Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 55
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Capítulo 55

Luodrin.

(Cinco meses después del golpe).

No estaba seguro de cuántos días llevaba en el bosque.

Le dolían los nudillos en donde se había desgarrado la piel; su sangre había quedado impresa en los troncos de los árboles.

Golpear cosas no lo hacía sentirse mejor, no hacía que su pecho doliera menos ni borraba las palabras de su padre. Pero era lo único que podía hacer.

Luodrin ya no sabía llorar. La idea ni siquiera cruzaba su mente, aun cuando sentía que el corazón se le partía en pedazos. La posibilidad de las lágrimas había sido borrada de su mente, durante la infancia, con golpes que apenas podía recordar.

Los hijos del lobo no lloran. «Mis hijos no lloran», solía decir su padre mientras lo golpeaba.

Un golpe tras otro hasta que Luodrin se mordía la lengua y conseguía controlarse.

Casi veinte años después, su capacidad de expresar emociones estaba rota; solo le quedaba la posibilidad del ardor en los nudillos, la sangre goteando por sus dedos, para aplacar apenas el dolor que lo asfixiaba.

Sin pensar, con la mente adormecida y el cuerpo funcionando por inercia, había pasado los últimos días buscando lobos.

Había una sola idea en su mente. Si conseguía vincularse, su padre lo aceptaría.

Si se convertía en un verdadero hijo del lobo y su mente se sumaba a la red de la manada, se volvería más como ellos, sería menos como él mismo, podría cumplir órdenes sin pensar.

Podría ser parte de su familia. Podría ser el heredero que tenía que ser. Podría…

«Eres cobarde y débil». La voz volvía una y otra vez, su mente estaba demasiado adormecida como para detenerla. «Eres mi único error».

«Mientras no estés vinculado, nunca serás uno de los nuestros».

Y cada vez que la voz regresaba, sentía la necesidad de golpear algo.

Se desquitaba con los troncos con la esperanza secreta de que los troncos lo golpearan a él.

No pegaba para herir, sino para que se le desgarraran las manos.

Se golpeaba a sí mismo porque no soportaba un minuto más en su propia piel.

¿Por qué? ¿Por qué no podía vincularse? ¿Por qué había nacido roto en una casa donde estar entero era lo más importante?

No quería pensar en eso. No quería recordar las últimas miradas de desprecio de su madre, lo poco que recordaba de ella, ni quería que la voz de su padre regresara para desgarrarlo un poco más. Quería encontrar una manada de lobos.

Si lograba vincularse, su padre lo aceptaría. Si no, los lobos mismos le abrirían la garganta y sus problemas se acabarían, ahogados en su propia sangre. Sería una manera significativa de morir. Rechazado y asesinado por los animales de su propia casa.

Había dormido poco, no conocía el bosque en sus profundidades y su cuerpo se sentía pesado como si algo en su fuerza también se hubiera roto.

Sus pasos eran irregulares y torpes. Luodrin tropezó más de una vez, esa tarde, mientras la desesperación comenzaba a ahogarlo.

El sol le pinchaba las pupilas, el sonido de las aves se mezclaba con el zumbido en su cabeza y las cosas daban vueltas a su alrededor.

Su determinación, casi enajenada, estaba llegando a un clímax; sus pies se movían más rápido y tropezaban con mayor facilidad, sus anhelos lo asfixiaban.

Después del clímax, sin embargo, tenía el presentimiento de que las fuerzas lo abandonarían por completo y lo dejarían caer.

De un momento a otro, se rendiría. Y entonces…

Pero, antes de que ese momento lo alcanzara, Luodrin los escuchó. Escuchó el susurro de los arbustos, el crujido de las hojas rompiéndose en el suelo. Los olió, también. Acostumbrado a los lobos, supo enseguida que los espectros moviéndose a su alrededor eran justo lo que estaba buscando.

Dejó de caminar. No se detuvo abruptamente, sino que frenó su cuerpo con la lentitud de una mente adormecida.

Apenas fue consciente de que los cuervos, que lo habían acompañado con sus graznidos, se quedaban en silencio.

Por eso fue capaz de escuchar a los lobos, incluso antes de que asomaran los hocicos más allá de los arbustos.

Lo olfateaban. Su sangre los había atraído.

No lo buscaban porque lo reconocieran como un miembro de su casa, sino porque tenían hambre. Lo buscaban para cazarlo.

De todas formas esperó, resignado, un poco ansioso. Toda su vida parecía decidirse en ese instante. Su muerte, también. Su destino estaba librado a una locura.

La manada comenzó a asomar, y los colores del otoño se llenaron de manchas grises. Casi una docena de lobos emergió de las sombras. Los gruñidos vibraron por debajo del canto lejano de las aves; en los árboles cercanos, había silencio.

Luodrin no tenía ni idea de cómo vincularse.

Se limitó a observar mientras el macho alfa se adelantaba a los otros para acercarse primero; era el más oscuro, el más grande y el más feroz.

Sus ojos lo absorbieron. La hostilidad en ellos lo absorbió.

El joven no sintió conexión alguna con esa mirada que parecía despreciarlo, que se preparaba para rasgarle el cuello; vio a su padre en esos ojos.

Vio a toda su familia, pero no se vio a sí mismo.

Supo lo que iba a suceder y, aun así, no se movió.

Cuando el lobo se preparó para saltar, Luodrin cerró los ojos y sintió algo que no recordaba haber sentido jamás: alivio.

Ya no sería un error. Ya no cargaría con el peso de tener que arreglarse.

El desprecio que había recibido toda su vida resbaló por sus hombros.

Pero un rugido resonó con fuerza y le arrebató la muerte.

Abrió los ojos para ver cómo dos sombras chocaban en el aire.

Cayeron y rodaron por el suelo. Un chillido corto le arañó la columna vertebral y le provocó un escalofrío.

Wodin alzó la cabeza ensangrentada, de pie sobre el alfa al que acababa de matar.

Enseñó los colmillos rojos mientras miraba alrededor.

¿Qué hacía allí? ¿Cómo…? El lobo retrocedió despacio, se colocó entre él y la manada confundida, sin dejar de gruñir. Era más grande. Y, aunque ellos estaban hambrientos, Wodin tenía algo que proteger; la ferocidad en sus ojos era más brillante, demente, aterradora.

La tensión flotó entre ellos durante un rato.

Ningún lobo se movió, los pájaros se mantuvieron quietos, la tarde se volvió fría y pesada.

Cuanto más se expandía el silencio, más escuchaba Luodrin las palabras de su padre.

Cobarde. Débil. Error . Una y otra vez mientras, de fondo, oía los gritos de la gente que había ardido por su culpa.

No le importaba morir. Una parte de él, lo deseaba.

Pero allí estaba el único ser que lo prefería vivo, salvándolo, interponiéndose entre él y la muerte como si esa muerte no pudiera llevárselos a los dos.

A pesar de todo, había alguien en el mundo que lo quería.

Aunque no estuvieran vinculados, aunque no fuera parte de la manada, aunque no fuera un verdadero hijo del lobo.

Wodin gruñó con más ímpetu y terminó de disuadir a los demás; las manchas grises retrocedieron hasta meterse de nuevo entre las sombras.

Se escaparon, en busca de otra cosa que comer.

Después de unos segundos, el único lobo que quedaba relajó su lomo.

Se giró para mirarlo, con esos ojos amarillos, casi verdes, que Luodrin casi nunca comprendía.

—¿Qué haces aquí, muchacho? —susurró, arrodillándose para estar a su altura. De todas formas, sus piernas apenas podían mantenerlo en pie.

Le acarició el pelaje y, cuando Wodin se refregó contra su mano, el joven sintió que la herida en su pecho se agrandaba. Por primera vez en muchos años, algo le pinchó los ojos y un nudo en su garganta le recordó vagamente el sabor del llanto.

Pegó su frente a la del lobo y se detuvo allí, absorbiendo su calor como si pudiera acumularlo y espantar el frío que lo había acompañado siempre.

—Fue una idea absurda —susurró, con los ojos cerrados, la frente todavía apoyada en el pelaje suave—. Si no puedo vincularme contigo, ¿cómo se me ocurrió pensar que…?

No terminó la frase. No hacía falta; de todas formas, Wodin no lo comprendía. Sin importar cuánto se quisieran, siempre habría una barrera entre los dos. Luodrin seguiría siendo un error, hiciera lo que hiciera.

Pero el calor de su lobo, de todas formas, lo consoló y alejó las palabras de su padre. Era lo que necesitaba. La suavidad y el calor de alguien que lo quería; aunque fuese el único, aunque fuese un animal.

Se separó de Wodin y lo observó, mientras la resignación crecía en su pecho y apagaba todo; el dolor, pero también la vida.

El joven volvió a enfriarse, lentamente.

Ya no le quedaban ganas de morir, pero tampoco fuerzas para luchar; jamás sería lo que querían que fuera.

Jamás ganaría la aprobación de nadie. Su padre nunca lo querría.

Las cosas son como son , se dijo. Y no sintió nada. Soltó un suspiro cansado y volvió a acariciar a Wodin.

—¿Volvemos? —preguntó.

No recibió respuesta. Su lobo permanecía del otro lado de la inteligibilidad, pero al menos estaba junto a él. Como siempre.

El joven se incorporó, su cuerpo tenso y pesado. Apenas había dormido y la caminata infinita comenzaba a pasar factura; el regreso le resultó borroso, los árboles parecían vibrar, las sombras se volvían más y más densas. Los cuervos, otra vez, graznaban.

Para cuando llegó al palacio, el sol ya se había hundido más allá del horizonte; solo quedaba un rastro rojizo, fugaz, de su paso por el cielo.

Wodin caminaba tras él como una sombra. Una sombra más; el joven cargaba muchas otras en la expresión vacía.

Se libraba una guerra helada, una guerra de oscuridades, en sus ojos.