CAPÍTULO I
Isla de Oban.
Norte de Escocia, territorio de las Highlands
A nne MacLean suspiró hondo antes de deslizarse escaleras abajo, su padre la azotaría si la viera vestida como un muchacho.
El arco le golpeó las corvas de las piernas y el carcaj con sus flechas se deslizaba de forma peligrosa por su hombro, trató de no correr al ver que se cruzaría en los últimos escalones con su doncella y amiga.
Enid llevaba las manos extendidas con sus nuevos vestidos, Anne se había olvidado de que tendría que probárselos esa mañana.
Con una rapidez inesperada, la costurera de la aldea los había acabado para la reunión que su padre celebraba con varios clanes de la zona en su hogar.
Durante las próximas semanas, deambularían por el castillo de Dunollie líderes de los diferentes clanes, y como Anne sospechaba, era una artimaña de su padre para que encontrara prometido.
Él le había dado su palabra de que no la obligaría a casarse, que ella elegiría a su esposo, pero sospechaba que, con su edad, no tardaría en buscarle él mismo un pretendiente adecuado si no se decidía en esos días, misivas con sus intenciones habían partido en todas direcciones.
Enid resopló y sus cabellos rubios ensortijados se movieron ante el improvisado aire que venía de sus labios.
Frunció el ceño al cruzarse con el muchacho despistado que bajaba las escaleras y suspiró.
Los cazadores del señor no olían a lavanda y jabón, pero ¿quién era ella para impedir que la heredera MacLean prefiriera salir de caza con los hombres que probarse vestidos?
Se hizo la tonta, como muchas otras veces, y subió sin decir nada cuando su señora, disfrazada de muchacho, se hizo a un lado para dejarla pasar.
Le dio las gracias y siguió su camino dispuesta a no delatarla.
Anne casi gritó de júbilo, incluso había engañado a Enid, su padre no se daría cuenta de que un mozo más se unía a su partida de caza. Dio un salto en el último escalón, atravesó el salón a la carrera, salió al exterior y, sin incidentes, llegó a las caballerizas.
— Milady , esto no está bien, si vuestro padre sabe que os cubro con mi silencio, me castigará.
—No lo sabrá, Pitt; si me descubre, le diré que yo misma me ensillo mis caballos. ¿Acaso no es cierto? Dime, Pitt, ¿me descubrieron cuando fui a la aldea de noche, o cuando me uní a la fiesta de los juglares el año pasado?
El muchacho la miraba serio, sus mejillas coloradas, ¿por qué dejaba a su señora preparar su montura ella misma?
, el trabajo que él tenía que hacer, sabiendo que, de una manera u otra, acabaría castigado por su laird y le culparían de todas las veces que ella conseguía escapar.
En lugar de eso, suspiró hondo, como si no pudiera resistirse a la mirada de la dama.
—Ya han salido del patio.
—Gracias, Pitt —le dijo con afecto—. No me descubrirán, ya verás.
Salió despacio de las cuadras, agachó la cabeza lo suficiente, hasta casi tocar el cuello de su yegua, para pasar por la puerta y acarició al animal con devoción antes de apretar los flancos con sus botas.
Tuvo que apretar el paso, su padre dirigía al galope la partida de caza hacia los bosques, se puso detrás del último de los hombres y a todos les pasó inadvertido que un jinete más se unió a ellos.
Para sorpresa de Anne, en lugar de quedarse todos juntos, su padre y unos pocos hombres más se desviaron al entrar en el bosque y se dirigieron rumbo a las colinas.
El resto aparentó que no había sucedido nada y los mozos soltaron a los perros para rastrear las presas.
Anne se mordió el labio, si seguía a su padre, sería más fácil ser descubierta.
La curiosidad fue más grande que la prudencia, los siguió en la distancia durante unas millas y, al llegar a las cuevas en la loma de una colina, alguien salió al encuentro de su padre y los hombres; en la distancia no apreció ningún color en sus tartanes y se hubiera dado cuenta si un grupo tan grande había llegado en los últimos días al castillo.
—No deberías fisgar, Anne.
Se giró tan deprisa que su pobre yegua se sobresaltó y tuvo que sujetar las riendas con fuerza.
—Graham, me has asustado.
Su hermano no estaba de verdad enfadado, en realidad, sonreía ante el susto que le había dado a su hermana mayor.
—Y tú, ¿qué haces aquí? ¿Cómo sabías que era yo?
Graham se encorvó de risa sobre su caballo; el pelo negro, igual al suyo, se agitó con el viento y le tapó esa sonrisa ladina. Lo apartó de un soplido y sus ojos verdes, del mismo color que los suyos, se entrecerraron.
—¿De qué te ríes, patán?
—Cualquiera que te mire dos veces vería que eres tú.
—No es cierto, me crucé con Enid, pasó por mi lado y ni me reconoció.
Graham era tan solo dos años más joven que ella, poseía una ceja que se podía alzar de maneras insospechadas cuando la miraba de forma irónica.
—¡Claro que te reconoció! Padre sabe de todas esas veces que escapas por ahí vestida de muchacho, te malcría al permitirlo. Una vez más, no deberías estar aquí, Anne, vuelve al castillo. Si padre te ve así vestida, te caerá un buen castigo, ¿cómo crees que conseguirá un prometido para ti?
Anne frunció el ceño y emparejó su montura a la de él.
—Yo no quiero un prometido, Graham, tal vez deberías casarte tú. ¿Y por qué padre se encuentra con esos hombres fuera del castillo?
—¿Ves? No debes fisgonear, no es cosa tuya.
A Anne le molestó que le diera un golpecito en la nariz con el dedo y le apartó la mano.
No le contaría nada, su padre tampoco, aquello que tramaban ambos no podía ser bueno, no cuando se ocultaban.
Miró hacia el claro ante las cuevas, los caballos pacían tranquilos, sin embargo, los hombres habían desaparecido.
—No, no es cosa mía, tampoco tuya, que me case o no.
—Facilitaría las cosas que tomaras esposo; aunque tienes razón, todavía no me incumbe, y lo cierto es que puedes encandilar a cualquiera de esos patanes que habrá en la reunión en cualquier momento. Te adoran, Anne.
—No es cierto, Graham, solo quieren doblegarme, conseguir algo a cambio.
—Y tú hacer lo que quieras, como siempre. Padre te permite demasiados caprichos, harías bien en no estar aquí. Vete, Anne, ahora.
Anne acarició a su yegua y la instó con suavidad a volver al castillo, miró hacia atrás cuando Graham la ignoró y recorrió el mismo camino que su padre.
No quería discutir con su hermano. ¿Consentida?
, Graham no tenía razón, ¿no? Resopló para alejar esos pensamientos y miró hacia el bosque, no deseaba unirse a la caza, la mayoría de las veces asustaba a las presas para que no las cazaran y todos acababan enfadados con ella.
Cabalgó hasta salir de entre los árboles, saltó unos arbustos y salió a la pradera.
Sus pensamientos no se podían alejar de lo que estaría haciendo su padre con esos hombres, ¿serían fugitivos?
¿Por qué querría el laird de los MacLean tener una reunión oculta?
Estaban lejos, y había sido apenas un instante, no estaba segura de haber visto nunca a los extraños…
El sonido de un animal entre los arbustos, asustado quizá por los perros, hizo que tirara de las riendas.
Gritó cuando su caballo se encabritó, algo lo había asustado tanto que la empujó hacia un lado con fuerza, al levantar las patas delanteras.
No era la primera vez que caía, un pensamiento fugaz lleno de instinto le dijo que intentara encogerse sobre sí misma y ocultar la cabeza. Después, todo se volvió negro.
—Muchacha, ¿estás bien?
Sintió, al mismo instante en que iba a contestar a esa voz grave, agua fresca caer sobre su rostro.
—¡Maldición! ¿Por qué me echas agua?
Palmeó delante de ella para alejarse del sádico que intentaba ahogarla, abrió los ojos y se quedó paralizada ante los ojos de un gris intenso más inquietantes que nunca había visto, de un color acerado, cuajado de motas negras, ante ella.
Entre ambos, un odre de líquido goteaba sobre su camisa.
Que no se atreviera a pedirle que no maldijera.
—Te has dado un buen golpe, muchacha, solo intentaba que despertaras.
Anne se sintió estúpida sin poder emitir sonido alguno, contempló los mechones rubios que, tan cerca de su rostro, le rozaban el cuello, los rasgos masculinos con la sombra de una barba al perfilar una fuerte mandíbula, la cicatriz que le marcaba la mejilla derecha y las pequeñas arrugas que coronaban el contorno de sus ojos.
Entonces él sonrió, y creyó que no volvería a respirar, dos líneas verticales se dibujaron en sus mejillas, ese hombre era hermoso.
Nunca hubiera dicho eso de un highlander , al menos hasta ahora, bajó la mirada a la envergadura de sus hombros, a la corpulencia de su cuerpo, parecía alto; con horror, detuvo su mirada en el brazo que la sostenía, la camisa presionaba los músculos desde el hombro, la tela arremangada dejaba ver los tendones a través de la piel.
Estaba claro, se lo había mandado el diablo para llevarla al infierno por mentir a su padre y espiarlo, iría envuelta en esa neblina que le provocaba ese hombre y que no la dejaba pensar.
—Estoy despierta.
Según lo dijo, su rostro ardió de vergüenza cuando él dejó escapar una risa tan grave como su voz y, con cuidado, la ayudó a sentarse con el brazo en su espalda. Anne juraría que sentía el calor de su mano atravesar las telas.
—Lo veo. ¿Qué te ha pasado? Vi a tu yegua encabritarse y, cuando llegué, estabas en el suelo.
—¡Oh, no! ¡Socair!
—¿Has llamado Tranquila a tu yegua? Se asustó con una simple liebre, no me parece de carácter apacible, más bien nerviosa.
Anne se sintió desprotegida con el cuerpo de él inclinado sobre ella, sin escapatoria posible, y se removió incómoda.
—Ya me encuentro bien. Aparta —le ordenó.