Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

Las dudas la desestabilizaron y el viento amainó un instante. Un instante fue suficiente. Alguien la emboscó por detrás y Renax solo atinó a ver una sombra antes de que algo duro le golpeara la nuca.

Dejó de ver con sus propios ojos; vio con ojos de tigre.

Sintió la furia de un tigre. Dieva se desconcentró, dejó de brillar y soltó un rugido antes de arrojarse sobre el hombre que la había golpeado.

El viento se detuvo, la lluvia se tranquilizó.

Los relámpagos comenzaron a alejarse. Los soldados resbalaron sobre el barro y se apresuraron a correr hacia ella.

Renax sintió la sangre en las encías, en la lengua, como un líquido metálico y caliente que le resultó grato. Tardó unos segundos en comprender que esa no era su boca y que no eran sus dientes los que destrozaban la garganta de un hombre.

Abrió sus propios ojos y, en un principio, vio mal. Un cielo borroso que estaba lleno de nubes, una luna borrosa que luchaba por asomarse e iluminar la noche. Luego vio una sombra acercándose, y su visión se aclaró de golpe.

Desenfundó la daga que siempre llevaba con ella, se sentó y la clavó instintivamente en una pantorrilla antes de que el soldado pudiera tocarla. Escuchó e ignoró el grito que desgarró el aire.

Se incorporó, empapada, y giró sobre sí misma para analizar el peligro. Su nuca protestó y un zumbido le partió la cabeza, pero, por encima de eso, vio algo que no esperaba ver. Algo en una calle que debía estar desierta.

Un relámpago, que tal vez brotara de ella o tal vez de la naturaleza misma, iluminó el pueblo.

Por un momento, Renax se olvidó de los soldados que corrían para atraparla.

Se olvidó del vínculo que le compartía furia y sangre, se olvidó de la magia que la pinchaba por dentro, se olvidó de todo excepto del hombre que aprovechaba la tranquilidad del viento y cazaba soldados con flechas rápidas y precisas.

Vanev.

Quizás no pudo ver otra cosa porque ese hombre, en ese momento, le recordó a su padre. Un idiota jugando a ser un héroe. Alguien que estaba a punto de morir.

El miedo brilló en sus pupilas y su mente se llenó de recuerdos. La ansiedad fue como ácido en las venas. Dio un paso adelante, con los ojos húmedos, y abrió la boca. No llegó a decir nada. No había nada que decir.

No se suponía que los habitantes del pueblo salieran, pero Vanev lo había hecho. No se suponía que intentaran protegerla. No se suponía que nadie saliera lastimado.

Otro relámpago rompió la oscuridad en el momento justo en que una espada atravesaba el pecho de aquel hombre. Luego la luz desapareció. Y el cuerpo se desplomó como una sombra más, sin escándalo, sin gritos. Simplemente muerto.

Era así de fácil. Renax lo sabía. Lo había visto mucho, lo veía cada noche en sus pesadillas; la muerte era así de fácil.

No había tiempo para asimilarla ni para llorar, solo llegaba y se llevaba lo que un instante antes había estado con vida.

Lo que había sonreído, lo que había sido una persona y ahora no era más que un recipiente sin nada.

La magia más incomprensible.

Su mente se detuvo un instante. Sintió un dolor horrible en el pecho, pero no pudo pensarlo ni ponerle nombre. Solo sintió, solo vio lobos y soldados. Solo escuchó el rugido desgarrado de Dieva, gritando por las dos.

Y las pesadillas desbordaron su mente.

La tormenta estalló, como si algo estallara dentro de ella.

Algo que aún estaba contenido, que había estado contenido toda su vida.

La muchacha que se había preocupado por su ropa, por su peinado, por lo que diría su madre desapareció en un parpadeo.

Como una cerámica que ya estaba resquebrajada, se rompió y liberó un tornado de viento que lo azotó todo.

Renax olvidó por qué no quería matar a nadie, olvidó por qué no había podido. Si la muerte, después de todo, era realmente fácil.

La paja de los techos no resistió la embestida, los hombres tampoco. Escuchó gritos y no pudo distinguir si eran los gritos de los soldados o de la gente que vivía en el pueblo, pero ya no importaba. No podía pensar en ellos. No podía pensar y punto.

El viento no alejó los cuerpos de ella, sino que los mantuvo a distancia y los hizo girar. Los golpeó contra las paredes, los azotó contra el fango. La lluvia no regresó, pero los rayos sí. Uno sobre cada cuerpo que se movía, uno por cada persona que había visto morir en los últimos meses.

Escuchó los gritos, percibió el olor a quemado, pero aun así los rayos continuaron cayendo del cielo. El cielo era suyo. La tormenta era suya, ella era la tormenta, y las tormentas no les temen a los lobos. Es al revés.

Dieva volvió a rugir y el resplandor azul brotó de ambas, apenas distinguible entre los destellos constantes, cegadores, de los rayos.

En poco tiempo, los soldados dejaron de moverse.

El pueblo quedó en silencio cuando los truenos se acabaron.

La joven solo fue capaz de oír sus propios jadeos mientras la magia se diluía en su sangre y sus ojos resplandecientes buscaban algún rastro de vida.

Los cuerpos estaban quietos. Algunos, incendiados. Las casas también.

Observó, con aturdimiento, cómo los habitantes de la aldea escapaban de las llamas. Gritos rompieron la noche, niños corrieron lejos de sus madres. Los adultos buscaron agua para apagar el fuego que lo iluminaba todo.

Muertos. Llamas. Gritos.

Renax los observó, abombada, sin comprender lo que acababa de pasar. Escuchó el llanto desgarrado de Missela junto al cuerpo de su nieto asesinado, ella arrodillada sobre su arco roto. Caos. Desastre.

Intentó recuperar la concentración, recuperar la magia para hacer llover, pero no encontró nada en el vínculo; solo un mareo nauseabundo que las aturdía a las dos. No le quedaban fuerzas. Lo había desatado todo en aquella destrucción masiva.

No se permitió sentir culpa. No tenía lugar. Toda su mente estaba ocupada por las náuseas y por el odio.

Se alejó de allí, tambaleándose entre los árboles, hundiéndose en las sombras del bosque. Porque en el bosque debería haberse quedado en primer lugar. Donde no podía poner a nadie en peligro. Donde los lobos no podían encontrarla. Donde ya no podía ver más muertes.

Se inclinó sobre un tronco, incapaz de continuar, y vomitó toda su comida. Dio dos pasos más, pero las fuerzas la abandonaron. Se arrodilló, luchó por no desmayarse por el esfuerzo y se aferró a lo único que podía mantenerla consciente en ese instante.

La rabia.