Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 48
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Capítulo 48

Yail.

(Cinco meses después del golpe).

Un grillete en el tobillo lo encadenó al mástil y las llaves volvieron al traje del guardia.

Yail podía moverse. Podía dar un par de pasos alrededor y acomodarse a su gusto, pero se limitó a dejarse caer bajo la luz intensa de una luna llena.

El hombre dio un paso atrás, mientras una lagartija daba vueltas entre sus talones.

Una iguana, tal vez. Para Yail, todos los reptiles se veían iguales.

—Has cometido una tontería —dijo, la voz serena, mirándolo con una hostilidad que el joven ya había detectado antes.

Comenzó a pensar que, tal vez, el odio en sus ojos tenía algo que ver con el hijo del tigre. Contuvo un bufido mientras lo estudiaba; lo último que quería era meterse en las internas de los nobles. Yail solo deseaba una cosa: ganar, salir de allí con vida para destruirlo todo.

—Lo sé mejor que nadie.

—Al final, solo una persona sobrevive —dijo, y algo muy oscuro cruzó sus ojos—. No les des esperanzas. Acabarás asesinándolos, de una u otra forma.

El joven tensó la mandíbula y le dedicó una mirada irónica que escondía llamas de desprecio.

—No necesito lecciones morales —masculló, despacio—. Y sospecho que tampoco eres la persona más adecuada para darlas.

Una sonrisa ligera asomó a sus labios, pero no alcanzó sus ojos. El hijo de la iguana le dedicó una última mirada silenciosa, tensa, pesada. Amenazante, quizás. Otra persona podría haberse asustado, pero a Yail no le quedaba nada que perder. Ya le habían quitado todo.

El guardia recuperó su semblante frío, impasible, y se alejó; los dos uniformes que lo acompañaban se fueron con él y el joven quedó solo en el silencio del campo vacío.

Miró a su alrededor, desinteresado. Las sombras parecían esconderse, asustadas por la luz de la luna, y un viento frío hacía bailar los arbustos que crecían junto a las paredes.

Las estrellas parpadeaban y brillaban en el cielo.

Ya había pasado la noche en ese silencio, una vez, bajo una lluvia helada; pero no había estado solo. No había tenido todas las sombras para él ni se había sentido tan pequeño en la penumbra de la noche.

Apretó los dientes para bloquear sus pensamientos, cerró los ojos y se recostó en el mástil. Apoyó la cabeza, absorbió la brisa con su piel. «Has cometido una tontería». Las palabras, poco a poco, regresaron a su mente. «Al final, solo una persona sobrevive».

Yail lo sabía bien. Había prometido no contenerse. Había prometido que, de tener la oportunidad, lo mataría. Después de todo, tarde o temprano tendría que matarlo. Entonces ¿por qué…? Golpeó su cabeza contra el mástil mientras apretaba los dientes. ¿Por qué lo había salvado?

La adrenalina, el hambre de muerte, la sangre salpicándole el rostro una y otra vez… Casi todo el combate se había convertido en un recuerdo borroso, imágenes difusas de una pelea tras otra, cuerpos desgarrados, gritos de dolor… Pero las últimas escenas las recordaba con detalles.

Después de que el hijo del tigre le salvara la vida a la muchacha, algo del odio que Yail había convertido en una droga se aplacó y lo dejó entumecido por un vacío extraño.

El sonido vibró a su alrededor, los gritos de la multitud se ahogaron en un zumbido, todo el combate se redujo, de pronto, al dolor resignado en los ojos azules del hijo del tigre…

Yail abrió los suyos, molesto, escapándose de su memoria. El manto de oscuridad y estrellas recibió su mirada y el silencio absoluto volvió a ahogarlo. Algo en su rostro se apagó mientras se dedicaba a observar el cielo; las fuerzas lo abandonaron y algo vacío creció dentro de él.

Suspiró y se aferró a la única cosa que no lo hacía sentirse débil y solo: el odio.

Repasó, uno por uno, los motivos que tenía para salir de allí, para asesinar a todos los tsaviences que encontrara a su paso, para destruir una ciudad podrida.

Pensó en los padres que no había visto nunca.

Pensó en su hermano, en el único recuerdo que le quedaba de él: los brazos fuertes envolviéndolo, los gritos, su espalda resistiendo el fuego de un dragón.

El olor a carne quemada. El cuerpo desplomándose, sin vida.

Recordó todas las hordas que había pasado sin refugio, todas las veces que había estado a punto de morir, todas las muertes que había visto. Niños gritando. Niños golpeando las puertas impasibles, crueles, que nunca se abrían.

Recordó todos los trabajos que había hecho, los contratos de esclavitud a cambio de un techo de piedra. Los abusos que había visto. Las injusticias.

Recordó…

Mientras se abría un surco de dolor en medio de su pecho, sus ojos se distrajeron con algo que se movía. Una sombra que se anteponía a las estrellas y volaba en círculos para empezar a descender. Yail se preguntó si aún estaba recordando. Se preguntó si el dolor podía crear alucinaciones.

Alucinación o no, la lechuza bajó hacia él.

Descendió con las alas extendidas, como un ángel de la muerte, frente a los ojos atónitos que la observaban.

Sus plumas blancas brillaron bajo la luz de la luna, su mirada fría se clavó en el hombre.

Cuando las garras se posaron en su brazo y lo envolvieron, como si lo reclamaran, Yail se vio a sí mismo en la oscuridad de sus ojos.

No era su lechuza; no venía a consolarlo, no tenía la inocencia grabada en las pupilas. Pero él no era el mismo hombre que había sido, tampoco. Y vio, en la mirada enorme, una amargura honda que quería envolverlo. Un abismo.

Un abismo que lo había escogido a él.

Antes de que una euforia satisfecha lo alcanzara, la fuerza de un nuevo vínculo lo devoró por completo.

La magia del animal, mucho más fuerte, mucho más oscura que la que había sentido antes, corrió por sus venas.