Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 52
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Capítulo 52

Dan.

(Cinco meses después del golpe).

Dan nunca había creído en los dioses. No parecía racional atribuir la magia del mundo a un grupo de animales imaginarios; prefería pensar que provenía, simplemente, de los vínculos.

Y los vínculos, a su vez, estaban determinados de alguna forma por una energía que tenía más que ver con las estrellas que con los hombres.

Pero esa noche, incapaz de dormir, sintió una presencia extraña en las sombras. Como si alguien le advirtiera. Como si alguien lo llamara. Como si fuera parte de algo enorme que se estaba destruyendo.

Su iguana daba vueltas a su alrededor, nerviosa, mientras las horas pasaban, mientras el sol asomaba al cielo y entraba por las rendijas de la puerta. Y la oscuridad del cuarto vacío se convertía en penumbras.

Dan estaba nervioso y no podía dormir, pero en realidad no pensaba en esa presencia que parecía llamarlo. Pensaba en ella.

Vivssanya no volvía. Había visto el miedo en sus ojos: los ojos de una serpiente acorralada.

No estaba seguro de qué era lo que la asustaba así, pero, en el fondo, un poco podía entenderla; era como un ácido caminando entre flores frágiles que podían marchitarse en cualquier momento.

Ese era el mundo para ella. Un mundo en donde todo lo que tocaba moría.

Pero Dan no pensaba en eso, tampoco, mientras el sol continuaba subiendo y colándose en la oscuridad. Sabía que, tarde o temprano, iba a volver: después de todo, aquella era su casa.

Lo que ocupaba su mente era otra cosa. ¿Cómo convencer a su tío de que le había dado la misión incorrecta? ¿Cómo decirle que aquella joven no merecía morir, sin sonar como un débil o un cobarde?

Porque ya no se sentía débil, ni un inútil; sabía que estaba tomando la decisión correcta. No había forma de que lo correcto fuera asesinar a la persona que le había salvado la vida. El problema era cómo hacérselo entender a su tío sin que volviera a expulsarlo del templo.

El templo era todo lo que le quedaba. Un lugar al que volver, algo similar a una familia, un objetivo.

Por eso no quería actuar solo. Pero el futuro se oscurecía y enredaba en su mente cuanto más pensaba en él: debía convencer a los hijos de la iguana, luego debía convencer a Vivssanya y, por fin, asesinar al hijo del cuervo.

Cada una de esas cosas parecía imposible, y ni siquiera juntas representaban gran cosa para la ciudad: los hijos del lobo continuarían gobernando Tsavixia, Renax continuaría prófuga, Ivax seguiría siendo un rehén.

Dan se sentía estancado. Miró a su iguana a los ojos y detectó su propio nerviosismo en los ojos pequeños. La acarició para calmarla, esbozó una sonrisa sutil.

—Un paso a la vez —susurró, no muy convencido. Observó al animal, ladeó la cabeza ligeramente—. Tija… ¿Qué te parece? ¿Es un nombre estúpido?

Lo era, pero a su iguana le gustaba la idea de tener un nombre; un sonido que fuera suyo, que la uniera un poco más a la persona que podía usarlo para llamarla. Tija, entonces . A él también le gustaba. Le recordaba a ella.

Dan extendió el brazo para que la iguana trepara a su hombro y luego se puso en pie. Lo primero: hablar con su tío. Ya había tomado la decisión, ya sabía que no podía matarla y, cuanto más tiempo pasaba, más horrible le parecía haberlo intentado en algún momento.

Se enfundó en una capa verde para cubrir al animal que se aferraba a sus hombros.

Salió, entornó los ojos para protegerse de la luz mientras cerraba la puerta y atravesó los callejones hacia el noreste.

Vio más soldados de los que esperaba, en calles casi vacías.

Lo miraron con desconfianza, pero no le dieron problemas; parecían tener un radar para otro color de piel.

Dan le indicó a la iguana que se camuflase todo lo posible debajo de su ropa; podía ser parte de la etnia privilegiada, pero pertenecía a una casa que, en ese momento, no era la favorita del poder.

Improvisó las palabras que usaría para convencer a su tío, intentó no distraerse por la tensión que se respiraba en las calles.

La gente caminaba con la cabeza gacha e incluso las esquinas del mercado parecían demasiado silenciosas; ¿había sucedido algo, además de los soldados que apestaban la ciudad?

Imítalos y no te detengas , se dijo, mientras la iguana se apretaba a su piel como si compartiera la inquietud.

Se esforzó por ignorar a los nómades (no, ese era un término despectivo; Dan prefería la palabra sureños, pero a veces el inconsciente lo traicionaba) que eran detenidos y zarandeados por los uniformes.

Algunos eran arrastrados, entre los gritos y los llantos de alguien más.

Otros eran golpeados en medio del silencio de una ciudad cómplice.

¿Cuántos de ellos desaparecerían en las sombras de un callejón oscuro sin que a nadie le importara?

No es tu problema ahora mismo. Concéntrate. Apretó los dientes y continuó caminando, incómodo. Tsavixia nunca había sido una ciudad justa, y la política nunca había sido su asunto favorito, pero aquello era demasiado. Los lobos estaban llevando la segregación a un extremo cruel y peligroso.

Atravesó las calles principales y, antes de llegar al templo, comenzó a sentir un cosquilleo desagradable en la columna vertebral.

Sintió… como si una mano le oprimiera el pecho, como si una voz le pidiese que se diera prisa y al mismo tiempo le susurrara que ya era demasiado tarde.

Sintió aquella quemazón extraña en la garganta que le había impedido dormir.

Y, aunque Dan no creía en dioses, se tomó sus presentimientos en serio; supo, antes de llegar, que se encontraría con algo horrible.

Tensó el rostro y caminó las últimas calles con pasos pesados, lentos, sintiéndose un poco estúpido y un poco nervioso a la vez. Pensó en su tío y, antes de doblar en la esquina del templo, aceleró. Resonaban sonidos extraños. Olía a quemado y a humo.

Se detuvo cuando vio la escena, o creyó detenerse, pero la imagen continuó acercándose despacio. Su mente era la que se había detenido; sus pies avanzaron con la lentitud del horror.

Tardó en comprender que el templo era eso. Ruinas. Escombros. Sus ojos continuaban buscando el edificio que recordaban. El viento le sacudía la ropa y hacía volar las cenizas a su alrededor como si fueran copos de nieve, pero más oscuros, más sucios, más cargados de muerte.

Cenizas y huesos. Escombros, paredes a medio devorar, escaleras de mármol que habían sobrevivido al fuego, estructuras de basalto intactas… Una cáscara quemada y vacía, llena de agujeros y piedras desordenadas que se habían venido abajo.

La gente revolvía los escombros. Algunas personas lloraban mientras recuperaban, uno por uno, los huesos de sus seres queridos. Gritaban. Dan, paralizado por el espanto, solo pudo observar.

El templo, como todos los edificios de Tsavixia, se había construido para resistir el fuego y las embestidas de un dragón.

Cualquiera de esas bestias podía soplar ráfagas de llamas sobre las paredes, y el templo no habría sufrido la más mínima fisura.

¿Cuánto tiempo…? ¿Cuánto tiempo había estado ardiendo para destruirse así?

¿Y si no habían sido los dragones, porque no había habido hordas en las últimas semanas, entonces quién…?

Tío .

Su mente reaccionó y la ansiedad perforó su pecho como un aguijón venenoso. No , pensó, mientras la iguana se removía y compartía su dolor. Ya había perdido a demasiada gente. No podía… No era posible que…

Su tío había sobrevivido al golpe; no podían haberlo asesinado las llamas. Se aferró a esa idea, ignoró la voz inquieta que le decía la verdad.

Atravesó la entrada, de prisa, para meterse bajo las sombras de los escombros, cuando un cuerpo conocido brotó frente a él e interrumpió su paso. Dan miró a Jedien a los ojos y encontró en ellos todo lo que quería saber, pero fingió no comprenderlo. Fingió no ver las lágrimas, el dolor, el odio.

Intentó esquivarlo y avanzar hacia las cenizas, como si pudiera encontrar a su tío por debajo del manto blanco que lo cubría todo, pero su primo lo detuvo con una mano en el pecho y un empujón.

—Dan —dijo, con una voz hostil, como si intentara asegurarse.

El joven recordó que estaba usando un rostro distinto, pero no asintió ni intentó confirmar su identidad; no le importaba Jedien.

No quería verlo, no quería ver el dolor en sus ojos, no quería ver la resignación en los demás hijos de la iguana que se camuflaban entre las sombras y otros edificios.

Los supervivientes. Su tío no parecía estar entre ellos.

Volvió a intentar abrirse paso, volvió a recibir un empujón. Su primo y él se fulminaron con los ojos al mismo tiempo.

—No seas estúpido —dijo Jedien—. ¿Hace cuánto te parece que se ha apagado el fuego? No queda nadie allí.

—¿Tu padre…? —masculló, luchando para que no se le quebrara la voz, aferrándose a la rabia. ¿Cómo podía estar tan tranquilo?

—Muerto —dijo y, aunque sus ojos mostraron la grieta de una herida profunda, su voz reflejó una calma inquietante.

Dan sintió que la furia subía a su garganta. ¿O era dolor? Una mezcla desagradable le oprimía y calentaba el pecho al mismo tiempo.

—¿Quién fue?

Ya lo sabía, en realidad. Solo quería que su primo lo dijera, quería que los demás lo escucharan decirlo, quería que se rompiera en dos cuando su boca soltara las palabras. No obstante, Jedien respondió sin inmutarse.

—Su estupidez —dijo, y en sus ojos el dolor también se mezcló con la rabia mientras miraba algo que parecía estar más allá de su primo. A su padre, quizás—. Lo mató la lealtad a la casa incorrecta.

Dan dejó que la rabia se enfriara y se convirtiera en desprecio frío, un odio similar a las cenizas. Dejó que ese odio atravesara a su primo. Lo observó en silencio hasta hacerlo sentir incómodo.

—Los hijos del lobo, quieres decir —murmuró con amargura. Observó alrededor, paseó los ojos por los esqueletos. Creyó escuchar el eco de sus gritos, por un instante; frunció el rostro—. ¿Y tú dónde estabas?

Jedien ladeó una sonrisa tan irónica como impaciente.

—¿Dónde estabas tú? —preguntó, alzando un poco la voz como si quisiera que los demás oyeran la conversación. Dan entornó los ojos, luchando contra la culpa que intentaba abrirse paso—. ¿Te ha llevado todo este tiempo cumplir una orden? ¿O te has asustado y huido?

—Estuve…

—¿La hija de la serpiente está muerta? —preguntó, interrumpiéndolo con un brillo satisfecho en la mirada húmeda y rota.

Dejó que el silencio se instalara entre ambos mientras los rodeaban cenizas y miradas atentas.

Comprendió lo que estaba sucediendo en ese instante, comprendió por qué su primo lo había detenido y enfrentado a la vista de todos los demás.

Reclamaba su posición. Desprestigiaba al enemigo. Se convertía en… el jefe de su casa.

Dan apretó los puños, congelado por la rabia que aceleraba su corazón.

—Responde —incitó Jedien, dando un paso hacia él, desafiándolo con los ojos.

—Eres un imbécil y un…

—¡Responde, Dan!

—Traidor…

—¡Mi padre te dio una sola tarea! ¡Una sola!

El joven apretó los dientes, dio el paso que los separaba y sujetó a su primo de la camisa con una mano trémula.

Jedien dejó de presionarlo, los demás dejaron de respirar por un instante.

Esperaban. Mientras un silencio tenso se instalaba en el aire y las cenizas continuaban volando alrededor, cenizas con olor a muerte, los hijos de la iguana esperaban algo.

Dan sintió la rigidez del ambiente, la respiró, mientras él y Jedien se medían con los ojos. Comprendió, en el fondo, lo que querían; lo comprendió y lo ignoró, porque en su cabeza no había lugar para nada que no fuera una furia intensa y abrasante. Se moría de ganas de golpear a su primo.

Pero, si iniciaba una pelea, esa pelea, estaría obligado a terminarla. «Cuando peleas con alguien, ese alguien es el enemigo. No importa quién sea. Y, una vez que se convierte en el enemigo, debes llevar las cosas hasta el final». Y Dan quería, quería desesperadamente, pero…

La imagen de su tío, lejos de impulsarlo a luchar, lo detuvo.

La punzada de dolor fue como una ola de agua helada, la rabia comenzó a enfriarse y su cuerpo, de pronto, se quedó sin fuerzas.

Jedien era su hijo, después de todo. Y, ahora, el jefe de su casa; si lo asesinaba, la culpa lo desbordaría y lloverían sobre él responsabilidades que no sabría cómo manejar.

Bajó los ojos, con una expresión amarga, y lo soltó despacio.

Su primo ladeó el rostro, en una mueca contradictoria.

Había ambición en su mirada, el placer de haber ganado y una satisfacción retorcida, pero también había un dolor enorme y contenido que parecía capaz de volverlo loco.

Dan comprendió que se estaba destruyendo a sí mismo.

No le importó. Deseó, con todas sus fuerzas, que se hiciera pedazos.

Retrocedió, abrumado por las emociones, aturdido en medio de tantas miradas. Los ojos parecían pincharlo, ansiosos, decepcionados. Esperaban algo que él no podía darles. Algo que él no quería.

—¿Huirás otra vez? —preguntó Jedien.

Pero el joven ya no tenía fuerzas para pelear, su pecho estaba a punto de desbordarse y necesitaba estar a solas. Necesitaba… regresar. Sus planes ya no tenían sentido. Ya nada tenía sentido, porque acababa de perderlo todo.

Retrocedió otra vez, bajó más los ojos, se giró para alejarse.

—¡No se te ocurra regresar! —le gritó Jedien, en el centro de la atención, en el centro de su casa—. Eres un maldito cobarde.

Se detuvo un momento, solo un momento, de espaldas a los escombros. Había pasado casi toda su infancia allí. Los niños que había sido, los hombres que había sido, se habían forjado en ese templo.

Su venganza se había forjado en ese templo. ¿Cómo continuar, si estaba solo? Si todos ellos, bajo el mandato de Jedien, acababan de convertirse en aliados del gobierno. Pero ni siquiera esa idea le devolvió la rabia. Se sentía vacío. Se sentía un poco quebrado.

Y, sobre todo, no era un líder.

Fingiendo que no sentía asco de sí mismo, se alejó.