Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 54
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Capítulo 54

Renax.

(Cinco meses después del golpe).

Había tardado meses en atravesar el bosque a pie, con pasos dudosos, dando rodeos innecesarios y luchando para conseguir comida. Esta vez, inclinada sobre Dieva, casi enterrada en su pelaje, ambas atravesaron el viento en cuatro soles.

Se detuvieron para dormir, cazaron y corrieron; Renax también corría con ella.

El contacto físico reforzaba el vínculo y las mezclaba, le permitía hundirse en el cuerpo de tigre y rasgar el suelo para correr más de prisa, ver a través de los ojos enormes, arrancar carne de las presas con los colmillos ensangrentados.

Era como si se fundieran. La rabia se mezclaba con el apetito, el odio se volvía más feroz y, cada noche, la joven soñaba con charcos de sangre. Y lobos muertos.

Cuanto más cerca estaban de llegar, más recordaba la muerte de su familia y más la envolvía una tormenta caliente, nauseabunda; un fuego negro que brotaba desde sus entrañas.

Recordaba también, aunque un poco más borroso, lo que le habían hecho.

Recordaba a las doncellas sujetándola mientras alguien revisaba su virginidad a la fuerza, recordaba los abusos, recordaba la boda.

Y recordaba a su esposo, con una claridad asquerosa que la volvía más consciente del ardor insoportable en su mano derecha.

Dieva se detuvo cuando la ciudad comenzó a intuirse a través de los árboles y Renax se bajó para avanzar a pie. Dejó de caminar ni bien estuvieron en la linde del bosque. Acarició el pelaje blanco del animal, quizás para darle ánimos, quizás para darse ánimos a sí misma.

—Esa es la pirámide central —dijo, señalando la construcción enorme que se vislumbraba frente a ellas—. Allí subió mi padre. Allí… lo asesinaron.

Las imágenes volvieron a su mente. Le dolía el pecho. Sentía pinchazos en la sangre. Pero, sobre todo, había un tornado de rabia quemándole el estómago en silencio.

—Esas raíces blancas, de los árboles que están alrededor, tocan la pirámide.

Se supone que, cuando un gobernante nuevo asume y sube a la cima, los árboles le entregan la fuerza de cada uno de los dioses.

Quiere decir que cuenta con el apoyo de todas las casas —dijo, mientras su tigresa, nerviosa, rascaba el suelo.

No hablaba con ella, en realidad. ¿Hablaba porque también estaba nerviosa?

¿O, simplemente, porque había extrañado Tsavixia más de lo que pensaba?

—. Se dice que los primeros hombres vinculados plantaron esos árboles.

Antes de la traición de la serpiente y de que los tigres y los lobos…

Comprendió que estaba retrasando lo inevitable y, poco a poco, sus palabras comenzaron a apagarse.

Cerró los ojos, respiró hondo y, cuando volvió a abrirlos, el sol se reflejó en ellos como en cuchillos congelados.

Observó el palacio. Vio, dibujados entre los troncos que la separaban de la ciudad, a los cuatro soldados que vigilaban la entrada.

—¿Vamos? —preguntó, y Dieva respondió con un rugido firme y poderoso.

Los guardias miraron alrededor, alarmados. La gente que pasaba por allí se alejó del bosque.

La joven brotó de entre los árboles junto con una ráfaga y atravesó la plaza sin que nadie la reconociera.

Se sintió rara caminando entre las grietas de fuego, sobre un basalto que no había pisado en meses.

No regresaba la misma persona que se había ido.

Se preguntó si algo de esa ciudad permanecía en ella, o si solo quedaban recuerdos vacíos y muertos.

No debía haber tigres en Tsavixia. No debía haber tigres junto a una mujer, mucho menos junto a una mujer desaliñada que vestía como un hombre y cuyos rizos oscilaban en el viento.

Pero allí estaban ambas, y la gente de la plaza se detenía para observar.

¿Habían regresado los hijos del tigre? ¿O qué era aquella aberración que, con cuatro patas y dos piernas, caminaba por el centro de Tsavixia?

Renax avanzó derecho hacia el palacio, mientras el viento sacudía un poco más su cabello rizado y oscuro. Mientras el viento la acompañaba. La palidez del sol hizo resplandecer su mechón blanco, arrancó rayos de sus ojos azules y rodeó a Dieva con un halo fantasmal.

Tsavixia se detuvo para mirarla. Durante un minuto, lo único en movimiento fueron ellas dos, las copas de los árboles y las hojas que el otoño comenzaba a desprender.

La joven no prestó atención a nadie, casi no vio a la gente, casi no escuchó los susurros, casi no reparó en los guardias que se habían tensado y observaban con recelo.

Sus ojos estaban fijos en el palacio, como quien mira un edificio por primera vez.

Pero la sensación era extraña, porque aquella no era la primera vez. El edificio no había cambiado, no era nuevo: ella sí. Y miraba las paredes negras a través de los recuerdos de otra persona. Recuerdos repulsivos. Una pesadilla.

En ese palacio, que había visitado varias veces de pequeña y en donde se suponía que viviera con su padre hasta encontrar un esposo, la habían encerrado y obligado a casarse.

En una de esas habitaciones había pasado días enteros sin dormir.

Había visto las cosas moverse, había vivido en un sueño lleno de fantasmas.

La pérdida de sus padres se hizo un poco más real con cada paso. El dolor subió a la superficie. Había estado en ella, latente, todo el tiempo, pero Tsavixia lo despertó y lo usó para retorcerle el pecho mientras le oscurecía la sangre.

En esa plaza había perdido a su familia. Las personas que la observaban habían huido y dejado que el gobierno callera en manos de los lobos. Las personas que estaban detrás de las paredes negras habían teñido las calles de muerte.

Se arrepentirían. Renax no se detendría hasta que cada lobo del mundo llorara lágrimas de sangre.

Los soldados le cerraron el paso con sus lanzas antes de que la joven alcanzara las escaleras. Observó las armas, luego deslizó los ojos hacia ellos. Algo en su mirada silenciosa los incomodó. La joven vio una sombra en sus rostros que se parecía al miedo.

No la reconocían. De ser así, la habrían apresado y arrastrado hacia el interior en lugar de bloquearle el paso como si fuera peligrosa. Renax comprendió, de pronto. Se veía peligrosa. No tenía nada en común con la muchacha que había huido de ese mismo lugar cinco meses antes.

Su madre nunca había querido que se viera peligrosa, sino dócil y sumisa. Pero, de nuevo, su madre estaba muerta. Y la idea de que le tuvieran miedo, extrañamente, no le disgustó. Despertó un rayo satisfecho en la tormenta de sus ojos.

—Bueno, bueno —dijo una voz tensa, familiar, que despertó sus pesadillas—. Miren quién ha regresado…

La joven cerró los ojos un instante mientras las imágenes cruzaban por su mente y su cuerpo cosquilleaba de forma asquerosa en los sitios en los que más resonaba su voz. Los abrió y se giró despacio, con un semblante frío que tomó al hijo del lobo por sorpresa.

En realidad, ya estaba sorprendido. La observaba casi con disgusto mientras el viento removía su cabello rubio y el sol lo hacía brillar, como si se reflejara en hebras de oro.

Disimuló sus emociones enseguida, pero no consiguió deshacerse del asombro ni siquiera con una sonrisa irónica en los labios.

Sus ojos continuaron estudiándola como si observaran un espécimen imposible.

Cuando se clavaron en Dieva, todo su rostro se congeló por un instante.

Renax también se sorprendió. Él no había cambiado en absoluto y, sin embargo, se veía más… frágil. Comprendió que había algo de su tigre en ella mientras pensaba en las venas que le recorrían el cuerpo. En lo fácil que sería abrir su piel y cortarlas en pedazos.

Le había parecido imponente, en un principio. Invencible, inhumano. Ahora comprendía que solo era un imbécil retorcido y demente con una vida tan vulnerable como la de cualquier otro. Con un corazón que se podía atravesar.

No sintió miedo. Algo muy distinto, como un viento helado y nocturno, le recorrió la sangre.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, esforzándose por volver los ojos hacia ella y disimular sus emociones. Su lobo, menos discreto, le gruñó a Dieva. La tigresa no se inmutó—. ¿No estabas ocupada huyendo?

No mirar todo el tiempo a los ojos , susurró una voz lejana, un eco desde algún sitio de su mente.

El eco de algo muerto. Renax le sostuvo la mirada y lo desafió con una sonrisa sutil que su madre no habría aprobado.

Una sonrisa llena de odio. El hijo del lobo tensó los ojos y olvidó sostener su máscara mientras intentaba comprender.

—Regresé a casa —dijo.

Mi casa . A recuperar el palacio que le corresponde a mi familia. Y el gobierno que le corresponde a mi hermano.

El joven sonrió y la barrió de arriba abajo con los ojos, como si continuara sin creer lo que veía. Se acercó, le bloqueó la luz del sol y la atrapó con su sombra. Meses atrás, Renax habría retrocedido. Se habría asustado. Pero lo único que sintió, mientras alzaba ligeramente el rostro, fue asco.

—¿Volviste porque me extrañabas, gatita? —susurró, ladeando su sonrisa mientras se inclinaba hacia ella.

Intentaba rebajarla. Asustarla. Demostrarle que el poder lo tenía él. Pero sus palabras se enfrentaron con una tormenta implacable en los ojos azules. La joven le devolvió una sonrisa idéntica. Se puso en puntillas para acercar los labios a su oído (y a su yugular).

—Ten cuidado —susurró—. He matado a cachorros mucho más peligrosos que tú.

El hombre frunció el ceño y la observó mientras ella se apartaba. Renax dejó de prestarle atención. Le dedicó una última mirada a su lobo, fría, hostil. Dieva gruñó por ambas. Luego alzó los ojos hacia los soldados atónitos que solo atinaron a apartarse.

La hija del tigre comenzó a subir las escaleras, con su animal siguiéndole los pasos.

El palacio de los lobos recibió con tensión y silencio a los enemigos que había desterrado.

Antes de subir los últimos escalones, se giró hacia él.

Lo atrapó mirándola con los ojos entornados y un destello de rabia atravesando sus pupilas.

—Hazle saber a tu hermano —dijo, por encima de los uniformes que la observaban, por encima de la plaza que tenía los ojos fijos en ella— que su esposa ha regresado para la noche de bodas.

No se quedó a escuchar una respuesta: se hundió en las sombras enemigas con la confianza de quien sabe que, tarde o temprano, le pertenecerán.

Renax había vuelto a casa.