Capítulo 50
Luodrin.
(Cinco meses después del golpe).
Truenos. Lluvia, ráfagas heladas, una tormenta golpeando las ramas de los árboles. No, las paredes del palacio.
Luodrin despertó de pronto. La realidad lo arrastró con un golpe brusco, con una puñalada en la mano derecha.
Ahogó un gruñido y, a pesar de la oscuridad, alzó el brazo e intentó observar el tatuaje que le atravesaba la piel como una rama de espinas.
Apretó los dientes para contener el dolor, se secó la frente húmeda y se sentó en la cama.
Llevaba horas oscilando entre el sueño y la realidad, luchando con el nerviosismo, ignorando el cosquilleo en la palma de la mano. Ya no era un cosquilleo. Observó, sin ver nada, la piel que ardía; frunció el ceño, medio dormido, intentando comprender.
Renax .
No llegó a hacerse preguntas, mucho menos alcanzó a responderlas. El llanto, a lo lejos, lo desconcentró; el dolor, las sombras y los gritos del bebé se sumaron a los nervios para convertir su noche en una pesadilla confusa. Los ojos de su lobo lo observaban y brillaban en la oscuridad.
Se vistió de prisa, pero torpemente, y salió de su habitación.
Cuando cruzó la puerta, el llanto se volvió más audible.
Wodin caminó tras él, como de costumbre, y juntos atravesaron un pasillo oscuro y desierto.
Y silencioso, más allá de los berridos del bebé.
Tan silencioso como si todo el palacio estuviera vacío.
Luodrin no le prestó atención al silencio (aunque debería haberle prestado atención al silencio).
Siguió el llanto hasta la última habitación del pasillo, abrió la puerta despacio y escrutó las sombras.
Una vez más, su hermano estaba solo. Ni una doncella, ni un guardia; el viento oscilando las cortinas a través de una ventana abierta.
Hacía frío. Luodrin avanzó hacia la cuna de madera; como si el niño reconociera sus pasos, el llanto se volvió más y más débil.
Cuando lo recogió y lo abrazó contra su pecho, la habitación volvió a sumirse en una tranquilidad inquietante.
El bebé se aferró a su calor, se calmó y se dejó llevar por el sueño.
Mientras lo sostenía, dio pasos suaves hacia la ventana para cerrar los postigos.
Algo en la quietud de la plaza central lo detuvo y lo hipnotizó por un rato.
La pirámide enorme, ennegrecida por la oscuridad.
Los árboles cuyas hojas rojizas se percibían como gris sangriento bajo las nubes que ocultaban la luna.
El suelo mojado por una lluvia pasajera, las calles vacías, la ciudad tan silenciosa que podía escucharse, a lo lejos…
Olió el humo, y el escalofrío llegó antes de que su mente procesara la información.
El cuerpo comprendió el problema antes que la conciencia adormecida.
La certeza de que pasaba algo malo lo atravesó como una descarga de miedo.
Su sangre se convirtió en electricidad, una electricidad fría, mientras su mente comenzaba a funcionar cada vez más rápidamente.
No es posible .
Dejó a su hermano en la cuna, con delicadeza a pesar de que su cuerpo estaba endurecido y helado.
—Quédate —le dijo a Wodin, y los ojos del lobo reflejaron la poca luz de la luna que conseguía atravesar las nubes y colarse por la ventana—. Cuídalo.
El animal echó atrás las orejas, como si pudiera comprender. Luodrin salió de la habitación de prisa, atravesó el pasillo desierto con pasos de fantasma, porque sus botas no hacían ruido sobre la alfombra. Nada hacía ruido en aquel lugar.
Pasó por su habitación para recoger su capa, se enfundó rápidamente y se dirigió a las escaleras.
Un solo guardia en el camino le habría bastado para pensar que estaba siendo paranoico, una sombra nocturna en algún pasillo, una estatua humana frente a la entrada principal…
Pero no encontró nada y, cuando salió del palacio, el mismo silencio muerto le dio la bienvenida con una ráfaga que apestaba a sangre.
Bajó las escalinatas mientras escrutaba la noche.
La pirámide, con el perfil derecho empalidecido por la luna.
Los troncos de los árboles, brillando con el resplandor rojizo del fuego que atravesaba las grietas y cuya luz apenas rozaba las hojas desde abajo.
Y más grietas. Grietas rojas atravesando la ciudad como venas abiertas.
Nadie.
El gobierno de su padre estaba caracterizado por el uso del ejército. Por lo que él llamaba la pacificación de la ciudad. No tenía sentido que, justo bajo sus narices, la plaza estuviera desierta, a menos que el ejército estuviera ocupado con algo más importante. Con algo que apestaba a humo.
No comprendía cómo era posible, pero llegó a la conclusión de que, simplemente, era.
Echó a correr. Bordeó las grietas de fuego que enrojecían su capa, acompañado por el viento.
Se acercó ligeramente al murmullo del río.
Y algo más comenzó a destrozar lo que quedaba del silencio; algo fuerte, agudo y desequilibrado.
Algo constante. Algo como el grito fragmentado de una multitud, más fuerte cuanto más agrio se volvía el hedor a humo.
Cuando Luodrin llegó a respirar aquella neblina putrefacta que olía a muertos, también atisbó el brillo que iluminaba el barrio. Comenzó a ver la punta de las llamas por encima de los edificios. Por debajo de los gritos, escuchó las chispas.
Rodeó las casas, intentó alejarse de la luz a medida que empezaba a cruzarse con personas que huían; mantenerse en las sombras, escondido.
Pero era imposible evitar la luz, porque las llamas seguían creciendo.
Cuando se detuvo frente al templo de los hijos de la iguana, mal oculto por su capucha y la sombra débil de otro edificio más pequeño, el fuego se reflejó en sus ojos.
¿Cómo…?
El templo estaba cercado por todos los soldados que no estaban ni en el palacio ni en la plaza; casi todo el ejército entraba y salía del edificio en llamas, asesinando a los que intentaban escapar, algunos riéndose.
Eran demasiados. Más del doble de los que Luodrin había planeado llevar, más del triple de los que eran necesarios para neutralizar a los hijos de la iguana.
Un número absurdo. Un número cruel, incluso para una masacre.
Y aquello se había convertido en una masacre a traición, en las sombras, a mitad de la noche.
Alguien más, alguien con más poder, había retorcido y rehecho sus planes, a sus espaldas.
Luodrin sintió un escalofrío en la médula; un miedo doloroso lo paralizó mientras la imagen de las llamas lo asfixiaba.
El ruido y los movimientos eran tan confusos y constantes que era difícil concentrarse en una sola cosa. Era difícil concentrarse en una sola muerte. Cuando una espada se desprendía de un cuerpo y salpicaba sangre, otra se hundía con brutalidad en la espalda de un hombre que huía.
Un soldado arrojó a una muchacha hacia el centro del fuego.
El cuerpo ardió y, en ese instante, otro soldado aplastó a una iguana que intentaba correr del humo y, a la vez, una espada le desgarró el pecho a un niño pequeño, mientras más reptiles intentaban escabullirse entre sombras inexistentes y más soldados…
Luodrin cerró los ojos un instante, incapaz de clavarlos en un solo lugar.
Concéntrate . Pero su mente también era incapaz de elegir una decisión, un sitio, un miedo; vagaba de una idea a otra.
Su padre, los gritos, su familia, los muertos desparramados, lobos, iguanas, promesas que no podía cumplir, niños entrenando, olor a cuerpos quemándose… ¡Concéntrate!
Cuando Luodrin abrió los ojos, su frialdad espantó las llamas y el miedo lo dejó en paz por un momento.
Se acercó al fuego, su capa arrastrándose por encima de la sangre.
Un soldado que no lo había reconocido se arrojó sobre él con hambre de muerte en la mirada y una espada sangrienta.
El joven esquivó con facilidad, atrapó su mano al vuelo y apretó con fuerza; los huesos se quebraron y el crujido se perdió en el furor de la matanza, pero su grito fue tan audible como los demás.
Lo pateó para alejarlo y continuó hacia la entrada, pero más soldados corrieron para interponerse en el camino. Suspiró y se desprendió de la capucha para que la luz del fuego le iluminara el rostro. Tenía derecho a estar allí. Tenía derecho a saber.
Los observó, uno por uno, mientras ellos se detenían en seco y la fiebre de la masacre se aplacaba para dejar incomodidad y vergüenza.
Entornó los ojos.
—¿Qué está sucediendo aquí?
Tal vez obedecían órdenes, tal vez le tenían miedo.
De una forma u otra, ninguno habló. Más y más guardias detuvieron la masacre y se giraron a mirar la escena, con los ojos muy abiertos, mientras la frialdad del hijo del lobo se extendía y barría el calor de las llamas.
Algunos aprovecharon la distracción. Sombras se filtraron entre los uniformes y el humo.
—¿Dónde está el jefe?
No aclaró jefe de qué casa, pero de todas formas las miradas se acercaron hacia las llamas del templo. Si tenían órdenes de detenerlo, nadie lo intentó. Luodrin pasó junto a sus expresiones rígidas, se escurrió entre el fuego y atravesó el portón. En ese momento, un niño intentó escaparse.
El pequeño se detuvo al verlo y retrocedió dos pasos, aterrado.
El horror de todo lo que había visto brillaba en sus pupilas húmedas.
Lloraba. Se había hecho pis. Luodrin miró hacia atrás de refilón y buscó a toda velocidad una forma de salvarle la vida.
Los soldados, sin importar cuánto miedo le tuvieran, no seguían sus órdenes.
Actuó rápido. Robó la espada que sobresalía de un muchacho muerto y la sangre salpicó al niño que corrió para esquivarlo. Lo atrapó, lo sujetó del pecho, lo arrojó al suelo con facilidad y se agachó sobre él mientras blandía la espada. La capa negra los ocultó a los dos.
Nadie vio cómo el arma se clavaba en el suelo. Nadie escuchó sus palabras.