Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) PRÓLOGO #2
6%

PRÓLOGO #2

Debía hablar con su padre cuanto antes. Tocó el trozo de tela bajo el cotum de cuero, lo sacó y miró de nuevo los colores de los MacLean. ¿Cómo podían haberlos traicionado? No lo entendía. Lo volvió a esconder entre sus ropas para regresar al interior del castillo.

Los primeros ramos de brezo comenzaban a colocarse en las puertas de las cabañas, dentro del castillo había silencio, como si la noticia de la muerte de Randall ya hubiera llegado a cada rincón.

Al entrar, golpeó el muro con todas sus fuerzas y sintió sus nudillos desollarse.

Aquella muerte era culpa suya, debió evitar los bosques, y lo sabía. No volvería a suceder.

Su padre lo esperaba frente a la gran chimenea del salón, a su lado estaba su madre, quien, al verlo entrar, fue a su encuentro y, a pesar de su pequeña estatura, sintió que su abrazo lo rodeaba por todas partes como cuando era niño.

—¿Estás bien, Dougall?, ¿de verdad?

—Sí, madre —contestó cuando ella se puso de puntillas y le cogió las mejillas, le observó entero y, al ver la sangre de su camisa, frunció el ceño.

—Después ve con la curandera, tienen que sanar esos cortes… Y, Dougall, siento lo de Randall, sé que lo apreciabas mucho… Piensa que ha muerto en batalla, es un héroe. —Ragnild lo miró con firmeza, la de una mujer que sabía de muerte y guerra.

Asintió obediente ante aquellos ojos grises iguales a los suyos y sonrió.

Adoraba a su madre, era la mujer más sabia y valiente que había en el mundo.

De niño le costó empezar a hablar, incluso tartamudeaba cuando empezó a hacerlo, y su madre le ayudaba a respirar antes de hablar; con cariño le decía que quizá fuera una bendición, porque así podía pensar las cosas dos veces antes de soltarlas, no como su padre.

Su paciencia y amor habían sido para Dougall todo.

Con un padre como Ian Somerled no era fácil estar a la altura de su fama y poder sin decepcionarlo.

Candem, el fiel amigo de su padre y jefe del castillo, lo saludó con un gesto de la cabeza.

Acudió junto a ellos, la mirada de Dougall se fue al estandarte sobre la chimenea, el emblema de un barco de los Somerled se entrelazaba con el del águila de su madre, descendiente de los noruegos de Man, princesa de esa isla.

Lo miró con admiración, su hermano menor se reía de él cuando, de pequeños, cada vez que pasaba por delante, Dougall se agachaba con una reverencia.

Creció entre esos muros, un acogedor lugar para un niño, pero siempre con el peso de ser hijo de ese hombre que se giró para mirarlo con seriedad.

—Cuéntanos qué pasó, Dougall.

Dougall vio que estaban solos en el gran salón, Somerled se había ocupado de que solo los cuatro —su padre, su madre, Candem y él— estuvieran allí, lejos de oídos indiscretos.

—Fue una emboscada, nos esperaban, alguien les dijo que seguiríamos ese camino, debían vigilarnos y no me di cuenta —comenzó a decir—.

Eran muchos, no llevaban los colores de ninguna familia, los que sobrevivieron escaparon y no quedaba nadie con vida.

—Su padre iba a interrumpirlo cuando Dougall se llevó la mano al pecho y sacó el trozo de tela ensangrentado—.

El hombre que mató Randall antes de morir llevaba esto entre sus ropas.

—Son los colores MacLean —susurró Candem—. Eso es imposible, son aliados nuestros.

—O eso pensábamos —le interrumpió Somerled—. Quizá se enteraron de que viajabais con oro y eso les tentó, no atraviesan buenos momentos según creo.

—Tal vez querían que pensáramos que eran los MacLean, si no, ¿por qué atacar sin sus colores? ¿Y si ha sido una trampa para que les declaremos la guerra? —les preguntó su madre.

Somerled se apoyó en la repisa de la chimenea.

—Pueden estar influyendo en ellos. Los Matheson de Skye han estado llegando a nuestras fronteras desde Oban, el hogar de los MacLean, tengo la certeza de que han robado ganado; he intentado tener paciencia con ellos, pero estoy convencido de que atacan desde allí, los MacLean y los Matheson están unidos por lazos familiares, puede que se protejan unos a otros.

Ragnild miró a su esposo con temor.

—Eso quiere decir que uno de los dos clanes nos está traicionando, incluso los dos, Somerled.

Dougall observó a su padre, aún era un guerrero fuerte y poderoso, pero los años habían teñido sus cabellos de blanco y estaba menos dispuesto a guerrear que en tiempos pasados.

—No podemos ir y preguntar a los MacLean si han sido ellos o cobijan a los proscritos y ladrones Matheson —dijo Candem—, sería una provocación. Hemos de ser cautos.

—Tú no puedes ir sin que sospechen, padre, iré yo —afirmó Dougall.

Ragnild le sonrió y le cogió del brazo con afecto.

—No puedes ir con un ejército, declararías la guerra antes de llegar a sus murallas, deberías tener una excusa para aparecer y espiarlos... Quizá la solución sea Anne MacLean, la hija del laird , su padre quiere casarla.

—¿Simular cortejar a una muchacha? ¿Dougall? —soltó Candem sin pensar.

—Donald sería más adecuado para esa misión —coincidió Somerled con su amigo—, pero he de reconocer que no es nada fiable junto a una mujer.

—Dougall, debes ser tú —insistió su madre.

Dougall frunció el ceño, su madre era más peligrosa en diplomacia que las hordas salvajes vikingas que invadieron las tierras del norte, su mirada era tan inocente que hizo que sospechara.

—Lo haré, no hay problema, también puedo ser encantador cuando quiero.

Ni sus padres ni Candem dijeron nada, era suficiente con verlos arquear una ceja, incrédulos.

Lo cierto era que no tenía el don de Donald para encandilar a las mujeres, o su rostro; aunque tampoco se consideraba tan mal partido como para no poder engatusar a una cándida muchachilla, la distraería mientras espiaba el castillo y los alrededores en busca de los Matheson o de algo que probara que los MacLean eran unos traidores. Su padre apoyó la mano en su hombro.

—Ten cuidado, hijo, si te descubren, tu vida puede correr peligro o provocar la guerra.

Si el rey escocés cree que no puedo controlar el oeste como prometí, nuestro poder puede estar comprometido, no quiero otra guerra entre hermanos escoceses —acompañó aquella declaración con su sombría mirada—.

Tendrás que llevarte pocos hombres, Dougall, Candem no puede ir, despertaría sospechas.

Ragnild reclamó su mirada cuando lo cogió del brazo.

—Y no perjudiques a la muchacha, Dougall, piensa que debe ser de la edad de tu hermana, y Beth es muy inocente; la joven MacLean puede… sentirse deslumbrada por tu apostura.

—Estaré de vuelta en unas semanas, no os preocupéis, será la misión más fácil que nunca me habéis encomendado, la muchacha ni se enterará de que todo ha sido una mentira —aseguró con una sonrisa para que se tranquilizaran.