Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 47
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Capítulo 47

Ivax.

(Cinco meses después del golpe).

La reja chilló un par de veces mientras se tambaleaban e ingresaban en una celda nueva, exclusiva para ellos.

Estaban cansados; la ansiedad y la adrenalina habían desaparecido y los cuerpos se habían quedado sin fuerzas.

Ivax sentía, más que nadie, cómo sus piernas luchaban para sostenerlo en pie; la que funcionaba, al menos, porque había dejado de sentir la otra.

Entró y se dejó caer sobre la paja, en un rincón junto a la pared.

Su hueso, recién soldado por los hijos de la salamandra, se quejó con un crujido doloroso.

Había estado a punto de morir. La idea era extraña, casi increíble, como si la muerte misma fuera una criatura mística de dudosa existencia y él acabara de mirarla a los ojos.

Él, que había intentado suicidarse algunas semanas atrás y no había sentido nada.

Quizás porque solo pueden estar al borde de la muerte aquellos que se sienten vivos.

Se miró la mano, inconscientemente. Afuera, el sol sumergía su cabeza en el horizonte y el cielo se teñía de colores rojizos.

El tiempo parecía haberse compactado. Todos los Ivax que había sido durante su vida se superponían en él en ese instante.

Su infancia, su adolescencia y el principio de su adultez se comprimieron en su memoria y lo aturdieron. Su mano comenzó a vibrar.

El nacimiento de su hermana pasó frente a sus ojos, en medio de los cuerpos que se acomodaban en la celda.

Su vínculo con Groan. El entrenamiento con su padre, sus años aprendiendo en la escuela del ejército, sus amigos, la catástrofe en la plaza…

Toda su vida se había vuelto increíblemente real y, por algún motivo, parecía concentrarse en su mano derecha.

Porque todos sus recuerdos llevaban al mismo sitio: el pentágono, la silueta a contraluz, el brazo extendido como una invitación a seguir viviendo.

Había aceptado la invitación. Y se sentía extraño. Más vivo que nunca.

—No habría apostado ni una moneda por nosotros —dijo Guerie, eufórico a pesar del agotamiento, mientras se desplomaba sobre la paja igual que los demás. Sus ojos de niño brillaban por primera vez—. No habría apostado ni una moneda por mí.

—Yo tampoco, mocoso —respondió Quenyl. Para sorpresa de todo el mundo, sin embargo, esbozó una sonrisa. Cuando se dejó caer, su peso levantó polvo entre las hebras de paja.

Yail entró último, casi medio minuto después; su rostro estaba tenso y, por encima del cansancio, volvía a enseñar una hostilidad oscura al mundo. El sudor se había secado, la sangre ajena le manchaba la piel y su cabello estaba desaliñado y sucio. Rojizo. Salpicado de muerte.

Ivax sintió que su mano cosquilleaba y, sin saber por qué, la escondió en un puño. Los demás se callaron un instante, como si su presencia trajera algo solemne a la euforia del día. Se acomodó junto a la reja. El silencio duró unos segundos más.

—Gracias por ayudarme —murmuró una voz tenue, como un fuego a punto de apagarse, junto a él.

Miró a la muchacha, extrañado, en parte porque no recordaba haberle salvado la vida y en parte porque era casi la primera vez que la escuchaba hablar. Se sorprendió a sí mismo cuando una sonrisa débil asomó a su rostro.

Esas personas, para él, siempre habían sido cadáveres.

Cosas en movimiento, vidas sin importancia, gente que estaba tan muerta como él.

En ese instante, hacinado entre ellos en una celda pequeña, no se sintió incómodo ni ansioso, no se sintió vacío como todos los días.

Desde el cosquilleo en su mano se expandió una paz cálida que lo desorientó.

Estaba rodeado de personas. No cosas, sino personas reales con nombres reales, con sentimientos y deseos, con ganas de vivir. Era una idea obvia. Obvia y ridícula. Y, sin embargo, ni siquiera era una idea, sino una emoción. Una manera de ver: de pronto, los veía.

—Buen tiro —dijo Envaia. Y, aunque estaba mirándolo, Ivax tardó en percibir que las palabras se dirigían a él.

Tardó un poco más en recordar de qué hablaba, y se sintió tan aturdido que no respondió. Todo lo que había sucedido en el pentágono comenzaba a borronearse. Casi todo.

Yail esbozó una mueca que los demás no notaron. Ivax sí. Observó sus labios tensos, su gesto irónico y torcido, y entornó los ojos azules como si así pudiera comprenderlo mejor. Parecía disgustado. Algo en el aire que lo rodeaba olía a… conflicto.

—Las cosas no se habrían dado como se dieron si no hubieras salvado a Ynva —dijo Dorael, e Ivax fijó su atención en ella—. Ha sido algo valiente.

Pero el bufido irónico los distrajo. Las miradas se desviaron hacia las rejas, hacia el joven que clavaba los ojos oscuros en el piso y apoyaba el brazo en su rodilla, con una postura desafiante. El ambiente festivo se enfrió. La hostilidad que desprendía su cuerpo se esparció por la celda.

—Ha sido algo estúpido —murmuró, entre dientes, como si hablara solo—. Podríamos haber muerto todos por su culpa.

El silencio se hizo más grande. Por un rato, solo escucharon las voces de las dos celdas contiguas y el golpeteo de las botas de soldados. Ivax frunció el ceño, mientras algo helado le recorría las venas.

—Pero tú has hecho lo mismo —dijo Guerie, entornando los ojos, como si se aferrara a lo poco que los había unido minutos atrás y que comenzaba a despedazarse.

Yail cerró su mano en un puño y su mirada se convirtió en piedra.

—He hecho una estupidez.

El hijo del tigre tardó unos segundos en procesar sus palabras, pero no tuvo otra opción porque, en el silencio, el eco de lo que había dicho era lo único que resonaba.

Apretó los dientes, en una mueca que debería haberse parecido a una sonrisa y, sin embargo, no lo hacía; lo observó con una incredulidad resignada.

—¿Tienes alguna enfermedad o simplemente eres un imbécil? —dijo, y sus propias palabras lo sorprendieron. Su corazón se desbocó cuando una mirada hostil, llena de un odio frío, se clavó en sus ojos, pero ya era demasiado tarde—. ¿Por qué lo que dices y lo que haces nunca coincide?

Si el aire se había enfriado, en ese momento, se congeló. El silencio se volvió esquirlas heladas y un manto de plomo paralizó todos los cuerpos. Nada de lo que dijeran, de todas formas, era importante: el mundo se había reducido a los dos hombres que se quemaban con los ojos.

Yail, después de un rato, volvió a esbozar su mueca de amargura.

—Es curioso que lo diga un hijo del tigre —masculló. Ivax sintió que algo se erizaba dentro de su columna vertebral—. ¿Cuántas cosas prometió tu familia? ¿Y cuántas hizo?

Tensó la mandíbula y se preparó para que la rabia lo invadiera, pero volvió a recorrerlo una sensación fría que vaciaba su cuerpo.

Buscó en ese hombre lleno de odio algún rastro del joven que había detenido el ritmo del juego y desafiado sus reglas para salvarle la vida.

Buscó en sí mismo la calidez que había sentido durante el resto de la tarde, temiendo que se le escapara de las manos y que el frío muerto, vacío, lo invadiera una vez más.

—Mi padre no tuvo la oportunidad de gobernar Tsavixia —dijo. Ya no había ira en sus ojos azules. Hubiera lo que hubiera, quizás algo roto, el odio de Yail se desestabilizó un instante—. Como tal vez recuerdes.

—Quizás. Pero antes gobernó tu abuelo. Y antes de él, tu bisabuelo. Los hijos del tigre llevan generaciones al mando —dijo, con un tono frío, antes de apartar los ojos. Apoyó su cabeza en las rejas de hierro—. Y mira el desastre en el que estamos.

—Mi padre quería arreglar las cosas —murmuró, y el recuerdo fue una punzada en el pecho—. Realmente quería.

—Supongo que nunca lo sabremos —dijo él, cerrando los ojos como si hubiera acabado de discutir.

Su comentario irónico dolió un poco más que los recuerdos, y el dolor fue como un puente hacia la rabia. Una rabia filosa, impotente, fría.

—Por suerte para ti, los hijos del tigre no volverán a gobernar —dijo, lastimándose con sus propias palabras—. Están todos muertos.

Y eso funcionó mejor que un golpe; Yail abrió los ojos otra vez, tan solo una rendija cansada y un poco sorprendida.

Ahí estaba, de nuevo, el joven que lo había salvado dos veces.

Estaba en la culpa incómoda que brillaba dentro de sus ojos oscuros.

En las contradicciones. En la intensidad de su mirada, que luchaba por parecerse al desprecio y, sin embargo…

—No todos —murmuró alguien. Envaia, quizás, pero no importaba quién, porque la voz parecía brotar desde el corazón mismo de la celda.

Ivax bajó los ojos y no respondió. Yail tampoco dijo nada. Ambos parecían haber perdido las ganas de pelear, de abrir la boca, de escuchar algo más que no fuera silencio. El aire se había enfriado, la euforia había desaparecido.

—Tengo hambre —dijo Dorael, en un intento por cambiar de tema.

—Yo también —dijo Quenyl, repentinamente de mal humor—. Deberían darnos un festín después de cada combate…

Los pasos, por fuera de la celda, lo obligaron a apagar su voz.

Todas las miradas se clavaron en el hombre que se detuvo frente a ellos, recortado en el cielo que comenzaba a oscurecerse.

Ivax se encontró con unos ojos conocidos, helados como cristales de hielo.

Mientras algo se endurecía en el rostro de Jedien, el joven apartó la mirada.

Sentía náuseas cada vez que lo veía. Se sentía estúpido.

—Es bueno que lo mencionen —dijo, y su voz resonó con una vibración oscura—. Felicidades por ganar. Como premio, Zagh ha ordenado que nadie cene esta noche.

—¡Eso no tiene sentido! —protestó Guerie, poniéndose en pie en un impulso tonto.

La rabia circulaba con mayor facilidad. Todos estaban un poco más despiertos, más vivos, más…

enfadados. Antes de que volvieran a quejarse, Jedien entró en la celda mientras dos soldados más cercaban la entrada.

Sus pasos fueron largos y tan rápidos que nadie vio venir el golpe hasta que el sonido resonó en las paredes.

El adolescente cayó sobre la paja. Se desplomó como un saco inerte, débil, demasiado ligero.