Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) PRÓLOGO
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Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3)

Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3)

Por Miranda Bouzo

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PRÓLOGO

Escocia. Siglo XII.

Castillo de Riata.

Hogar del Clan Somerled en Argyll

D ougall Somerled sostuvo la espada con firmeza, el día menos pensado moriría a causa de su hermano menor, Donald, demasiado temerario, y esperaba que dicho día no fuera ese.

No pintaba bien, rodeados por un grupo de asaltantes sin colores en el tartán, significaba que querían ocultarse, él había aconsejado no atravesar el bosque, y, como siempre, Donald se opuso, se maldijo por hacerle caso y llevar a sus hombres por el camino más corto a través del coille dorch —el bosque oscuro—, en la frontera de Argyll, el territorio de su padre.

Sus enemigos llevaban espadas más cortas, irlandesas, parecían mercenarios; algo hizo que Dougall desconfiara, no parecían simples soldados a sueldo que vagaban por los bosques.

Los habían emboscado en el camino, sabían que pasarían por allí, Dougall sospechó que el asalto era premeditado; en algún momento los habrían visto y seguido.

Se habían camuflado con ropas manchadas de barro y ramas, lo que les daba un aspecto grotesco.

—Son brujos del bosque, Dougall —susurró su hermano a su lado.

Lo miró con disgusto, hasta el más inocente de los niños vería que era una emboscada.

—Daos la vuelta y volved por donde habéis venido, no os perseguiremos.

Dougall gritó aquello con una aparente postura relajada en su caballo, en realidad, no quería enfrentamiento alguno, nunca se podía saber la fuerza de un enemigo, y los superaban en número.

Llevaban con ellos a una partida de guerreros, no los suficientes para vencer sin que hubiera heridos.

Miró el enorme cofre atado a un caballo que su padre les había encargado buscar en el castillo de su primo Alistair, en Bute, en él llevaban las rentas del condado de los Somerled para el rey escocés, no podían arriesgarse a perder el trabajo de un año, el sacrificio de su gente y el suyo propio.

No rendían vasallaje al rey, pero sí a Escocia.

Y era la primera maldita vez que su padre le encargaba, como su heredero, aquella tarea.

No perdería el oro. El precio por mantener la paz.

Una voz grave rompió sus pensamientos y su aparente tranquilidad.

—¡Pero si es un Somerled! Mirad cómo se revuelve el cachorro engreído de Ian Somerled. No nos iremos sin el cofre.

Dougall miró al líder de sus enemigos, su caballo era formidable, con lujosas mantas sobre el lomo.

Nada distintivo en su pelo, de color oscuro, ojos también.

Tiznada su cara. Dougall solo sabía que no era un simple hombre, ni un ataque casual, aquello era una trampa.

Parecía que la buena fortuna no estaba de su lado; en realidad, no creía en ella, sino en su propia inteligencia y juicio.

Criado entre los mitos noruegos de dioses de su madre y las leyendas escocesas, era para todos un misterio su forma escéptica de conducirse.

Se podría decir que Dougall solo creía en lo que podía ver y comprobar como cierto.

Alma, amor, seres mágicos…, eso no iba con él.

Una aguda mente con conocimientos, un buen brazo con el que defenderse, la justicia…

, eso sí lo entendía. Y el hombre que tenía enfrente pagaría por aquello.

—Tendréis que matarnos a todos si lo queréis, son las rentas al rey de Escocia.

Dougall elevó los ojos al cielo, debería después darle las gracias a Donald por hacerles saber a los bandidos que el cofre tenía mucho valor.

Tarde debió entenderlo, porque sus ojos azules se clavaron en él.

Le exasperaba lo mucho que Donald se parecía a su padre, en el rostro y la soberbia con que se conducían.

Era evidente que los hombres frente a ellos se reirían ante su bravuconada, así lo hicieron, sin ambages.

Dougall irguió los hombros, no sería él quien provocara una lucha, señaló a sus hombres con la mano un camino secundario e hizo ademán de seguir.

Sus enemigos recibieron la señal de su jefe y el ataque comenzó.

Sus hombres, bien adiestrados, se replegaron en un semicírculo y comenzaron a defenderse con valentía.

Dougall no dudaba ni de uno solo de sus guerreros, se mantuvo cerca de Donald; si algo le pasaba, su madre se iba a enfadar mucho con él, parecía una broma que aún lo considerara su hijo pequeño cuando su enorme envergadura haría llorar a cualquier contrincante.

Una cabeza más alto que Dougall, su hermano menor parecía una torre, su altura desde el caballo hizo que acabara con varios enemigos, todos sus hombres se condujeron con valor.

La lucha fue intensa, y cuando apenas quedaban unos tres enemigos de la partida de proscritos, huyeron bosque a través.

—Persigámoslos, Dougall.

—No, Donald, puede ser una trampa. Comprueba que nuestros hombres no estén gravemente heridos, también si queda alguno de los asaltantes vivo y aseguraos de que no hay más escondidos en los alrededores. Tenemos que saber quién los envía.

De mala gana por el cansancio de la batalla que acababan de librar, Donald le obedeció, sin ganas de oponerse a sus órdenes, por fortuna.

Vio a sus hombres partir, se bajó del caballo cuando vio a su derecha a Randall en el suelo, la hojarasca a su alrededor estaba manchada de sangre.

Se agachó y le dio la vuelta, un corte de espada en el cuello había acabado con su vida en pocos minutos.

No se había ido solo, se había llevado consigo a su enemigo, que yacía junto a él.

Apretó la mandíbula, Randall tenía mujer y dos hijos, era uno de los mejores y más leales hombres del castillo.

Lamentó su muerte, supo que no podía volver a casa sin llevar el cuerpo a su viuda, tendrían que envolverlo en mantas y ver cómo transportarlo con la mayor dignidad.

A su lado, un trozo de tela sobre el cadáver de uno de sus enemigos le llamó la atención, reconoció enseguida los colores del tartán y miró alrededor.

Lo escondió entre sus ropas antes de que alguien más lo viera.

Aquel ataque, si venía de uno de sus aliados, como suponía, provocaría una guerra en todo el oeste de Escocia, su padre tenía que verlo.

Vendaron a los heridos lo mejor posible y se pusieron en marcha hacia su hogar.

Al siguiente día, llegaron a las puertas de Riata al mediodía, por fortuna, un granjero se prestó a acompañarlos en su carreta y pudieron entrar con dignidad en el castillo Somerled, con el cuerpo sin vida de Randall y los heridos.

Su padre acudió a ellos antes de que pudieran atravesar las puertas del castillo, las gentes dentro de los muros habían visto la mortaja provisional de Randall y los miraban aterrados.

Hacía años que no había guerras bajo el mandato de Ian Somerled, y las gentes se acostumbraban a la paz con mayor facilidad de lo que pensaban.

—¿Qué ha pasado, Dougall? ¿Quién es? —Señaló con la cabeza el cuerpo. Dougall supo que lo culpaba, él era el responsable de aquellos hombres; si había un muerto, su padre lo consideraba el culpable.

—Nos asaltaron cerca de la frontera, en los bosques —susurró Dougall—. Voy a hablar con Mary Kate, es Randall, padre.

—Procura que se sienta protegida por todos, la ayudaremos a criar a sus hijos, avisaré a tu madre para que también vaya, si es necesario, traeremos a los niños al castillo hasta que pueda volver a hacerse cargo de ellos.

—Randall dio su vida por todos, lucharon con valentía, padre, pero eran demasiados.

Somerled miró a su hijo, sabía que jamás hubiera actuado de forma precipitada.

Le dio un golpe afectuoso en el hombro. Podía ser él quien le diera la noticia a la mujer de Randall, pero Dougall debía curtirse, algún día lideraría ese clan, y en su corazón sabía que cumpliría todas y cada una de sus obligaciones, incluida la responsabilidad de hablar con las viudas.

Lo vio partir, con los restos de la batalla en su rostro, los arañazos y alguna herida que le manchaba las mangas de la camisa.

No podía sentir más orgullo por él, aunque su cabezonería fuera igual a la de su esposa.

Vio a su hijo menor acercarse. Donald, en cambio, era igual a él, lo veía en sus ojos azules, los de Dougall más grises e inquietantes, como los de su madre.

Donald llevaba el pelo rubio cubierto de tierra y apreció, con el pelo oscurecido, el parecido con su hermano.

—Padre, nos asaltaron unos mercenarios, pero traemos el oro para el rey escocés.

Su padre lo acogió con su brazo, tuvo que estirarse demasiado, la altura de su hijo era mayor que la suya y lo disimuló erguido.

—Vayamos a avisar a tu madre, hay que ayudar a trasladar a los heridos dentro.

Dougall afrontó su carga, no fue fácil darle la noticia a la mujer de Randall y lo hizo con la mayor delicadeza que pudo, lo que implicaba dar golpecitos en el hombro a Mary y ver sus lágrimas llenas de razón, él jamás entendió el amor como tal y era una sensación extraña ver cómo se podía sufrir a causa de ese sentimiento.

Hizo caso a su padre y le dijo que el clan entero los ayudaría, la acompañó a ver el cuerpo de su esposo, que sería enterrado al día siguiente, cuando lo prepararan de forma adecuada y todos pudieran despedirse de él.

Una vez dejó en la cabaña a la mujer con sus hijos y su familia más cercana, tomó el camino más largo al castillo.

Fue hasta el lugar de la muralla donde nadie podía verlo, pegado al muro y en silencio, se despidió a su manera de Randall, con rabia y la promesa de venganza.

Ahogó un grito de impotencia contra las viejas piedras de Riata, hundió la frente contra su frialdad e intentó alejar los recuerdos de niñez con Randall, su amigo había muerto.

No solo habían matado a un hombre, sino quebrado los sueños y esperanzas de una familia del clan.

Encontraría a quien les había atacado y le haría pagar por ello.

No olvidaría aquellos ojos negros sin alma.