería encontrarse con el highlander otra vez, ni con su padre de vuelta de su supuesta cacería.

Salió por las puertas del establo cuando una voz grave la hizo volver la cabeza, atónita.

Su padre la miraba con expresión seria entre las sombras, su semblante estaba teñido del esfuerzo de la cabalgada y sus manos aún aferraban la cincha de su montura.

—¿Dónde has estado, Anne?

Se mordió el labio, iba vestida de muchacho con el arco a su espalda, no tenía sentido mentir y, aun así, una maldita vena rebelde le hizo contestar:

—¿Y vos, padre? ¿Has cazado muchas piezas?

Fergus MacLean resopló enfadado y se acercó a su hija.

—No te inmiscuyas en asuntos que no conoces.

Graham me ha dicho que nos seguías, no vuelvas a hacerlo, Anne, ni a vestirte como un muchacho, eres la hija del laird , y como tal, debes asumir tus responsabilidades, ya no eres una niña, deberías estar con nuestros invitados y mostrarte dispuesta al matrimonio.

Si alguien te viera así, Anne, o vagar sola por los bosques…

Anne bajó la cabeza, su padre tenía razón, pero desde que su madre murió, se ocupó del castillo, de que Graham y él tuvieran cuanto necesitaran, de cuidar a sus gentes y velar por el clan, no se había preocupado por ella misma.

Hasta ahora, su padre no se había vuelto tan estricto con sus salidas del castillo; tal vez tenían algo que ver los hombres de las cuevas.

—Sí, padre —asintió—. Iré a ocuparme de los invitados y demostrar que los MacLean somos buenos anfitriones.

Se giró avergonzada, su padre aflojó un tanto la seria expresión de su mirada y ella aprovechó para darle un beso en la mejilla ante el que su padre no pudo evitar sonreír.

—Anne —la detuvo antes de irse—. Vienen tiempos difíciles, hija, tal vez todos tengamos que hacer sacrificios.

Aquellas palabras sin más explicación resonaron en los oídos de Anne el resto de la mañana y parte de la tarde.

Demasiado ocupada en preparar aposentos y disponer comidas, no tuvo tiempo de encontrar a su hermano para regañarlo por contarle a su padre que estuvo en el bosque, toda una traición por su parte.

Oyó los primeros acordes de una suave flauta en los salones y apremió a Enid a que la ayudara a vestirse.

Cuando llegó al salón, se arrepintió de haber bajado tan presurosa, sentado a la derecha de su padre estaba el highlander del bosque, los colores subieron a las mejillas y sintió las orejas ocultas por el pelo suelto arder, sobre todo, cuando vio su tartán sobre la camisa blanca: Somerled, el gran clan del oeste, dueños de media Escocia y las Hébridas, las islas occidentales, no era de extrañar que su padre estuviera nervioso.

Los Somerled eran agresivos, guerreros feroces, no dudaban en ampliar sus fronteras si otro clan los amenazaba, nadie osaba disgustarlos.

¿Qué hacía uno de ellos allí en mitad de las reuniones de su padre? ¿Lo habría invitado él mismo?

Los ojos de Dougall, que hasta ahora estaban en la cerveza, se levantaron al notar al jefe MacLean tensarse a su lado.

Siguió la estela de su mirada hasta llegar a la entrada del salón desde las escaleras, fue entonces cuando vio como le abrían paso, ya no parecía la muchacha delgada vestida con ropas grandes y el rostro tiznado de tierra, sino una arrebatadora mujer, de delicados rasgos, el cabello moreno le llegaba a la cintura, ondulado, de brillo castaño al pasar junto a las antorchas.

Su rostro, que había adivinado hermoso, no era nada comparado con lo que veía ahora, las mejillas sonrojadas al verlo a la mesa con su padre, el rojo de sus labios mullidos, y esos ojos del color del musgo de un verde intenso que lo miraron con desconfianza de nuevo.

Cuando fue a socorrerla en la linde del bosque, la sorpresa al comprobar que no era un muchacho estuvo a punto de sonrojarlo a él mismo; en busca de la respiración del herido, su mano se había posado sobre su pecho, con aquella camisa blanca amplia no habría nunca adivinado la plenitud de sus redondeces, tenía que decir que la sorpresa lo hizo mantener el contacto más de lo debido sobre el cuerpo de la muchacha.

Admiró su cintura estrecha, la curva de su mandíbula y su cuello esbelto, hasta que reaccionó para despertarla y ver sus ojos.

Enemigos durante generaciones, obligados a la paz a hoja de espada, prefirió no decirle a Anne quién era, no todavía, porque adivinó al instante que ella era la hija del laird por la detallada descripción que le dio su madre, el arco de calidad y el puñal en su cintura con el sello del laird .

Todo ello dejó de importar cuando apreció con ese vestido del color de sus ojos, las curvas que había dejado sin explorar, su cintura marcada con un fajín del color del oro, su escote tentador hasta las marcadas líneas del cuello, hermosa y rencorosa, a juzgar por cómo lo miró al acercarse.

—Anne, al fin —soltó su padre, disgustado.

En la mesa se hallaban sus invitados, los lairds de otros clanes, a excepción de los Matheson, a quienes los Somerled habían declarado su animadversión, Anne no sabía por qué, pero no se les veía desde hacía meses, su padre no le contaba nada sobre la complicada política de las Highlands.

—Perdona, padre —susurró al pasar junto a él.

Prendió un beso en la mejilla del jefe y ocupó su lugar en la mesa dispuesta en forma de u, consciente de que la esperaban a ella para comenzar.

—Se ha unido a nosotros Dougall Somerled, después tendrás tiempo de presentarte, hija; ahora comamos.

Graham, a la izquierda de su padre, la regañó con la mirada, la tensión en aquella mesa podía sentirse en el mismo aire que Anne respiró cuando hizo una señal y los sirvientes con las bebidas entraron en el salón; enseguida, colmadas bandejas de comida se dejaron en la mesa.

El banquete de recibimiento, bien dispuesto por ella, aplacó la mirada de su padre y pudo relajarse.

Si no fuera por él. Porque la miraba desde el otro lado de la mesa.

Porque la hacía sentir incómoda, como si supiera de un secreto que ella desconocía.

Porque, al observarlo, sentía esos ojos grises de lobo sobre sus movimientos.

Se sentó en el filo del banco de madera, tensa; a su lado, el mayor de los hijos de los Robertson le llenó la copa e inició una conversación con ella.

Anne sabía que Caelan Robertson la cortejaba de forma descarada, y ella lo esquivaba desde que había llegado al castillo.

A su otro lado, Rory MacNeill, otro de sus pretendientes, llamó su atención con una broma, que a Caelan no le sentó bien.

¡Y luego su padre le preguntaba por qué prefería escapar al bosque en lugar de estar con sus pretendientes a fin de elegir a uno!

—Es un rufián, rudo y bárbaro, igual que su padre.

Anne arqueó la ceja y comenzó a prestar atención a la conversación de sus pretendientes.

—Debes tener cuidado, Anne —le dijo Caelan, serio—. Dicen que todos ellos toman a las mujeres sin permiso y, si es necesario, las secuestran. Si no, ¿cómo alguna mujer se atrevería a vivir entre ellos? Los Somerled son mitad noruegos, mitad escoceses, bestias de la guerra.

Anne abrió los ojos de forma desmesurada, sin duda, Caelan y Rory estaban exagerando, su padre no hubiera invitado a la mesa a un salvaje, que sabía que hablaban de él, con la mirada fija puesta en ellos, tan serio y correcto.

Se fijó en la vena que pulsaba en su cuello, lo hizo ya en el bosque, como si él siempre se contuviera en una quietud poco natural.

Dougall, había dicho su padre, ¿un enviado de Somerled?

Demasiado joven para ser su consejero. Frunció el ceño, debía ser un magnífico guerrero para que el gran señor del oeste lo hubiera hecho su mensajero.

—La sangre de Dougall Somerled es la de un sucio mestizo, mitad vikinga y mitad escocesa, pero dicen que no hay sangre en esas venas, sino hielo. No duda en asaltar aldeas y castillos en nombre del clan, es el ejecutor de su padre…

—¿Su padre? —preguntó Anne, extrañada.

Rory la miró con condescendencia, Anne pudo leerlo en su expresión: «pobre, no entiende nada de política».

—Es Dougall Somerled, lo llaman el oscuro porque desde que era apenas un niño, sigue a su padre en la guerra y en la paz, es el hijo mayor de Ian Somerled.

Anne detuvo el bocado que llevaba en su tenedor hacia la boca a mitad de camino.

¿Había besado al hijo del cruel Somerled?

Esa verdad que no había querido reconocer hizo que bajara la mirada a su plato.

Podía decir que él la engañó, aunque lo cierto era que había disfrutado del beso, tan masculino y perfecto entre sus labios que no podía parar de tocarlos anhelando más.

Sintió los latidos apresurados de su corazón, su propio rostro turbado ante su mirada fija e inescrutable.

Dougall Somerled era un hombre contenido, sin dejar que los demás pudieran adivinar qué pensaba.

Intentó conversar con Rory y Caelan, consciente del más pequeño movimiento de él; lo sentía tan cerca, aunque los separaran los invitados, que la ponía nerviosa.

Le hubiera gustado pensar que sentía miedo ante el «oscuro hijo de Somerled», pero la verdad era otra, una que la perturbaba, aquel hombre la atraía desde que la encontró en el bosque, sus ojos, tan extraños e inquietantes, tan guapo que quitaba el aliento.

Debería reírse a carcajadas, de todos los hombres que la pretendían, tenía que atraerle él.

Demasiado agitada, volcó en un movimiento su jarra y se apresuró a recogerla.

Por el rabillo del ojo, vio como él había saltado con unos reflejos increíbles para ayudarla, y sentado antes de que nadie se diera cuenta, cuando la vio reaccionar.

No eran imaginaciones suyas, estaba pendiente de ella y, en el fondo, suspiró halagada, aunque su cabeza le decía que no estaba bien sentirse así, no cuando el hombre que lo provocaba estaba en las pesadillas de los niños y en el miedo de los hombres ante su espada y la de su padre.

—Anne, podrías enseñar mañana a nuestro invitado el lago. —Giró el rostro, atónita, y miró a su padre, que había dicho aquello en voz alta, tanto que algunas voces se acallaron—. Mi hija Anne es una excelente amazona, Dougall. Ella y mis hombres os pueden mostrar nuestras hermosas tierras.

Dougall Somerled levantó la cabeza y sus ojos se cruzaron, Anne creyó ver un brillo juguetón en su mirada.

—Tendré que comprobarlo, laird MacLean, no es fácil seguirme el ritmo y he visto las encrespadas colinas de vuestras tierras.

El padre de Anne frunció el ceño, igual que a él, a todos en la mesa les pareció una pulla dirigida a ella.

—Creedme que puedo recorrer esta isla a caballo con los ojos cerrados —replicó Anne con tono cortante.

Otra vez ese brillo en sus ojos que no cuadraba con su expresión seria.

—Así sea —contestó él.

Levantó la copa con una media sonrisa. Anne resopló, no pretendía aceptar la idea de su padre; sin embargo, Dougall Somerled la había provocado, y ahora tendría que llevarlo donde él quisiera.

Prefirió callar el resto de la cena, cosa fácil con Caelan y Rory a su lado como muralla entre ella y Dougall.

Fue hasta su padre para retirarse y este la cogió del brazo.

—Anne, ¿Dougall Somerled y tú os conocíais ya?

—No, padre, tampoco quiero hacerlo, no sé por qué me obligáis a pasar tiempo con él —dijo aquello para que, al lado de su padre, él lo oyera.

—¡Anne! Tal vez deberías ser más amable con tu pretendiente y con su posición.

Anne, demudada, sintió que perdía el color, ¿su pretendiente? ¿Acaso Dougall Somerled quería cortejarla? Horrorizada, se llevó la mano al pecho.

—Debe ser un error, padre, no podría ni considerarlo nunca.

Su padre hizo que se agachara a su lado y habló en susurros.

—Anne, retírate, ya hablaremos de esto. Mañana lo acompañarás lejos del castillo, ¿me oyes?

El duro tono que empleó su padre con ella hizo que obedeciera y se retiró al instante.

No había llegado a las escaleras, con la mirada de Dougall clavada en su espalda, cuando comprendió.

Su padre quería lejos del castillo a Dougall Somerled e iba a usarla a ella, tenía que ser eso, porque jamás la entregaría a un hombre vil y salvaje como ese Somerled, ¿no?