Capítulo 51
Renax.
(Cinco meses después del golpe).
Caminaba sin rumbo. Lejos de la aldea, lejos de los lobos. Huía, en realidad, sin saber que huía. Por inercia. Porque todo lo que había hecho, durante cinco meses, era huir.
El sol recién nacido intentaba colarse entre las copas de los árboles.
Después de la tempestad, el bosque estaba tenso.
Las ramas goteaban y el barro resplandecía, húmedo y viscoso, bajo la luz alegre.
Los pájaros estaban callados, recuperándose.
Los animales permanecían escondidos por las dudas, como si sospechasen que la tormenta todavía caminaba entre ellos.
Renax ya no estaba mojada, pero sí fría. El calor se había esfumado de su cuerpo y el sol, apenas tibio, parecía burlarse. La joven intentaba no pensar, y la tigresa caminaba a su lado, contagiada por su caminar muerto.
Aun así, las dos estaban con vida. El tiempo continuaba su curso, el caos empezaba una y otra vez a su alrededor y ella continuaba sobreviviendo. La rodeaban las muertes. Acumulaba imágenes de sangre, acumulaba dolor.
Su mano dolía. Sus piernas. Todo su cuerpo. El dolor en el pecho era solo uno más.
Ni siquiera el vínculo servía para consolarla, y esa idea las alejaba tanto como lo hacían el cansancio y el dolor. Caminaban juntas, unidas, pero un poco solas. La joven bloqueaba todo lo que pasaba por su mente.
Sus rizos estaban desordenados por el viento, llenos de hojas y de pequeñas ramas. Después de mucho tiempo, mientras esquivaba raíces y enterraba sus pasos en el barro, escuchó la voz de su madre. Mira en lo que te has convertido, Renax.
Pero ¿qué importaba? No había nadie para verla.
Las hijas del tigre no se despeinan así. No se ensucian.
« Ya no existen las hijas del tigre, mamá ».
Pero eso a su madre no le habría importado; los hombres se preocupaban por la casa, las mujeres solo se encargaban de su reproducción.
Le habría dicho que se olvidara de las tormentas, que se olvidara de su tigre, que huyera lejos a donde pudiera casarse y tener una vida.
A donde pudiera ser una esposa callada, tranquila y limpia; a donde pudiera parir más hijos del tigre.
Renax detuvo, lentamente, sus pasos. Sus ojos se entornaron cuando un rayo de sol los apuñaló sin piedad.
No hay ningún lugar así. No dejarán de perseguirme. No existía un sitio sobre la tierra en donde ella pudiera esconderse de los lobos. Si se instalaba en algún lado, todos a su alrededor morirían otra vez. Habría más masacres. Dejaría cuerpos muertos a donde quiera que fuera.
Vanev . La imagen de su sonrisa le partió el pecho en dos pedazos.
No podría acercarse a nadie nunca más, no podría hacer otra cosa que no fuera huir para siempre. Porque todo moría a su paso… No, no moría. Lo mataban. Lo asesinaban los lobos. Y no se detendrían hasta que la atrapasen, la hiciesen parir algo útil y la matasen a ella también.
Algo nuevo bulló en su estómago, una ebullición leve que aumentaba despacio y lo caldeaba todo.
No era solo rabia, ni odio, ni miedo. Era como una tormenta caliente.
Era como… hambre . La idea llegó a ella a través del vínculo, porque Dieva comprendía de eso mucho más, porque sabía.
La ebullición en su estómago era hambre. Un deseo sangriento de muerte.
Miró a su tigresa y se encontró con sus ojos enormes, azules. Y se preguntó, por primera vez, por qué un animal tan grandioso, tan feroz, tendría que escaparse de su propia casa.
Tsavixia era su casa. Una casa de la que la habían expulsado, de donde la habían espantado con muertes.
Habían asesinado a su madre, a su padre, a su abuela y a todos sus aliados, y ella había huido.
La Renax que había sido cinco meses antes había dejado a Dan, a su hermano, y había huido porque estaba asustada y porque era una niña.
Pero ya no estaba asustada. Ya no era una niña. Y tenía muchas ganas de matar a todos los lobos del mundo. ¿Por qué no podía? Ahora era una hija del tigre de verdad, ahora era la tormenta.
Y las tormentas no huyen.
Dieva rugió, con la adrenalina del odio.
Alzó las patas a modo de euforia y dio la vuelta; la joven comprendió la invitación enseguida.
Un viento fuerte, congelado, atravesó el bosque y le apartó el cabello de la cara.
El mechón blanco devolvió la luz del sol.
Sus ojos, llenos de rabia, la absorbieron.
Se montó sobre su tigresa, determinada, y abrazó el pelaje de su cuello.
Dieva corrió hacia Tsavixia.