CAPÍTULO I #2
Otro hombre se hubiera apresurado a cumplir su deseo ante la hija de un lair.
Resopló fastidiada, el extraño no sabía quién era vestida como un muchacho.
Algo pasó por el rostro de su salvador y se incorporó, le tendió la mano para levantarse; ella la desechó con desdén y se apoyó en las manos para tomar impulso.
Ya de pie, sintió la poderosa presencia ante ella, le sacaba al menos una cabeza, todo puro musculo. Se separó un tanto sin estar convencida de que podría moverse sin caer.
—Es una larga historia, no se estaba quieta cuando intentaba montarla… No creo haberte visto por Dunollie antes, estoy segura.
Y tan segura, lo recordaría sin dudar, a un highlander con ese aspecto no se le olvidaba.
Dougall borró la sonrisa de su rostro, la muchacha misteriosa hablaba como una dama, no como la campesina que al principio pensó que era. Imaginó, al espiarla, que robó el caballo y se había caído en la huida. ¿Qué hacía una dama vestida como un muchacho?
—Estoy de visita —contestó intrigado. Recogió el arco de ella del suelo y admiró lo bien hecho que estaba, al igual que sus flechas, estas llevaban una pluma delicada que al momento la delatarían como a una mujer.
Se aseguró que ella se sostenía, parecía un poco despistada; fue hasta su yegua a pocos pasos y vio como sonreía aliviada al ver que estaba bien.
La montura estaba recubierta de un tartán MacLean.
La miró un instante mientras ella se sacudía las ropas y estiraba las piernas.
Su pelo oscuro y sus ojos verdes al abrirlos le dijeron ante quien se encontraba.
—Solo participaba en la cacería, creo que me separé del grupo —mintió Anne. Al levantar el rostro, vio en el de él una expresión seria e indescifrable.
—No deberías haberlo hecho, hay bandidos en los bosques de toda Escocia.
Anne arqueó una ceja de forma inconsciente, se dio cuenta de que su hermano le había hecho el mismo gesto.
La gente escondida en las cuevas, ¿sería él uno de ellos?
No lo creía, y menos cuando se dio cuenta de su forma de vestir, camisa blanca, un tartán gris, sin colores que lo identificaran.
No debería estar allí a solas con ese hombre.
Como si adivinara lo que pensaba, él le tendió el arco y las flechas; las cogió con desconfianza.
—Bueno, los otros están cerca, puedo oírlos desde aquí.
—Yo no los oigo —contestó con una sonrisa prepotente. Tenía cierta arrogancia en su mirada y su barbilla alzada que la enervó.
—Tengo el oído fino.
Dougall admiró su rostro, era hermosa, de rasgos finos y figura delicada; en cambio, su mirada era feroz, de un verde musgo que contenía un brillo de desconfianza. Notó que se percataba de su escrutinio y le acercó las riendas de su yegua mientras cogía las de su propio caballo.
—Será mejor que llame a los hombres de la cacería para que te acompañen al castillo.
Anne lo miró horrorizada, iba a dar un grito que les avisaría de su presencia; de un salto, llegó a él y le tapó la boca sin pensar en las consecuencias, se vio a sí misma de puntillas para llegar a su rostro, con la mano sobre aquellos labios que desprendían un calor que sintió entre sus dedos.
Él tomó su muñeca con una sonrisa que ella aún atrapaba en la palma de su mano; como sospechaba, no quería ser descubierta.
En lugar de apartarla, sus labios parecieron cerrarse y prender un beso entre sus dedos. Anne se retiró alarmada ante tal descaro, o tal vez había sido suyo al tocarlo de forma tan íntima.
—No les aviséis, por favor, no debería estar aquí.
—Eso me temía —la regañó con esos ojos inquietantes grises como un día de lluvia—. Si no queréis que dé aviso, tenéis que darme una recompensa como es debido, yo no hago nada sin un propósito. ¿No es la costumbre, en estos casos, pedir un favor a la dama al salvarla del peligro?
Anne lo miró como si estuviera loco y se giró para tomar las riendas de su yegua.
—No te debo nada, no había peligro alguno en caer de mi caballo, excepto sentirme muy tonta y unos arañazos.
La detuvo, aún sujeta su muñeca entre los dedos del guerrero.
—Un beso.
—Nunca te besaría —siseó entre dientes, molesta.
Se soltó de él de un tirón, las voces se acercaban; si la descubrían, estaría en un serio aprieto con su padre.
Era atractivo, sin duda, si se podía decir eso de un highlander como él, de perfil serio, quizá demasiado para pedirle un beso, pero su petición no parecía una broma y el espíritu travieso de Anne arrinconó sus pensamientos.
Se acercó a él, atrevida, y se puso de puntillas; él agachó el rostro, tan cerca que olió el aroma a fuego de turba en sus ropas oscuras, a hierba fresca como si hubiera dormido sobre un campo abierto.
Con un movimiento, le besó en la mejilla y fue a retirarse.
Ese hombre debía ser el diablo en persona, porque, como si supiera qué iba a hacer, atrapó con el brazo su cintura y ella quedó aprisionada contra aquel cuerpo hecho de granito y roca.
Sintió sus pechos apretados contra él y sus pulmones llenos de aire ante la sorpresa.
Entonces la besó, posó los labios sobre los suyos y, con maestría, le abrió los labios.
Era la primera vez que era besada, al menos así, con la lengua enredada en la de él; un gemido se escapó de la boca del guerrero y Anne retrocedió, puso las manos entre ellos, asustada.
Aquellos ojos grises suyos se oscurecieron hasta que una sonrisa adornó su rostro.
—Deberías irte, muchacha.
—No volváis a besarme así nunca.
—No si no lo pides, te doy mi palabra.
—Gritaré y los hombres de mi padre vendrán —lo amenazó, solo entonces se dio cuenta de que no se había apartado de él apenas, y el highlander mantenía las manos en su cintura sin moverse—.
Márchate, por favor, me crearás problemas —le dijo, avergonzada, sin entender por qué no había gritado ya, tal vez por miedo a que la encontraran con ese hombre sola en el bosque, podía parecer una cita.
—Entonces, si me lo pides así, te haré el favor y te dejo sola, muchacha, mis hombres me esperan. He de llegar a Dunollie antes del atardecer. Volveremos a vernos, milady. —Hizo una breve reverencia con un asentimiento y una sonrisa pícara.
Anne lo vio montarse a lomos de un enorme caballo de batalla.
A un lado de su montura, la empuñadura de una magnífica claymore sobresalía de su funda.
¿Iba a dejarla allí sola? Supo que sí cuando él ni se giró a mirarla y azuzó con los talones su caballo; en unos segundos se había alejado lo bastante como para que Anne suspirara, soltó todo el aire que contenían sus pulmones antes de seguirlo, más despacio claro.
Había algo en él que la incomodaba profundamente, como si deseara atravesar su mirada y entrar en su alma, tampoco le gustaba la forma en que la había mirado, nadie la observaba así, con una oscura veta de deseo, era la hija de un laird poderoso que temían enfrentar.
Ese corto beso, se había quedado prendido en ella, con un sabor dulce y pasional, tanto, que su cuerpo se había estremecido y sentía correr la sangre en sus venas.
Se dio cuenta de que el guerrero no le había dicho su nombre, ni su clan, ni qué le traía a su hogar, sus ropas negras eran desconcertantes, la calidad de las telas, su caballo, la espada de un laird …
Era, sin duda, un hombre poderoso, y a ellos les gustaba alardear de sus colores y clanes.
Lo vio alejarse y frunció el ceño, ¿qué le traía a Dunollie?