Ciudad de dioses (Crónicas de la destrucción de Tsavixia 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

Luodrin.

(Cinco meses después del golpe).

Cuando salió por la puerta de servicio, atravesar las sombras y escabullirse entre los árboles fue demasiado fácil.

La capa lo cubría como un manto de oscuridad y aplacaba la inquietud que le provocaba estar solo.

Wodin se había quedado. No podía pasear a un lobo por las calles si quería ser discreto.

Dejó que las grietas de fuego imprimieran una penumbra rojiza sobre su capa mientras atravesaba la pirámide. Se había acostumbrado a su sombra imponente, a la sensación de que lo juzgaba, manchada por la sangre de su gobernante legítimo.

Le dio la espalda sin problema y tomó las calles principales para luego doblar hacia el oeste.

La noche acababa de caer, la ciudad aún no se había vaciado.

Nunca se vaciaría, en realidad. Si antes la fauna nocturna habían sido los nómades, que se sentían más protegidos en calles de piedra, ahora los animales que llenaban Tsavixia hasta el amanecer eran los soldados de su padre.

Luodrin se esforzó por esquivarlos mientras se adentraba en una zona que no había visitado nunca. A pesar de todos sus archivos e informantes, el hijo del lobo siempre había tenido la idea (ahora comprendía, absurda) de que la ciudad era la misma en todos lados.

Sintió que ingresaba en otro mundo cuando sus pies caminaron sobre los callejones de tierra.

La tranquilidad y el silencio que imponían los soldados disminuía cuanto más se acercaba al sur, cuanto más torcía hacia el oeste.

Allí, la oscuridad era muy distinta. Un silencio de espectros y una oscuridad llena de sombras que se movían.

Ambas cosas se alternaban de una manera extraña con la vida de las tabernas.

Su padre había intentado desactivarlas tan pronto como subió al gobierno, pero allí estaban, en su máximo esplendor. Si había algo casi tan poderoso como la posesión de la piedra, en Tsavixia, era el negocio del alcohol y los prostíbulos.

Luodrin lo sabía. Y, sin embargo, saber algo era muy distinto a verlo por primera vez.

Se sobresaltó cuando una mano brotó desde las sombras e intentó sujetarlo.

Una mujer que parecía desnuda le susurró cosas que no llegó a escuchar.

Se desprendió de ella y se acercó a las luces que resplandecían al final de la cuadra.

Se detuvo para esquivar una pelea de borrachos.

Se detuvo, en realidad, porque no estaba seguro de lo que estaba haciendo.

Nadie sabe que estás aquí. Nadie se enterará de nada.

Pero, aunque así fuera, no podía quitarse de encima la sensación de que estaba traicionando todo. No solo a su familia, sino también a sí mismo. Estaba traicionando lo que debía ser, lo que llevaba años esforzándose para ser.

Llevaba años engañándose, en realidad. Luodrin nunca sería un hombre implacable, frío y fuerte. Nunca sería un hijo del lobo.

Se tragó el dolor en la garganta, ignoró la mano que le oprimía el cuello y caminó hacia la taberna. Podía pensar en eso después. Podía arrepentirse y lamentarse después. Primero necesitaba asegurarse de que no morirían cientos de personas, antes de que el horror lo enloqueciera.

Esquivó a los borrachos que continuaban peleándose, mientras los espectadores, también borrachos, alentaban y reían.

Se acomodó la capucha para que nadie lo viera y cruzó la puerta hacia aquel océano de humo que apestaba a vómito y alcohol.

Contuvo un gesto de desagrado y, con el rostro tenso, rebuscó entre la neblina que creaban los cigarrillos.

Tardó en encontrarlo. Solo, en un rincón y cubierto por las sombras, se servía cerveza con la mirada perdida en pensamientos que proyectaban oscuridad. Luodrin caminó hacia él y, sin pedir permiso, se sentó en su mesa.

El hijo de la iguana alzó los ojos, los entornó con desconfianza. El joven movió la capucha para dejar que la luz tocara su rostro.

—No creí que frecuentara este tipo de lugares —dijo, con la voz ligeramente ronca por el humo. El hombre, extrañamente, se relajó. Como si confiara en él.

—Y, sin embargo, viniste aquí a buscarme.

Le tendió el vaso, Luodrin negó con la cabeza.

—Tengo mis fuentes —murmuró, estudiándolo. Parecía… cansado. Como si hubiera vivido mucho tiempo, muchas cosas, muchas muertes.

—No frecuento este tipo de lugares. Pero tengo la sensación —dijo, intercalando un suspiro entre sus palabras— de que no me quedan muchas noches para tomar una buena jarra de cerveza.

La extendió hacia él como si brindara y luego bebió hasta el fondo. Luodrin tensó la mandíbula e, instintivamente, se hundió un poco más en su capa.

—No le queda ninguna —dijo, con un tono frío, mientras apoyaba los codos en la mesa y se inclinaba hacia delante. Necesitaba que le prestara atención. Necesitaba desesperadamente convencerlo—. Vine a sugerirle que desocupe el templo antes del amanecer.

El jefe de los hijos de la iguana sonrió antes de limpiarse el alcohol de las comisuras de sus labios.

—Gracias por la sugerencia —dijo, sirviéndose más—. Pero considérala rechazada.

—¿Qué? —Luodrin frunció el ceño.

—Que tú y todos los lobos de este planeta pueden meterse sus sugerencias en el…

El joven le arrebató el vaso y lo alejó de él, con una mirada grave. La luz de las antorchas se reflejaba en la humedad de sus ojos a pesar de la penumbra y les imprimía una luz peligrosa. Un destello mítico y siniestro.

—Escúcheme. No estoy tratando de salvarle la vida.

—No, ya lo sé. Eso significaría que tienes sentimientos, y tu gente es famosa por todo lo contrario —dijo, extendiendo el brazo hacia su cerveza—. Dame eso.

Luodrin la alejó más.

—No estoy tratando de salvarle la vida a usted , sino a los cientos de personas que viven en el templo. Su casa. Su familia.

El hombre lo estudió con una astucia amarga, por un rato y en silencio. Alrededor, el humo comenzaba a estancarse cada vez más y las voces se volvían una masa amorfa de sonidos estruendosos.

—He vivido mucho —dijo, por fin, inclinándose en su silla, con la postura recta de un gobernante y la mirada astuta de un superviviente—. Todo esto del enemigo ayudándonos no cuadra, Luodrin. Así que, o bien me estás mintiendo y tu intención es tendernos una trampa, o bien…

Sus ojos brillaron con una luz sagaz, y el joven contuvo el impulso de esconderse más en las sombras de su capa. Una voz de alerta le dijo que se fuera, una descarga en la sangre lo incitó a correr lejos de allí. Pero ya era tarde. Su nerviosismo acababa de cantar la verdad a gritos.

—Oh —dijo, con una sonrisa ladeada y una expresión genuinamente sorprendida—. Entonces en verdad eres una buena persona. Pero ahora ya no debes tener tantas ganas de salvarme, ¿no es así?

Luodrin contuvo sus emociones detrás de un semblante oscuro que no delataba nada. Mientras, el corazón le daba golpes. Sus huesos comenzaron a convertirse en hielo.

Lo habían descubierto una sola vez, cuando tenía diez años: un nómade que tenía contrato con su casa. A veces aparecía en sus sueños. La garganta rasgada a la mitad, la sangre, la boca abierta.

Luodrin no recordaba mucho de su infancia, pero las palabras de su padre, una por una, se habían grabado a fuego en su memoria.

«Los hijos del lobo no le tienen miedo a la muerte; si no puedes hacer esto, no eres uno de nosotros.

Busca otra casa que acepte a una falla como tú, o vete a vivir del otro lado del muro.

No tendré hijos cobardes». Su cabeza las había reproducido todas las noches, durante años.

Cada vez que decepcionaba a su padre, cada vez que temía ser abandonado, cada vez que se preguntaba por qué era tan distinto. Tan débil.

Si hubiera sido el hijo del lobo que debía ser, habría asesinado a ese hombre. Y, sin embargo, Luodrin dudó, mientras intercambiaban miradas tensas en silencio. Su cuerpo estaba paralizado.

El hijo de la iguana esbozó una sonrisa y se estiró sobre la mesa para recuperar el vaso. Dejó que se lo llevara.

—Tranquilo —dijo, encogiéndose de hombros con indiferencia—. No me sirve de nada divulgarlo. Tampoco tengo pruebas.

No se detuvo a preguntarse si confiaba en él, no importaba.

Aquel hombre no era idiota; sabía que las probabilidades de que el joven lo quisiera muerto habían aumentado exponencialmente.

Una persona que supiera jugar a la política tomaría medidas al respecto.

Y Luodrin, que sabía jugar muy bien, no podía esperar el próximo movimiento sin hacer nada. Tendría que matarlo.

Sacudió la cabeza para deshacerse de sus miedos y sus dudas: podía repasarlas después. No sería capaz de salvar a los hijos de la iguana sin ayuda de su líder.

—Tiene que desocupar el templo —repitió, mientras el hombre bebía sin prisas y no le prestaba atención.

—¿Quieres que huya? —murmuró—. Los hijos de la iguana no somos cobardes.

—Podría haber aceptado mi oferta —dijo, entre dientes—. Nadie se habría visto obligado a huir.

Chasqueó la lengua, desestimando sus palabras como si fueran una estupidez, y luego esbozó una sonrisa orgullosa mientras observaba más allá de la mesa.

—Sabía que Ivax podía sobrevivir por sí mismo —dijo, sirviéndose más alcohol.

Luodrin no supo muy bien por qué, pero sus palabras le molestaron. ¿Y los cientos de personas que había puesto en peligro para mantener el orgullo? ¿Y…?

—¿Y Renax? —preguntó, con el ceño ligeramente fruncido y una mirada curiosa, intensa, que intentaba comprender.

La mención de ese nombre pareció sorprenderlo. El hijo de la iguana se encogió de hombros, desinteresado.

—¿Qué hay con ella? Es libre.

Luodrin entornó los ojos, con una expresión oscura que decía más que las palabras.

—No por mucho tiempo —murmuró.

La atención del hombre, por fin, se despertó con un brillo receloso. El joven sostuvo su mirada.

—¿La encontraron? —preguntó. La amargura y el miedo, por fin, se colaron en su expresión.