Capítulo 50 #2
—Quédate aquí —susurró, mirándolo con una frialdad que lo habría paralizado de todos modos—. Cierra los ojos y finge estar muerto, a menos que quieras estarlo.
El niño obedeció, pero los cerró con demasiada fuerza.
Su cuerpo temblaba, además, como si estuviera teniendo convulsiones.
Luodrin apretó los dientes y masculló una maldición.
Cuando alzó los ojos, vio a otro hijo de la iguana que intentaba escapar del fuego.
Hizo un balance. Tragó sus propias emociones.
Con la tranquilidad helada que siempre mostraba a los demás, esperó a que el hombre llegara hasta él. Sin reparos ni dudas, lo atravesó con el metal. Arrojó su cuerpo inerte sobre el niño.
—Vete solo cuando te alcance el fuego —murmuró, antes de seguir andando.
Hizo una bola con sus náuseas, con sus culpas, y transformó todos los sentimientos en un semblante hostil. Porque, además de horrorizado, estaba tan enfadado que le hervía la sangre.
El templo que recordaba había desaparecido.
Las plantas se habían convertido en fuego, la puerta se había convertido en fuego, el interior se había convertido en fuego.
Había cadáveres quemándose, gente en llamas que bajaba las escaleras en un intento inútil por escapar del incendio y se tropezaba con sus propios pies.
Gritos en los pisos superiores. Gritos en todas partes.
Que los soldados habían pasado por allí era evidente en las marcas de los muertos. El fuego no raja gargantas ni las atraviesa. El fuego no esparce ni salpica sangre.
En ese momento, sin embargo, todos los guardias esperaban afuera para emboscar a sus víctimas; el incendio hacía casi todo el trabajo. Adentro del templo, solo quedaban los cadáveres y las llamas, carbón y luz, eco de gritos.
Y, al final del salón, dos cuerpos de pie. Dos personas que aún estaban con vida. Luodrin los reconoció a los dos.
Avanzó hacia ellos, con la mandíbula tensa por el miedo y por la ira.
En el cabello de su hermano brillaban los reflejos del fuego, en sus ojos brillaba el placer de la matanza.
Eso era algo que Luodrin nunca había comprendido de su familia.
Algo que nunca había podido imitar, por mucho que lo intentara: el gusto por la sangre.
El hijo de la iguana estaba de espaldas a él. El filo rozaba su cuello, amenazándolo, controlando sus movimientos. Su cuerpo estaba endurecido y cada grito parecía ponerlo un poco más nervioso.
Los ojos de Eufin centellaron cuando se clavaron en él.
—Mira quién ha aparecido —dijo.
Con una sonrisa ladeada, despreciable, usó la empuñadura para golpear al hombre en pleno rostro. Aprovechó su dolor, su distracción, para obligarlo a darse vuelta. Colocó, una vez más, el filo en su garganta.
—Justo a tiempo para despedirte —dijo Eufin. El lobo, a su lado, enseñó unos colmillos ensangrentados.
El hijo de la iguana alzó los ojos hacia él mientras se limpiaba la nariz rota. Había sangre en todo su rostro. En su barba, en sus mejillas, en su frente… Y reflejada en sus ojos, también. La sangre de todas las muertes que había visto.
Luodrin acusó el odio de su mirada con toda la frialdad que pudo imprimir a su semblante; por dentro, una mano le oprimió el corazón. Eres el responsable de todo esto , decían sus pupilas. Y su propia mente. No pudo distinguir una voz de otra.
Eres un traidor mentiroso.
¿Qué sentido tenía explicar? Ese hombre ya estaba muerto. Los hijos de la iguana estaban muertos. Sus ojos, helados, se clavaron en Eufin.
—¿Qué crees que haces?
Su hermano se encogió de hombros, fingiendo inocencia.
—Sigo tus órdenes —dijo. Había diversión en las llamas que bailaban en sus ojos—. Nos dijiste que atacáramos a medianoche.
El hijo de la iguana esbozó una mueca irónica; su mandíbula temblaba de rabia. De dolor. El joven estuvo a punto de dejar caer sus mentiras, la compasión estuvo a punto de asomarse a sus ojos. Mordió las emociones antes de que se desbordaran.
—¿Quieres asesinarlo tú? —preguntó Eufin. Miró a su hermano con un rostro inexpresivo y no respondió, no más que con un silencio helado—. Bien.
Luodrin dio un paso hacia delante, incapaz de contenerse.
Fue un instinto inútil y él no solía sucumbir a esos instintos, pero su pie se movió antes de que pudiera detenerlo.
La espada de su hermano se movió también.
La vida manó de la garganta abierta como agua de una fuente.
El hombre se ahogó, tosió, salpicó sangre.
Sus ojos se llenaron de algo que no era miedo, pero se parecía un poco al horror; un odio horrorizado. Luego, quedaron vacíos. El cuerpo se desplomó justo frente a él.
Sintió que una ola de frío atravesaba su capa y le pinchaba la piel a pesar del fuego. Recordó el encuentro en la taberna, la pregunta volvió a su mente como un cuchillo. «¿Al amanecer?». «Ni un minuto antes».
Los gritos se apagaban. El olor a carne le pinchó los ojos.
Fulminó a su hermano con una mirada furiosa, pero también fría; no podía darse el lujo de demostrar lo mucho que lo odiaba en ese momento. No podía enseñar lo culpable que se sentía ni con qué fuerza le atravesaban el pecho los gritos.
—Eufin…
—No me mires así, Luodrin —dijo, con una mueca torcida, mientras sacudía la espada para desprenderse de la sangre—. Solo sigo órdenes.
La diversión en sus ojos se había disuelto, como si estuviera cansado de divertirse.
—Estas no fueron mis órdenes.
Su hermano bufó antes de volver a observarlo con una arrogancia amarga.
—No tus órdenes.
Entonces su mirada se desvió y se clavó en algo que estaba por detrás de él.
No fueron las llamas las que se reflejaron en sus pupilas, sino una sombra.
Luodrin sintió que su rabia se evaporaba y, por un instante, quedó vacío.
Como si su mente hubiera expulsado todas las emociones y pausado todos los pensamientos, la sombra se convirtió en una visión borrosa y el ambiente se enfrió.
Pero no podía paralizarse. No mientras, a su alrededor, todo ardía.
Se giró despacio, se enfrentó a la sombra que, ya sabía, era su padre. Alto, erguido y serio, como si nada lo afectara. Su lobo era igual que él. El pelaje gris resplandecía bajo la luz del fuego.
El joven lo observó, sin hablar, y las emociones comenzaron a golpearlo una por una. Vergüenza, culpa, rabia. No quería estar allí, quería que lo tragara la tierra o quizás que lo mordieran las llamas hasta hacerlo desaparecer, pero ni siquiera bajó los ojos. Sostuvo la mirada fría de su padre.
—Dijiste que estaba a cargo hasta mañana —murmuró.
Con una expresión indiferente, el jefe de los hijos del lobo dio dos pasos hacia él. Lo golpeó. El impacto resonó en las paredes que ardían, a pesar del caos; su visión se desenfocó otra vez mientras acusaba el dolor y se tragaba la sangre ácida.
Su padre lo había golpeado muchas veces. Le había dado golpizas más largas, patadas más dolorosas, pero ese golpe fue distinto. No había rabia en él, sino algo más amargo, más distante. Desprecio.
Luodrin entornó los ojos y volvió a mirarlo, inquisitivo, buscando en sus pupilas una respuesta más larga que el puñetazo que acababa de recibir. ¿Cuánto sabía? Todo, evidentemente . Pero ¿cómo…?
El jefe de su casa tensó la mandíbula, en un rictus apenas perceptible, enfadado e irónico.
—¿Crees que eres más inteligente que yo?
¿Que tu red de información puede ser más amplia que la mía?
Los hijos del lobo lo sabemos todo, Luodrin, todo el tiempo.
Nunca lo entenderás —dijo, y el desdén asomó a sus ojos.
Se clavó en él como una flecha—. No importa cuánto lo intentes.
Ni cuánto lo intente yo. Mientras no estés vinculado, nunca serás uno de los nuestros.
—Padre…
—Y mientras no seas uno de los nuestros, tampoco eres mi hijo —masculló, mirándolo con una indiferencia más dolorosa que el desprecio—. No necesito un hijo cobarde.
—No es cobardía, es…
—Debilidad. Eres cobarde y débil —dijo, entre dientes—. Eres mi único error.
Un zumbido estalló a su cabeza, acompañado por un dolor agudo en el pecho. Su padre pasó junto a él como si no tuviera sentido seguir hablándole, como si golpearlo otra vez fuera una pérdida de tiempo. Revisó el cadáver del hijo de la iguana, le dijo algo a Eufin.
El joven los observó de reojo. Observó los muertos desparramados por el piso, la carne ardiendo, las esculturas destruidas. Ya casi no se escuchaban gritos en el piso superior. Se preguntó cuántos de los niños que había visto estaban muriéndose en ese mismo instante.
¿Para qué preguntárselo? No había nada que pudiera hacer; había tenido el poder entre sus manos y lo había perdido. Porque su padre tenía razón, era débil. Sin importar cuánto lo intentara. Sin importar cuánto…
Les dio la espalda, atravesó el fuego. Las llamas parecían apagarse a su paso, como si arrastrara consigo la oscuridad, como si controlara las sombras.
Se abrió paso entre el humo, caminó junto al cuerpo del niño que fingía estar muerto.
Una parte de él quería asegurarse de que fuera así, de que siguiera siendo así, de que no era solo un cadáver más.
Pero no se lo permitió. Estaba cansado. Enfadado.
Se odiaba a sí mismo.
Se alejó de los guardias que continuaban asesinando gente, pero no hacia el palacio. Se hundió en las sombras. Se dirigió hacia las fauces del bosque.
Mientras no estuviera vinculado, no sería un hijo del lobo. Y mientras no fuera un hijo del lobo, no sería nada. Necesitaba vincularse. Quería vincularse. Quería, desesperadamente, ser lo que su padre esperaba de él: un monstruo feroz con hambre de muerte.