Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 55 #2
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Capítulo 55 #2

Ya no había casi nadie en la plaza. Unos pocos soldados, desocupando nómades que aún deambulaban por la zona errónea. Los enviaban de vuelta al sur, a los golpes. Más allá de la muralla, allí donde las hordas podían entretenerse con ellos y dejar a los tsaviences en paz.

Luodrin los ignoró. Observó el palacio, inexpresivo, y se preguntó qué cara pondrían los sirvientes al verlo así, ensangrentado y con la ropa sucia.

Él, que siempre había parecido el hijo del lobo perfecto.

Inexpresivo, calmado, impoluto. Su máscara estaba partida, su cuerpo no tenía fuerzas para actuar y, de todas formas, a Luodrin le importaba un carajo.

Ya no podía decepcionar a nadie. Ya no tenía esperanzas, tampoco.

Los guardias se inclinaron mientras él subía los escalones.

La puerta se abrió desde el interior, los sirvientes lo recibieron con murmullos.

Alguien corrió escaleras arriba, como si cargara un mensaje.

El ambiente estaba tenso. Incluso las estatuas y los cuadros parecían extraños, como si los hubieran cambiado de lugar, como si algo imperceptible se hubiera movido en el palacio y lo hubiera alterado todo.

Pero al joven tampoco le importaba eso. Si de él dependía, el palacio podía arder en llamas.

Todos los templos de la ciudad podían arder en llamas.

«Cobarde y débil», la voz de su padre regresó mientras sus pies trepaban la alfombra de las escaleras.

Tan cobarde que ni siquiera había sido capaz de morir en el bosque, tan débil que continuaba escuchando los gritos de los hijos de la iguana.

Continuaba viendo los ojos llenos de odio del hombre al que había prometido salvar.

Subió hasta el primer piso, acompañado por su lobo y por las miradas de todo el mundo. Hasta las sombras parecían observarlo. Incluso ellas murmuraban cosas.

Se disponía a seguir subiendo cuando alguien lo interceptó y le bloqueó el camino. Luodrin alzó los ojos, con una expresión helada, pero su frialdad se desarmó cuando reconoció a su padre. Emociones muy contrarias impactaron en su cuerpo, tan enredadas que el joven no reconoció ninguna.

Inclinó el rostro, en una reverencia, porque no quería mirarlo.

Quería irse, encerrarse y que lo dejaran en paz.

Quería rendirse. Pero el jefe de los hijos del lobo se acercó a él y colocó una mano en su hombro antes de hablarle.

Luodrin se sobresaltó. No estaba acostumbrado a que su padre lo tocara.

—Regresó —dijo, con un tono indescifrable.

El joven tardó varios segundos en procesar las palabras, aturdido. Tardó aún más en comprenderlas. Abrió más los ojos, los alzó hacia él. Se encontró con una mirada que parecía no albergar un solo sentimiento.

—¿La hija del tigre? —preguntó.

Tenía que pensar en muchas cosas, y de prisa, pero no logró que su mente volviera a funcionar. El eco de las palabras llenó el vacío oscuro que se había instalado en su cabeza. «Regresó».

—Tu esposa —corrigió su padre, y Luodrin detectó algo tenso en su tono de voz. Algo hostil, demasiado parecido al desprecio—. Parece que el mundo ha decidido darte otra oportunidad.

La mano en su hombro se hundió un poco más en su piel, como una garra amenazante. Su padre dio un paso y clavó los ojos en las sombras más lejanas, como si se dispusiera a irse. Pero, en cambio, habló.

—Tu última oportunidad, muchacho. No tendrás otra —susurró—. Quiero un bebé. Un hijo del lobo; no me importa si hay que sacárselo de las entrañas antes del parto. Te sugiero que te des prisa.

La garra en su hombro lo soltó y su padre se alejó.

El joven escuchó los pasos bajando las escaleras, pero sus ojos estaban clavados en la nada y su mente se negaba a funcionar.

Intentarlo de nuevo , pensó, inexpresivo.

Otra oportunidad, la última . Pero no quería otra oportunidad; se había rendido.

Le había llevado toda una vida rendirse.

Toda una vida para comprender que, en efecto, era un error, y que no podría arreglarse nunca.

Y cuando ya se había rendido… Su padre lo obligaba a subirse otra vez sobre esperanzas vacías, cada vez más altas, para luego arrojarlo con más fuerza contra el suelo. Luodrin apretó los puños. Lo odió, por un instante.

Estaba cansado. Estaba harto de subir y bajar, subir y caerse, intentarlo y escuchar esas palabras una y otra vez: «cobarde y débil».

«Mi único error».

No lo querría jamás, hiciera lo que hiciera. Lo sabía. Lo entendía y, aun así, la ira se mezclaba con la chispa insoportable de las esperanzas. Y el dolor volvía a atravesarle el pecho.

Tensó la mandíbula, contuvo un suspiro y se tragó sus emociones. Estaba acostumbrado a ahogarlas, a ahogarse, y a esperar oportunidades en las que fracasaba una y otra vez.

Con Wodin a su espalda, el joven terminó de subir las escaleras. Sabía que debía darse un baño, cambiarse la ropa manchada con sangre propia y ajena, pero la rabia lo empujó hacia el ala este sin que la razón se atreviera a intervenir.

Se detuvo frente a la tercera puerta. Frente a aquel cuarto en el que ya había estado una vez. Recordaba el balcón. La recordaba a ella, sus ojos azules encendidos por la rabia y por la luna.

Terminemos con esto .

Las emociones se borraron de sus ojos cuando alzó la mano para golpear. Llamó. Y la sangre de sus nudillos escribió un destino oscuro en la madera de la puerta.

Escuchó pasos.