Capítulo 49
Renax.
(Cinco meses después del golpe).
El cielo estaba despejado, la luz de la luna llena hacía brillar la paja de los techos y convertía las sombras en penumbra. Las calles, apenas humedecidas por la lluvia de esa mañana, estaban desiertas. Tan solo dos cuerpos dejaban sus huellas esa noche. Huellas de humano, huellas de tigre.
El pelaje del animal resplandecía, blanco impoluto, bajo la luz de la luna. Brillante y grácil, se movía como fuego fatuo entre las casas silenciosas.
Renax caminaba con agilidad, pero más feroz, con más ímpetu, como si su animal vinculado fuese la magia y ella, la tormenta misma.
Hacía meses que no se miraba al espejo. No había visto los cambios en su rostro, no había visto el mechón blanco que había comenzado a brotar a un costado de sus ojos y que, en ese momento, la señalaba en la oscuridad de la noche.
Estaba más conectada a Dieva que nunca. Veía también con sus ojos, escuchaba con sus orejas hasta los susurros del viento entre los árboles lejanos, percibía el movimiento de la tierra bajo sus patas. Como si ella misma se hubiera convertido en un tigre, sus sentidos abarcaban casi todo el bosque.
Por eso los detectó enseguida. A pesar de la ansiedad, se acercó al límite del pueblo. Los soldados, por fin, habían comenzado a moverse. La joven y la tigresa llevaban todo el día esperándolos. El pueblo entero llevaba todo el día esperándolos.
Renax se detuvo en el mismo lugar en el que se sentaba todas las mañanas para hacer llover, miró las casas que parecían vacías, se concentró en las ramas que se movían sigilosamente desde el bosque.
Dieva y ella no habían esperado solas; los recuerdos que la joven había bloqueado todo ese tiempo amenazaban con irrumpir. Golpeaban las paredes de su mente con brusquedad, la resquebrajaban, colaban sangre entre las grietas.
De todas las memorias en las que no quería hundirse, mientras los soldados por fin se acercaban a buscarla, pensó en la muerte de su padre. La subida triunfal, los gritos aclamándolo, la esperanza que, un instante después, estaba desplomándose por los escalones oscuros.
Muerto. Igual que su madre, igual que su abuela. La sangre regando la plaza principal y corriendo por las grietas de fuego.
La ansiedad creció. No por los recuerdos, no por la imagen de los cadáveres desmembrados, sino por la muchacha que encontró en su memoria.
Por un instante, volvió a ser la misma Renax de siempre.
Recordó la torpeza con la que había nacido, recordó que las hijas del tigre no debían luchar, recordó que era una inútil.
Recordó lo decepcionados que habían estado sus padres, siempre.
Y el pánico que le provocaba decepcionarse a sí misma otra vez, decepcionar a todo el pueblo, la invadió hasta asfixiarla.
No tienes tiempo para estas cosas , se dijo, mientras Dieva ronroneaba y se frotaba contra ella para darle calor.
Su expresión tensa y pálida comenzó a oscurecerse.
Puedes preocuparte después. Para no decepcionarlos, tenía que mantenerlos vivos.
Ya había perdido a mucha gente, había visto morir a casi toda su familia y había creído que no podía hacer nada al respecto.
Pero podía.
Vio el pueblo a través de los ojos de Dieva: un poco menos saturado, un poco menos oscuro.
La tigresa soltó un ronroneo y entonces algo especial comenzó a fluir a través del vínculo.
La magia intentó invadirlas, pero la joven había aprendido a controlarse.
Ya no era un recipiente a través del cual fluía la tormenta: ella era la tormenta.
Y no quería asustar a los soldados antes de tiempo.
Atrajo las nubes despacio. Siguió, a través de Dieva, aquello que se movía entre las matas del bosque. Olió (ella o su tigre, lo mismo daba) dos o tres lobos. Olió armas de acero y olió temor.
Un viento que parecía normal, un viento tranquilo, murmuró entre las copas de los árboles.
Comenzó a arrastrar hojas. A remover otros olores.
La joven sintió la energía del aire que, de pronto, le obedecía.
De la tierra y también del cielo. Reunió las nubes, las atrajo desde todas partes, las cargó con electricidad para que rugieran.
Algunos soldados miraron arriba, pero nadie prestó atención a los rayos que partían el cielo en la distancia ni al viento repentino que los empujaba hacia atrás como una advertencia.
¿Por qué lo harían? A nadie se le habría ocurrido que una hija del tigre pudiera estar manipulando una tormenta.
A nadie se le hubiera ocurrido que Renax se hubiera vuelto peligrosa.
Los hombres esperaban que el pueblo la protegiese, esperaban la resistencia de personas fuertes y armadas, y se encontraron con las calles vacías. Porque debían estar vacías. El peligro estaba en el viento, en la lluvia, en el exterior; los habitantes se habían refugiado de la tormenta.
Agazapados entre los arbustos, los hombres se detuvieron y escrutaron las casas.
A pesar de las sombras que se recrudecían un poco más cuanto más se abría paso la noche, la luna llena iluminó el pueblo por unos segundos.
Antes de que los lobos se sintieran cómodos con su luz, las nubes enturbiaron las penumbras.
Aun así, los soldados pudieron verla. Justo cuando la oscuridad y el viento les entorpecía la visión, vieron a una desconocida. A una joven salvaje cuyos rizos ondeaban al viento, o eran el viento, y vestía camisa y pantalones. A una mujer acompañada por un tigre que comenzaba a brillar.
Eso fue todo lo que vieron. Luego, el aire atacó con tanta fuerza que los obligó a cerrar los ojos.
Los árboles se inclinaron, las ramas comenzaron a quebrarse y volaron entre el grupo que acechaba bajo sus sombras.
Intentaron cubrirse, sobresaltados por la tormenta, mientras la madera les rasguñaba la piel y el viento los empujaba fuera del bosque.
Sin darse cuenta, abandonaron, uno por uno, la protección de los árboles. Surgieron desde todos lados. Retrocedieron con torpeza. No podían abrir los ojos porque el aire amenazaba con rasgarles la retina, porque las hojas volaban con la fuerza suficiente como para dejarlos ciegos.
El viento gruñó mientras atravesaba las calles. El cielo se partió con un rugido de amenaza que los iluminó a todos: más de veinte soldados bordeando el pueblo, cubriéndose de la tormenta, sorprendidos.
El relámpago se reflejó en los ojos de la joven como un destello de fuego en medio de la oscuridad. Como si la tormenta sucediera en sus pupilas.
—¡Váyanse! —gritó, y el viento hizo circular sus palabras por la pequeña aldea como pregonando el eco, compartiendo su amenaza—. ¡No les daré otra oportunidad!
Si no la habían reconocido o tenían alguna duda, los guardias identificaron su voz.
Parecían desconcertados, pero no tenían tiempo para la sorpresa o las preguntas, así que intentaron avanzar a pesar del viento.
El aire, sin embargo, empujaba tan fuerte y corría tan deprisa que sus pies resbalaban una y otra vez y los obligaba a mantenerse firmes para no perder el equilibrio.
Renax sentía la tormenta como si una versión en miniatura se desatara dentro de su cuerpo. La electricidad en la sangre, las ráfagas impetuosas en las venas, la magia circulando como una droga que le pedía más. Más violencia. Más poder. Más.
La joven controló el hambre, pero sus ojos comenzaron a brillar casi tanto como brillaba Dieva.
Un resplandor azul que se parecía al fuego, pero a un fuego mágico.
El fuego de las hadas o de los demonios.
Ese resplandor en sus pupilas asustó a los soldados; más de uno tropezó y se dejó arrastrar por el viento.
—¡Las espadas en la tierra! —gritó el comandante, pero su voz se diluyó mientras clavaba su arma en el piso.
Las primeras gotas comenzaron a caer sobre ellos con furia mientras los demás se imitaban unos a otros, porque no podían oírse, y usaban sus empuñaduras para sostener el cuerpo.
Renax ignoró los chicotazos de su cabello húmedo.
Inhaló el frío y disfrutó el olor de la lluvia.
Clavó los ojos en el comandante que, empapado, intentaba avanzar a través de la cortina de agua.
Pero el agua no solo era un problema para caminar, escuchar y ver. El agua de lluvia, con sus minerales, era también una buena conductora.
El rayo fue tan preciso que una parte de ella se asustó de sí misma; otra parte, sin embargo, disfrutó de la electricidad del aire. De la explosión. Del estruendo, la luz, la onda expansiva que la empujó y no consiguió moverla.
El comandante, en cambio, recibió parte de la descarga. Su cuerpo se disparó hacia atrás junto con la espada de la que se sostenía; voló e impactó con una pared de adobe. Los demás también se desestabilizaron, la mayoría resbaló hacia los arbustos.
—¡Esa ha sido una advertencia! —gritó, y su voz, otra vez, se expandió en el viento—. El próximo no lo será.
El comandante intentó recuperarse, pero no consiguió que sus brazos lo levantaran ni que sus piernas lo sostuvieran. Se giró, hundido en el barro. Alguien logró llegar a él e intentó asistirlo. El hombre dijo algo inaudible, ahogado por el rugido del viento y la violencia de la lluvia.
Alguien más tomó el liderazgo del grupo y avanzó por la calle central, clavando su espada en la profundidad de la tierra con cada paso. Los otros intentaron seguirlo.
Renax volvió a sentir que el miedo le pinchaba el estómago y la tormenta, por un instante, se le fue de las manos. El cielo se partió con un rayo que no había previsto.
Aquellos guardias no se irían sin ella. Estaban programados para obedecer órdenes, aunque esas órdenes les costaran la vida.
Volvió a sentirse incapaz, ignorante, mientras los veía luchar contra el cielo.
Se había aferrado a la esperanza de que se asustaran y se fueran.
Podía matarlos, sí, pero ¿quería? Y si no quería (si no podía, en realidad, porque no se sentía capaz de afrontar la culpa y porque jamás había matado a nadie), entonces ¿qué debía hacer?