Capítulo 46 #2
Luodrin bajó los ojos y dejó que su silencio se expresara por sí mismo. Entre los soldados que peinaban el bosque, había hijos del lobo. Y, entre los miembros de su casa, las noticias viajaban tan deprisa que el palacio se había enterado inmediatamente.
—No importa —dijo, bajando la mirada él también—. De todas formas, no habría vendido mi casa por ella. Renax no puede recuperar la ciudad.
Su hermano tampoco , pensó, pero se limitó a ladear la cabeza.
—¿Por qué no?
Los ojos que se clavaron en él insinuaron que había hecho una pregunta estúpida.
—Las hijas del tigre no son como las mujeres de tu casa o de la mía —dijo, encogiéndose de hombros y extendiendo una mano hacia la jarra. Luodrin la apartó otra vez y recibió un gruñido a cambio—. Digamos que las educan para… no hacer nada.
—No me pareció particularmente incapaz cuando le rajó el rostro a un soldado —dijo, y se encogió de hombros él también.
Volvió a clavar una mirada fría en el hijo de la iguana, aferrándose a la jarra para que se mantuviera sobrio—.
Pero no estoy aquí para hablar de los hijos del tigre.
Estoy aquí para avisarle que su templo será un montón de escombros para el amanecer.
De usted depende que sea un montón de escombros lleno de cadáveres o no.
Los ojos que lo observaban se volvieron más oscuros, más graves, más sombríos.
—El templo es el lugar en donde los hijos de la iguana se comunican con su dios. Es lo más sagrado que tenemos. Sin él, no somos nada —dijo. Volvía a ser el hombre serio y rígido que Luodrin había visto la primera vez—. No me quedaré sentado mientras lo destruyen.
El joven sintió que la rabia trepaba a su boca; tensó la mandíbula para contenerla y se esforzó por mantener el rostro en blanco.
—No puede hacer nada —dijo, con un tono claro y tranquilo.
—Claro que sí —respondió, ladeando una sonrisa de desprecio—. Llevarme unos cuantos lobos a la tumba.
Su ceño se crispó imperceptiblemente, apenas un instante. Durante casi un minuto, no respondió; ignoró con facilidad la rabia que le mordía el estómago, lo observó e intentó entenderlo. Enojarse no le serviría de nada; necesitaba entender para poder meterse en su cabeza.
Se midieron con los ojos, Luodrin intentando traspasar una muralla, el hombre levantándola una y otra vez con la terquedad de… alguien que había nacido para la guerra. No lo convencería hablando de su familia y amenazándolo con muertos.
—Llevarse a algunos lobos a la tumba, ¿y después qué?
—preguntó, irguiendo la espalda, atento a los pequeños cambios en su rostro—.
Los hijos de la iguana desaparecen de Tsavixia.
Los hijos del tigre jamás vuelven a consolidarse como casa.
Las hijas de la arpía están muy lejos como para representar un peligro.
Si se empecina en luchar, no se estará oponiendo a mi padre: le estará haciendo un favor.
El hijo de la iguana fingió ignorarlo, pero las sombras de su rostro se habían vuelto más profundas. Su mandíbula estaba tensa. Luodrin dejó que el silencio se extendiera entre los dos como una burbuja de la que se escapaba el aire.
—Haga lo que quiera. Es su templo, su familia —dijo, después de un rato, encogiéndose de hombros—.
Si quiere hundirse con el barco, allá usted.
Pero debería considerar la posibilidad de estar hundiéndose solo con un bote, mientras deja que el verdadero barco se vaya a pique sin un capitán.
Eso sería verdaderamente cobarde, ¿no le parece?
Los ojos del hombre se volvieron opacos y lo atravesaron como dos flechas de hielo; se entornaron un instante y lo estudiaron con un dejo de amargura irónica brillando en las pupilas.
Luodrin suspiró. Corrió la silla hacia atrás, como si fuera a ponerse en pie.
—¿Por qué te importa tanto? —lo detuvo enseguida—. ¿No te conviene que tus problemas se esfumen junto con nosotros?
Fue él quien, en ese momento, se vio obligado a esconder sus emociones detrás de una máscara. Traidor , continuaba susurrando la voz en su cabeza. Traidor y estúpido .
No quería responder con la verdad y, sin embargo, por primera vez en su vida, no se le ocurrió ninguna farsa.
No respondió. Estaba acostumbrado a fingir ser algo que no era; la honestidad, para él, era algo extraño.
Como fragmentar el espejo en el que miraba al personaje que había creado para sí mismo.
Masacrar a un montón de personas no resolverá mis problemas.
Esa era la excusa que no quería dar, porque admitir debilidades, en su mundo, era sinónimo de muerte.
Y si así fuera, preferiría que no fueran masacradas por mis órdenes .
Sonaba como cobardía. Sonaba como una falla en una casa perfecta, sonaba como un error.
Se observaron, sin hablar, el hijo de la iguana esperando algo. Luodrin esgrimió una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Mi advertencia es todo lo que tengo para ofrecer.
Se incorporó, se escondió un poco más en las sombras de su capa e hizo una reverencia formal y fría. La ansiedad continuaba carcomiéndole el estómago, pero al menos, ahora, tenía esperanza. La esperanza de que, al girarse, después del primer paso hacia la puerta, la voz del hombre…
—Luodrin —llamó, y el joven contuvo un suspiro de alivio.
Antes de girarse escondió el anhelo desesperado en sus ojos, reemplazó la ansiedad con un semblante indiferente y lo miró con las cejas alzadas.
El hijo de la iguana clavó sus ojos en él, lo examinó con la intensidad de quien observa el hilo del que pende su vida—. ¿Al amanecer?
Asintió con la cabeza, mientras toda la ansiedad y la rabia que había sentido durante el día comenzaba a disminuir.
—Ni un minuto antes.
Se giró y se fundió con la penumbra, como una sombra más, hacia la salida. Afuera, lo recibió un frío repentino y extraño. Lo sacudió el viento mientras su mano escocía en cada punto del tatuaje.
Tuvo la ilusión extraña de que la ciudad olía a humo. Escuchó, en el fondo de su mente, gritos desesperados. Miró la oscuridad, con el ceño fruncido, y se sacudió los presagios antes de zambullirse en los callejones de Tsavixia.