Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Epílogo
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Epílogo

Mirelha.

(Cinco meses después del golpe).

El día del abismo, soñó por primera vez.

Casi todas las hijas de la arpía solo soñaban tres veces. En el crepúsculo de la infancia, en la mediana edad y poco antes de morirse. Mirelha tenía doce años cuando recibió su primer sueño.

El mismo que, últimamente, recibían todas las demás: la destrucción de Tsavixia.

Vio dragones entre los escombros. El suelo resquebrajado, los edificios destruidos, la piedra más valiosa convertida en trozos de nada. Y cadáveres. Vio cadáveres y cadáveres en cada grieta, en cada rincón de una ciudad vacía.

Vio sangre en todas las paredes.

Vio fuego.

Y la pirámide partida en mil pedazos.

Eso es todo lo que recordó cuando abrió los ojos, agitada y aturdida por el horror.

El sueño se hizo pedazos y los fragmentos comenzaron a escurrirse de sus manos como granos de arena.

Pero, como todas las hijas de la arpía, Mirelha había sido entrenada para escribir en sueños.

Observó el cuaderno que apretaba con los dedos pálidos y temblorosos.

Antes de que las imágenes volvieran, en un impulso, lo arrojó lejos.

El cuaderno se estrelló a los pies de la cama, el texto desordenado todavía a la vista como si quisiera ser leído. Como si necesitara ser leído.

La letra era brusca, dura, desprolija. Las palabras estaban amontonadas.

La última horda. Caos.

Seis traerán la destrucción, uno la desatará sobre el mundo. Fin del imperio. Todos los tsaviences, sin vida.

Solo dragones devorando los cadáveres.

Mirelha pisó el cuaderno, asustada, y salió de la habitación. En la planta baja, las niñas hacían cola para hablar con la Sibylla y contarle lo que habían soñado.

Porque todas habían soñado lo mismo.

Todas habían soñado el final.

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¡Nos leemos en la segunda parte!