Capítulo 53 #2
Cuando dobló en la esquina de su calle y vio la puerta, supo que él estaba allí. No había nada extraño en la puerta cerrada, pero la joven, simplemente, lo supo. Inhaló hondo, se esforzó por caminar recto y se aferró al vínculo. Sus ojos se volvieron opacos y dejaron de reflejar la luz del sol.
Empujó la puerta lentamente. La recibieron un par de velas encendidas y una penumbra en la que se movían las sombras.
Dan estaba sentado en el suelo, entre dos plantas; su cuerpo parecía haber perdido todas las fuerzas.
Los codos sobre las rodillas, los brazos inertes, el rostro pálido.
Vivssanya se detuvo junto a la puerta mientras él alzaba los ojos.
Las velas se reflejaron en una mirada vacía y húmeda, al principio.
Un mar azul. Pero, como si una tormenta hubiera llenado sus ojos de nubes, el mar se volvió gris.
Detrás del vacío, asomó un dolor cortante.
Apenas un reflejo en el agua. Una luz en el abismo.
Pero lo suficiente como para que Vivssanya sintiera que ese dolor cortante la cortaba y que esos ojos le contagiaban una herida en la mitad del pecho.
Contuvo sus emociones, las ocultó donde ni ella misma era capaz de encontrarlas y disfrazó su rostro con un semblante frío. Lo miró, sin una palabra. Sin un gesto de empatía, aun cuando había visto los muertos y era capaz de oler su dolor.
Los hijos de la serpiente no empatizan. No sienten. No están hechos para ayudar a nadie .
Vivssanya abrió la boca para pedirle que se fuera de su casa, pero una voz enronquecida rompió el silencio antes.
—¿Te reuniste con él? —preguntó.
Sus palabras también parecían vacías y, sin embargo, dejaban un eco adolorido. ¿A quién acababa de perder? A quiénes , se corrigió, recordando el templo convertido en escombros. Probablemente lo hubiera perdido todo.
—Sí —dijo, con una voz débil que delataba emociones. Las reprimió, enfadada, mientras él se incorporaba con ayuda de la pared.
—¿Quién es tu próxima víctima?
La joven lo miró con un desdén oscuro, mientras Shin comenzaba a sisear.
—No tengo por qué responder eso.
Dan la observó, con los ojos entornados. Por un momento, el dolor en ellos pareció aplacarse detrás de algo más urgente: preocupación. Recelo.
—¿Sucedió algo? —preguntó, rebuscando en ella una respuesta—. ¿Estás bien?
El agujero que se abrió en su pecho la enfadó aún más y Vivssanya se aferró a ese odio.
No podía darse el lujo de sentir dolor, pero sí podía odiarlo, aunque fuese momentáneamente.
Hasta que se fuera y ella se quedara otra vez a solas con la profundidad del silencio.
Odiarlo era la única forma de no ponerlo en peligro.
—Quiero que te vayas de mi casa —dijo, como toda respuesta. Dan intentó romper sus barreras con una mirada intensa, astuta, pero ella sabía cómo separarse de los demás. Sabía esconderse.
—Viv…
Ignoró el salto de su corazón y oscureció sus facciones un poco más.
—Vete.
Dan se acercó un paso, mirándola como si la conociera, como si supiera algo cuando en realidad no sabía nada. No tenía idea de a cuántas personas había asesinado. No la había visto hacer cosas terribles sin siquiera parpadear. No había…
Vivssanya se aferró a la adrenalina que le otorgaba la rabia y se acercó hacia él, tan rápido que el joven deshizo el paso que había dado. Lo acorraló, hundió una mano fría en su manga para sujetar su muñeca.
Sintió el pulso, firme y caliente. Sintió la suavidad de su piel mientras él la observaba, sorprendido. Sintió la vida que manaba de su cuerpo. Dan no rehuyó el contacto, ni siquiera cuando ella comenzó a absorber. Se limitó a mirarla con los ojos entornados, sin fuerza, con una confianza triste.
Ella sostuvo su mirada con frialdad a pesar del miedo que le recorría la sangre y el dolor que continuaba abriéndose paso en su pecho.
Sintió asco mientras lo lastimaba. Sintió una punzada en el pecho y, sobre todo, sintió una ira helada en el fondo del estómago.
¿Por qué no se asustaba? ¿Por qué no se resistía?
¿Por qué la miraba con esos ojos de espejo fragmentado reflejando un cielo triste?
El pulso en su muñeca se hizo más rápido mientras ella absorbía, la piel se enfrió ligeramente. Debía doler. Debía estar asfixiándose. Pero Dan no dio muestras de nada, como si no le importara morir o como si… como si supiera…
Una mueca cruzó su rostro, su cuerpo se estremeció por un dolor físico y Vivssanya estuvo a punto de detenerse. Pero apretó su muñeca con más fuerza. Vete. Asústate y lárgate de aquí . Una rabia suplicante asomó a sus ojos negros, y Dan esbozó otra mueca de dolor que, esta vez, no parecía física.
En lugar de alejarse, el hijo de la iguana se acercó más a ella.
Sus frentes se rozaron, su rostro bajó hasta hacerle cosquillas en el cuello.
Sorprendida, sintió cómo hundía el rostro en su hombro.
Se detuvo sin querer, su cuerpo y su mente dejaron de funcionar por un instante.
Aflojó los dedos en su muñeca y, mientras los dejaba caer, él aprovechó para rozar su mano.
—Viv… —dijo, sin fuerzas. Su dolor parecía demasiado profundo.
La calidez suave de su frente en el hombro le hizo cosquillas, la estremeció. Quería apartarse pero no podía. Debía apartarse, en realidad, pero no quería. Sin que ella supiera por qué, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Vete —susurró, con una voz ronca, fría.
—No tengo a dónde ir —dijo él, y Vivssanya estuvo a punto de romperse. Estuvo a punto de olvidarlo todo y consolarlo, aun si no tenía idea de cómo consolar a nadie—. Necesito tu ayuda… Necesito… que me ayudes a matar al hijo del cuervo.
Había desesperación en su voz, pero la joven no pudo concentrarse en eso. Despertó como si la hubieran abofeteado, sintió un dolor agudo en el pecho y una rabia fría. No tuvo que decir nada. Shin y ella eran una misma persona.
La serpiente brotó de su manga y, con un siseo agresivo, clavó los dientes en el brazo del joven.
Esta vez, Dan sí dio un paso atrás. Sorprendido, un poco horrorizado, observó cómo los colmillos se separaban de su piel y la sombra larga, negra, volvía a esconderse en la ropa.
Se miró la herida, con los ojos húmedos.
—Si no quieres irte, entonces puedes quedarte con la casa —dijo, con un tono hostil, mientras retrocedía. Señaló las marcas de los colmillos—. Eso es para que no me sigas. En pocos segundos, comenzarás a marearte. Despertarás con resaca en un par de horas y… no volveremos a vernos.
—No…
Sus ojos comenzaban a nublarse. Luchaban por verla a través del efecto del veneno. Parecía asustado. ¿Tenía miedo de morir? ¿De perder su único enlace con el hijo del cuervo? ¿O…?
—Si vuelvo a verte, Dan, juro que te mataré.
No quiso preguntarse si mentía. Se giró, rebuscó en el mueble para esconder más armas en su ropa.
Era todo lo que necesitaba para viajar; cuchillos.
Dan intentó avanzar hacia ella, pero sus piernas no lo sostuvieron.
Cayó de rodillas, cerró los ojos para contener el mareo.
Vivssanya se detuvo a observarlo una última vez, mientras algo gris y filoso le punzaba el pecho.
Quería tocarlo. Quería… Se endureció y se dirigió hacia la puerta.
—No tienes que trabajar para él por siempre —dijo, con voz ronca—. Sé que no quieres eso. Viv, por favor…
Abrió y salió a la luz del día, con pies pesados y un dolor insoportable trepando a su garganta. ¿Cuándo había sido la última vez que algo le había dolido así? ¿Y por qué sentía que se quemaba por dentro? ¿Qué era esa sensación desagradable que le pinchaba los ojos?
—Solo no te vayas —pidió, con un susurro, obligándola a detenerse por un instante—. No me dejes solo.
La hija de la serpiente creyó que el dolor la asfixiaría, pero la herida supuraba rabia y pudo aferrarse a ella. Apretó los dientes, fingió que nada de todo eso le importaba. Había matado más veces de las que podía recordar. Había perdido cosas. Había crecido, en realidad, sin nada.
Cerró con un portazo, luchó por deshacerse del eco y se alejó de la que había sido su casa durante los últimos años.
Verexia. Y más muertes.
Tenía un viaje extenso por delante.
Un viaje solitario y silencioso.