Capítulo 53
Vivssanya.
(Cinco meses después del golpe).
No había dormido nada y el sol, que hacía brillar los charcos de las calles pero no lograba deshacerse del lodo, le apuñalaba las pupilas.
Vivssanya no tenía sueño. Por el contrario, algo oscuro, tenso y frío la mantenía con los ojos muy abiertos.
Una sensación incómoda en las venas, un vacío pujante en el medio del corazón.
Y un mal humor tan fuerte como el maldito sol en las retinas.
Shin subía y bajaba por su brazo con un siseo constante, compartiendo sus emociones y añadiendo, como siempre que atravesaban esos callejones, un pálpito ansioso.
Tranquila , susurró y las palabras flotaron a través del vínculo, todo estará bien .
Shin continuó siseando como si hablara sola; lo hacía cada vez que se asustaba.
Se hundieron en los rincones laberínticos.
La joven caminó entre los muros húmedos y llenos de moho, entre el olor a mierda de las calles que se acercaban al sur.
Lo encontró donde se encontraban siempre, de espaldas a la muralla, esperando por ella como si supiera exactamente el minuto en el que llegaría.
Vivssanya se detuvo, a muchos pasos de la capa negra que solo dejaba ver una sonrisa. Había aprendido, por las malas, que un paso en falso podía hacerle perder la mente durante horas. Él controlaba la distancia entre los dos. Y no le daba margen para intentar nada.
Aun así, la joven esperaba ansiosamente un error. Alguna falla que le diera la oportunidad de asesinarlo. Buscó, por instinto, mientras Shin subía hacia el hombro y hacía cosquillear su piel.
—No sueles mostrarte a plena luz del día —dijo, mientras él se acercaba despacio.
Le gustaba hacerlo hablar, distraerlo, mientras estudiaba las pocas facciones que intuían sus ojos. Siempre parecían distintas, siempre se le escapaban de la memoria ni bien dejaba de verlas. Se preguntó si, en ese momento, estaba metido en su cabeza.
La única respuesta que recibió fue un graznido hostil del cuervo que se posaba sobre su hombro derecho.
El hombre, como siempre, le arrojó la bolsa que tintineó en el aire.
Vivssanya la atrapó; era más grande y pesada que de costumbre.
Eso significaba un trabajo más difícil. La abrió, pero no había indicaciones.
Miró al hijo del cuervo, alzó una ceja. Durante casi un minuto, no hubo palabras en el aire.
Solo una tensión fría que continuó subiendo mientras algunas nubes atenuaban el sol.
Cuando habló, sin embargo, no fue para dar explicaciones.
—Con una debilidad para extorsionarte era suficiente —dijo, con un tono astuto y cruel—. ¿Ahora tienes otra?
Vivssanya frunció el ceño y fingió no comprender mientras su cuerpo se enfriaba lentamente.
—¿De qué hablas?
—Deberías tener cuidado, no puedes dejar entrar en tu casa a cualquiera —dijo, y la joven sintió que el frío se transformaba en esquirlas de hielo—. Sabes que está allí para matarte, ¿verdad?
Su mirada oscura se congeló y atravesó la capa del hombre como si pudiera ver debajo, como si pudiera tocarlo con los ojos y absorber su vida.
Un veneno negro se expandió por ella, un río de emociones que luchó por contener.
Las comprimió, las convirtió en una estrella muy caliente, oscura, de energía infinita.
Shin había dejado de moverse, pero aún siseaba. El sol era una mancha irritante detrás de una capa fina de nubes.
Los latidos de su corazón llenaron el silencio. Rítmicos. Acelerados. Asfixiantes.
—¿Es él…?
—¿A quien tienes que matar? —dijo, y la sonrisa enseñó unos dientes burlones—. No. Por ahora. Pero tarde o temprano…
—¿Quién es? —preguntó, en un impulso del que se arrepintió enseguida.
No debía mostrar interés. No debía sentir interés, en primer lugar. Comprendió, como si le arrojaran agua sucia, cuánto había embarrado sus pies con ese hombre. Estaba asustada cuando no debía estarlo. Estaba preocupada por su vida.
Y, con eso, lo ponía en peligro.
—¿Me lo preguntas a mí? —dijo, con un tono burlón.
Vivssanya sintió el primer mareo y dio un paso atrás, sobresaltada. Pero era tarde.
—No —dijo, cerrando los ojos como si así pudiera cerrarle el paso a su mente—. No he roto ninguna regla. Déjame en paz.
El piso bajo sus pies desapareció, su conciencia se perdió en un lugar confuso que se movía demasiado. Antes de que pudiera resistirse, su mente se llenó de imágenes: cenizas, escombros, humo. Dan. ¿Qué…?
—Solo estoy respondiendo a tu pregunta —dijo el hijo del cuervo desde algún lugar lejano.
Vivssanya reconoció la iguana de piedra hecha pedazos, en el suelo, con el rostro partido y media expresión horrorizada.
El cuerpo de Dan, de espaldas, se alejó de ella para luego acercarse, como si la visión intentara confundirla.
Alguien le cerró el paso, alguien lo empujó, y las voces mezcladas resonaron sin orden, apenas comprensibles.
«La hija de la serpiente… Una sola misión… Mi padre… ¡No se te ocurra regresar!».
Las imágenes se alejaron, su mente se llenó de olor a humo y a muerte. Vio esqueletos, cadáveres. Carbón humano entre las cenizas.
Regresó a la realidad tan rápido que se sobresaltó, asfixiada, y las náuseas le golpearon el estómago. Apretó los dientes, se aferró a la sensación de las escamas rozándole la piel mientras Shin se aferraba a ella para no perderse. Tensó la mandíbula.
—¡Deja de entrar en mi cabeza!
Escuchó una risa difusa, más allá del mundo que giraba bajo sus pies.
—Has hecho una pregunta —dijo, acercándose. Vivssanya se tensó, intentó enfocar los ojos en el cuerpo que caminaba hacia ella, pero la capa negra comenzó a desdoblarse, a difuminarse y torcerse—. Te he enseñado la respuesta. ¿Quieres que te muestre algo más?
—No —dijo—. Vete de mi mente.
Jamás se acercaba tanto como se acercó esa vez; la joven nunca había estado tan cerca de ver su rostro, tan cerca de extender el brazo y asesinarlo. Pero las imágenes se le escapaban. Dio un paso hacia delante y el mundo giró; ni siquiera sintió el impacto de su hombro contra el suelo.
No…
Las imágenes cambiaron lentamente. El aire se oscureció. Se vio a sí misma.
—Esto es lo que pasará, tarde o temprano. Quieras o no. —La voz llegó desde lejos.
En un callejón iluminado por la luna, se fundió con la imagen de sí misma y apretó el cuello de otra persona. No pudo detenerse. Incluso cuando lo reconoció. Cuando vio cómo la vida se marchitaba en sus ojos y las venas de su cuerpo se convertían en raíces envenenadas.
Dan . Intentó apartarse, pero sus miembros no respondieron, porque no eran suyos. Porque no estaba allí, por más que su piel se sintiera real y el dolor y el miedo la asfixiaran. No era ella.
Shin se recuperó lo suficiente como para hincar los colmillos en su brazo, con la fuerza de la desesperación. La joven volvió a sentir su cuerpo. Fue consciente del barro, del sol, de la sombra borrosa que se cernía sobre ella.
—Pero lo que hagas con él, por ahora, es un problema tuyo —murmuró el hijo del cuervo. Estaba cerca, demasiado cerca, pero Vivssanya no podía moverse. No podía tocarlo. La impotencia la asfixió—. Necesito que asesines a la jefa de las hijas de la arpía.
—Las hijas de la arpía… —masculló con voz ronca, luchando por que las imágenes dejaran de moverse— están en Verexia.
—Pues tendrás que darte prisa, porque es un viaje largo. Y al imperio, por lo que dicen, no le queda mucho tiempo.
La sombra se apartó y la joven cerró los ojos para que el sol no la lastimara. El veneno de su serpiente comenzaba a enderezar las cosas, pero no era lo suficientemente poderoso como para despejarla del todo. Cerró los ojos y, mientras intentaba tranquilizarse, esperó.
Escuchó los pasos que se alejaban. Escuchó los latidos acelerados, irritantes, en su propio pecho. Sintió una angustia impotente atravesada en la garganta, mezclada con el miedo, mezclada con las imágenes que se habían plantado en su cabeza.
¿No se te había ocurrido? , se preguntó a sí misma, mientras la angustia y el miedo se convertían en rabia. La casa de Dan era enemiga de los lobos. Enemiga del hijo del cuervo. Enemiga de ella. ¿Por qué nunca había pensado en la posibilidad de que la enviaran a matarlo?
¿Por qué comprendía tan tarde que… alguien como ella…
no tenía lugar en su vida para otras personas?
Lo había dejado quedarse en su casa demasiado tiempo.
Había comido con él, había hablado con él, había bajado la guardia hasta tal punto que, ahora, la idea de ponerlo en peligro le perforaba el pecho.
Sin saber por qué, pensó en la sinceridad de sus ojos. Pensó en su sonrisa cálida. Se cubrió los ojos con un brazo, tirada en el callejón, como si así pudiera borrar las imágenes. Shin escapó de su manga, se sostuvo en el aire y la observó. Vivssanya apartó el brazo para mirar a su serpiente.
Las escamas negras brillaban como piedras preciosas, los ojos la observaban con preocupación.
Se sintió un poco más tranquila. Un poco menos sola.
Porque esa era la única compañía que podía permitirse, Shin era la única que estaría a su lado para siempre.
Le acarició la piel con el pulgar y el miedo desapareció lentamente, pero dejó un vacío doloroso. Un agujero triste.
—¿Volvemos? —preguntó, mientras el reptil enseñaba la lengua—. Tenemos un viaje largo por delante.
Se incorporó despacio, se aseguró de que estaba sola en el callejón mientras la resaca de las ilusiones continuaba mareándola. Una vez en pie, se acercó a las paredes para ayudarse a caminar y dio tumbos durante las primeras calles. Luego comenzó a recuperar el equilibrio.
Le dio vueltas a lo que había visto. Repasó las imágenes de ceniza y muertos. Volvió a escuchar las voces. Volvió a ver aquel futuro posible, probable, en el que asesinaba a Dan. Con solo tocarlo. Tan fácil y rápido como siempre.
Era solo una ilusión , se recordó a sí misma, intentando aplacar los latidos que se aceleraban de nuevo. Apretó los dientes.