Capítulo 47 #2
Sin que su expresión se inmutara lo más mínimo, Jedien comenzó a patearlo.
Ivax se movió por instinto; no pensó en nada, no recordó que no quería volver a mirarlo a los ojos.
Antes de que pudiera darse cuenta, él y Yail bloqueaban al muchacho, uno junto al otro como una pared impenetrable.
Antes de que pudiera darse cuenta, los ojos del guardia estaban fijos en él.
Jedien se convirtió en una piedra inexpresiva, al principio. Luego algo fugaz, como una angustia oscura, atravesó su mirada. Y después de unos segundos, su rostro se tensó tanto como si la rabia estuviera por descomponer sus músculos.
Hacía mucho tiempo que Ivax había dejado de buscar a su amigo en esos ojos; no lo intentó, ni siquiera se le ocurrió pensar que ese hombre era el muchacho con el que había compartido toda su infancia.
En ese momento, tan solo era un soldado de los lobos.
Uno de sus captores. Un imbécil que estaba golpeando a su compañero.
—Justo la persona a la que vine a buscar —dijo Jedien, sin apartar los ojos grises, un poco crueles, de él—. Gracias por pararte.
Entonces desvió la mirada hacia Yail y enfrentó, sin un ápice de miedo, sus ojos hostiles y oscuros. Fue como si se encontraran dos frentes de una tormenta; durante un instante, una calma engañosa los rodeó.
—Son órdenes de Zagh —dijo y, sin embargo, había algo de placer en su expresión—. ¿Vienes? ¿O tenemos que encadenarte y llevarte a rastras?
Yail no pareció inmutarse. Su expresión estaba tan llena de odio como siempre, pero no hubo explosión de rabia ni protestas. Fueron los demás los que se removieron, incómodos. El malestar parecía aumentar con el silencio.
—¿A dónde? —susurró el hijo del tigre.
Jedien fingió no haberlo oído, pero su rostro se tensó un poco más.
Como si supiera que Ivax estaba a punto de dar un paso adelante (como si lo supiera antes que él mismo), Yail lo sujetó del antebrazo para detenerlo.
No lo miró, no le dijo nada, pero ese gesto fue suficiente.
Un gesto sin traducción. Un gesto tan significativo como lo había sido el extenderle la mano, unas horas atrás, para salvarle la vida.
La hostilidad que los había enfrentado desapareció. Se suspendió, al menos, mientras los unía algo más importante.
—¿Por qué? —preguntó Yail.
Jedien bajó los ojos, distraído, y los detuvo en la mano del nómade. La mano con la que sujetaba al hijo del tigre. Algo en su mirada se oscureció.
—Ya sabes por qué —dijo, en un susurro, antes de alzar los ojos—. ¿Vienes por voluntad propia o no?
Cuando Jedien enseñó las cadenas en las que Ivax no había reparado, el joven empezó a entender. Dio un paso atrás, aturdido por los recuerdos, ahogado por las imágenes que su mente había hecho a un lado para poder seguir viviendo. Las cadenas, el mástil. La sed, el sol, Zagh…
Algo detuvo los recuerdos. Una sombra lo envolvió, calmó los escalofríos como una manta suave. Yail se había colocado frente a él, como si pudiera leer sus pensamientos sin siquiera mirarlo. Se dejó encadenar sin hacer más preguntas.
El hijo del tigre contuvo un temblor cuando escuchó el sonido de los grilletes, pero no permitió que el pasado lo asfixiara de nuevo. El terror dejó paso a algo distinto: una ansiedad furiosa.
—¿Qué haces? —preguntó, clavando los ojos en el hombre que había sido su amigo.
—¿No acabo de decir que son órdenes de Zagh? —masculló.
—No es eso lo que estoy preguntando —dijo y volvió a avanzar hacia ellos—. Estoy preguntando por qué…
—No es mi primera advertencia —dijo Jedien, dando un paso hacia delante—. Deja de actuar como si fueras un maldito príncipe.
Yail se interpuso entre los dos y alzó las manos encadenadas.
—Terminemos con esto —dijo, con un tono tan gélido que la rabia en el aire se apagó enseguida.
El guardia miró al hijo del tigre por última vez, con una mueca desdeñosa que parecía ocultar algo más filoso.
Como una herida infectada del otro lado de sus ojos, un anhelo que comenzaba a pudrirse.
Ivax frunció el ceño, pero Jedien apartó la mirada enseguida.
Tomó las cadenas y salió de la celda con Yail.
Detrás de él, los demás soldados cerraron con llave.
—¿Qué diablos…? —murmuró Envaia.
El hijo del tigre se mantuvo de pie, observando las espaldas que se perdían en la penumbra de la noche. Su ceño continuaba fruncido. Su mente se movía a toda velocidad.
—Nos castigan por haber ganado… —dijo Dorael.
Ivax negó con la cabeza, sin apartar sus ojos de los dos cuerpos que se detenían junto al mástil.
—No —dijo—. Nos castigan por no habernos asesinado los unos a los otros.
—¿Por qué? —preguntó Guerie, limpiándose el labio herido con un rictus de dolor.
—Porque nos tienen miedo.
Lo comprendió mientras hablaba. Nunca había pensado en ello, nunca se había preguntado por qué los combatientes esperaban el combate como animales que esperan la muerte sin protestar. Por qué nunca escapaban. Por qué no se unían para asesinar, al menos, a unos cuantos soldados.
La trampa del juego estaba en sus mismas reglas; lo que aseguraba su continuidad era la fragmentación del equipo. El pensamiento individual, el instinto que los empujaba a sobrevivir a costa de cualquier cosa.
—¿Miedo de nosotros? —preguntó Ynva.
Ivax asintió con la cabeza. Solos, no representaban un peligro para nadie. Solos no podían hacer nada. Pero juntos…
Los soldados se habían alejado de la celda. Murmuraban entre ellos, ajenos a la conversación, a las ideas que comenzaban a despertarse y a flotar por encima de la paja sucia.
—Miedo de un levantamiento —dijo, mirándolos uno por uno.
Si las palabras tienen eco, las ideas también: el eco de esa idea resonó varias veces entre las paredes que los encerraban.