Capítulo 56
Eiva.
(Cinco meses después del golpe).
Su vida parecía transcurrir entre hordas.
Sobrevivir, escapar, correr para que los dragones no la carbonizaran.
Nunca había habido otra cosa. Día tras día, su objetivo había sido salvarse.
Era lo único que había para ellos. Los nómades del sur ni siquiera podían soñar con una vida diferente, con una casa de piedra dentro de la cual los dragones fueran tan solo el motivo de los gritos lejanos de alguien más.
Un evento como el de una tormenta que pasa y solo deja, como secuela, un ligero olor a muerte.
Si Eiva había aceptado esa vida, si había escapado una y otra vez, había sido por ella. Pensar en su nombre era como matarla de nuevo. Pensar en su rostro, en sus ojos fijos, en la sangre…
El dolor era tan profundo que la asfixiaba. Le habían arrancado una parte del pecho. La habían partido en dos. Habían borrado algo de sí misma sin lo cual no podía vivir. No quería. ¿Para qué?
Por eso, acurrucada en un rincón entre callejones que apestaban a sexo y a humo, escuchó con indiferencia los cuernos que anunciaban una horda. Una horda en el día del abismo. Parecía una redundancia. Un caos encima del otro.
¿Qué mejor día para morir que aquel en el que había nacido? El día en el que no nacían bebés. En el que, si nacían, eran asesinados. Mientras la luna cubría al sol, como todos los años, y la ciudad se oscurecía de una forma macabra durante varios minutos. El día perfecto para morir.
Eiva llevaba una semana huyendo de los soldados, ocultándose de ellos como siempre se había ocultado de los dragones.
¿Había huido toda su vida del peligro erróneo?
Había arrancado a su mejor amiga de la calle y la había arrojado a los brazos de una muerte segura.
Era una hija del abismo. Atraía la mala suerte.
Maldecía a cualquier persona que se atreviera a acercarse a ella.
Después de que resonaran los cuernos, la gente se recluyó enseguida y los soldados comenzaron a abandonar las calles.
Eiva se quedó quieta durante un rato, acurrucada, y disfrutó del silencio de la ciudad.
En el norte, la gente no corría buscando un refugio.
Tan solo entraban a sus casas y cerraban las puertas.
No quería morir en ese callejón. No quería morir en el norte. Se puso de pie, con torpeza, y el mundo giró frente a sus ojos como si su mente ya hubiera comenzado a apagarse. No importaba. Sin Hedi, nada importaba.
El nudo en su garganta se había convertido, días atrás, en una soga; ya no sentía deseos de llorar.
Simplemente, se ahogaba cada minuto. Caminó, como pudo, hacia la puerta que separaba el norte del sur y que comenzaba a cerrarse.
La gente luchaba por mantenerla abierta y el flujo de personas era en una sola dirección.
Eiva fue la única que se coló entre los cuerpos y atravesó la muralla en el sentido equivocado.
Voluntariamente caminó hacia la muerte, moviéndose como un cuerpo vacío al que ya casi no le quedaba vida.
A sus espaldas, las dos hojas de la puerta se ensamblaron con un rugido poderoso e implacable. Los que quedaron del lado sur se echaron a llorar. Golpearon el acero, gritaron. La muchacha los encontró estúpidos. En realidad, la muerte más segura para la gente del sur estaba en el norte de Tsavixia.
Pero ella no quería morir a manos de los soldados que estaban buscándola. Mucho menos, en manos de los lobos. No quería volver a ver a un noble en toda su vida.
Se dirigió hacia la playa, mientras a su alrededor la gente corría en busca de refugios.
El eclipse ya había comenzado. Cuando sus pies descalzos, probablemente heridos, pisaron la arena, la muchacha alzó los ojos entornados hacia el cielo.
El sol le lastimó las pupilas y, aun así, no las apartó.
Observó cómo la luna se tragaba el brillo poco a poco.
Las montañas comenzaron a rugir. Como murciélagos espantados de una madriguera, los dragones eclipsaron el eclipse.
Eiva suspiró. Caminó por la playa, dejó que el agua le helara las plantas de los pies.
Pensó en Hedi. El dolor era insoportable, pero ella era lo único en lo que quería pensar antes de morirse.
No importaba si se le partía una y otra vez el corazón, o si las imágenes apretaban más la cuerda en su garganta.
Quizás todos los recuerdos llevaran al mismo sitio, a los ojos muertos y el césped ensangrentado, pero de todas formas quería regresar a esos recuerdos.
Cuando la había conocido. La primera regla, casi al mismo tiempo. Las hordas que habían sobrevivido juntas. Todos los lugares en donde habían estado. Sus sonrisas, su voz, sus ojos muertos…
Sus pies se detuvieron solos, como si se hubiesen quedado sin fuerzas. Eiva solo sentía frío y dolor; y ninguna de las dos sensaciones la impulsaba hacia delante. Esperó, mientras el río reflejaba la luz extraña del eclipse. Mientras los dragones proyectaban sus sombras y comenzaban a aterrizar.
Escuchó los gritos, a lo lejos. Sus ojos se clavaron en el dragón que volaba hacia ella y su expresión vacía y rota, por un instante, se tiñó de asombro.
No consiguió sentir miedo, ni siquiera cuando la bestia extendió las alas y comenzó a aterrizar.
No temía morir. Ni siquiera le tenía miedo al fuego; no se le ocurría una muerte más apropiada para alguien que solo había traído desastres al mundo.
Por eso, pudo observarlo con un aturdimiento maravillado mientras el monstruo clavaba sus garras en la arena.
El piso vibró. Eiva vibró. Las escamas color ocre reflejaron las luces y sombras del eclipse como si estuvieran hechas para él.
Los ojos, anaranjados como si escondieran fuego, se clavaron en la muchacha que los observaba.
Un hilo de humo brotó de cada fosa nasal.
La mirada de la bestia se entornó ligeramente.
Los gritos de la ciudad parecieron alejarse, así como los chillidos de los otros dragones. Cuando la bestia dio un paso hacia delante, Eiva inhaló profundo y cerró los ojos. Prefería esperar la muerte sin ver. Prefería enterrarse en los recuerdos.
Pero algo en la realidad le impedía hundirse en su memoria, algo le regresaba una y otra vez la sensación del agua fría besándole los talones, la respiración estruendosa de la bestia acercándose cada vez más, la vibración de sus pasos en el suelo.
Quería pensar en Hedi, pero, tal vez por la cercanía de la muerte, no podía concentrarse. Abrió los ojos, y vio al dragón a contraluz. Sus ojos brillaban, como si la luz que le faltaba al sol estuviera acumulándose en ellos.
Eiva estudió a la bestia, confundida. Se vio reflejada en las pupilas enormes, sintió el calor de su aliento en la piel. Sin saber qué estaba haciendo, extendió una mano. Lentamente. Los sonidos se alejaron aún más mientras ella acercaba los dedos a las escamas rojizas.
Tocó al dragón en el mismo instante en que el sol era devorado por la luna. La calidez suave en la mano y la oscuridad total en el mundo llegaron al mismo tiempo.
Y, luego, un golpe.
Un torbellino de recuerdos que no eran suyos.
El suelo girando bajo sus pies.
Y la sensación de tener una bola de fuego en la garganta.